Son coincidencias cósmicas que demuestran, más allá de toda duda, que existe una Consciencia Universal Bondadosa de la que formamos parte, y en la que nuestra vida, que nos parece azarosa, cumple, en realidad, un papel armoniosamente orgánico en favor de la correcta evolución del Todo.


O quizás simples casualidades, no sé.


23 febrero 2012

Cosas que pienso –a veces– sobre (3)


Antonio Soler - Sonata 90 en Fa sostenido mayor (Gilbert Rowland, clave)


las fiestas patrióticas.- Un año, hace ya bastantes, pasé el 14 de Julio en un hotelito familiar de la Costa Brava cuya propietaria y escaso personal, así como la totalidad de los huéspedes, excepto mi madre y yo, eran franceses. Por la tarde, cuando volvíamos de recorrer los pueblecillos del Alto Ampurdán, la dueña vino, muy cortés, a preguntarnos, en el cantarín francés que era el único idioma que hablaba tras no sé cuántos años de vivir en Gerona –ahora que lo pienso, quizás hablara catalán; pero castellano, desde luego, ni una palabra– si "queríamos unirnos a la pequeña celebración" que estaba teniendo lugar en el comedor. Y allá nos fuimos. En el comedor, adornado con banderitas y guirnaldas tricolores, se miraban unos a otros, sonriendo forzadamente y dando traguitos a sus bebidas, los veintitantos miembros de las seis o siete familias francesas que allí pasaban sus vacaciones. Colorados de sol, repeinados, vestidos intempestivamente con sus mejores galas veraniegas y sin saber muy bien qué decirse ni qué hacer, pero dispuestos a no defraudar a su anfitriona en sus iniciativas sociales. Me pareció enternecedor aquel despliegue de trasnochado –para mis ojos iconoclastas y escépticos de joven español de la transición– civismo europeo, aquella voluntad de celebración y festejo ejemplarmente ciudadana y disciplinada. Traté de imaginarme la escena recíproca –españoles celebrando en un hotel de Francia... ¿el 12 de Octubre?– y comprendí que, para bien o para mal, había algo en lo que éramos completamente diferentes.



la economía.- Siempre me ha divertido mucho esa idea tan generalizada, a la que, si no se quiere sentar plaza de ingenuo, es preceptivo adherirse en cuanto la enuncia alguno de los muchos 'enterados' que gustan de proclamarla como si fuera un secreto que ellos acaban de descubrir, de que la economía está detrás de cualquier otra cuestión, decidiéndola y definiéndola, y de que los demás asuntos no pasan de ser las fachadas tras las que se esconde siempre un problema de más o menos dinero. Sentaré plaza de ingenuo: yo no creo que sea verdad. Y bien que lo siento, ya me gustaría a mí que lo fuera. El ser humano –en la mayor parte de los casos hay que añadir aquí por desgracia– es bastante más irracional que lo que esa idea supone, y sus móviles rara vez son tan simples, diáfanos y, en última instancia, respetables como el elemental deseo de hacer un buen negocio.

Respetable he dicho, sí. En comparación con otros, casi me lo parece. Ya sé que lo normal es que lo parezca más –respetable, digo– el 'asesino idealista', que mata por 'fines nobles': la fe, la patria, el honor, la revolución... que el sicario a sueldo, que asesina para ganarse la paga. Pero a mí me pasa más bien lo contrario, me siento más inclinado a entender a quien mata por cosas concretas y que le suponen una ventaja positiva: dinero, poder... que a quien lo hace por odio, por 'amor', por ideas o por ideales. El asesino 'altruista', a quien su actividad no le reporta personalmente el menor beneficio, me parece más execrable aún, moralmente, que el egoísta. Las guerras que se hacen por controlar mercados o por conseguir pozos de petróleo o ventajas geoestratégicas me dan mucho asco, pero las que se hacen para mantener el honor de la patria, la dignidad nacional, la verdadera fe o alguna otra cosa por el estilo me dan todavía más.



defender la cultura nacional.- Qué empeño tan necio. Qué manía tan dañina. Defenderla ¿del ataque de quién? ¿No será mejor limitarnos a disfrutarla, y dejar que se defienda ella sola, si es que llega el caso? Dar por supuesto que es necesaria la defensa de la propia cultura –y, como elemento primordial suyo, del propio idioma–, es decir, dar por supuesto que está siendo atacada, es el primer y decisivo paso en el camino victimista y agraviado del nacionalismo. El primer síntoma visible en que se manifiesta esa grave enfermedad, de las pocas cuyos peores síntomas no padecen los afectados, sino los desgraciados que les rodean.

Detesto los nacionalismos, el vasco y el catalán como el español, el servio o el albanés, pero siento en cambio un interés profundo y afectuoso por todos los idiomas que alguien hable. Lo que, precisamente, me lleva a lamentar muy sinceramente que tantos de ellos hayan caído en manos de nacionalismos que los utilizan como coartada, como arma de agresión y como rehén: que los 'defienden', vaya. Así llaman a convertirlos en víctimas lastimeras y agresivas, en objeto de cuidados indeseables y asfixiantes, en criaturas monstruosas artificialmente cebadas y mantenidas en un mundo irreal de mitologías tribales y agravios identitarios.

El español, el francés, el vasco, el catalán, el gallego... cualquier idioma, todos los idiomas, son para hablarlos, coño, y para escribirlos y leerlos, para usarlos sin complejos, con libertad y con alegría. No para erigirlos en tótem sacrosanto o en ciudadela alzada en armas, ni para emplearlos como liturgia consagradora de identidades colectivas, ni para inventárselos a la medida de la burocracia administrativa, ni para convertirlos en programa de oposición para funcionarios, ni para exhibirlos en los museos, ni para coserlos en las banderas. Menos aún, claro, para imponerlos o para atizarle a nadie con ellos en la cabeza. La cultura, que yo prefiero considerar universal, única y felizmente variopinta, y no como distintas 'culturas' contrapuestas unas a otras, es de la gente que la hace y la usa libremente, no del estado o sucedáneo que la 'defiende'... contra no se sabe qué, pero nunca contra el más grave ataque que puede sufrir, que es esa misma indeseable defensa.


 
la telebasura.- Entre las necesidades básicas del ser humano, no mucho después que el alimento o el sexo, está la ficción. Salir de la vida real y propia siquiera un rato y escaparse a vidas ajenas y ficticias –o como si lo fueran– de las que se es espectador, omnisciente, irresponsable e invulnerable. Quienes no tienen abuelos que les cuenten cuentos ni hábito de leer, una gran parte de la humanidad, satisfacen esta necesidad con la televisión. Con la que les echen. No dejan de verla porque sea mala, del mismo modo que el hambriento no deja de comer pan porque esté seco y mohoso. Es lo que tienen y de ello tiran. Y se aficionan a ello, como el hambriento se aficionaría al pan mohoso si nunca hubiera comido otra cosa. No eligen la mierda libremente, eligen mierda porque necesitan algo y mierda es lo que se les ofrece. Y el cabrón que les ha atiborrado de mierda y aficionado a ella, luego se escuda en que "es la mierda lo que les gusta" para seguir dándosela. Por eso creo que el discurso de "la culpable es la audiencia, que pide esas cosas" es mentiroso, un mecanismo más de que se sirven los que han hecho su profesión y su lucro de producir una televisión especialmente estúpida, adormecedora, manipuladora y barata. Darlo por bueno sería como si absolviéramos a los narcotraficantes porque se limitan a facilitar la mercancía que les exigen los drogadictos.



la efeméride.- Montar (consentir y alentar, quiero decir: montarlo es algo excesivamente complicado, y se parece demasiado a trabajar) un golpe de estado; que salga una chapuza, tener que pararlo en el último momento (¿quién puede frenar un coche –o un tanque, si a eso vamos– mejor que quien se sienta a sus mandos?) y pasar a la historia como el héroe que lo evitó es una maniobra tan redonda que, si no fuera porque no le creo capaz de pensar tanto, diría que tuvo que ser fruto de una maquinación maquiavélicamente planeada. Pero en realidad creo que fue la chiripa, una vez más, de un chapucero irresponsable, golfo por vocación propia y por tradición familiar, al que todo le ha ido saliendo bien gracias a estar en el lugar en el que a quienes de veras mandan les viene bien que esté, y gracias a la inestimable papanatez de los españoles, a los que nos encanta creer en cuentos bonitos y nos irrita, en cambio, que se pretenda hacernos ver lo que hemos decidido no ver.

Estoy cada vez más convencido de que la corrupción por la que toda la clase política española resolvió ignorar lo que con toda probabilidad pasó de verdad hace hoy treinta y un años, y en cambio se instaló, y nos instaló a todos, en la bonita versión del rey que salva la democracia frente a los golpistas, es la fuente y el origen de todas las corrupciones que han venido después: tú calla sobre lo mío, que yo callaré sobre lo tuyo, ya que todos seguimos callando sobre Lo Suyo. 

13 febrero 2012

Una vocación frustrada


Hickory Dickory Dock - Elizabeth Mitchell


Poesía y sucedáneos

NULLE DIES SINE LINEA

La mesa está repleta de papeles, de pipas,
de botes con objetos inútiles y sucios,
de libros, de ceniza, de cajas de cerillas,
de briznas de tabaco, de lápices, de plumas,
de luz de la bombilla, de esperanzas dormidas.
La radio toca ópera, y es como una amenaza
que nos grita de lejos alguien sin importancia
y se vuelve reproche cuando Chopin empieza.

Hay un papel en blanco que ya ha sido borrado
y propone de nuevo su puerta luminosa
como última esperanza de que pueda entrar alguien.
–Fuera, tras los cristales, la primavera acecha
en un tenso crepúsculo de azules y violetas
cruzado de promesas y urgencias enigmáticas–.

Hay también mis dos manos aferradas al lápiz,
forzando con su punta ninguna cerradura,
mis dos manos que luego volverán a la goma,
negarán este empeño, suprimirán los rastros
de un intento de fuga penado por las leyes.
Es justo, no me quejo, yo mismo le reprocho
a este escarbar fallido su torpe ineficacia,
su contraproducencia, si existe esta palabra,
que construye murallas cuando quiere saltarlas
y obstruye inútilmente el ojo de la llave
-sin contar con el gasto de papel, que es tan caro-.

En fin, vaya desastre, vaya pobre desastre,
tan de todos los días, ya tan sin importancia
que es tonta esta fatiga de seguir escribiendo
sílabas y más sílabas, de catorce en catorce.
¿Qué oscura coartada creo estar fabricándome
con esta ceremonia sin fines ni testigos?
No lo sé, y preguntarlo es también parte de ella,
–yo siempre soy muy listo, siempre voy por delante
y nadie me ha cogido nunca desprevenido–.

Predecir la derrota, ya que no va a vencerse;
ser idiota sabiéndolo queda un poco más digno.
Cosas como esta, que encontré el otro día en un cuaderno viejo, escribía yo en mi adolescencia. Como esta y como otras aún peores, que les evito a ustedes porque debe ponerse algún límite a la impudicia, por bloguero que uno sea. Ser joven tiene cosas estupendas, pero también hay que apechugar con lo malo.

No con demasiada frecuencia, diré en mi descargo. Solo a veces, como último recurso frente a esas tardes de final de invierno o de final de verano tan difíciles de sobrellevar con ecuanimidad cuando se tienen dieciseis o diecisiete años y un temperamento sensible.

Pero comprendí enseguida que la poesía, aunque ayudaba a coexistir –parcial y temporalmente, pero ayudaba– con las abrumadoras perplejidades de la edad, y aunque aliviaba –engañosamente, pero la aliviaba– la sensación de soledad a que tan proclives somos en esos duros años, no era lo mío. La cabeza me funciona de un modo demasiado rígido, el 'fondo' excesivamente supeditado a la 'forma', como para ser de veras poeta. No me implico, miro siempre desde fuera y mejor desde no muy cerca, todo lo analizo demasiado y además no acabo de tomarme en serio nada, empezando por mí mismo. Un poeta, pensé en algún momento de rara lucidez, debe de ser de otro modo distinto de como yo soy: más sincero, más inconsciente, más apasionado. Menos controlado, menos racional, con más imaginación, con menos sentido del humor.

Renuncié, pues, no sin pena, a escribir estas cosas, pero me quedó una tonta nostalgia del metro, del ritmo y de la rima. Una especie de compulsión, más física que otra cosa, hacia el enhebrado de sílabas, la construcción de ritmos y la búsqueda de consonantes. El breve paso de la poesía por mi vida me dejó nada más que su cáscara hueca y algo deteriorada, un mero interés por sus formas, sus apariencias y sus rituales, pero fue un interés muy persistente, que aún hoy colea de vez en cuando.

Le he encontrado salidas algo extrañas. Por ejemplo, esas traducciones de Brassens que ustedes habrán leído ya en este blog, espero. (Si no es así deben suspender aquí mismo la lectura y correr a empaparse de ellas. Ya.)

Y algunas otras menos exhibibles –y que, en consecuencia, me propongo exhibir acto seguido–.

Hace algún tiempo, por ejemplo, discutía yo con uno de mis corresponsales internéticos más asiduos sobre qué cosa es exactamenet un limerick. Como quizás sepan –y si no este enlace se lo hará saber enseguida, a poquito inglés que manejen– el limerick es una estrofa popular propia de la lengua inglesa, con una estructura temática, rítmica y métrica muy establecida: cinco versos que riman AABBA, habitualmente de carácter humorístico e intención obscena –"son esencialmente transgresores", dice la wiki, "y la violación del tabú es parte de su función"–. El primer verso presenta una persona y un lugar, este último colocado al final del verso y marcando, por tanto, cuál ha de ser su rima y la de los versos segundo y quinto. "Es frecuente la explotación de los nombres geográficos, especialmente de los exóticos, lo que se ve como una referencia a las clases de geografía para subvertir el decoro escolar."

En cuanto a su métrica, el primer, segundo y quinto verso deben medir tres pies, y el tercero y cuarto solo dos. Es decir, que la longitud de los versos del limerick se mide en pies métricos, no en sílabas, y en esta peculiaridad radicaba el origen de nuestra discusión: como hay pies muy distintos, tanto en longitud como en acentuación, de ellos resultan también limericks de muy distintos metro y ritmo. Mi interlocutor recordaba una cancioncilla inglesa de su infancia (el Hickory Dickory Dock del principio del post) que es a su juicio un limerick o estrofa análoga, y cuya letra está compuesta por una combinación de pies dáctilos (TÁ-ta-ta, para entendernos) y yámbicos (ta-TÁ, quiero decir);  y sostenía que son limericks solo los que se atienen a ese mismo esquema rítmico. Yo, por mi parte, me empeñaba, contra su opinión, en que una melodía de mi niñez, cuya letra no recordaba, era perfectamente apta para encajar en ella un limerick, siempre que estuviera compuesto por pies anfíbracos (ta-TÁ-ta, si me siguen).

Agotados los argumentos teóricos, recurrí a los prácticos y, en un rapto de inspiración, compuse sobre la marcha los siguientes limericks, que además de no estar, modestia aparte, nada mal, cumplen con todos los requisitos de la definición canónica y pueden perfectamente ser cantados con mi melodía candidata, como se comprueba en el archivo adjunto que grabé días después tras pergeñarle con mi FinaleNotepad un acompañamiento pseudopianístico que me quedó la mar de aparente, no me digan que no (bajen el volumen de su ordenador si están  leyendo esto en un lugar público):
A mi novia la de Alicante
yo siempre le doy por delante.
Un día fui y ¡zas!
le dí por detrás,
y también le gustó bastante.
Es que en el Pais Valenciano
la gente es de trato muy llano,
y disfruta igual
un polvo frontal
que si un día les das por el ano.


Limerick Ad Hoc - Júbilo Matinal


Un  poco zafios, no lo niego, pero qué quieren ustedes, lo exige la naturaleza de la estrofa. Y además tendrán ustedes que convenir conmigo en que la natural satisfacción que produce siempre una buena rima se ve, vaya usted a saber por qué, significativamente reforzada cuando el énfasis de lo rimado cae sobre una ordinariez rotunda, redonda e inequívoca. Así estamos hechos, yo al menos. Decir basteces en verso mola.

No los habría traído aquí, mancillando la pulcritud habitual de este blog fundamentalmente mesurado, si no fuera porque ilustran muy bien la clase de actividades parapoéticas de las que les hablaba líneas arriba, a las que me he tenido que dedicar esporádicamente, para aliviar mi prurito versificador, desde que comprendí que el ejercicio de la verdadera poesía quedaba fuera de mi alcance.

El mismo problema, ya que estamos, presenta este otro ejemplo, con el que daré por cerrado, nunca demasiado pronto, este impúdico post, y que para algunos de ustedes, queridos lectores, quizás no resulte nuevo, ya que su gestación tuvo lugar hace poco y, por decirlo así, coram populo: se produjo en los comentarios de un blog muy cercano y apreciado por mí, el de mi amigo Miroslav, y con la inestimable colaboración de otro bloguero amigo, Lansky. Miroslav había dedicado un sesudo post a la palabra cimbrel, uno de los muchos nombres que puede recibir el miembro viril. A Lansky le inspiró el asunto y en un comentario dejó esta sentida composición suya:
Llegué tarde a la oficina.
Toda la culpa, de mi minina.
Esta mañana, recién levantado,
el cimbrel mío posaba amartillado.
Tomándole en mi mano,
le interpelé:
¿qué pretendes, despótico y ufano
¿ponerme en compromiso?
¿o hacerme caso omiso?
¿Acaso no ves
la hora qué es?
Una simpática copla, como ven, inspirada y llena de aciertos temáticos pero necesitada, en mi opinión, de unos cuantos ajustes formales. Mi compulsión métrica se puso en marcha y me dispuse a administrárselos. Este fue el resultado, tras un par de horitas de trabajo (las tardes de Agosto, de Rodríguez, dan para mucho):
Hoy llegué con retraso a la oficina.
Toda la culpa fue de mi minina.
(No, no es que tenga gato;
hablo, por descontado, de mi aparato.)
Casi dormido, apenas levantado,
me encontré mi cimbrel amartillado,
robusto, erecto, erguido,
más tieso que un cantueso florecido,
dispuesto, en fin, al diario desempeño
más que su pobre y soñoliento dueño.

Tomándolo en la mano
–“¿Qué pretendes, tan tieso y tan ufano?”
–le pregunté.– “¿Buscarme un compromiso?
Pues hoy tengo que hacerte caso omiso.
¡No tengo ni un minuto! ¿Es que no ves,
cacharro inoportuno, la hora que es?”

Me tuvo allí un buen rato,
yo “¡Que te abatas!” y él “¡Que no me abato!”,
él obstinado y duro, yo porfiando:
“¡Que te ablandes, pardiez!” “¡Que no me ablando!”
Y no hubo forma. El chisme es cabezota
y no acepta jamás una derrota.
Levantisco, anarquista y libertario,
no se le da una higa del horario,
e insiste, pertinaz, terco y cansino
hasta llevar el agua a su molino.

Cedí a sus pretensiones
–siempre acaba imponiendo sus... razones–,
arrimé al fin el ascua a su sardina
...y llegué con retraso a la oficina.
Ya sé, ya sé. Se han quedado ustedes sin palabras. Mis versos suelen producir ese efecto. Bueno, tampoco son necesarias muchas más. Espero que la muestra les haya servido a ustedes para hacerse una idea de lo que me lleva hecho sufrir mi frustrada vocación de poeta.

16 enero 2012

Cosas que pienso –a veces– sobre (2)



Chicho Sánchez Ferlosio, Rosa Jiménez - Coplas retrógradas


Prólogo: Se me han juntado hoy, probablemente por alguna clase de atracción entre semejantes y como una especie de propósito de Año Nuevo a la inversa (¿depósito de Año Viejo?), unas consideraciones especialmente impresentables, tirando a cínicas y bastante indefendibles. Más aún, quiero decir, de lo que suelen serlo las mías. No las defiendo, pues. Es más, les recomiendo que no se las tomen muy en serio ni me hagan mucho caso. A menos, claro, que por casualidad resultara que están ustedes de acuerdo con ellas...


Todas las fotos de este post están cogidas de la página de Street Art Utopía


la mentira.- Yo soy bastante partidario. En realidad no tan partidario de la mentira –siempre fea, sobre todo si la llamamos así– como de una prudente administración de la verdad, que es una mercancía no solo escasa, y por tanto valiosa, sino, sobre todo, muy peligrosa. Creo que atemperar la aplicación directa de la verdad en estado bruto es en muchos casos un acto de cortesía, una manera muy conveniente de lubricar la vida, mitigar sus inevitables fricciones y suavizar las aristas de este áspero mundo. Y en muchos también una precaución de elemental sensatez, impuesta por la prudencia y que evita molestias innecesarias, disgustos y a veces auténticas calamidades a uno mismo y a los demás. En consecuencia creo que hay que ser muy insensato, muy irresponsable o muy inmaduro para dar a la sinceridad ese valor supremo que con frecuencia pretende tener, por encima, por ejemplo, de la compasión o de la buena educación.

Yo no creo tener ninguna obligación genérica y a priori de decir la verdad, menos aún de decir toda la verdad y desde luego tampoco de decir nada más que la verdad. La verdad que yo conozco, por tanto, la dispenso, como un don y sin obligación alguna, a los que creo que la merecen o que la necesitan. Y la niego, con todo mi derecho, a aquellos de los que temo que harán mal uso de ella, o que les perjudicará, o simplemente que no la necesitan para nada. En el legítimo empeño de negar la verdad a estos últimos hay un medio irreprochable, que es el de callarla. Y si no fuera suficiente este, hay otros: embellecerla, empaquetarla, sustituirla por sucedáneos más cómodos o útiles, lo que comúnmente se llama mentir, que pueden ser, según las circunstancias, igualmente legítimos. Lo que sucede con estos últimos métodos, a los que por abreviar y sin la menor connotación peyorativa llamaré mentiras, es, en primer lugar, que su empleo es casi igual de peligroso y bastante más complicado que la administración de la verdad en estado puro, razón por la que deben ser empleados con moderación, discernimiento y discreción. Y en segundo, que tienen una inmerecida mala prensa, fruto de la no siempre beneficiosa influencia del protestantismo, hija a su vez de la inflexibilidad y de la falta de imaginación características de los sajones. Es, creo, esta influencia nórdica y luterana la que ha dado origen al culto de la "sinceridad a ultranza", un mito moderno, despótico y peligroso. Su observancia me parece, más que nada, un rasgo de cómodo egoísmo. Decir siempre la verdad, pase lo que pase, no deja de ser una forma, injustamente bien vista, de irresponsabilidad.

Reivindico, en conclusión, mi derecho a mentir. Lo tengo clarísimo en la teoría, lo que en la práctica me permite no tener que recurrir a la mentira casi nunca; porque como digo, aunque útil con frecuencia y necesaria en ocasiones, es también francamente incómoda, y considerablemente difícil de manejar. Las conductas altruistas es lo que tienen, que rara vez resultan confortables. El sendero de la virtud es, ya sabemos, estrecho, abrupto y sembrado de maleza.



la lectura.- Es una de esas actividades cuya supuesta buena imagen es el resultado de un enorme ejercicio de hipocresía colectiva. El hábito de leer goza de tan buena consideración teórica y pública como, en la práctica privada, es justo objeto de recelos, desconfianzas y malquerencias varias y enconadas. Justo objeto, digo, porque, seamos sinceros, leer –y cuando hablo de leer hablo de leer ficción, fundamentalmente; los manuales de informática o de jardinería, los tratados de Economía, los libros de autoayuda, las vulgarizaciones de Historia y las biografías de hombres célebres no cuentan– es un vicio adictivo, escapar del cual resulta mucho más difícil que dejar el tabaco o la bebida; y, sobre todo, porque leer es una pérdida de tiempo, como bien sabemos los lectores compulsivos a los que se nos ha ido en ello más de media vida, por culpa de lo cual nos hemos convertido en los ciudadanos escépticos, indóciles, inútiles y descontentadizos que hoy somos. (Perder el tiempo, lo más gozoso que puede hacerse con esa mercancía escurridiza y fugaz. Por eso precisamente, porque es perder el tiempo, es por lo que leer me gusta tanto.)

Tengo conocidos que han cambiado sutil pero claramente su actitud hacia mí a partir del momento en que entraron por primera vez en mi casa y vieron en ella paredes cubiertas enteramente de estantes con libros. Hasta ese momento éramos colegas, nos llevábamos estupendamente, no había sombras entre nosotros; a partir de ahí  ("Este imbécil ¿se habrá leído de veras todos estos mamotretos?"–podía, casi, oírseles pensar.– "¿Esperará que los haya leído yo?") una cortés distancia, una especie de desconfianza amablemente recelosa se instalaron entre nosotros. Su reacción no habría sido muy distinta si me hubieran descubierto pinchándome heroína en el baño, o mirando fotos de niños desnudos.



el trabajo.- Cuando digo –lo digo poco, solo en confianza– que el trabajo es para mí una maldición bíblica y que mis ambiciones profesionales se cifran, fundamentalmente, en no tener necesidad de ninguna profesión, la gente se escandaliza, o decide pensar que hablo en broma para no tener que escandalizarse. Me tienen, ellos sabrán por qué, por un funcionario concienzudo y competente para quien su trabajo es lo primero de todo. No saben que si lo pongo lo primero de todo es para acabarlo antes y poder olvidarlo más deprisa; y que si procuro hacerlo bien no es tanto por tener la sensación de que me gano el sueldo como por cierto prurito de carácter más deportivo que otra cosa –el mismo por el que quiero, por ejemplo, que me salga el sudoku– y, sobre todo, para evitar que colee y moleste más de lo inevitable.

Todo mi respeto, claro está, por esas personas para quienes su trabajo es el centro de su vida, le dedican la mayor parte de sus energías y no parecen deseosas, ni capaces siquiera, de dejar de pensar en él aunque solo sea algún rato que otro. Pero no los envidio ni un poquito, y estoy enormemente agradecido de que no me pase nada parecido.

(No me refiero a los artistas, por ejemplo, que evidentemente disfrutan su trabajo porque es algo objetivamente disfrutable; aunque sea remunerado y modus vivendi, el suyo no me parece trabajo en el sentido etimológico –para mí el auténtico sentido de esta palabra– de tripalium, tortura. Aunque tampoco a estos los envidio: debe de ser cansadísimo y, por momentos, demasiado obsesivo y exigente.)

No, hablo de esos empresarios, o asalariados, como yo, que se quedan en la oficina todos los días hasta las tantas y hablan con entusiasmo de sus ventas, de sus clientes, de sus proyectos. Esos que han conseguido reducir sus vidas al tamaño de sus empleos, y parecen satisfechísimos con el resultado. Esos que dicen, en serio, que "temen" la jubilación, porque les da miedo la inactividad y la sensación de no ser necesarios. Son fenómenos para mí muy respetables, sí, pero totalmente incomprensibles, que miro con una mezcla de repulsa y compasión.



Epílogo.- Según garabateo va ganándome un gran desasosiego, luego una amarga congoja que llega a ser genuina angustia. Me agarra de golpe la seguridad de no lograr apaciguarla, de que el gutural grafismo que genera mi agobio conseguirá, haga yo lo que haga, colgar su negro gancho en algún lugar de los largos renglones en que gusto de desahogar mi imaginación, y lo esgrimirá, lúgubre y negador, igual que un ambiguo signo de interrogación que derogue el gozo y la alegría por los siglos de los siglos.

06 enero 2012

Las soluciones las traen los Reyes


Tam tam - Villancico popular aragonés - Arreglo: Victorino Echevarría
Coro Cantores de Madrid - Banda sinfónica municipal de Madrid

La  verdad es que estos dos problemas, que son de los más sencillos de mi tío, los tengo resueltos desde hace años. Tantos que en la solución del segundo verán ustedes algunas alusiones a lo que entonces era la actualidad política: Garzón presentándose a las elecciones, Gómez de Liaño procesado por cuestionar la autoridad suprema de Polanco... Qué tiempos aquellos. En fin, ahí van las dos soluciones:


LOS 13 PRETENDIENTES - SOLUCIÓN

Rosa Luz muy despierta no parece, y tiene extraños criterios para elegir marido, pero podemos concederle que sea una chica ordenadita. Su método de escribir los nombres de todos los pretendientes así lo sugiere. De modo que es muy probable que de los seis mil doscientos veintisiete millones y pico de formas posibles de escribir en la pizarra los trece nombres de sus pretendientes haya elegido la que figura a continuación, en que aparecen ordenados alfabéticamente, tanto por nombres de pila como por apellidos.


Además de probable, esta ordenación comienza a parecernos muy conveniente cuando advertimos que la diagonal principal de la matriz resultante contiene un mensaje inteligible: “A tu cuñado Raúl”, que, de ser leído por la viuda, podría ser considerado por ella como una respuesta a su obsesiva pregunta: ¿A cuál elegiré, Dios mío?

De modo que si es este, efectivamente, el orden en que ella ha escrito en la pizarra los nombres; y si es, por tanto, el que leemos diagonalmente en el bloque de nombres el mismo mensaje que ella lee en su pizarra; y puesto que, por motivos sin duda muy respetables, si bien enigmáticos, interpreta y por el enunciado nos consta que lo hace que el tal mensaje constituye una respuesta a la pregunta que ocupa su mente, podemos de todo ello deducir que Rosa Luz tiene un cuñado que se llama Raúl, y que figura, además, entre los aspirantes a su mano, por lo que no puede tratarse sino de Raúl Martínez. Y no solo podemos, sino que debemos además concluir que, siendo Rosa Luz hija única y no pudiendo, por tanto, tener más cuñados que los hermanos de su esposo, el difunto Juan llevaba el mismo apellido que el tal Raúl, es decir, Martínez.

Ahora bien, la elección de esa precisa ordenación de los nombres, aunque legítima y conveniente, no es obligada; y tan posibles como ella son las restantes seis mil doscientos veintisiete millones veinte mil setecientas noventa y nueve alineaciones en que pueden presentarse los nombres. Por lo cual hay una probabilidad real no superior a 1'6 diezmilmillonésimas de que el orden seguido por la viuda al escribir los nombres, y el mensaje resultante, sean, efectivamente, los que quedan reseñados. Es muy probable, o al menos no es menos probable que nuestra hipótesis, que alguno de los restantes seis mil doscientos millones y pico de modos de ordenar los nombres produzca mensajes tan reveladores o más que el que hemos visto, que, leídos por la viuda, la empujarían a casarse con cualquiera sabe quién y, conocidos por nosotros, nos llevarían a vaya usted a saber qué conclusiones sobre el apellido del muerto. Solo tras examinar todas las posibles ordenaciones, leer, si los hubiere, todos los mensajes producidos, razonar a partir de su contenido y descartar, si fuera el caso, que entre los resultados de estas operaciones haya alguno tan convincente o más que el obtenido líneas arriba podríamos, con la certeza de no estarle calumniando, asegurar que el finado se apellidaba Martínez.

Así que la respuesta más honrada es: ignoro qué apellido llevaba el buen señor, y como no estoy dispuesto a confeccionar y escudriñar seis mil doscientos veintisiete millones veinte mil ochocientas matrices en busca de mensajes que me lo indiquen, renuncio a averiguarlo.



EL CASO DE BILL RUGGLES - SOLUCIÓN

Cuando alguien recibe un balazo en el corazón es seguro que el suceso ha contado con la presencia de al menos dos personas: el propietario del corazón y el propietario del dedo que aprieta el gatillo. La víctima y el homicida.

("Presenciar", aunque tendamos a identificarlo con "contemplar", no significa, en realidad, nada más que "estar presente").

El disparo que terminó con la vida de Bill Ruggles fue presenciado, nos aseguran, por solo dos personas, una de las cuales, Mistress Ruggles, no era la víctima ni pudo ser la autora; de modo que sin duda la otra debió reunir ambas condiciones. Es, por tanto, indiscutible que Bill Ruggles se disparó a sí mismo, presumiblemente tras haber atado y amordazado a su inminente viuda.

Ello concuerda, además, con las averiguaciones de Maud Holloway, sea este personaje quien fuere. En efecto, si el arma del crimen fue robada por un tal William, cuya novia era analfabeta y sordomuda, todo autoriza a suponer que el apellido de este William fuera Ruggles, y que su novia de entonces fuera su actual cónyuge que, tan analfabeta y sordomuda como antes de su matrimonio, se ve imposibilitada por estos poderosísimos motivos para dar noticia de lo que ha presenciado (aunque hemos de reconocer que los motivos que impiden hablar al otro testigo del disparo son aún más poderosos que los suyos).

Todo lo lo cual nos permite dar por contestada la primera pregunta. En cuanto a la segunda, requiere de una previa consideración:

Hasta que se nos formula la primera, han aparecido en la narración los siguientes personajes: Bill Ruggles, su mujer, el segundo testigo del disparo, Sir Basil Grey, Basil Mc Murphy, Austin Fulton, Philipp Krauss, Maud Holloway, William, la novia de William, el Juez Instructor y el Comisario. En total, doce personas, mientras que la pregunta nos dice: Cuál de los ocho personajes que se mencionan más arriba...

Lo que hasta este momento sabemos nos permite eliminar a William y al segundo testigo del disparo, que son ambos el propio Bill Ruggles, así como a la novia de William, que es, por lo mismo, Mistress Ruggles. Pero seguimos teniendo nueve personajes donde nos aseguran que debe haber solamente ocho. Por tanto alguno de los dos cuyo nombre y apellido ignoramos, esto es: o el Juez o el Comisario, deben coincidir con alguno de los nombrados antes que ellos.

Puesto que nos preguntan por los datos del juez, será este el que haya sido previamente nombrado; y puesto que entre los nombrados solo hay uno del que conozcamos alguna actividad propia de un Juez Instructor, a saber, Maud Holloway, que ha averiguado cosas referentes al crimen; y dado que los apellidos de los personajes nos permiten suponer que se trata de un país anglosajón, de esos en los que sabemos por las novelas, el cine y los periódicos que la justicia funciona y los jueces averiguan cosas en vez de presentarse a las elecciones, hacerse ministros, dimitir o ser prevaricadoramente procesados por prevaricación, como en el nuestro, concluiremos que lo más probable es que el autor del problema pretendiera con todo ello permitirnos establecer que el nombre del Juez es Maud y su apellido Holloway.


El día 1 de Enero recibí un correo de C.C., concursante entusiasta donde las haya, preguntándome si "Luz" era nombre o apellido, y si en Argentina las mujeres adoptaban el apellido de sus maridos.

También recibí, y me dió mucha alegría, un inteligente comentario de Zafferano que todos ustedes habrán podido leer. No dió con la solución exacta, pero casi.

Y también Miroslav me envió su respuesta al segundo problema, el de Bill Ruggles, que coincidía básicamente con la mía-

El día 4 CC me envió un nuevo correo, que yo no recibí hasta el 5, comunicándome que había resuelto también el de Murderking, que no entraba en el examen y era solo para subir nota. Se la subo.

El día 5 recibí un correo de Alas de Algodón, con la respuesta al de Bill Ruggles. Coincidía conmigo en el asesino, pero no en el juez de instrucción. Siendo este problema de mi tío tan poco exacto como situado al margen de las matemáticas, tan posible me parece su respuesta como la mía. La doy por acertante. (Además Alas de jueces sabe mucho...)

Y también el día 5 me volvió a escribir CC, con la respuesta al problema de Rosa Luz. Es la única que ha dado con ella, y que ha resuelto los tres problemas. Mi enhorabuena a todos, pero especialmente a ella. Y que disfruten ustedes mucho sus regalos de Reyes, y tengan un feliz 2012.


Coda musical (que no falte): El villancico del principio pertenece a un disco de villancicos populares españoles, "Navidad en España", que imagino editado a finales de los cincuenta o principios de los sesenta. Los arreglos orquestales son de Victorino Echevarría. Cantan los Cantores de Madrid e imagino que toca la banda sinfónica municipal de Madrid, de la que Echevarría fue director desde 1949 hasta 1961. Aparte de que me parece un disco musicalmente excelente, tanto por los arreglos como por la interpretación, es el disco de villancicos de mi infancia. Suena muy mal, como verán, porque el mp3 está directamente grabado del vinilo, bastante hecho polvo. A mi me basta oir cualquiera de sus villancicos para revivir automáticamente la felicidad intensa y mágica de mis navidades más remotas, y creo que no he pasado una sola navidad de mi vida sin escucharlo.

Este villancico, en concreto, tiene una letra notable por su falta de corrección política: van por el desierto Melchor y Gaspar, les sigue un negrito que todos le llaman el Rey Baltasar... No hay por dónde cogerlo. Pero a mi se me siguen retorciendo las tripas de la emoción cada vez que lo escucho.

31 diciembre 2011

Problemático final de año


Minuit, chrétiens! - L'Accroche-Choeur * Ensemble vocal Fribourg

Para no perder la costumbre de fin de año, que tiene, entre otros, beneficiosos efectos contables, como ya expliqué por estas mismas fechas el año pasado; en honor de CC, que recientemente me preguntaba si voy a publicar algún acertijo, y de Alas de Algodón, que sé que en tiempos utilizó alguno de ellos para fines  familiares propios de las fechas, y de Zafferano, que en los felices y ya un poco lejanos tiempos en que asomaba por este blog era una entusiasta resolvedora de enigmas; y en general, mis queridos lectores, para solaz navideño de todos ustedes, pongo aquí a su disposición, en facsímil de la versión en que hace algo más de sesenta años vieron la luz originalmente en una publicación porteña, los dos últimos problemas de mi tío Guillermo que he sido capaz de resolver. (Les ruego aprecien la ilustración del segundo de ellos, que es también obra de mi polifacético tío.)

Me quedan otros, cerca de veinte, en la recámara, pero tendrán que esperar ustedes a que los resuelva yo primero, porque publicar un acertijo del que no conozco la respuesta va contra mis principios.

Si se animan a resolverlos, casi mejor que envíen sus respuestas a jubilomatinalarrobagmailpuntocom, porque si las publican en los comentarios y por casualidad aciertan, le estropearán el juego a otros posibles deportistas.




El primero de los "problemas exactos al margen de las Matemáticas" de mi tío que publiqué en este blog fue MURDERKING, en octubre de 2007, hace más de cuatro años. Se trataba en realidad de mi solución para el problema, que había redactado en forma de cuentecillo policíaco y como tal publiqué, aunque con una coda final en que se explicaba su origen. El problema propiamente dicho, si algún lector que no lo conozca quiere tratar de encontrar la solución antes de leer la mía, dice así:

MURDERKING
Los jefes de policía de todo el mundo estaban preocupados. Desde hacía varios años el día 1º de enero se cometía, indefectiblemente, un crimen misterioso en algún lugar de la tierra, y las víctimas eran siempre marcadas en la frente con la firma del asesino: “MURDERKING”
El primer cadáver había sido hallado el 1º de enero de 1937 en los jardines de Schönbrunn. Era el de un vagabundo llamado Moecix.
La víctima nº 2 (1938) fue la baronesa Uldenschadt. Su cadáver fue encontrado en Aleja Jerozolimska.
En 1939 el misterioso Murderking asesinó en el parque Uyeno al diplomático Reichtöser. Entonces se observó que las iniciales de los apellidos de las tres víctimas coincidían con las tres primeras letras de la firma del homicida. Las personas cuyo apellido empezaba con D temieron para el año siguiente la visita de aquel maniático.
Y en efecto: el 1º de enero de 1940 fue asesinada, en plena avenida Río Branco, la señora Dangeln. Las víctimas de los años siguientes fueron:
1941: el doctor Efnarc, cuyo cadáver fue “firmado” por Murderking en el cruce de Shaftesbury Avenue y Charing Cross Road.
1942: la bailarina Ragennati, en un hotel de la Kurfürstendamm.
1943: el coronel Klopsa, en una calle solitaria de Buda.
1944: la señorita Ibrals, en el bosque de Chapultepec.
1945: El gigoló Noppin, en un cabaret de la Place Pigalle.
Sólo faltaba un asesinato para que el siniestro Murderking completase su firma sangrienta. Una productora cinematográfica de Buenos Aires anunció que estaba llevando al celuloide este fatídico asunto con el título “La postrera víctima será G”.
Terminado el rodaje de la película, el 1º de enero de 1946 se proyectó una prueba privada, con asistencia del jefe de producción Garcitoral, las actrices Diana Gryn y Elena Garralde, el director Gloppenberzyls, los actores Gutiérrez, Grenelli y Goschetz, el escenista Gandogliatti, el cameraman Gil y los consejeros Gozmasagarry, Garrigartuzar y Glinka. Cuando el desenlace se aproximaba sonó en la sala una detonación, y al ser encendidas las luces pudo verse que uno de los doce espectadores acababa de suicidarse. Murderking había cerrado con una lógica perfecta el ciclo de sus diez crímenes. Si alguien hubiera estudiado más atentamente los apellidos de las víctimas y su relación con los nombres de los países en que se cometieron los nueve asesinatos, Murderking habría podido ser desenmascarado en vida.
¿CUAL DE LOS DOCE G. ERA EL ASESINO Y SUICIDA MURDERKING?

El siguiente que publiqué, en septiembre de 2008, fue "17 personajes en busca de director". Y el siguiente, en diciembre de ese año, el que de momento hasta que resuelva otro que me guste más es mi favorito: "Los hermanos Benavides". 

La publicación de este último, cuyo protagonista es un sefardí de Salónica, tuvo una secuela bastante curiosa: eSefarad, una página web sefardí de esa ciudad griega, escrita en español, dió por casualidad con mi blog y publicó el problema, encantada de ver que había alguien en el mundo que se ocupaba de los sefardíes de Salónica, aunque fuera para escribir sobre ellos problemas más bien abstrusos. "Debo reconocer, querido lector, que al momento de escribirse esto en eSefarad no he intentado resolver el enigma aunque he encontrado una solución publicada que daremos aquí la próxima semana. Si no es hábil con las matemáticas y la geometría, no se esfuerce en tratar de resolver el enigma. Aún así, no deje de leerlo, no es habitual encontrar un juego matemático que pase por Salónica," escribe el redactor de la web. También describe mi blog como "un extraño sitio sin mayor coherencia que la de publicar lo que el autor quiere", lo que me parece bastante ajustado a la realidad y demuestra un juicio francamente certero por su parte. Más aún cuando concluye diciendo que se trata de "un blog hecho y derecho". Una semana más tarde, como había prometido, publicó también mi soluciónNi para una cosa ni para otra pidieron mi permiso, ni me avisaron siquiera. Yo me enteré nueve meses después por pura casualidad, siguiendo el rastro de una visita al blog de las que me detecta el chivato internético instalado al efecto. No es que se lo reproche, es más, estoy encantado de esa  inopinada difusión de mi blog, aunque la verdad es que tras ella no aprecié ningún aumento de lectores griegos ni sefardíes.

En fin, señores, ya no les entretengo más con mis historias, que si no nos despedimos nos van a dar las uvas, y nunca se dijo con mayor propiedad. Que pasen ustedes una noche estupenda y que tengan un feliz 2012.

12 diciembre 2011

O por lo menos eso creo yo


Para Amaranta, Atman, Bluff, César, CC, David, Harazem, Lansky, Miroslav y algún otro contertulio internético que se me estará olvidando, con todos los cuales he mantenido estupendas discusiones a las que nada de lo que aquí digo es, creo, aplicable y durante las que han soportado, con mejor o peor humor, mi vehemencia discutidora; con mi agradecimiento en primer lugar, mis disculpas luego si alguna les hubiera molestado y, siempre, mi promesa de más –mientras se dejen–.


Vainica Doble - Dos españoles, tres opiniones


Mi particular visión del arte de discutir. Manifiesto moderadamente airado.

Llevo aproximadamente toda la vida observando cómo, cuando discuto –actividad con la que disfruto como con pocas otras, por si no se habían dado cuenta– con frecuencia hay entre mis interlocutores quien me acusa de ser excesivamente tajante en mis opiniones, así como de una cosa que nunca deja de sorprenderme: que "me creo en posesión de la verdad". (Es una frase absurda, lo sé, pero es la que usan. Todos. No se la he oído a uno ni a dos, sino a decenas de ellos. No sé dónde la aprenden...) Esa acusación y la airada respuesta "¡Eso será tu opinión!" que tantas veces he recibido tras manifestar, efectivamente, una opinión mía, son dos cosas que siempre me han dejado bastante perplejo.

Naturalmente que no me creo en posesión de la verdad, aunque solo sea porque eso no quiere decir nada: la verdad no es algo susceptible de ser poseído, ni siquiera por mí. Pero naturalmente también que cuando afirmo algo es porque creo que ese algo es cierto. Creer algo, en mi opinión, es creer que ese algo es verdad, y que uno tiene razón al creerlo. Tener una opinión y creer acertada esa opinión no es que sean cosas inseparables, es que son la misma cosa. O eso creo...

Así que cada vez que escucho esa bobada de la posesión de la verdad no tengo más remedio que hacer la sustitución oportuna y traducir para mí mismo: "Debe de querer decir que creo que tengo razón". E inevitablemente me pregunto, acto seguido: "Y a él ¿no le pasa lo mismo? ¿No cree que tiene razón? ¿No cree, al menos, que no la tengo yo?

        Si lo cree ¿por qué él sí puede creer cosas, y yo no?

                Y si no lo cree ¿por qué discute?"

Porque, francamente, no lo entiendo. ¿Solo en mí es un defecto creer en lo acertado de mis opiniones, los demás sí pueden creer acertadas las suyas sin culpa ni reproche? ¿O los demás no creen que sus opiniones sean acertadas y las mantienen solo por capricho, por azar, como podrían mantener las contrarias? ¿Eso les parece mejor, decir cosas en las que no creen tener razón?

Como digo, me lo pregunto a mí mismo, de modo que no suele contestarme nadie. Pero si alguna vez me resuelvo a hacer más pública y expresa mi perplejidad, y formulo alguna tímida pregunta más o menos en esa línea, casi siempre obtengo la misma clase de respuestas difusas y ligeramente resentidas: que debería ser menos categórico y menos tajante. Que debería dejar claro que lo que yo digo es solo (¿"solo"? ¿Cómo que "solo"? ¿Qué más podría ser?) una opinión mía, y no la verdad absoluta. (, en serio, usan esa expresión, "la verdad absoluta". No, ni idea de a qué se refieren con ella, o de qué creen que quiere decir.) Que debería admitir la posibilidad de estar equivocado. Que mi modo de enunciarlas produce la impresión de que considero que mis opiniones son incuestionables...

Pues vale. Tomo nota.


Pero conste que cuando yo digo, por ejemplo, “El cielo es azul”, esto significa exactamente lo mismo que si dijera “En mi opinión el cielo es azul”. Porque, como no soy Dios, ni su oráculo ni el Portavoz del Orden Universal, nadie tiene por qué creer que al hablar yo exprese otra cosa que mi opinión personal.

Y, naturalmente, mi afirmación implica además mi convencimiento de que tengo razón al afirmar que el cielo es azul, porque efectivamente lo es. Si a mi afirmación no la acompañara este convencimiento de tener razón, al decir “el cielo es azul” estaría mintiendo, o debería decir algo como “Cabe la posibilidad de que el cielo sea azul”, “Hay quien afirma que el cielo es azul” o “En ocasiones he llegado a pensar que el cielo es azul.” No empleo ninguna de estas formas porque yo creo efectivamente que el cielo es azul y que, por tanto, estoy en lo cierto al mantener la opinión de que lo es. Y como todo eso es muy largo de decir, lo condenso en la fórmula, corta, eficaz e inteligible de “el cielo es azul”, en la que hay información suficiente para que quien me oye sepa, además, todo lo demás: que se trata de mi opinión y que la creo acertada.

Sí, soy muy tajante al hablar, y al escribir. Pero no porque pretenda nada parecido a la incuestionabilidad de lo que digo. (Por otro lado ¿qué más daría que lo pretendiera? ¿Se volvería incuestionable una afirmación mía sólo porque yo dijera que lo es? ¿Tan incuestionable me consideran?) Sino por mera cortesía dialéctica. Cortesía de la que atañe al fondo, aún más importante y necesaria que la que atañe a la forma, aunque sea a esta última a la que normalmente nos limitamos. Personalmente, mucho más que un mal tono o un exabrupto ocasionales, me molestan las ambigüedades, las evasivas, las medias tintas, las afirmaciones de las que no se sabe si lo son, ni qué afirman, ni qué niegan, las verdades nebulosas nebulosamente enunciadas con las que tan difícil es estar de acuerdo como disentir; y trato a toda costa de evitarlas, en obsequio, en primer lugar, de quien discute conmigo, y también de mí mismo. Soy tajante por un prurito de claridad que considero no solo loable sino muy necesario y que, sinceramente, rara vez encuentro que se me agradezca como creo que merece. Lo soy a fin de marcar, para mi interlocutor y para mí mismo, los límites, las dimensiones y la consistencia de lo que afirmo. No tengo ninguna pretensión de incuestionabilidad –aunque, insisto, ¿qué cambiaría si la tuviera?– y sí la de fijar de un modo inteligible los términos de la discusión, de hacerla posible y de evitar que se convierta en el confuso galimatías contradictorio e inútil en el que con tanta frecuencia degeneran las discusiones cuando los que discuten no son lo suficientemente tajantes.

En mi opinión, claro.

Yo suelo, sí, emplear fórmulas tales como "en mi opinión..." o "a mi juicio..." para atemperar esa seguridad al parecer excesiva con la que hago mis afirmaciones, que tanto parece alarmar a los más asustadizos de mis interlocutores y de la que sacan conclusiones peregrinas sobre mis relaciones con la verdad, pero lo hago solo por escarmentada cortesía –formal esta vez–, no porque de verdad me parezca que usarlas o no cambie nada sustancial en lo que digo.

Y, por cierto, si no añado, como me recomiendan, que "puedo estar equivocado", es porque no me parece que haga maldita la falta. Que todos podemos estar equivocados es uno de los presupuestos comunes en los que se basa cualquier discusión; otro, complementario, es el de que cada uno cree no estarlo. Sin partir de estos presupuestos no tendría sentido discutir. Aceptar una discusión y participar en ella implica haberlos aceptado y darlos por sentado. No es necesario recordar ninguno de los dos cada vez que se afirma algo, ambos van implícitos en el hecho de afirmar.

Aprovecho que me he decidido a abordar en frío esta cuestión, –que viene suscitándoseme con regularidad cíclica más o menos desde que tenía seis años, sin dejar nunca de producirme la misma leve irritación– para dejar dicho de una vez por todas lo que, menos tajante de lo que me reprochan que soy, y más prudente, me parece, que quienes lo hacen, nunca me animo a decir en caliente: cada vez que, discutiendo con alguien, me dice que "me creo en posesión de la verdad", que eso que acabo de decir "será mi opinión", o cualquier otra fórmula equivalente, yo por mi parte me pregunto si el que me lo dice tiene alguna idea medianamente clara de qué es discutir, para qué sirve y cómo se hace. Porque siempre me quedo con la impresión de que no.

Aunque, naturalmente, es posible que me equivoque.



Coda musical sin la menor relación con lo anterior (que a mí me conste, pero vaya usted a saber...):

Joan Manuel Serrat - Cançó de matinada

En un estupendo post de hace unos pocos días, Miroslav se refería al desconocimiento que en el resto de España tenemos de la música que se hace en catalán. Decía que es probable que los últimos éxitos a escala nacional de canciones en catalán sean de los tiempos de la nova cançó, y citaba como ejemplo lo desconocidos que son los muchísimos títulos catalanes de un cantante tan conocido como Serrat. Todo ello es cierto, pero en mi caso, al menos, los éxitos de la nova cançó siguen vigentes. El Serrat que de verdad me gusta es, sin duda, el de las canciones en catalán de los años sesenta. Yo era entonces un preadolescente impresionable, y el catalán, gracias a él primero y, unos años después, a Lluis Llach, se convirtió para mí en un emblema del principio fundamental de que cada cual habla en el idioma que le da la gana y dice en él lo que le parece bien decir, y se me revistió de un aura fresca, libertaria y antifranquista. Su posterior empleo por los peores herederos del franquismo como una herramienta al servicio del principio opuesto, el que pretende que todos pazcan del mismo pesebre a cambio de usar obligatoriamente también todos la misma lengua del imperio (o llengua de la nació, me da igual) para decir –o, según convenga, para callar– todos lo mismo, no ha conseguido bajármelo de esa peana, y estas canciones siguen gustándome y emocionándome como hace cuarenta años. Por eso tras leer el post de Miroslav me apeteció colgar una aquí. O, casi mejor, dos: ahí va otra. Como verán las dos son jubilosas y matinales.


Joan Manuel Serrat - Bon dia

28 noviembre 2011

Si a París vas en Octubre, no dejes de ver el Louvre




Georges Moustaki - Le métèque


Creo que la fama de antipáticos que los parisinos arrastran entre nosotros es totalmente inmerecida. A mí me parecen gente encantadora y bien educada, y atribuyo sus innegables choques con el español medio, que tan mala imagen les ha procurado en este país, mucho más a nuestra propia incivilidad que a ninguna particularidad de su comportamiento. A mi parecer, con escasas excepciones, tras cada historia tremenda de parisinos bordes y prepotentes hay un español mal educado y acomplejado. 

El visitante español de París tiende con frecuencia a ignorar olímpicamente los hábitos formales franceses, no saluda, no se despide, evita como cuestión de principio los tratamientos que para el francés son parte legítima e irrenunciable de sus derechos de citoyen y habla, en mal francés –cuando lo habla–, como si estuviera siempre cabreado o seguro de ir a tener en breve motivos para estarlo. Y luego se sorprende al encontrarse con el inevitable fruto de su hispana barbarie y vuelve diciendo que los parisinos son unos bordes. Pero creo que no tiene razón. En mi experiencia unos cuantos monsieur y madame bien repartidos, un discreto despliegue de esos buenos modales que a los españoles nos parecen trasnochados y cursis, –¡cómo nos reímos de los portugueses, mucho más europeos que nosotros, por lo que consideramos su exagerada ceremoniosidad!– pero que en el resto de Europa se siguen apreciando y usando, hacen milagros hasta con la más feroz de las concierges.

Frente a tantas historias de encontronazos con parisinos terribles, yo no puedo por menos que recordar al camarero de la crêperie que me retiró el plato que creyó vacío y en el que yo había reservado un pedacito de crêpe de chocolate para cuando acabara la suya mi hijo, que come muy despacio. Cuando le pregunté si lo había tirado se deshizo en excusas y, al cabo de un rato, se presentó con una crêpe(*) enterita pour l'enfant que no consintió en cobrar. O al dueño de bistrot de Montmartre que se estuvo media hora explicándonos su carta en versión adaptada a nuestro francés, recomendándonos qué nos iba a gustar más y qué era trop drôle para paladares no acostumbrados. O al taquillero de Métro que dedicó un cuarto de hora a buscarnos la combinación de abonos más útil y más barata, sin perder la amabilidad ni la sonrisa. O a la señora mayor, peripuesta y con su sombrerito, que se me acercó al verme parado ante el plano de la zona para ver dónde quería yo ir y si podía ayudarme.

También es cierto que una vez, hace años, tuve una gresca con una parisina que se mostró, digamos, un poco más imperiosa de lo necesario, pero teniendo en cuenta que debía de llevar media hora tratando de entrar en su garage sin lograrlo porque se lo estorbaba mi coche mal aparcado, creo que la podemos disculpar. Al verla de pie junto a su coche, detenido infructuosamente contra el morro del mío, yo, que andaba tan tranquilo por la acera, con el alma transportada del gozo de estar en París y con el deseo de incluir en tan feliz estado de ánimo al mayor número posible de aborígenes, cometí el error táctico de interrumpir mi paseo para dirigirme a ella en mi mejor francés: Attendez un petit moment, madame, je vais reculer. Habría debido mantener mi apacible anonimato, esperar a que renunciara y se fuera y solo entonces, sin testigos peligrosos, identificarme como dueño del coche infractor cambiándolo de sitio; pero la juventud es así, irreflexiva, ardiente y generosa.

Esta foto ha sido retocada con Photoshop por Ricardo, uno de mis correspon-
sales, para corregirle las verticales y quitarle el efecto de punto de fuga cenital.

Cuando el objeto de mi buena voluntad me vió dirigirme al coche llave en mano y comprendió que era yo el culpable de su sordo y creciente cabreo, salió de su perplejidad y se arrancó con ese brioso y conocido discurso parisino que comienza: Reculer! Ah, mais non! Reculer, quoi! Ah, mais vraiement..! y continúa en ese tono todo el rato que se le deje. Bastante desagradable, la verdad. Pero insisto, creo que había motivos para disculparla. Yo lo hice porque, además, era muy guapa, vestía muy bien y olía estupendamente. Y hablaba un francés precioso, fluido, veloz e inspiradamente demoledor. Era la parisina modelo, me llevaba como diez años y era por completo mi tipo (de joven me ponían las señoras estupendas. Bueno, y me siguen poniendo.) Pero por algún motivo la cuestión de conocernos mejor y llegar con el tiempo a establecer una buena amistad se mantuvo desde el principio totalmente fuera del orden del día. Yo la habría planteado, si me hubiera dado ocasión, pero no me la dió. Pude apenas pedirle mil excusas, prácticamente me arrojé a sus pies y ella no me pateó ni nada, se limitó a desaprobar profunda y profusamente, desde su evidente superioridad de parisina que paga impuestos, monsieur, y cumple la legalidad, mi lamentable condición de meteco caótico e incapaz ni de aparcar decentemente. Dicho con abundancia lo que quería decir, desapareció en las profundidades de su garage mientras yo arrastraba mis restos mortales dentro de mi 205, Boulevard Raspail adelante, buscando en vano otro sitio donde aparcar. Mi afamado magnetismo tiene momentos en que funciona mejor que en otros, y aquel no fue uno de ellos.

Pero es que tenía razón. Hasta cuando se ponen desagradables suelen tener razón. Por eso París es una ciudad tan espléndida, porque lleva los últimos cuatrocientos años teniendo razón casi sin parar.

(*) Sí, pequeños míos, sí. Una crêpe. Aunque todas las creperies españolas se empeñen en ignorarlo, crêpe, la palabra francesa con la que se denomina  esa filloa gabacha rellena de cosas diversas, es de género femenino.


P.S.- Para terminar, un clásico sobre españoles que visitan París: el one-step "Si vas a París, Papá", cantado por Celia Gámez. No he logrado averiguar a qué revista pertenecía, o si se trataba de un cuplé suelto, pero al parecer gozó de gran popularidad durante los años treinta del siglo pasado. En distintos números del ABC de 1930 se anuncia el disco de Odeón de ese mismo título, cantado por la Gámez. 

Celia Gámez  en 1931, haciendo el Pichi

La letra es de M. Álvarez Díaz (no se lo tengamos en cuenta; es posible que escribiera otras cosas, y necesariamente serían mejores), y la música, de Florencio Ledesma y Rafael Oropesa. De este último, que solo tiene entrada propia en la wikipedia ¡en holandés!, he averiguado que fue director de la Banda del 5º Regimiento, motivo por el cual se exilió, tras la guerra civil, primero a Francia y luego a México. Hay quien sostiene que es el verdadero autor del famoso chotis Madrid ("Cuando vengas a Madriz, chulapa mía, voy a hacerte emperatriz de Lavapiés, a alfombrarte con claveles la Gran Vía y a bañarte con vinillo de Jerez. En Chicote un agasajo postinero con la crema de la inteleztualidá, y la gracia de un piropo retrechero más castizo que la calle de Alcalá..."), que habría vendido a Agustín Lara en una época en que la propiedad intelectual no parecía preocupar especialmente a nadie y, como cualquier otra propiedad, se trasmitía a cambio de pesetas, sin más complicaciones. (Ahora sigue siendo cuestión de dinero pero, misteriosamente, nunca acaba de trasmitirse del todo, por mucho que pagues. No sé a qué esperan los fabricantes de muebles, de coches y de barras de pan, entre otros, para empezar también ellos a gestionar como intelectual la propiedad de sus productos, y poder así venderla vez tras vez sin perderla nunca, per saecula saeculorum, en una venturosa especie de negocio de tracto interminable que de momento, no acabo de entender por qué, –pero ya verán ustedes cómo no faltan voces iracundas que acudan a explicármelo– parece solo al alcance de los músicos afiliados a la SGAE...) Bueno, ya me he vuelto a ir por las ramas. Es que hay temas que me pierden.

Como tantas otras músicas, yo conocí este cuplé de boca de mi madre. Nunca se lo había oído cantar a nadie más hasta que lo busqué en Spotify para colgarlo aquí. Una vez más la versión de Celia Gámez y la de mi madre coinciden nota por nota. Qué tía, mi madre. 

Las  dos primeras fotos son  de David Henry y están cogidas de aquí. La tercera no sé de quién es, pero está cogida de aquí.  La de Celia Gámez es de Mendoza y está cogida de aquí.

14 noviembre 2011

Cosas que pienso –a veces– sobre (1)



Eduardo Falú, Ariel Ramírez, Los Fronterizos - El Churito

Como quizás hayan observado yo tiendo a enrollarme mucho al escribir, y nunca creo haber dejado clara mi opinión sobre una cuestión si no le he dedicado dos o tres folios de apretada escritura. En consecuencia mis posts tienden a ser largos, mucho más de lo que aconsejan los expertos en estas cosas, que aseguran que la vista de demasiado texto espanta a los lectores –aunque yo, por mi parte, pienso que un lector que se desanima por ver demasiado texto es una birria de lector, sin el que me paso tan contento–. Y como consecuencia secundaria, cuando sobre alguna cuestión mis opiniones no llegan a cubrir los dos o tres folios de rigor, la pobre cuestión en cuestión pierde toda posibilidad de protagonizar un post de mi blog, porque, claro, publicando como publico cada dos meses ¿cómo voy a sacar un post de quince o veinte míseras líneas? Un círculo vicioso, ya lo ven: como solo escribo largo, cuando no me sale largo, no escribo. Mal planteamiento.

Así que he decidido imitar el ejemplo de ilustres colegas e inaugurar un nuevo formato de post, ya me dirán ustedes qué les parece. Reúno unos cuantos esbozos de... (chorradas me parece poco respetuoso para conmigo mismo: digamos, neutramente,) ...elucubraciones sobre distintas cuestiones que alguna vez he escrito pero que no han alcanzado el tamaño medio de mis kilométricos posts, y los publico todos juntos bajo el título genérico de cosas que pienso sobre, por ejemplo,



los hijos.- Mientras no los tienes piensas que cuando los tengas los educarás a tu manera y les transmitirás tus gustos y tu forma de ver la vida. Pero cuando llega al mundo tu hijo de verdad, ese individuo  insolentemente convencido de estarlo inventando todo él, enseguida empieza a pasar de tu música, de tus libros, de tus puntos de vista –que discute con suficiencia desde los seis años– y de tus costumbres en general y tú, en vez de cabrearte y mandarle al cuerno, como sería lo lógico, te aficionas a su música, oyes sus historias, escuchas indulgentemente sus disparatados puntos de vista y vas amoldando imperceptiblemente, o no tanto, tus costumbres a las suyas. A esa particular forma de memez se la llama paternidad, y se considera una virtud.


los bolígrafos.- Casi nunca escribo nada a mano. Como bien decía Jardiel Poncela, para tener un carácter metódico y ordenado lo mejor es escribir a máquina (es la única consecuencia inteligente que nadie ha sacado nunca de la grafología). Y una vez inventado el procesador de textos, me parece la forma más cómoda y civilizada de escribir. Pero desde luego, si hay que escribir a mano –cartas y esas cosas que la gente ve con malos ojos recibir mecanografiadas– me decido vehementemente por la pluma. El bolígrafo roza desagradablemente el papel, interrumpe el flujo de tinta de modo autónomo y arbitrario, suele tener un color horrible y siempre termina perdiéndosele el capuchón, o atascándosele el mecanismo de meter y sacar la puntita. Y acabas teniendo siete u ocho en un bote, todos secos, mordidos o de tinta roja, algunos con publicidad de empresas inverosímiles, gestorías ignotas, restaurantes donde nunca vas a comer o partidos políticos a los que te avergonzarías de votar. Nunca los tiras, nunca los usas. Un invento espantoso, en líneas generales.


los jóvenes.- A veces me ocurre hacer, por ejemplo, cola en un Burger, rodeado de aborígenes de ese país extraño, la juventud, que tanto parece haber cambiado desde que yo mismo era uno de sus ciudadanos. No existo para ellos, su mirada me descarta tras el primer vistazo indiferente, y eso me permite una observación de campo amplia y cómoda: hablan como si yo no estuviera delante –para ellos no estoy, de hecho– y yo obtengo datos inmediatos, de primera mano. Impresiones directas del frente. Superada la primera sensación de extrañeza: las ropas, los modales, el idioma, que, de lejos y en bloque, los hacen casi alienígenas, vagamente hostiles, incluso, a mis ojos, descubro siempre, pero siempre con la misma sorpresa, no solo que yo fui efectivamente así, aunque no vistiera ni hablara exactamente como ellos, sino que eso que fui y que ellos son no es esencialmente distinto de lo que soy ahora. En cuanto me meto en la conversación, aparentemente abstraído en mi periódico o en la contemplación ceñuda del infinito, descubro las mismas emociones, las mismas ideas, los mismos mecanismos por y con los que nos movíamos mis contemporáneos y yo, y los extraterrestres ajenos se me vuelven de repente semejantes próximos e inteligibles. Hasta ahora no me ha fallado nunca: diez minutos de observación directa e inmediata no es que me regresen a mi juventud, sino que traen la suya a mi mundo y me la hacen comprensible y cercana. Acabo descubriendo que somos de la misma especie, básicamente iguales, con pequeñas diferencias de presentación, muy llamativas, pero de muy poco fondo. Fui igual que son, serán igual que soy.

 
el Quijote.- El problema con él es que a estas alturas es inseparable de su espesa aura de glosistas, vulgarizadores, panegiristas, estudiosos y parásitos en general. Siempre me he preguntado cómo lo leería un lector virgen, que no hubiera sido apabullado desde pequeño con los molinos, los gigantes, Dulcinea, la Mancha, Sancho, la Triste Figura, los odres de vino, ladran luego cabalgamos y con la Iglesia hemos topado (las dos últimas, por cierto, perfectamente apócrifas, pero incrustadas en el lote tan inextirpablemente como todo lo demás). Habitualmente leemos un libro y luego decidimos si nos gusta o no. Con el Quijote es imposible, lo leemos –los que lo leemos– sabiendo que nos tiene que gustar. Peor aún, sabiendo que no estamos, en realidad, leyendo un libro, sino cumpliendo un trámite formal que, a lo sumo, nos servirá para rellenar los huequecillos y dar cierta consistencia a la nebulosa quijotil con la que más o menos hemos nacido. Es un claro caso de alienación, de la que también pueden ser víctima los libros y que, en este caso, creo totalmente irreversible e irremediable.

 
la televisión.- Todo lo que existe de un modo medianamente público es a la vez dos cosas: lo que sea, en sí, y un contenido televisivo. Como suceso, acto, institución... tendrá cada uno sus propias leyes, su lógica y su proceso; pero como contenido televisivo tienen todos: terremotos, investiduras presidenciales, actuaciones policiales, debates parlamentarios, sorteos de lotería, bodas reales, riñas callejeras, misas solemnes, manifestaciones populares, partidos de fútbol, atracos con toma de rehenes, todos... que someterse a las leyes que regulan el comportamiento y la existencia de los contenidos televisivos. Ya no manda el cura en su misa, ni el presidente en su congreso, ni el atracador en su banco. Por encima de ellos están siempre el realizador y los cámaras, con una autoridad muy superior y que nadie sueña siquiera en cuestionar. A un bombero, por resumir, ya no le basta con apagar bien incendios y salvar bien víctimas de catástrofes: además, e incluso antes, tiene que ser "mediático", o sea, pegar bien en televisión.


mi blog.- Cuando yo era pequeño vivía en una calle comienzo de carretera nacional, por la que pasaban coches y camiones en abundancia haciendo un ruido de todos los diablos. En verano, con la ventana abierta por el calor, era ensordecedor. Recuerdo un día en que, tras el paso de un camión especialmente atronador que nos tuvo a todos medio minuto sin oír otra cosa que el rugido de su motor y el vibrar de los cristales, mi hermano mayor se asomó a la ventana y berreó a todo pulmón: ¡¡Aaaaaaaaa!! Y se quedó a gustísimo. Fue su respuesta a la Avenida de América. También él podía hacer ruido, hombre.

Lo digo porque yo escribo en mi blog por motivos bastante parecidos. Cuando el nivel de ruido exterior llega al punto crítico, desahogo con mi propio berrido la tensión acumulada, escribo un post tajante y me quedo más ancho que largo. Me ahorra horas de discusiones tediosas con tontos bienintencionados (con los malintencionados no me hablo) y me permite resumir en unas cuantas frases, de una sola vez, los cientos de puntualizaciones, distingos, refutaciones y puntos sobre las íes que me van surgiendo de la lectura del periódico, la escucha de la radio y el trato con mis semejantes (por llamarlos de algún modo, más quisieran algunos). Así me quedo tranquilo y me puedo dedicar a cosas serias con la mente despejada. Y, como diría Wodehouse, estoy un rato entretenido y no ando por los bares.

¿Comunicación? Bueno... Si alguien escucha, estupendo. Pero aunque no, yo me quedo igual de pancho, como mi hermano después del grito. He reivindicado mi derecho a formar parte de la batahola general. Y he ejercitado las cuerdas vocales, que se entumecen por falta de uso.