06 noviembre 2009

Desde la catástrofe inminente


Javier Krahe - Antípodas

Manifiestos, artículos, comentarios, discursos.
Humaredas prendidas, neblinas estampadas.
Qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua...

Quieres coger una hoja de papel sobre la mesa ¿qué es lo primero que buscan tus dedos? El borde de la hoja. Su final. Para manejar la hoja empiezas desde lo que no es la hoja, desde donde ya no hay hoja.

La hoja se deja asir, mansa, porque sabe que hay un lugar, el lugar donde ella acaba, el lugar en que ella ya no está, desde el que quien manda eres tú. Está la hoja atemorizada por su propio contorno, controlada por su finitud, disminuida por la consciencia de sus límites, sometida a quien sepa encontrarlos y esgrimirlos. Vive constreñida por la inmediatez de su final; y así la agarramos, tan ricamente, y hacemos de ella lo que nos place. Escritos, instancias, diplomas o gurruños para la papelera.

Como a una hoja cualquiera, se nos maneja desde nuestros límites. Porque sabemos que tenemos un final somos dóciles a quien lo ase y lo usa. Como la hoja, nos hemos acostumbrado y ya no sabríamos ser sin esa inminencia permanente de dejar de ser. Ni sabríamos qué hacer si no nos lo impusieran desde el final, desde fuera. Desde el Borde que da la precisa forma de la hoja. Desde la Catástrofe que da el exacto tamaño de nuestra vida.

Qué sería de nuestra vida sin la Catástrofe. Qué sin el Milenio, sin la Peste, sin el Apocalipsis. Qué sin el Bárbaro que amenaza, sin el Enemigo que acecha, sin el Colapso que Todos Los Signos Ya Anuncian.

Sin la Conjura Masónica, sin la Horda Roja, sin la Amenaza Nuclear, sin el Peligro Amarillo, sin el Nihilismo Materialista, sin el Terrorismo Islámico.

Sin el Calentamiento Global. Sin el Cambio Climático. Sin la Gripe A.


Sin el Miedo. Y sin la Culpa.

19 octubre 2009

Niños y manifestaciones


Me da igual cuál sea el motivo de la convocatoria. Desde el mismo momento en que veo niños en una manifestación, empiezan a caerme gordos los manifestantes y la causa que defienden. Creo que nunca, con ningún motivo, debe llevarse un niño a una manifestación.

Una manifestación, que desde un punto de vista adulto puede ser un medio legítimo de defender una postura política, para los ojos de un niño creo que es, antes que nada, la ocasión y el medio de que aprenda, por la eficaz y directa vía de los hechos, cosas que nunca deberíamos enseñarle: que una consigna coreable sustituye ventajosamente a un razonamiento; que estar todos de acuerdo es algo festivo y deseable en sí, al margen de acerca de qué lo estemos; que ser muchos tiene algo que ver con tener razón; que quien piensa de otro modo y no marcha ni grita con nosotros es un extraño y, potencialmente, un enemigo; que el funcionamiento habitual del mundo puede ser interrumpido, e inutilizados temporalmente los espacios que son de todos, en beneficio de puntos de vista o de problemas que no son de todos

Ni siquiera creo que debamos transmitir a nuestros hijos nuestras opiniones políticas. Hasta los catorce o quince años, salvo excepciones precoces o tardías, los niños no tienen por la política ningún interés personal y espontáneo, si no se lo inducimos. La tarea de los padres es asegurarse de que, llegados a esa edad, tengan los hábitos de pensamiento lógico, interés por el mundo, conocimiento de sus mecanismos básicos de funcionamiento y manejo social necesarios para que puedan empezar a formarse sus propias opiniones; respetar su personalidad y su independencia para que se las formen y suministrarles toda la información que el hijo pida y el padre tenga. Si, además, el hijo quiere saber cuál es la opinión del padre sobre asuntos concretos, no hay ningún problema en contársela, dejando claro que se trata de una opinión y que existen otras igualmente respetables y defendibles. Esta me parece la única actitud cívica y respetuosa para con todas las ideas pero, sobre todo, para con el niño. Cualquier otra cosa me parece una manipulación inmoral, dañina en primer lugar para el niño y, después, para el conjunto de la sociedad.

Si unos padres quieren llevar a su hijo a una manifestación, evidentemente no es posible impedírselo, pero creo que se equivocan gravemente. Perjudican al niño utilizándolo al servicio de una causa y perjudican a esa causa utilizando niños en su servicio. Y si es otro cualquiera quien lo hace, distinto de los padres y sin su consentimiento explícito, creo que su acción debería considerarse directamente delito y perseguirse como tal.

07 octubre 2009

¿Qué más quiere la ciencia en España que unas buenas tijeras?


Hay hoy prevista, por lo que me ha llegado, una iniciativa bloguera para que los cuatro sediciosos de siempre aprovechen lo que creen una buena ocasión y perseveren en su sempiterna tarea, la maledicencia y la labor de zapa contra el sin par Gobierno que tenemos la dicha de disfrutar. Creo mi gregario deber de buen ciudadano no solo no sumarme a este malintencionado movimiento sino, en la medida de mis pobres fuerzas, tratar de combatirlo, neutralizarlo y demostrar que no todo son insidias y malevolencias en la blogosfera, y que hay también blogs leales y conscientes que saben a qué ascua deben arrimar su sardina.

El pretexto para la algarada es, al parecer, el recorte del Presupuesto de que disfruta la ciencia española. Mi primera sorpresa ha sido enterarme de que la ciencia española tenía un presupuesto. ¿Qué digo? De que existía algo llamado ciencia española. ¿Quién ha oído hablar nunca de tal cosa? Si suena a oximoron, más que a nada... Jamás, en mis bien aprovechados años de bachillerato, supe de ninguna ley física, teorema matemático, especie animal o vegetal, elemento químico o astro que debieran su formulación o su descubrimiento a un español, ni que llevaran otro nombre que los consabidos franceses, ingleses, alemanes o hasta italianos o escandinavos. Quiero decir que uno puede tomarse en serio la Ley de Boyle Mariotte, o la de Rutheford, y hasta el experimento de Torricelli -digo así, por ejemplo, desempolvando mis remotos recuerdos escolares- pero ¿les parece a ustedes que se podría estudiar algo que se llamara, pongo por caso, Principio de Gómez Iglesuela? ¿Creen que cabría en la tabla periódica de elementos una que se llamara, sin ir más lejos, "garridelio"? ¿Se imaginan un nuevo planeta o una nueva estrella identificados como "Fernández"?

Ya ven lo que quiero decir. ¿Ciencia española? ¡Venga, hombre! Ni falta que nos hace.

Bueno, pues con tan débiles, por no decir inexistentes, credenciales, resulta que este ente de razón tenía, y tiene, asignadas cuantiosas sumas del erario. Partidas presupuestarias que, detraídas de gastos legítimos y necesarios -cosas como coches oficiales, gastos de representación, mantenimiento de edificios gubernamentales, retribuciones de los probos funcionarios que son su adorno y su razón de ser, subvenciones a diversas entidades de gran interés social y cultural; lo que viene siendo el Presupuesto, vaya- se dedicaban, y se dedican, a esta entelequia no ya cuasi inexistente, sino de existencia, en todo caso y a todas luces, superflua. Que semejante despilfarro se haya mantenido en tiempos de bonanza puede pasar, por razones estéticas, más que otra cosa, y para acallar insidias: si todos los presupuestos nacionales dedican dinero a esas cosas, sea, pongamos también nosotros en el nuestro alguna partida "científica". Sobrando, como digo, no hay inconveniente en malgastar unos cuantos millones de euros en asuntos así.

Pero ¿qué más lógico y natural que, cuando llega el momento de crisis y la penuria pone en peligro nuestros sueldos, nuestras prebendas, nuestro bien tramado montaje de reparto de dinero entre quienes bien se lo han ganado, suprimir los gastos innecesarios y meramente ornamentales? ¿Cabe medida más sensata? ¿Puede pedirse muestra mejor de prudencia y buena administración? La ministra del ramo, consciente la buena mujer de ser no menos superflua y ornamental que el dinero dedicado a su fantasmático departamento, ha sido la primera en mostrarse en todo conforme con el recorte. Le ha parecido de perlas, claro. Para eso es ministra y cobra su buen sueldo, para enfocar los asuntos públicos que le han sido encomendados con rigor y sensatez, y no para poner pegas absurdas y peros impertinentes.

Sigamos su ejemplo el resto de ciudadanos y congratulémonos, con ella, de esta nueva muestra de la sabiduría gubernamental. ¿Que la ciencia española necesita medios? Con el gracejo y el savoir faire que le caracterizan, el Gobierno le ha dado los que más falta le hacían: unas tijeras, para ponerla en su sitio. Esperemos que no le falte ahora mano firme para usarlas a fondo, hasta dejar esta impertinencia extemporánea reducida a las convenientemente inadvertibles dimensiones que siempre ha tenido y de las que solo algunos soñadores irresponsables y mal aconsejados han pretendido, felizmente sin fortuna, hacerla salir.

PD.- ¿Cuándo una asignación presupuestaria para blogs adictos y razonables, señora ministra?


21 septiembre 2009

¿Mayor o menor? (Donde el tamaño sí importa)

Que no cunda el pánico, esto no es lo que parece. Aunque el título haya podido despertar otras expectativas en sus rijosas mentes, se trata nada más que de una nueva entrega de mis interminables disquisiciones musicales, de las que sin duda acabaré por aburrirme algún día. Día que, lamento comunicarles, no ha llegado aún. De hecho, me propongo, en primer lugar, proceder a la

Solución del acertijo musical

que quedó aquí planteado hace una semana (¡Caramba, lo prolífico que me estoy volviendo! A ver si se me van a acostumbrar mal...)



Sí, señores: como acertó sagazmente... esto... un momento... eh... nadie... eh... decía que... la misteriosa melodía que, convenientemente alterada, sirvió de voz principal a mi composición musical del anterior post era... el Himno Nacional. Mi alteración consistió en volverlo del revés y volver luego a armonizar el resultado.

(Mi agradecimiento de autor novel para todos los que han respondido a la adivinanza con sus conjeturas. Merece especial mención Zafferano, por su perseverancia en tratar de acertar con repetidos disparos que, desafortunadamente, no dieron ninguno en el blanco. Lansky, con su única apuesta por "Clavelitos", es el que menos lejos anduvo; por lo menos acertó con el género, que en ambos casos viene a ser, como es notorio, la exaltación de los valores patrios.)

El Himno Nacional, también conocido como Marcha Granadera o Marcha Real Española, es un toque militar del siglo XVIII que, sin duda a falta de algo mejor, nuestros gobernantes de 1870 decidieron dejar como símbolo musical de la nación, y que ha seguido siéndolo desde entonces con la más o menos entusiasta aquiescencia general y con las interrupciones y amenidades que son del dominio público. (Como dice Mafalda: si vos creés que es elblico el que domina los acontecimientos...)


Pues sí, pues sí. Verán: si a esta conocida melodía:



se le da la vuelta, esto es, se escriben exactamente las mismas notas en el orden contrario, empezando por la última y acabando por la primera, queda esta otra, que la verdad es que no se le parece en nada, no me extraña que nadie la reconociera:



Esta segunda, la Marcha Real del revés (podemos llamarla la Laer Ahcram, para entendernos), es la que, tras la inexplicable inspiración que me llevó a realizar esta maniobra subversiva –"démosle la vuelta al menos a esto, ya que a otra cosa no podemos", me dije– decidí yo tomar como melodía principal de mi composición.

Naturalmente, el cambio requiere mucho trabajo. Para que se hagan una idea: si hiciéramos la misma operación con una novela y la escribiéramos de nuevo pero colocando en orden contrario las principales peripecias del argumento, tendríamos que reescribir un montón de cosas. No es lo mismo, por ejemplo, contar que Johny encontró a su mujer en la cama con su mejor amigo y decidió, en vista de ello, alistarse en la Legión Extranjera, que contar que Johny resolvió conocer por fin el África enrolándose en la Legión Extranjera y su esposa aprovechó la ocasión para beneficiarse al mejor amigo de su marido. Son historias totalmente diferentes, que requieren explicaciones, emociones, motivaciones y mises en scène por completo distintas.

Bueno, pues con la música pasa lo mismo: las armonías, segundas voces y demás chundaratas que acompañaban satisfactoriamente a la Marcha Real resultan por completo inadecuadas, discordantes y tirando a inexplicables cuando se les da la vuelta y se pretende que acompañen a la Laer Ahcram. No sirven, hay que inventarse otras. Eso es lo que hice, con gran trabajo y resultado opinable, pero en cualquier caso perfectamente intrascendente: en resumidas cuentas, tampoco es así como acabaremos con la Monarquía. Vaya por Dios.

La verdad es que estas manipulaciones musicales, aunque políticamente inútiles, resultan muy entretenidas y constituyen un buen sucedáneo para los que, faltos de talento para inventarnos nuestra propia música, queremos no obstante experimentar algo remotamente parecido a lo que debe ser el disfrute de los compositores de verdad. Yo al menos me lo he pasado muy bien y he aprendido mucho aderezando un par de melodías de las diversas maneras que se me han ido ocurriendo; y llevado de mi afán didáctico tanto como del no menos noble de escribir algo en este blog, me propongo ahora compartir con ustedes al menos la instrucción, con la esperanza de que algo les alcance también de la diversión.

La de darle la vuelta como a un calcetín es una de las metamorfosis más radicales a que puede someterse una melodía, pero hay otras no tan drásticas que también dan un juego muy satisfactorio. La más sencilla de todas, por ejemplo: cambiarla de tono. Si todas las notas de una música cualquiera se suben, o se bajan, en la misma cantidad de medios tonos –que vienen a ser las unidades mínimas de la música decente, desde que Bach escribiera El clave bien temperado hasta que los músicos contemporáneos han resuelto prescindir al tiempo del clave y de la templanza– seguimos teniendo la misma melodía, perfectamente idéntica y reconocible, pero transportada a una tonalidad distinta de la que su creador dispuso. Es tan elemental esta manipulación que, de no mediar comparación inmediata y recordable entre las dos tonalidades, no solo nadie la advierte –salvo dos o tres felices mortales que gozan de lo que se llama "oído absoluto", lo que les supone un gran ahorro en diapasones– sino que todos la realizamos sin saberlo y con la mayor soltura cuando silbamos o cantamos cualquier melodía. Lo hacemos empezando en la nota que nos pide el cuerpo o que nos permite la voz, que rara vez, y solo por casualidad, será la que señala la partitura original. Nos quedamos tan anchos y a nadie le parece mal porque, de hecho, está muy bien. Una melodía viene a ser como una figura, que no cambia aunque se la traslade de lugar. Igual que un dibujo cualquiera sigue siendo el mismo lo pongas arriba o abajo de la hoja, una melodía sigue siendo la misma la toques empezando en Do o en Mi. Lo que la define no es dónde está, sino qué distancia hay entre sus notas, y mientras esta no varíe no se "deformará", y seguirá siendo la misma. Por eso siguen ustedes reconociendo la Marcha Real si, en vez de escribirla en Do mayor, como está arriba y ordena la versión canónica, la bajamos cuatro semitonos y nos la plantamos así en La bemol Mayor:



¿A que les da igual? Más baja de tono, pero sigue siendo la Marcha Real, a la que, como a cualquier otra música, podemos subir y bajar tranquilamente por toda la escala musical, valga decir por todo el teclado del piano, sin que sufra modificación advertible.


También resulta muy vistoso cambiar el ritmo, esto es, la duración relativa de las notas y de los silencios. Si se hace con un poco de criterio, salen cosas muy interesantes. Vean, por ejemplo, lo que promete una simple redistribución de duraciones en los primeros compases de la Marcha Real (espero que el intenso manoseo a que la estoy sometiendo no resulte ser ninguna clase de desacato, porque entonces se me va a caer el pelo):



Tiene ritmo, ¿verdad? Bueno, así, a palo seco, queda un poco sosa; pero si le metemos unas cuantas notas de relleno, le ralentizamos un poco el tempo y le ponemos un sencillo acompañamiento para la mano izquierda, nos queda esta especie de foxtrot:



en el cual quien siga reconociendo la melodía de nuestro Himno Nacional cuenta con mi más cordial enhorabuena y con mi personal garantía de que tiene un oído estupendo. Porque, aunque está ahí, con todas sus notas, es cierto que a primera vista no es fácil advertirlo. Traten ustedes de tararearlo al tiempo que suena mi arreglo y verán lo bien que encaja.


Ahora bien, la manipulación más espectacular de todas, en mi opinión; la que ha dado origen al título de este post, es también una de las más sencillas. La que consiste en variar el modo mayor o menor en que está la tonalidad. Es sorprendente lo que puede cambiar una música sólo con bajarle medio tono unas cuantas notas elegidas estratégicamente –si está en Mayor y queremos pasarla a Menor– o con subírselo a esas mismas notas –si la transformación deseada es la contraria–.

Por lo poco que yo sé del asunto –no me hagan mucho caso, en esta materia soy perfectamente autodidacta y probablemente me estoy inventando o contando mal buena parte de lo que sigue– lo de mayor o menor no se refiere a otro tamaño que al de la tercera que separa las dos primeras notas del acorde correspondiente a la tonalidad en que está la música en cuestión.

Esto de la tercera tiene también sus bemoles: para no perder el estilo arbitrariamente irracional que preside toda la terminología musical, los músicos llaman tercera al intervalo que separa dos notas alternas cualesquiera, "primera" y "tercera", respectivamente, en el orden en que están en la escala diatónica (perdonen el palabro: en las teclas blancas del piano). Intervalo que, notoriamente, será de dos "unidades": tres menos uno, dos. Bueno, pues es igual; ellos lo llaman tercera, imagino que por el aquel de despistar a los no iniciados.


Para acabar de arreglarlo estas "unidades" no son todas iguales, porque algunas tienen dos semitonos y otras solamente uno. Fíjense ustedes en el teclado –me refiero al de un piano, o instrumento similar, no al de su ordenador– y verán que las teclas negras no están repartidas homogéneamente: entre dos teclas blancas consecutivas puede haber una tecla negra, es decir, dos semitonos, o puede no haber ninguna, y entonces solo las separa un semitono. Como consecuencia hay terceras más largas que otras; terceras de cuatro semitonos, que son terceras mayores, y terceras de solo tres semitonos, que son terceras menores. ¿Me siguen?

No, ¿verdad?

Sinceramente, no puedo reprochárselo.

Bien, a lo que iba: al parecer las dos primeras notas de cualquier acorde, o tonalidad, están siempre a la distancia de una tercera o, por decirlo más exactamente, la segunda nota de un acorde es siempre una tercera de la nota por la que empieza. (Esta última se llama, creo, tónica y es la que le da nombre al acorde: Do Mayor empieza por Do, La sostenido Menor empieza por La sostenido...) Si es una tercera mayor, uséase si está a cuatro semitonos de la tónica–la distancia de Do a Mi, pongo por caso– el acorde está en modo Mayor. Y si es una tercera menor, es decir, a solo tres semitonos de la tónica–lo que va de Re a Fa, un poner– el acorde está en modo Menor.

(Si no lo han entendido no se preocupen, es culpa mía y además no es importante. La música, ahora que no me oye ningún profesional, es para disfrutarla. Destriparla para averiguar cómo funciona merece la pena solo si nos divierte.)


Sí es importante, en cambio, la diferencia sonora entre ambas clases de acorde que, a pesar de estos nombres, no tiene absolutamente nada que ver con tamaño, cantidad o altura. Es mucho más espectacular. Si hay que situar sus efectos en algún terreno, yo los colocaría en los del color, la luz o la emoción. Pero como no suele gustarme caer en el lirismo, omitiré las descripciones y pasaré directamente a un conocido ejemplo pictórico, la Catedral de Rouen pintada por Monet a dos horas distintas del día, que, por una vez, vale casi tanto como mil palabras, incluso aunque sean mías.

Mejor aún ilustrará lo que quiero decirles un ejemplo musical. Vean ustedes, por variar de himno y no desgastar más al nuestro, esta versión de La Marsellesa. (Esta vez el arreglo no es mío, me lo he bajado de Internet, donde puede encontrarse y descargarse gratis, en formato MID, prácticamente cualquier música que se busque. Habitualmente la descarga provoca que el ordenador "toque" la música con cualquiera de los programas que traen puestos a estos efectos, pero si uno tiene el Finale instalado puede "abrirlo", en vez de tocarlo, y se encuentra con una valiosa partitura que, además, puede guardar, retocar y modificar a su antojo. Imagino que al hacerlo estoy vulnerando de varias maneras distintas al menos dos o tres derechos de autor por cada partitura. No duermo, del remordimiento.)

La Marsellesa es un canto guerrero del siglo XVIII, como la Marcha Real, y, como ella, está en un brioso y enérgico tono Mayor. Do Mayor, concretamente, que parece ser el preferido para los himnos. Suena, como bien saben ustedes, así:



y oyéndola se comprende que a sus sones los franceses tomaran la Bastilla, guillotinaran a medio Gotha y conquistaran otra media Europa. Según Napoleón, que no tenía ni idea de música pero de guerra algo sabía, esta música les ahorró muchos cañones.


Si ahora va uno –yo, sin ir más lejos– y se dedica a la laboriosa tarea de buscar en la partitura todas las notas que coinciden con las terceras mayores de las tónicas de los acordes que se suceden en esta música y en los que resulte necesaria la transformación; borrarlas y sustituirlas por otras iguales pero medio tono más bajas, es decir, correspondientes a las terceras menores, lo que ha conseguido al cabo de cosa de una hora de trabajo es cambiarle el modo. Ya no está en Mayor, sino en Menor.

Podemos llamar, a lo que nos ha quedado, la Marsellesita. (Digamos, de paso, que la Marsellesa no esta integramente en tono mayor; tiene un pedazo, ese en el que habla de los feroces soldados que vienen a degollar a nuestras mujeres e hijos, en el que se pasa un ratito al modo menor, cuatro compases, para ser exactos. En ese pasaje he hecho la maniobra inversa y he subido en medio tono las notas correspondientes, para que quede en modo mayor y se conserve el contraste original.)

La Marsellesita, o Marsellesa en tono menor, suena insidiosamente reconocible, pero muy, muy distinta de su hermana mayor. Ya no inspira deseos de degollar aristócratas ni de cargar a la bayoneta contra los prusianos. A lo sumo, de meditar piadosamente sobre la mera consideración de semejantes actividades, para deplorar la triste condición humana y su inclinación a la violencia. Ya no se adapta tan naturalmente a sus notas esa frase final tan bonita: ¡Que una sangre impura riegue nuestros surcos!, que siempre me ha causado un sobresalto considerable. (¿Se imaginan ustedes decir semejante cosa en un himno que se escribiera hoy? Los franceses es que escribieron su himno hace doscientos años. A nosotros se nos ha pasado la edad, mejor dejamos sin letra al nuestro.)

Con lo que a continuación oirán si aprietan el botón lo más que puede invocarse como riego de los campos de Francia son las dulces lluvias de la primavera, o el llanto que brote de los enternecidos ojos de los agricultores que lo escuchen. La cosa suena así:



A mí me parece una ilustración bastante clara de la diferencia de sonido, significado y emoción que existe entre las tonalidades mayores y las menores; y de cómo hay asuntos en los que tenerla mayor o menor –la tonalidad, digo– es una cuestión importante.

14 septiembre 2009

Acertijo musical


Acertijo Musical - Júbilo Matinal

No, lo siento. No se me ha pasado aún la manía de las musiquitas. Al contrario, sigo dándole al Finale NotePad a ratos perdidos, y les sorprendería a ustedes saber la cantidad de ratos perdidos que puedo reunir al cabo de un mes o dos.

Y me lo paso muy bien, la verdad. He dado un paso más, y me he lanzado a inventarme mis propias músicas. Efectivamente, la que encabeza este post es mi primera composición musical. ¿Por qué, entonces, –se preguntarán quizás ustedes, o al menos aquellos de ustedes que, inasequibles al desaliento, hayan apretado el botón– suena como si fuera una jiga escocesa interpretada por una banda de gaiteros jubilados que desfilaran por el páramo contra un fuerte vendaval? ¿Hay, oh Júbilo, alguna razón para que aumentes la ya más que suficiente cantidad de jigas escocesas en una más, que encima no es ni escocesa ni jiga? ¿No podías ceñirte a los boleros, pongamos por caso?

Duras palabras son esas para unos fieles lectores, pero trataré de responderlas. En primer lugar, si hubiera compuesto un bolero me habrían preguntado ustedes, con igual justicia, qué necesidad había de aumentar el ya más que suficiente número de boleros. En segundo, ese sonido rasposo y ondulante que no habrán dejado de advertir no es de mi exclusiva responsabilidad. Gran parte de la culpa es del Finale, que sin duda hace lo que puede para imitar fielmente los timbres del saxo o del cello, pero que parece que puede poco; y el proceso de convertir el archivo MUS original, el que yo escribo como partitura, en otro MID que suene, y este en otro MP3 que pueda reproducir cualquier ordenador, y subir este último a DivShare para que desde allí puedan bajarlo ustedes, tampoco ha contribuido a mejorar el resultado final, que se ha ido dejando rebañaduras y perdiendo apresto en cada uno de estos trasvases. Por último, pero no menos importante, la errática melodía, esa que les ha hecho pensar con nostalgia en los posts que dedico a cualquier otro asunto, tampoco puede serme imputada por entero. La cosa es así:

De las cuatro voces que suenan (sí, hay cuatro, aunque parezcan una masa indistinta), tres son de mi exclusiva invención y responsabilidad. Arropan muy polifónicamente a la principal, le proporcionan un apoyo armónico y le sirven de envoltorio y acompañamiento. Pero esa voz principal a la que las otras tres dan, por así decirlo, una "explicación" armónica, no me la he inventado yo. Como en tantos otros terrenos en los que incurro, tampoco en el musical me distingo por mi creatividad, y también en él me viene bien un empujoncito inicial en el que apoyarme, así que la melodía conductora está, digamos, inspirada en otra previamente existente, que yo me he limitado a modificar, siguiendo unas precisas pautas sobre las que de momento me permitirán que no dé más detalles. Se trata de una pieza muy popular y, sinceramente, tengo curiosidad por saber si mis maniobras han conseguido enmascararla por completo o si, por el contrario, hay alguno de ustedes que siga pudiendo reconocer, a pesar de mis maquinaciones, de qué música se trata. Puedo asegurar que, la reconozcan aquí o no, todos ustedes la han escuchado más de una vez y la reconocerían si se la presentara sin manipulaciones.

Si alguien cree saber la solución a este acertijo musical puede publicarla en los comentarios, chafando así a cualquier otro que quisiera intentarlo después. Eso no deja de tener su gracia. Y puede también comunicarme privadamente su respuesta en el correo electrónico que figura en el perfil de Júbilo Matinal y que reproduzco aquí: jubilomatinal seguido de arroba y acontinuación gmail punto com. Los acertantes, anticipo, gozarán de la mayor consideración general y de mi personal admiración, que no son poco premio.

En cualquier caso, haya o no respuestas, cualquier día de estos daré yo mismo la solución. Entretanto, disfruten. De nada.

07 septiembre 2009

Un servicio del Ayuntamiento de Madrid (2)


Georges Brassens - Stances à un cambrioleur

De modo que allí estábamos I y yo,esperando el regreso de nuestra, respectivamente, madre y esposa, que se había adentrado en el territorio hostil del Depósito Municipal de Vehículos con la única compañía de un guía nativo inamistoso, y de la que ahora nos separaban una alambrada cerrada con candados y cerrojos y unos cuantos miles de metros cuadrados llenos de coches abandonados. Recé mentalmente para que, si llegaba a producirse el enfrentamiento –cosa muy probable, dada por un lado la catadura general del segurata y por el otro el estado de ánimo cercano a la ebullición en el que sabía a mi mujer– a ella no le fallaran los reflejos. "Si consigue pillarle desprevenido puede tener alguna posibilidad", calculé. "No parece en muy buena forma y no esperará ser atacado por una madre de familia. Espero que tenga el sentido común de quitarle la pistola antes de golpearle. Mientras está conduciendo, sería el mejor momento..." Me distrajo de estos pensamientos la llegada de una pareja.

¿Esto es el puto depósito de coches?– nos saludó, más expeditiva que cortés, el miembro femenino, una jovencita que parecía atormentada por una pena secreta. Asentimos, y mientras él, siguiendo nuestras indicaciones, entraba en el cobertizo, ella decidió hacer su pena un poco menos secreta y, sin duda para bajar presión, comenzó a rociarnos con unos cuantos escapes de su caldera interior. Atraje a I hacia mí, para protegerle en caso necesario y para que su evidente condición de no beligerante nos identificara a primera vista como neutrales y posibles aliados.

–Me llaman ayer al trabajo –soltó su primer chorro la recién llegada– para decirme que se me han llevado el coche, porque van a rodar no sé qué mierda de película, y que lo puedo recoger en... no sé cómo cojones lo llaman, pero por lo menos estaba en un sitio civilizado, joder. Que lo tendrían allí cinco días y luego lo traerían al depósito si no lo recogíamos antes. Vamos allí esta mañana y me dicen que ya no está allí, que se lo han traído a este puto culo del mundo... ¡Y que traiga una grúa, porque a lo mejor ahora no anda! Ayer andaba perfectamente, así que ¿por qué leches no va a andar hoy? ¿Qué le han hecho, los cabrones estos? ¿Quién coño me va a pagar a mí el arreglo? ¿Y el taxi que hemos tenido que coger para venir a este jodido vertedero? ¿Y de dónde cojones saco yo una grúa, y quién la va a pagar?

Reconocí lo justo de su ira y desplegué toda mi simpatía. Tanto por solidaridad elemental como por regular en lo posible el flujo de denuestos, que I, siempre interesado en el lenguaje, escuchaba con gran atención, probablemente tomando nota mental de los hallazgos expresivos más felices. Nuestra nueva amiga pasó de lo que podríamos llamar parte expositiva de su desahogo a la dispositiva, una explicación fervorosa de sus proyectos inmediatos, que incluían explícitamente el homicidio indiscriminado y la destrucción a gran escala de objetos, de modo que, prefiriendo prevenir a curar, la conduje con mano firme y palabras de aliento hacia el interior del chamizo, donde me pareció que sus iniciativas encontrarían un campo de acción más amplio y útil. Allí la dejé con su novio, estrellando sus iras al alimón contra la estolidez imperturbable del tipo del mostrador y salí de nuevo a la relativa paz exterior. I aplastaba la cara contra la alambrada, en busca vana de algún atisbo de su madre.

–No vienen...– me dijo.

La verdad era que ya tardaban en volver. "No se han oído disparos ni gritos de auxilio", me dije para tranquilizarme. "M es muy rápida corriendo, y entre tanto coche no le será dificil darle esquinazo. Si han llegado hasta el Golf, allí hay una llave inglesa..."

Pero al fin oímos llegar al cochecillo a toda velocidad. Se detuvo al otro lado de la verja con un frenazo y, como en los atracos, las dos puertas se abrieron a la vez y M y el sicario, sin señales visibles de violencia en sus personas, se bajaron cada uno por su lado. M nos saludó con la mano y nos hizo señas de que entráramos en la caseta, mientras seguía la rápida marcha del rufián hacia la puerta trasera. Nos reunimos todos en la oficinilla, ellos entrando por detrás y nosotros por delante, y nuestra entrada interrumpió por un momento la batalla del mostrador. M comenzó a ponerme en autos, nunca mejor dicho, de sus andanzas por la Frontera, y algo magnético había en su tono y ademán que hizo que, según empezaba a hablar, el habitáculo todo quedara suspenso, pendiente de sus labios:

–No tiene gota de gasolina. Le he hecho el puente y el motor de arranque funciona, pero la grúa lo ha dejado caer al fondo de un terraplén y no creo que pueda subir aunque consigamos que ande, porque la cuesta es enorme y está encima de un matorral. Lo ha debido de aplastar al caer y se ha quedado medio encajado. He tenido que romper unas cuantas ramas para abrir el maletero, me he hecho cisco las manos. Ese señor del jersey azul –señaló sin mirarlo al Guardia de Inseguridad, que nos miraba hosco– no ha movido un dedo para ayudarme. Ni se ha acercado al coche. Se ha quedado arriba, cruzado de brazos. Cuando le he dicho que si no nos lo sacan de ese agujero en que lo han tirado no nos lo podemos llevar, me ha contestado que traigamos nosotros una grúa, que el coche se queda donde está hasta que nosotros lo movamos.

La jovencita prorrumpió en una especie de ovación triunfal: se confirmaban sus peores sospechas y le traían combustible de refuerzo y una aliada de su sexo, siempre más de fiar que los contemporizadores varones. El del mostrador, contento de poder desentenderse aunque fuera un momento del acoso de la pareja, creyó llegado el momento de intervenir.

–Si quieren ustedes volver con una grúa, nosotros tenemos abierto hasta...

–Lo que es yo –declaró en ese momento el segurata– no pienso volverla a acompañar. Ya he ido una vez y no voy más.

Alguien se ha llevado del maletero el balón de fútbol de I– siguió contándonos M, mirándole fijo. –El ladrón se ha dejado dentro un montón de cosas suyas, hasta un pico, así que no creo que haya sido él.

–¡El balón de mi cumpleaños!– clamó I.

–Yo te compraré otro, hijo, no te preocupes.– dijo M.– Ahora lo que quiero es irnos de aquí. Cuanto antes.

–Pues vámonos– concluí yo.

–¿Pero no se llevan ustedes el coche?– quiso saber el del mostrador.

–Hoy no. Ya vendremos otro día que tengamos más ganas. Y si se les ocurre a ustedes cobrarnos ni un solo euro por el depósito del coche... –busqué una amenaza verosímil y, como no la encontré, acabé con cierta prisa– los denunciaré por receptación de vehículo robado y saldremos todos en los periódicos.

Y nos fuimos los tres. Fué una salida más o menos digna y tuvimos el consuelo, mientras cruzábamos la puerta exterior en busca de mi coche, de oir a nuestra espalda cómo redoblaban los gritos de la jovencita, cubriéndonos la retirada.

* * * * *

Mi jefa, que se ríe mucho con mis historias y conoce a todo el mundo, nos consiguió un desguace que no solo fue con una grúa una semana después a sacar el Golf del depósito, sino que no nos cobró nada y hasta nos pagó cien euros por lo que de él pudiera aprovechar.

Gracias, pues, al Ayuntamiento de Madrid, un coche que andaba estupendamente y que el primer ladrón había dejado en razonables condiciones de uso y decentemente aparcado en una calle céntrica, a tiro de Metro, pasó a ser un montón de chatarra inerte arrojada a un barranco del extrarradio más inaccesible.

¿No está la Administración Pública precisamente para eso, para llegar donde la iniciativa privada no puede o no quiere?

Como dueña del coche M tuvo que acompañar a la grúa para retirarlo. Cuando entraron a buscarlo, y contra lo que había dicho el segurata sin afeitar (ese día ya había otro, afeitado. Los deben de mandar allí temporadas cortas, como castigo), el Golf ya no estaba al fondo del terraplén, encajado en un arbusto, sino correctamente aparcado en un llano, del que ella solita se lo habría podido llevar sin más que echarle un poco de gasolina. Pero ¿cómo despedir de vacío al de la grúa y volverse atrás del trato con el desguace? Y ¿qué hacer con un tercer coche en un barrio como el nuestro, en el que aparcar a diario dos ya es un serio problema y en el que puedes conseguir tantas tarjetas de residente como conductores haya en el domicilio, pero no más?

M me contó este segundo viaje muy tranquila y objetiva, sin la menor muestra de emoción. Pero la conozco y sé que esta última y definitiva despedida de su Golf, que la esperaba allí tan dispuesto, el pobre, y al que tuvo que abandonar para el desguace, debió de resultarle muy dura.

* * * * *

Cosa de dos meses después a M le han llegado cinco denuncias por estacionar sin distintivo que lo autorice, todas ellas del lugar en que el ladrón dejó el coche y de los días en que aún no nos habían avisado, pero ya el robo llevaba denunciado una semana. (Dos de ellas, por cierto, del mismo día, cosa legalmente imposible.) La Policía Municipal, que tardó cinco días en darse cuenta de que era un coche robado y en avisar a su dueña, fue capaz en cambio desde el mismo principio de advertir y denunciar que estaba mal aparcado. Por esto último el Ayuntamiento cobra sustanciosas multas. Por lo otro, solo nuestros vulgares impuestos, que va a recibir de todos modos, lo haga bien o mal, antes o después.

M ha presentado otros tantos pliegos de descargo contra las denuncias, explicando que el coche estaba robado y su robo denunciado, pero la Concejalía ha hecho caso omiso y, a su debido tiempo, le han llegado las multas. Las hemos recurrido, pero desestimarán los recursos, seguro. Y como no las pagaremos –no se debe jamás cooperar con el verdugonos embargarán la cuenta del banco o la devolución del IRPF y nos tendremos que aguantar.

Bien dice Brassens que también entre los ladrones hay clases, y que van quedando pocos como Dios manda...

31 agosto 2009

Un servicio del Ayuntamiento de Madrid (1)


Pablo Milanés - Hombre preso que mira a su hijo

Le robaron el coche a M, mi mujer, y fue una historia. Era un Golf ya muy viejo, iba a cumplir dieciocho años –I, mi hijo de once años, hizo el diagnóstico más certero: "Ha visto ahí mismo la mayoría de edad y se ha ido de casa"– y tenía bastante más de trescientos mil kilómetros. La carrocería estaba hecha un asco y, en cuanto se quedaba aparcado tres días y empezaba a acumular resina, hojas secas y volantes publicitarios parecía un coche abandonado. Consumía cantidades ingentes de gasolina, no toda en hacer funcionar el motor, a juzgar por cómo olía. Pero andaba como un rayo y su dueña le tenía mucho apego. Y, sobre todo, lo necesitaba para su trabajo, de modo que inmediatamente nos dimos a buscarle el sustituto más barato que pudiéramos encontrar. Nos llevó una semana bastante agotadora de recorrer concesionarios, examinar cochecillos y regatear con los vendedores, –operación novedosísima y muy entretenida que ahora, gracias a la crisis, es posible hacer con resultados engañosamente halagüeños– pero al fin M eligió y apalabró su coche nuevo.

La tarde que volvíamos de comprarlo, cuando ya había cerrado la operación y entregado una sustanciosa señal, llamó la policía municipal. Contra todo pronóstico –estábamos seguros de que había acabado hecho piezas en un desguace– el Golf había aparecido, a veinte o treinta manzanas de donde M lo había dejado y diez días después, pero por lo demás, según dijo el policía, no en mucho peor estado que antes del robo. Solo una puerta forzada, el contacto con el puente hecho y algo más de basura en su interior. (Luego vimos que había hasta un pico, que sin duda utilizó el ladrón para hacer alguna clase de butrón pero que por lo visto no interesó a la policía como prueba. Sangre no parecía tener.) En cuanto la policía científica acabara de examinarlo, nos dijeron, podíamos pasar a recogerlo por el depósito municipal Mediodía II.

A mi mujer se la llevaron todos los demonios: ella no quería un coche nuevo, ni mucho menos gastarse la pasta que le había costado. Ella quería su Golf de toda la vida. E iba a aparecer justo ahora, cuando ya se había comprado otro. Con solo que la hubieran llamado unas horas antes... (Yo, en cambio, estaba secretamente encantado de que las cosas hubieran venido así, porque no me gustaba nada que anduviera por el mundo en semejante cacharro, y convencerla de cambiar de coche sin robo mediante no habría sido nada fácil. Pero no me pareció el momento oportuno para decírselo. Hay que respetar el duelo.)

Así pues, el Sábado por la mañana, haciendo un hueco entre las otras dieciocho cosas que normalmente uno va dejando para hacer el Sábado por la mañana, nos encaminamos al depósito de Mediodía II. No es que tuviéramos especial interés, a esas alturas, en recuperar el coche, con el que no sabíamos muy bien qué íbamos a hacer, pero nos advirtieron que, si no lo recogíamos, pasados quince días su estancia en el depósito empezaría a costarnos dinero.

Localizar el Depósito no fue fácil. Todo lo que la página del Ayuntamiento ofrece como indicación es la desalentadora dirección Camino de la China s/n y este escueto plano:


que si tuviera dibujada la gran piedra en forma de calavera sería al menos tan vistoso como el de John Silver pero que así, sin más referencias que las locales, la verdad es que no resulta muy eficaz para saber de dónde estamos hablando. No nos desanimamos, empero, y con el nombre del camino en cuestión y la pista de Mercamadrid, nos metimos en Google Earth, que nos localizó el lugar justo donde marca el cuadradito:


y nos suministró, además, numerosas indicaciones sobre cómo llegar, algunas un tanto crípticas e incompatibles entre sí (Toma la salida 20 hacia la Calle Embajadores, y, justo a continuación, Toma la salida 19B e incorpórate a carretera de Villaverde, por ejemplo) pero en general bastante alentadoras. Daban toda la impresión de que acabaríamos llegando.

Y acabamos llegando. No recuerdo haber dado nunca tantas vueltas por las autopistas que rodean Madrid pero, tras algo más de cincuenta kilómetros recorridos a base de cambiar de sentido diez o doce veces –cada vez que resultaba evidente que habíamos vuelto a pasarnos de la desviación correcta– por distintas carreteras, durante cerca de tres cuartos de hora, conseguimos llegar a un sitio llamado Centro de Transportes de Madrid, que era la última referencia que los lugareños –gasolineros, fundamentalmente– fueron capaces de darnos antes de abandonar la civilización y adentrarnos en la terra incognita. Allí un jovial guarda de seguridad nos dió las últimas instrucciones –según dijo lo tenía que hacer unas cien o doscientas veces al día– y siguiéndolas nos adentramos por un camino de tierra, lúgubre e interminable, con el que jamás habríamos dado si no nos lo hubiera dicho él, porque carecía de la menor indicación que permitiera suponer que conducía a parte alguna, y menos aún a una dependencia municipal de uso público. Ni una señal, ni un cartel. Nada. Un camino desierto, siniestro y larguísimo, recorrido solo por algún que otro indigente con el inequívoco aspecto de ir buscando su ración de droga, flanqueado a la derecha por las inmensas instalaciones de Mercamadrid, desérticas e inaccesibles, y a la izquierda por una tapia de piedra artificial coronada de alambre de espinos.

En la foto, bajada de Internet, se ve el interior del "depósito". Nosotros recorríamos el otro lado de la tapia, sin saber qué había tras ella ni si encontraríamos en algún momento alguna puerta con algún cartel que nos permitiera saber que habíamos llegado a algún sitio.

Pero al fin el camino se ensanchó un poco, no demasiado, lo justo para permitir el giro hacia el portón que se abría –es un decir, estaba cerrado a cal y canto– en la tapia. Ni un solo sitio para aparcar, ni un solo cartel indicando que has llegado al Depósito de Vehículos, nada. Arrimamos el coche a un lado del camino, confiando sin mucho más motivo que nuestro buen ánimo en encontrarlo a nuestro regreso en el mismo lugar y estado, y franqueamos con paso inseguro la puertecilla de peatones abierta junto al portón. Nos encontramos así en un pequeño recinto separado por una alta alambrada del depósito de vehículos, inmenso, desolado y desolador, abarrotado de coches en distintos grados de deterioro hasta donde la vista se aburría de intentar alcanzar.

A la derecha había una casamata pequeña, que más que otra cosa parecía un almacén de herramientas en desuso, pero que era el único edificio a la vista, de modo que entramos. Eran las oficinas. Había un mostrador y tras él un tipo, el primer ser humano que veíamos en un buen rato y cuya presencia nos resultó casi inesperada en aquel páramo semiabandonado. Nos saludó con desgana, buscó el coche en una lista y nos confirmó que sí, que estaba allí. Nos pidió los papeles del coche, para asegurarse de que M era la dueña y tenía derecho a llevárselo. Le hicimos notar que los papeles del coche estaban en el coche, o eso esperábamos. Se quedó un rato considerando el problema con aire de perplejidad.

–Bueno,– resolvió al fin –pues tendrá que entrar usted a buscarlos.– Parecía que la situación se le presentara por primera vez. ¿Cómo lo hacen en otras ocasiones?, me preguntaba yo. ¿Nadie más que mi mujer guarda la documentación del coche en la guantera, o es que somos los primeros que consiguen llegar aquí a recoger su coche, y es por eso por lo que hay tantos? Entretanto el aborigen se había debido de poner en contacto telefónico, o quizás telepático, con un congénere, porque tras una espera no muy larga de no se sabía bien qué, por una puertecilla de detrás del mostrador apareció un rufián sin afeitar que vestía los restos arrugados, mugrientos y que le venían francamente estrechos, de lo que en tiempos mejores debió de ser un uniforme de guardia de seguridad. Nos echó a todos una mirada de hostilidad aburrida y si no mascó un palillo de dientes fué por una carencia notoria de sentido artístico por su parte. Habría tenido que hacerlo, para acabar de redondear el tipo. El del mostrador le tendió un papelillo.

–Tienes que acompañarlos a que recojan los papeles del coche– le informó con lo que me pareció un tono inequívoco de "Jódete". El segurata resopló, como confirmando sus peores sospechas, nos miró más hostilmente aún e hizo un vago gesto con la mano, que interpretamos como que debíamos volver a salir al recinto de entrada. Lo hicimos y él reapareció al otro lado de la alambrada. Con mucho despliegue de llaves y golpeteo de cerrojos, abrió una cancela.

-¡Solo uno!- ladró cuando I y yo intentamos franquearla, siguiendo los ansiosos pasos de mi mujer. Volvió a cerrarla tras ella. M se encogió de hombros, nos hizo un gesto de despedida y se metió con el rufián en un cochecillo pintado con el logotipo de una Empresa de Seguridad Canaria. (Preferí no tratar de imaginar con qué criterios ha adjudicado el Ayuntamiento de Madrid este servicio a una empresa geográficamente tan cercana y comercialmente tan atractiva. La contratación administrativa, bien lo sé, tiene estos misterios.) Mi hijo y yo, apretados el uno contra el otro, la vimos partir a toda velocidad, rumbo al mismísimo corazón del Santuario Caníbal (¿del que nunca nadie ha regresado?): las remotas y, por todas las muestras, vírgenes profundidades del Depósito. De vehículos, no de cadáveres, tuve que recordarme a mí mismo. Por unos instantes luché con la impresión repentina de estar despidiéndola a las puertas de una cárcel o de un campo de concentración, conseguí vencerla y sonreí esforzadamente, para hacer ver a I que todo iba bien.

28 agosto 2009

Informe nº 1

Quizá usted ha vivido repentinamente y sin hallarle explicación aparente el inquietante momento en que la cosa se vuelve de plástico. Si es así, sabrá a qué me refiero. Si no, lea esto también, a ver si llegamos a un acuerdo.

Está fuera de toda duda que, cada vez más, determinados aspectos parciales del Universo propenden al plástico. No es una tendencia homogénea ni continua, ni es posible observarla con los métodos científicos que se usan en otros fenómenos, pues procede más bien por ramalazos, por súbitas cristalizaciones incontrolables cuya conducta nos es, de momento, impredecible. Está usted de visita en casa de su tía de provincias –las tías son una de las especies más proclives al plástico– y todo va tan bien, el nescafé está en la temperatura justa, las magdalenas recién salidas de la bolsita, el canario canta con toda regularidad, y de repente, a usted le salta a la conciencia la consistencia eminentemente plástica del conjunto y, si usted es sensible, no puede volver a verlo con los ojos de antes y algo le dice que hará mejor en despedirse antes de que aquello vaya a más. (No está demostrado que la cualidad plastificante sea contagiosa, pero en ciertas cuestiones vale más ser aprensivo).

O comenta usted lo caro que va todo con la vecina que viene de la compra, o toma usted café en un bar de barrio con uno de esos conocidos que no alcanzan la categoría de amigos. Y de repente todo sumamente de plástico. No es exactamente desagradable, no hay nada que se rompa, se descomponga o se altere, en realidad todo va estupendamente, pero, a partir de cierto momento, indiscutiblemente de plástico. A veces no es necesaria ni siquiera una situación tan específica como las descritas, basta mirar un cuadro en la pared, un tiesto en la ventana, un atardecer en la calle, el ramo de flores sobre el piano, un artículo de fondo en la página número cinco, para que el plástico se nos revele, desconcertantemente inequívoco. Sin embargo parece claro que ciertos objetos y situaciones catalizan o provocan especialmente el fenómeno. Pocas flores separadas de su planta madre pueden evitar el plástico –aunque éste es un ejemplo peligroso, porque usted lo asociará enseguida con la mera apariencia de estar fabricadas en plástico que tienen algunas flores, y le juro que no es a eso a lo que me refiero, más quisiéramos–. Las televisiones irradian plástico a su alrededor incluso apagadas, plastifican con una eficacia que a mí no deja de asombrarme y aún de alarmarme: coloque usted una televisión al lado de las mismísimas Meninas y a pesar de todas las sabias disposiciones pictóricas de Don Diego, la infanta Margarita y su augusto cortejo aparecerán vistosamente plastificados; –aún sin televisiones ¿no es cierto que el Museo del Prado algunas mañanas de domingo, se vuelve realmente muy de plástico?–

Y yo no sé ya si seguir poniendo ejemplos, si usted es de esa clase de locos seguro que ya se ha dado cuenta y si no qué le voy a decir, ojalá que no le pase, ojalá pueda seguir metiendo mano a su pareja, hablando de literatura, alabando a la Naturaleza, denostando al Gobierno y palmeando la espalda a los amigos con la saludable convicción que ponemos en esas tareas antes del acechante momento en que algo se detiene y nos apercibimos de lo indudablemente de plástico que se ha vuelto la cosa, vaya usted a saber cómo.

11 mayo 2009

Más experimentos musicales

Fabrica tu propio karaoke

Quienes de ustedes, queridos lectores, juzguen que tuvieron más que suficiente con mi anterior post musical, cierren este y tengan la amabilidad de esperar unas cuantas semanas al siguiente, a ver si hay más suerte y se me ha pasado. De momento estoy con más de lo mismo.

Resulta que mi hermano el italiano, probablemente con la esperanza de que le deje tranquilo y no le pida más acompañamientos guitarrísticos, me descubrió un nuevo programa informático musical, el Finale NotePad. Hace más de un mes de mi primera toma de contacto con él y aún no me he recuperado de la impresión. Si los ordenadores no tuvieran otra aplicación, solo por esta merecería la pena inventarlos.

El Finale es un programa en el que tú escribes partituras y la máquina te las toca. En la pantalla te aparece un pentagrama, con el compás y la tonalidad que tú le hayas indicado, en el cual vas escribiendo notas. Luego basta apretar un botoncito para que suenen las notas que has escrito, con distintos timbres que imitan con éxito desigual los sonidos de los diferentes instrumentos. Admirablemente, portentosamente sencillo.


El único problema, claro, es que hace falta saber escribir música, cosa de la que yo tengo las nociones más rudimentarias que se pueda imaginar. A eso de mis diez años mi madre trató de enseñarme el poco solfeo que ella sabía, pero lo dejamos enseguida, en cuanto comprobó que yo prefería irme a seguir leyendo a Julio Verne o a jugar con mi hermano a nuestros juegos misteriosos, cortésmente interrumpidos en cuanto un adulto cualquiera asomaba por nuestro cuarto y reanudados solo cuando se volvía a marchar. De modo que mis conocimientos no pueden ser más básicos.

Sé que, según su duración, las notas pueden ser redondas, blancas, negras, corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas, cada una de estas categorías exactamente la mitad de larga que la anterior: dos negras duran lo que una blanca, dos corcheas lo que una negra, dos semicorcheas lo que una corchea... Cuantos más ganchos lleve en el rabito, más veces hay que dividirla por dos... (Felizmente el programa, que está en inglés, no utiliza estos nombres absurdos, sino que las llama directamente "whole note", "half note", "quarter note", "eighth note"... con lo que no necesitas recordar a qué condenada fracción de nota equivale una fusa o una semicorchea, cosa de la que a mis años ya no me siento capaz.) Sé que las notas son do, re, mi, fa, sol... y que cada una de ellas es bien una rayita, bien un espacio entre rayitas del pentagrama, hacia arriba subiendo y hacia abajo bajando, y con el sol o el fa colocados en la rayita -o en el espacio entre rayitas- que diga la correspondiente clave. Y sé, por último, que una almohadilla rara, #, colocada sobre la correspondiente rayita o espacio, sube en medio tono la nota en cuestión, que pasa a ser do, o la nota que sea, "sostenido" en vez de do a secas, mientras que una especie de "b" cursiva y picuda la baja en medio tono y la convierte en "bemol". Hasta ahí, la totalidad de mis conocimientos de solfeo hasta hace cosa de cinco semanas. El último mes he aprendido algo más, pero tampoco vayan ustedes a creerse que mucho.

(Reconocerán que no caben una terminología ni un sistema de notación más arbitrarios, arcaicos e irracionales, y que al mérito intrínseco que tienen los músicos por ser capaces de inventarse músicas y de interpretarlas hay que añadirle casi otro tanto por que hayan aprendido a leerlas y a escribirlas en un lenguaje tan abstruso, que parece inventado exprofeso para desalentar y alejar.)

Bueno, pues armado con este impresionante bagaje teórico me dediqué a ver si era capaz de escribir, con este invento prodigioso, las músicas que iba recordando. Hacía mucho tiempo que ninguna tarea me absorbía tanto, me hacía disfrutar tan intensamente y me ponía tan nervioso. Determinar si hay que poner un do sostenido o un mi bemol es bastante sencillo, al fin y al cabo uno sabe si la nota que busca es más alta o más baja que la anterior, y si no es dos tonos más alta, será dos tonos y medio. Cuestión de tantear. Pero ¡ah, averiguar cuánto tiene que durar la bendita nota, si se trata de una corchea, de una negra o de la madre que la parió! Me he tirado horas contando golpecitos de dedo sobre la mesa -tras haber establecido, con grandes dificultades, cuántos "golpecitos de dedo" tiene cada compás, y si cada golpecito es una "eighth note", una "16th note" o qué rayos de "note" es- para luego escribirlo rápidamente, antes de que se me olvidara y tuviera que volver a empezar, y por fin, darle al botoncito y ver si lo que había escrito sonaba como tenía que sonar o si había vuelto a calcularlo todo mal, una vez más.

Eso sí, cuando por fin suena lo que pretendes ¡qué extasis! Creo que si demostrara el Teorema de Fermat y descubriera el modo de salir de la Crisis, todo al tiempo, no experimentaría una satisfacción semejante a la que me produjo el primer "chin-chin-pún" con ritmo reconocible de tango que sonó en mi ordenador después de media hora de cálculos y tanteos fallidos.

Tengo que decir que tras estos primeros ensayos me creo capaz, si persevero en ello, de llegar a escribir con cierta soltura músicas que no sean muy complicadas; pero sé con absoluta certeza que jamás, aunque dedicara a ello el resto de mi vida a razón de diez horas diarias de estudio, llegaría a ser capaz de leer ni la más sencilla. Considero un misterio que haya personas capaces de colocarse frente a una partitura, ese galimatías de símbolos caprichosos y visualmente herméticos, y "leerla" de corrido; y las virguerías que luego hagan con el violín, el piano o la voz me impresionan solo un poco más que esta primera y fundamental proeza de, simplemente, leer.

El programa crea archivos con la extensión .mus -partituras sonoras- que solo pueden ser abiertos y manejados con él, y archivos con la extensión .mid -archivos de sonido- que sirven, además, para otros muchos programas. Buscando en Internet he conseguido uno de ellos (Direct MIDI to MP3 Converter, de PistonSoft, por si a alguien le interesa) que convierte estos archivos MID en MP3, además de hacer con ellos maravillas tales como cambiarlos de tono o de tempo sin distorsionarles el timbre. Y una vez obtenido el MP3, ya puedo abrirlo con GoldWave y usarlo como cualquier otro archivo de sonido: cortarlo, pegarlo y superponerle mi propia voz. En resumidas cuentas, he venido a inventarme mi propio karaoke, y ya no dependo de mi hermano el exilado para este papel. Para cuando se aburra definitivamente de mandarme acompañamientos de guitarra, ya tengo un sucedáneo.

Naturalmente suena mecánico, sin gracia y con un timbre solo lejanamente similar al de una guitarra o un piano de verdad -por no hablar de cuando trata de imitar al violín, lo que suena abiertamente horroroso-. Pero no se puede tener todo. Lo importante es que ahora puedo "tocar" mis propios acompañamientos y, sobre todo, que mientras jugueteo con estas cosas estoy entretenido y no ando por los bares.


La Cumparsita - Júbilo Matinal

El archivo anterior es mi versión particular de "La Cumparsita", la primera pieza cuya partitura he sido capaz de escribir yo solito, tras oir la versión de Gardel para refrescármela y poder escribirla en el mismo tono. Gardel la cantaba con un austero acompañamiento de guitarra, de modo que todas las florituras pianísticas de esta versión hay que achacarlas al residuo que dejan cuarenta años de escuchar tangos. Igual que si le dan ustedes un jardín a un jubilado lo llenará de enanos, fruto de sus fantasías infantiles sobre el campo reprimidas durante una larga vida de oficinista, denle ustedes un tango a un arreglista aficionado como yo y ya ven de qué clase de fantasías morunas, o más bien pseudo porteñas, lo deja sembrado. En cuanto a la interpretación vocal, nada puedo decir en mi descargo sino que está cantado a las diez de la mañana y en estado de perfecta sobriedad. Así no hay manera, claro.

29 abril 2009

Un vasco calvo y bajito

Se ha muerto Javier Ortiz, raro caso de periodista independiente de veras. Le gustaban la música francesa y San Sebastián, como a mí. Disentíamos considerablemente, creo, -véase la muestra en este mismo blog- en todo lo demás, desde su marxismo, algo conmovedor por lo trasnochado, hasta sus nunca ocultadas simpatías por el nacionalismo vasco. Pese a lo cual he sido un fiel lector suyo durante los muchos años en que fue columnista de El Mundo, y le he seguido leyendo luego en su blog "Apuntes del natural", cuya cabecera es la imagen que encabeza este post. Y he tenido siempre por él una gran simpatía.

Lo más frecuente cuando alguien se muere es que los demás nos quedemos con la frustrante sensación de no haber dicho nunca al difunto cosas que le hubiéramos querido decir, de no haber tenido con él una última -o única- conversación que la muerte deja, así, irremediablemente pendiente. Esta vez yo he tenido la suerte de que no me haya pasado. Hace un par de años, cuando se fue de El Mundo, escribí a Ortiz una carta en la que le contaba los motivos de mi simpatía y de mi admiracion por él. La transcribo aquí, a modo de obituario -él, por cierto, dejó escrito el suyo hace unos años- y de homenaje a este "vasco calvo y bajito", como él mismo se describió.

Estimado Sr. Ortiz: Veo hoy en sus Apuntes del natural el anuncio de que deja de escribir su columna en El Mundo, y me entristece mucho la noticia, porque, como lector habitual de este periódico, también lo he sido suyo con gran placer desde hace un montón de años, usted sabrá más exactamente cuántos.

Me apetece decirle que son muy raras las ocasiones en que he estado de acuerdo con las opiniones que expresaba usted en su columna. Sobre la mayoría de las cuestiones que ha tratado usted en ella mi punto de vista, o más bien las conclusiones a las que llego desde él, suelen diferir notablemente, cuando no oponerse frontalmente, a las que alcanza usted desde el suyo.

Sin embargo, al contrario de lo que me ocurre con otros columnistas -con algunos de los cuales estoy, incluso, bastante más de acuerdo, globalmente hablando, que con usted- esta discrepancia, lejos de provocarme alguna clase de antipatía o animadversión hacia usted, ha tenido el efecto contrario. Si me permite decírselo, he desarrollado, de hecho, una simpatía bastante señalada hacia usted. Me gusta su forma de razonar, me gusta su forma de escribir y aunque, como digo, rara vez puedo compartir sus conclusiones, prácticamente siempre me parecen inteligentes, bien fundadas y francamente oxigenantes. Es, debo decirlo, un placer “discutir” con quien razona tan honrada y luminosamente. Me resulta bastante más satisfactorio, desde el punto de vista intelectual, leer una columna suya con la que no estoy de acuerdo, que leer algunas otras que, aunque lleguen a conclusiones más cercanas a las mías, lo hacen de forma y en tono que me acaba dando cierta grima “compartir”.

Siento, además, que El Mundo pierda el evidente contrapeso que su columna suponía frente a la preponderancia de otras líneas de pensamiento. Eché de menos a Albiac y su partida me pareció un empobrecimiento para el periódico; y voy a echarle aún más de menos a usted, con quien pierdo un excelente argumento frente a quienes insisten en decirme que El Mundo es un periódico de fachas.

En su honor compraré el nuevo periódico cuando salga. Dudo mucho que me cambie de periódico habitual, pero siempre es bueno tener una alternativa para cuando El Mundo me toque las narices en exceso, y hasta ahora las alternativas posibles solían tocármelas con más vehemencia aún.

Y, desde luego, seguiré leyendo sus Apuntes del Natural mientras siga usted escribiéndolos. Aparte del placer intelectual que supone leer a alguien que escribe bien, tiene claro lo que piensa -y, cuando no lo tiene claro, no tiene empacho en confesarlo así- y trata de explicarlo con franqueza, claridad e ingenio, le confieso que el ejercicio de averiguar por qué y en qué no estoy de acuerdo con lo que piensa usted es una excelente ayuda para establecer con cierto fundamento qué es exactamente lo que pienso yo. Un “contraste” nada fácil de encontrar y que le agradezco sinceramente.

Un cordial saludo.

23 abril 2009

Feliz San Jorge

Nunca le he tenido ninguna simpatía a la devoción por los santos. Me parece una desviación politeista y supersticiosa, sospechosamente cercana a la idolatría, del fundamental monoteismo que profeso. El entusiasmo milagrero, el culto de la personalidad y el beaterío mojigato que suelen acompañar a estas devociones son, a mi juicio, desviaciones pseudoreligiosas que resumen muy eficazmente lo peor, lo más alienante y lo más irreligioso de las muchas tendencias alienantes e irreligiosas frecuentemente escondidas, e incluso no tan escondidas, bajo el término genérico de “religión”.

Las pocas veces, además, que me ha dado por asomarme al género de la hagiografía, las vidas de santos me han parecido en general una cosa muy poco edificante y bastante más apropiada para despertar serias dudas sobre la fe que para lo contrario. Y, por si fuera poco, las últimas canonizaciones de la Iglesia le han dado la puntilla a mi precaria fe en que la canonización de alguien quiera decir algo. No quiero señalar, pero si determinadas personas han llegado a ser oficialmente santas, ser “santo” en ese sentido es algo que para mí ya no presenta el menor interés. (Viendo un altar, en concreto, que hay desde hace no mucho en una capilla lateral de la Catedral de la Almudena, de Madrid, se le quitan a cualquiera las ganas de estar en los altares.)

Hay un santo, sin embargo, uno solo, que siempre me ha caído bien: San Jorge, un ciudadano del que no sé nada –y no voy a mirarlo en Google, porque me gusta que sea así- más que dos cosas: que se le representa luchando contra un dragón y que hace algunos años, en algún arrebato de modernización y racionalización de los que de vez en cuando le dan a la Iglesia, normalmente sobre cuestiones que no le importan a casi nadie, un Papa, creo que Pablo VI, decidió eliminarlo del santoral, probablemente por considerar que su misma existencia era excesivamente legendaria y problemática.

Confieso que este último detalle halaga mi gusto por lo heterodoxo y lo marginal. Puestos a tenerle simpatía, que no devoción, a un santo, no encuentro otro mejor que uno del que no consta oficialmente la existencia real. Sobre todo si se considera cómo fueron algunos sobre cuya existencia real, lamentablemente, no puede caber la menor duda.

Pero lo que sobre todo me gusta es ver a un santo haciendo con gallardía, alegría y eficacia algo evidentemente útil. Tras tantas hazañas sombrías, inexplicables y tirando a masoquistas como me dejaron perplejo en mis pocas lecturas infantiles de vidas de santos, he aquí por fin una actividad “santa” que no se me aparece como ajena, abstrusa y antipática: matar dragones.

Porque los dragones existen, nadie me lo negará, y su exterminio es una tarea imprescindible, meritoria y muy gratificante. Todos, o por lo menos yo, llevamos dentro, agazapado, un dragoncito personal bastante temible, hecho de rutina, pereza mental, ignorancia, estupidez, miedo, conformismo, indecisión, falta de generosidad, tristeza, mal humor y pesimismo. Luchamos lo mejor que podemos contra él, con éxito desigual y normalmente lo más que consiguen, los mejores de entre nosotros, es mantenerlo más o menos recluído y limitado a eventuales rugidos y llamaradas, y eso en las épocas de bonanza.

Algunos de estos dragoncitos no son tan pequeños ni tan relativamente manejables y, como sus huéspedes no logran mantenerlos tan recluídos en sus respectivos interiores como sería de desear, convierten sus vidas, y de paso las de quienes no tienen más remedio que rodearles, en un desierto capadocio bastante inhóspito y desagradable de habitar.

Y está, por supuesto, el Dragón, especie de emanación colectiva de nuestros millones de dragones individuales, construido pacientemente a lo largo de siglos de historia con las aportaciones -unas más activas y emprendedoras, otras más inertes y consentidoras, pero todas necesarias- de cada uno de ellos; que se ha plasmado y tomado cuerpo en injusticias, explotaciones, prepotencias, desigualdades, miserias, torturas, represiones, mentiras, guerras, niños hambrientos e infelicidad humana en general, en buena parte institucionalizada, bendecida y consentida; y cuyo rostro feroz podemos contemplar todos los dias, los afortunados que no estamos directamente bajo sus garras, sin más que asomarnos al periódico o a la televisión, y podemos ver más directamente aún con solo que nos tomemos el trabajo de mirar a nuestro alrededor con los ojos adecuados.

Luchar, en la medida que cada uno pueda, contra todos estos dragones me parece una buena tarea, insoslayable si queremos vivir con cierta dignidad y la única por la que creo que se pueda merecer el título de santo, si este título ha de querer decir algo. Para emprenderla todos los patrocinios son pocos, y el de este Santo gentleman, deportivo, boy scout y experto en dragones a mí, en mi particular y modesta lucha contra los dragoncitos que más a mano me caen, me resulta especialmente alentador.

Si he de tener algún Santo Patrón, pues, me pido San Jorge.


ACTUALIZACIÓN: A sugerencia de Lansky, idólatra confeso, descarriado pagano, pero buen amigo, aquí está el San Jorge de la plaza del mismo nombre, en Cáceres. En una hornacina en la pared de la Iglesia de San Francisco Javier, mire usted por dónde.




12 marzo 2009

Experimentos musicales transmediterráneos

Para Güili


Júbilo Matinal y Hno. - Tierra Salteña (Folclore argentino)

Nunca aprendí a tocar la guitarra. Todos mis hermanos la tocan, unos mejor y otros peor. Pero yo, que tengo tan buen oído como cualquiera de ellos; que sé siempre qué acorde hay que poner, de qué notas se compone y dónde hay que poner los dedos para que suenen, no soy capaz de hacerlo por mí mismo. No sé pisar las cuerdas, ni sé rasguearlas, qué le voy a hacer. Nunca he podido acompañarme con una guitarra, ni hacer con ella nada más allá de un punteo cochambroso con el pulgar, marrando la mitad de las notas, por más señas.

De modo que lo de cantar a dúo con mi hermano menor -o con cualquier otro; pero el pequeño es el que durante más tiempo me quedó a mano- además de un placer era una necesidad. Podíamos cantar a dos voces y él, además, tocaba la guitarra, (estupendamente, encima, dicho sea de paso). Durante mucho tiempo lo hicimos así y obtuvimos grandes éxitos de crítica y público.

Pero el muchacho salió viajero. Primero se fué a Estados Unidos, luego a Italia, y hace ya unos cuantos años que vive allí. Lo cual está muy bien desde muchos puntos de vista: se doctoró, se casó, y tiene una mujer encantadora y unos hijos estupendos, todos ellos piamonteses, y, en general, la vida le sonríe, de lo que yo estoy satisfechísimo. Pero me dejó sin quien me hiciera las segundas voces y, sobre todo, sin quien me acompañara a la guitarra. Y pueden creerme si les digo que, de los muchos motivos por los que lo añoro, esta privación no es el menor. Lo digo con toda tranquilidad. Sé que él me entenderá perfectamente y sabrá que al decir esto no incurro en falta de amor fraternal, sino, en todo caso, en sobra de una modalidad específica, musical, de él.

Hace un tiempo, empero, me hice con un programa de ordenador estupendo. Se llama Goldwave y, además de grabar música en todos los formatos imaginables, te permite hacer con ella un montón de cosas: puedes subirla y bajarla de tono, acelerarla y retardarla y, como te dibuja un gráfico del sonido, a la escala de tiempo que tú quieras, te permite localizar exactamente una fracción cualquiera de música, así dure microsegundos, y borrarla, cortarla, copiarla, pegarla... Y, lo que es más importante de todo: puedes superponer dos músicas para que suenen al tiempo y, cortando aquí y pegando allá, sincronizarlas para que, encima, suenen bien...

Para alguien que desde los cuatro años vive como una seria frustración la imposibilidad de cantar dos voces a la vez, es fácil ver que un programa así fué una especie de regalo del cielo. Me dí a experimentar y no tardé en darme cuenta de que si primero se graba una voz:



y luego otra:



y luego se superponen y se sincronizan con cierto cuidado, el resultado queda de lo más armonioso y, oyéndolo, nadie diría que ambas voces no han sido cantadas al tiempo:



Esto me resolvía, o al menos paliaba, la cuestión de las dos voces. Pero seguía sin tener quien me las acompañara. Hasta que un día caí en la cuenta de que mi hermano, aunque en tierras lejanas, seguía teniendo una guitarra y sabiéndola tocar. Y de que bastaba con convencerle de que tocara el acompañamiento, lo grabara y me lo enviara, para tener resuelto el problema.

La parte más difícil fue conseguir que se pusiera a la tarea. Hicieron falta cosa de quince correos a lo largo de dos o tres meses, alternando las amenazas, los halagos y el más repugnante chantaje emocional, para que me enviara por fin el archivo mp3 que me llegó hace una semana y que me hizo tan feliz. Al lado de ese esfuerzo, el de sincronizar su guitarra con mis voces, cambiar ligeramente el tono de estas, que diferían del acompañamiento en, más o menos, la cuarta parte de medio tono (parece muy poco, pero basta para hacer que suene fatal) y cortar silencios por aquí y pegarlos por allá para conseguir que coincidiesen los tempi fue, nunca mejor dicho, coser y cantar, tarea de un par de tardes apenas digna de mención.

El resultado es ese archivo que encabeza el post y que, si han tenido ustedes la disculpable flaqueza de saltarse, les ruego ahora que escuchen con benevolencia, en atención a sus raras circunstancias, ya que no a sus discutibles méritos musicales. Las dos voces son mías, cantadas dos veces cada una, para que hagan más bulto, y superpuestas las cuatro. El acompañamiento, de mi hermano, tocado a la guitarra dos meses después y mil cien kilómetros más al nordeste. La mezcla es, a partes iguales, mía y de Goldwave.

Si oyéndolo disfrutan ustedes solo la décima parte de lo que he disfrutado yo, y espero que mi hermano, al confeccionarlo, daré por bien empleados nuestros experimentos musicales transmediterráneos.

Y si no, también, para qué les voy a engañar.

25 enero 2009

Probablemente el mejor artículo sobre "Probablemente Dios no existe"


Inti Illimani - Cándidos

¿Dudar de que alguien exista es insultar a ese alguien?

¿Por qué habrían de ofender las manifestaciones sobre su probable inexistencia a un Dios que ha hecho al hombre libre y dotado de razón, que ha creado un Universo perfectamente explicable sin Él y que mantiene Su existencia respetuosamente no obvia?

¿Podemos los creyentes asegurar que solo la fe puede llevarnos a Dios y que esta es un don suyo, y al tiempo considerar ofensivo a quien manifiesta su creencia de que probablemente no existe?


¿Podemos los creyentes sentirnos ofendidos porque se diga públicamente que es probable que Dios no exista, cuando nosotros llevamos siglos proclamando a voces su existencia sin preocuparnos de a quién ofendemos con ello? ¿Solo nuestras creencias pueden ser anunciadas en público? ¿Tienen los ateos la obligación de no sentirse ofendidos por nuestros anuncios, o es sencillamente que nos importa un carajo si se ofenden o no?

¿Necesitan los obispos españoles una campaña de anuncios ateos para caer en la cuenta de que hay mucha gente que no comparte su fe?

¿No sería mejor que los creyentes nos replanteáramos qué es lo que hemos estado predicando mal sobre Dios, para que tanta gente considere que no es posible disfrutar de la vida sin prescindir de Él?

A todas estas cuestiones llevaba yo dando vueltas en la cabeza los últimos días, tratando de armar con ellas un post en el que dejar humilde constancia de que no todos los católicos pensamos sobre esta campaña lo mismo que han manifestado oficialmente los obispos, cuando una amiga me envió un artículo de Juan Antonio Estrada sobre ese mismo asunto publicado en Europasur.es.

No quisiera que se convirtiera en costumbre de este blog la publicación de textos ajenos. Pero cuando leo cosas tan bien dichas y con las que me encuentro tan profundamente de acuerdo como ese artículo, que reproduzco a continuación, no puedo dejar de darles toda la modesta difusión a mi alcance.

Les invito, pues, a leer

Probablemente el mejor artículo sobre "Probablemente Dios no existe..." por Juan Antonio Estrada

"PROBABLEMENTE Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta de la vida". El anuncio ha irrumpido con fuerza, aunque con poca originalidad, porque es una mera copia de los ingleses. También en esto. ¡Que inventen ellos! Estamos habituados a la propaganda religiosa y la contraria provoca agresividad. Creyentes de todos los credos se sienten amenazados, además de sorprendidos. Ya se anuncian contrarréplicas. Pero la reactividad es peligrosa, además de vindicativa. Puede cegarnos a las razones del otro. En una palabra, ¿pueden aprender las personas religiosas de los ateos? A veces la crítica a la religión puede contribuir a mejorarla, como ocurrió cuando la Ilustración criticó al cristianismo con la doctrina de los derechos humanos.

El eslogan contrapone la existencia de Dios a disfrutar de la vida. Es una protesta contra la religión que sofoca, contra un código religioso basado en mandatos, prohibiciones y exigencia de sacrificios, contra lo que acentúa la negatividad de la vida. ¿Por qué incomoda a los cristianos, si el Evangelio es una buena noticia? Jesús trajo un mensaje de esperanza; sanó, perdonó y alivió el sufrimiento; transmitió ganas de vivir y de luchar; anunció una salvación aquí y ahora, para la vida, la del reino de Dios. Nadie acusaría a Jesús de obstaculizar la felicidad humana. El problema es que no ha ocurrido lo mismo con la religión cristiana. El moralismo y la indoctrinación, la juridización del pecado y la proliferación de mandamientos y normas eclesiásticas han hecho a la religión odiosa para mucha gente. No todo el cristianismo se reduce a esto, pero este código impositivo forma parte de su historia. Y los ateos que protestan contra él, tienen más razón que los que aceptan el código religioso, aunque asfixie la vida, porque paradójicamente es incompatible con el evangelio. La respuesta a este eslogan no puede ser sólo otro contrario ("Dios si existe, disfruta de la vida en Cristo"), sino una transformación del cristianismo actual en la teoría y en la praxis.

Hay que disfrutar de la vida, exista Dios o no. El problema es ¿qué entendemos por disfrutarla? Para muchos es una mezcla de bienestar material, hedonismo y sexualidad, y pasarlo bien. Para otros, esto no basta, es insuficiente y hay que buscar algo más. ¿El qué? Querer y ser querido, compartir y participar, contribuir a la justicia, la paz y la felicidad de los otros. La confrontación radical no es entre ateos y cristianos, sino entre los que ponen las metas de su vida en la mezcla de dinero y sexo que domina nuestras sociedades, y los que, del modo que sea, ponen el acento en las relaciones personales, y en la justicia y fraternidad que derivan de ella. Según lo que se entienda por felicidad, así nos clasificamos. Y esto no equivale a ateos contra cristianos, porque en ambos grupos hay gente con los dos códigos diferentes. Y desde la perspectiva cristiana, ni son todos los que están ni están todos los que son. El reino de Dios es más que la Iglesia y los criterios para determinar quién es cristiano no son las prácticas religiosas, sino la actitud ante los que tienen hambre, los enfermos, los que sufren, etc (Mt 25,31-46).

"Probablemente Dios no existe". Es una afirmación respetuosa, sin fanatismo ni radicalidad. Expresa el punto de vista de mucha gente, aunque no sea la mayoría. Está abierta al diálogo, porque lo probable (para mí), no es lo cierto y lo seguro. En una sociedad plural hay que evitar los maximalismos agresivos en favor de la convivencia plural de credos y religiones, de personas con visiones diferentes. En la religiosidad española hay mucha intransigencia y fundamentalismo, tanto entre los teístas como entre los ateos. Afirmar la propia postura implica agredir al que piensa diferente, que es el enemigo. Probablemente Dios existe se podría añadir, y algunos añadirían que están convencidos de ello. La creencia en Dios es compatible con dudas, preguntas, e incertidumbres. El creyente sólo puede testimoniar su fe, dar razones del sentido de la vida que ha encontrado en Jesús. Desde ahí puede interpelar al ateo, nada más...

En una sociedad poscristiana, la de la muerte de Dios, es bueno que resurja el debate. Lo peor no es el ateísmo humanista, que protesta contra una religión opresora, sino la indiferencia a los valores humanos que pregona el Evangelio. En la historia del cristianismo, el gran enemigo no ha sido el ateísmo, sino la idolatría, es decir, absolutizar el dinero, el prestigio y el poder, y hacer de ellos el sentido de la vida. Y eso no incumbe sólo a los ateos, sino que han sido las tentaciones típicas de la Iglesia, de los eclesiásticos y de todos los cristianos. Contra esto también protestan los que afirman que probablemente Dios no existe".

06 enero 2009

Los hermanos Benavides: mi solución


Isabel y Ángel Parra
- Teneme en tu corazón


Con las noticias que el pequeño de los Benavides -a quien de momento bien podemos llamar Benjamín- da a su hermano sobre sus disposiciones mortuorias tenemos datos suficientes para calcular con bastante aproximación la altura que tendrá el Sol sobre el horizonte en el momento en que las lleve a la práctica, es decir el ángulo A que formarán con el plano horizontal los que para él serán últimos rayos solares.

Por poquita trigonometría que sepamos o podamos consultar, sabemos que A es el ángulo cuya Tangente vale h/s.Donde, en este caso, s es la distancia a la que Benjamín colocó la lápida, 4 metros; y h la suma de las alturas de las tres plantas de la casa y la del propio Benjamín. Esta última no la conocemos pero podemos estimarla de modo bastante aproximado. Suponiéndole a Benjamín una altura entre 1' 5 y 2 m, y a cada una de las tres plantas de su casa una altura entre 2 y 3 m, tenemos que h ha de valer entre 7'5 y 11 metros.

Esto nos permite afirmar que Tg A vale entre 1'875 y 2'75, y, en consecuencia, previa consulta de la más cercana tabla trigonométrica o calculadora científica de que dispongamos, que el propio ángulo A con que la luz solar incidirá en el suelo en tan trascendental momento estará entre los 62º (61º 55’ 39’’, para ser exactos) y los 70º (70º 1’ 0,82’’, si hemos de ser precisos).

Aunque en realidad no es el ángulo A el que nos interesa, sino su complementario B, ángulo que forman los rayos del sol con la vertical y que podemos calcular sin más que restar A de 90º. O sea, que cuando Benjamín Benavides ponga fin a su vida, la luz con que el Sol alumbre su pirueta formará con la vertical un ángulo B no superior a 28º ni inferior a 20º.
Y este ángulo B no nos interesa por que sí, sino por que, mediante un sencillo razonamiento geométrico, podemos, conociendo su valor en un punto dado S (de Suicidio) del Globo y en un momento determinado, establecer la latitud de ese punto, (ángulo L) siempre que conozcamos, además, el ángulo D que los rayos solares forman con el Plano Ecuatorial en ese mismo momento. Como se ve en el dibujo, el ángulo L, la latitud del punto S del Suicidio, es igual a la suma de los ángulos D y B.
  • Para determinar el ángulo D que formarán la luz solar y el plano del Ecuador cuando Benjamín dé su salto nos basta fijarnos en la fecha de su carta, 21 de Diciembre, víspera no solo de su baja padronal definitiva sino también del Solsticio de Invierno (en el hemisferio Norte; de Verano en el hemisferio Sur): como este día se caracteriza por que a las doce del mediodía el sol cae vertical sobre el Trópico de Capricornio, es decir, los rayos solares forman con el plano del Ecuador un ángulo igual al de la latitud de dicho paralelo, es fácil averiguar que en el día de autos, a la meridiana hora en que maquina Benjamín irse al otro barrio, el ángulo D valdrá exactamente - 23º 26’, que es la latitud del Trópico de Capricornio. (El signo negativo significa que el trópico en cuestión está al Sur del Ecuador. Que el ángulo va "hacia abajo", para entendernos, y no "hacia arriba", como aparece en el dibujo. Pero el razonamiento sigue siendo el mismo.)
  • Y en cuanto al ángulo B que la luz solar formará con la vertical en el punto y momento exactos en que nuestro héroe tiene proyectado librar al mundo de su presencia lo estimamos hace un ratito con bastante aproximación entre 20º y 28º.
Por lo que tenemos datos suficientes para establecer que la latitud L del lugar de los hechos será la suma (resta en este caso, ya que D es negativo) de B – 23º 26’; y, dando a B sus dos posibles valores límite, que estará entre los 4º 34’ Norte (28º - 23º 26') y los 3º 26’ Sur (20º - 23º 26').

De todas las ciudades en que residen los hermanos Benavides, solo Guayaquil, situada a 2º 16’ Sur, se encuentra entre esos dos paralelos y puede ser escenario de un suicidio como el que proyecta Benjamín. Todas las demás caen fuera de esa estrecha franja tropical a que nos han conducido nuestros cálculos, más al norte que 4º 34' N o más al sur que 3º 26' S. Por lo que podemos asegurar que el suicida in pectore vive en Guayaquil y no se llama así en realidad, sino ISAAC. (Y que -ya lo advertía él- no es tan jovial como nos decían en el enunciado. O tiene una extraña idea de la jovialidad.)

Conociendo la latitud exacta de Guayaquil (-2º 16') es fácil hallar el ángulo B que el sol forma allí con la vertical el día y a la hora de autos: B = (-2º 16') + (23º 26') = 21º 10'. Su complementario A, el que forma el sol con la horizontal, será 90º - 21º 10', es decir 68º 50'. La tangente trigonométrica de este último vale 2'5826. Y, por tanto, la altura de Isaac sumada a la de su casa valdrá lo que el producto de esta tangente por los 4 metros de distancia que hay de la fachada a la lápida, es decir, diez metros treinta y tres centímetros, cantidad que podemos distribuir como más nos guste: por ejemplo, un metro setenta y cinco para el finado y dos metros ochenta y seis para cada planta.

(Todos estos números no nos hacen ninguna falta para dar respuesta al problema pero, pudiendo determinarlos, sería una pena no hacerlo ¿no?)

Y, ahora sí, vamos con la respuesta:

El hermano primogénito, de quien se nos asegura que es el más cercano geográficamente a Isaac, debe ser, pues, el residente en Tegucigalpa, es decir, JOSUÉ; y tal era, por tanto, el nombre del difunto patriarca Benavides.


(Como corolario curiosísimo pero perfectamente lógico podemos añadir que si Isaac hubiera colocado la lápida un poco más lejos, veinte metros más allá, se habría encontrado de repente viviendo en Toronto o en Chicago. Lo que demuestra una vez más que los países del norte son más ricos y sus habitantes pueden permitirse la posesión de jardines mucho más grandes.)

15 diciembre 2008

Adviento para una crisis


J. S. Bach - Suite para violoncello solo nº 1 en Sol Mayor BWV 1007 - Menuetto I y II - Anner Bylsma, cello

En este Adviento, tiempo de espera de la inminente Navidad, cedo el blog y la palabra a mi amigo Diego y reproduzco un texto que escribió como editorial de la revista Vida Nueva en el que, personalmente, he encontrado expresado, como yo no soy capaz de hacerlo, lo que creo que es el modo cristiano de entender y vivir la Navidad, el que quisiera que fuera el mío. Feliz Navidad a todos.

ADVIENTO PARA UNA CRISIS
Diego Tolsada S. M.

Cuando llegan estos días de Adviento ¿hacia dónde dirigimos nuestra mirada? Tradicionalmente a Belén y a los acontecimientos que Lucas y Mateo nos cuentan. Y ¿por qué a Belén? Tal vez por un momento de enternecimiento del corazón, por un avivamiento de la tenaz ternura que no nos abandona definitivamente por más que se mantenga debilitada y silenciosa el resto del año. Ternura acompañada en bastantes ocasiones de nostalgias de la infancia, cuando creíamos que era posible la bondad.

Esa ternura y esa nostalgia, junto a la familia, la vuelta "a casa por Navidad", los regalos, la mesa más abundante y más compartida... son, en el mejor de los casos, los grandes valores vividos por la mayoría de nosotros. Eso, si no lo son el consumo desenfrenado, el simple ocio y las vacaciones para alejarnos de la realidad, o el comer, beber y divertirse sin límites.

Los cristianos seríamos otra cosa. Dicen que en Adviento nos preparamos para hacer memoria de los inicios de la presencia liberadora de Jesús. Pero la historia se ha ido encargando de quitarle aristas a lo que comenzó siendo una historia de rechazo, pobreza y marginalidad, y por ello de subversión en la manera de entender cómo es el esperado Salvator mundi. Allí hubo un niño y no un emperador; allí había una pareja en estado irregular y de clase humilde, y no una familia "de las de toda la vida y como Dios manda"; allí hubo exterioridad y exclusión "fuera de las murallas", porque "no había sitio para ellos" en la ciudad, ni los medios necesarios para acoger con la seguridad e higiene adecuadas a un nuevo ser humano; allí hubo la impureza legal de un establo, y no la pureza ritual del Templo; allí hubo excluidos del culto por impuros, los pastores, que fueron los primeros en reconocer a Dios presente en todo esto, y no los "pastorcitos de Belén" con"requesón, manteca y vino"; allí hubo unos sabios extranjeros, y no los maestros de la Ley, que se habían quedado en la Corte asesorando a su señor; allí hubo mucha pobreza y debilidad, mucha violencia y mucha cruz (los inocentes), y la amenaza del poder político establecido, que desde el principio -siempre tan inteligente- se sintió amenazado y actuó como suele cuando así se siente: violentamente, matando al débil; allí hubo, finalmente y por todo lo anterior, una familia que tuvo que emigrar buscando un mínimo de seguridad.

En pocas palabras: Adviento es hacer la memoria subversiva de un resumen de lo que luego sería la vida adulta de Jesús. ¿Qué Adviento celebramos cuando encendemos las velas de la corona y decimos que nos preparamos a la Navidad? ¿No corremos el riesgo, si es que no hemos caído ya en él, de edulcorar todo sin hacerlo desaparecer (¡faltaría más!), pero quitándole todo mordiente, lo más profundo de esa radical subversión de valores que es el Evangelio, para poder continuar considerándonos felices, tranquilos, seguros y ¡cómo no!, cristianos ante todo?

Pero si ya sería mucho renovar nuestra vivencia del Adviento para recuperar la memoria subversiva de Navidad, hay un segundo aspecto aún más importante. Adviento quiere también que miremos hacia el futuro, a un futuro que encierra una promesa, la utopía de que los seres humanos podemos vivir ya como si Dios mismo, en persona, fuera el rey esperado y llegado. A eso Jesús lo llamó el Reinado de Dios. Adviento no es tanto una mirada a Belén, a la primera venida de Jesús, cuanto dirigir nuestros ojos y oídos, "todo nuestro ser y todo nuestro corazón", a la promesa de su segunda llegada. Es el tiempo oportuno, el kairós, para soñar despiertos y avivar la esperanza de que los talentos pueden fructificar mientras el Señor llega. Es el momento de creer en la práctica, el tiempo de la "ortopraxis", del comportamiento evangélicamente adecuado. Es el momento de avanzar por los caminos de la paz, la igualdad y la justicia, de ir allanando en nuestra historia concreta los caminos para la llegada del Señor y para tantos otros hermanos, que van a sufrir -están sufriendo ya- la crueldad inaudita y feroz generada por un sistema económico también cruel y feroz, de modo que la situación les resulte, al menos, algo más llevadera y menos dolorosa.

Adviento este año nos llama muy especialmente a la memoria subversiva de Belén, pero para mirar al futuro, de manera que cada cristiano, cada comunidad y la Iglesia entera salgamos de nuestra auto-referencialidad casi autista y seamos capaces no solo de abrir las puertas de nuestras "posadas" si llama el Señor, sino de mantenerlas permanentemente abiertas para que todo el que lo necesite, sin pedir permiso y sin condiciones previas de ningún tipo, pueda pasar a la sala común, acogedora y cálida, para sentarse a la mesa abundante y compartida del Reino. Incluso, tal vez tengamos que salir a los caminos para invitarlos. Iglesia de Jesús, ¡buen Adviento!

09 diciembre 2008

Más problemas del tío Guillermo


Eduardo Falú - La Tempranera
Para mi Magistrada favorita,
con el deseo de unos felices Reyes


De todos los problemas de mi tío Guillermo, -de todos los que he resuelto, quiero decir, que son la cuarta parte de los que me han llegado- “Los hermanos Benavides” es probablemente mi preferido. Creo que no tanto por méritos suyos como porque su solución, al menos la que yo encontré, incluye dos de mis ocupaciones favoritas: la chapuza y la geometría aplicada. Aunque Guillermo clasificó sus problemas como “exactos al margen de las matemáticas”, este, paradójicamente, a mí me parece tan puramente matemático como inexacto. Mi solución es un tanteo geométrico muy satisfactorio, y con esto ya les estoy dando una buena pista, casi dos. No me importa, porque el autor asegura que la solución, rigurosamente única, puede buscarse por dos caminos distintos, de manera que ustedes siempre pueden dar con el otro, que yo no he sido capaz de encontrar.

Aquí les va:

LOS HERMANOS BENAVIDES

Al morir en Salónica el ilustre sefardita Benavides, tan famoso por sus virtudes como por su talento preclaro, sus seis hijos emigraron al Nuevo Mundo y se radicaron en seis países diversos. El docto ELÍAS se estableció en TORONTO, el rígido AARON en CHICAGO, el caritativo JOSUÉ en TEGUCIGALPA, el jovial ISAAC en GUAYAQUIL, el honesto DAVID en SAO PAULO y el valeroso JACOB en BUENOS AIRES.

Pasados algunos años, el más joven de los Benavides le escribió al segundo una carta redactada en la lengua de sus antepasados (los sefarditas jamás la olvidan) y concebida en los términos siguientes:

“21 de diciembre de 19...
“Querido hermano:
“Siempre fuiste mi predilecto y voy a anunciarte algo terrible que tú comunicarás después a nuestros cuatro hermanos. No escribo al mayor porque, pese a su máxima proximidad geográfica, no es él, ni mucho menos, el más cercano, sentimentalmente, a mi. Como primogénito, no sólo heredó el nombre de nuestro viejo, sino también su talento y su carácter alegre, su generosidad y su audacia. Sin embargo, su tenacidad y dureza asombrosas me lo hicieron poco simpático.
“Debo confesarte que soy un miserable, a pesar de mi fama - falsa - de sensatez y probidad. Todos vosotros recibisteis algo bueno del espíritu paterno. Yo, fruto postrero de aquel árbol admirable, sólo obtuve las peores gotas de su savia. Incluso el nombre que me adjudicaron parece un símbolo sarcástico (Observad que está formado con las letras iniciales de las cinco virtudes que más típicamente os caracterizan a vosotros. Es todo lo que me ha tocado en suerte.)
“Hace mucho tiempo que deseo concluir. He comprado una casa de tres plantas con la fachada principal orientada al Norte, como era en Salónica la de nuestros padres ¿la recuerdas? Enfrente de la puerta, a cuatro metros del umbral, había una lápida en la que papá hizo grabar nuestros nombres a medida que nacíamos. Delante de la puerta de mi casa, a cuatro metros de distancia, existe también una losa de granito. Yo he grabado en ella vuestros cinco nombres. Sólo el mío falta. Mañana será mi cumpleaños. Subiré a la azotea de mi casa y me asomaré a contemplar la lápida. Justamente a las 12 mi sombra se proyectará sobre vuestros nombres honrados, y entonces, para libraros de ella, me arrojaré desde la altura.
“Perdonadme y olvidadme”

Para que el lector no diga que siempre le proponemos enigmas demasiado difíciles, hoy nos limitamos a preguntar:

¿CÓMO SE LLAMABA EL PADRE DE LOS HERMANOS BENAVIDES?

(Debemos advertir que la solución, rigurosa e inconfundible, puede ser buscada por dos procedimientos distintos).


Los Reyes Magos nos traerán la solución. Excepto a algunos de ustedes, a los que tengo entendido que será la solución la que les traiga los reyes.

01 diciembre 2008

Lorenzo y las mariposas


Scott Joplin
- Pine Apple Rag - Joshua Rifkin, piano


Hace algún tiempo alguien me hizo llegar este enlace:

http://www.exploratorium.edu/complexity/java/lorenz.html

Como verán ustedes si lo siguen y tienen Java instalado en el ordenador –si no, se instala en un par de minutos– es una especie de… entretenimiento gráfico, la verdad es que de contemplación bastante adictiva, llamado “Lorenz Butterfly”, Mariposa de Lorenz. (Tiene un copyright de James P. Crutchfield, que autoriza a descargarlo y usarlo solamente para propósitos informativos, educativos y otros no comerciales, siempre citando la fuente. Me apresuro a hacerlo).

Tras unas breves instrucciones de cómo debe usarse, la página en cuestión explica que la Mariposa de Lorenz es significativa porque ilustra el concepto de “dependencia sensitiva de las condiciones iniciales” (“sensitive dependence upon initial conditions”). Debajo de esta declaración escueta y un tanto hermética hay una pantalla en blanco. Si se pulsa en cualquier lugar de la pantalla, se inicia allí el recorrido de un punto móvil que dibuja una trayectoria en torno a un centro del que se va alejando en una especie de espiral elíptica hasta que es “capturado” por otra órbita y la espiral que dibuja comienza entonces a rondar otro centro, simétrico del primero respecto del eje central de la pantallita. El punto corre interminablemente, trazando en torno a uno u otro de los dos “atractores” elegantes trayectorias aproximadamente elípticas, que tienden a coincidir en la dirección de una común asíntota central y se “amontonan” a sus lados, cruzándose y “empujándose” hacia arriba. En fin, lo explico muy mal. Para que se hagan una idea, cuando aún no ha transcurrido mucho tiempo desde el clic inicial y el dibujo no se ha complicado todavía en exceso, su aspecto puede ser algo así:Lo interesante de la cuestión es que, si se vuelve a hacer clic una segunda vez sobre el mismo lugar de la pantalla, se inicia una nueva trayectoria, que el programa tiene la amabilidad de dibujarnos en otro color distinto del de la primera. Lo cual no se advierte de entrada porque, claro está, como esta segunda trayectoria empieza en el mismo punto que la primera y obedece a la misma ecuación, se superpone exactamente a ella y los colores se mezclan sobre una única línea.

Aunque resulta que no está tan claro. Resulta que, si esperamos un rato, la línea ya no es tan única ni la superposición tan exacta. Sorprendentemente, lo que al principio parecía una sola línea, que se limitaba a cambiar de color conforme el segundo punto móvil la recorría siguiendo de cerca los pasos del primero, se va convirtiendo de modo cada vez más perceptible, a medida que pasa el tiempo, en dos recorridos distintos. El segundo clic ha comenzado una trayectoria que al principio es igual que la primera, pero que enseguida se empieza a separar de ella.

En el siguiente dibujo se ve el momento –cosa de medio minuto y de diez o doce vueltas después de los dos clics iniciales– en que la línea verde claro y la verde oscuro, comenzadas ambas con medio segundo de diferencia en el punto que marca la X roja y coincidentes en las primeras vueltas, se han independizado una de otra hasta el punto de estar tirando cada una para una mitad diferente de la órbita simétrico-esquizofrénica que ambas comparten:
No importa cuántas veces repitamos el experimento, ni cuánto nos esforcemos en mantener inmóvil la mano para que el punto de arranque de las dos líneas sea exactamente el mismo: siempre, al cabo de unas cuantas vueltas, las trayectorias de los dos puntos se habrán separado por completo.

Es esta circunstancia la que hace interesante la ecuación –de la que lamento no poder dar más detalles matemáticos– y por la que se nos dice que ilustra el concepto de “sensitive dependence”: por nimias que sean las diferencias entre los dos puntos de arranque, por mucho que nos esforcemos en hacer que sean prácticamente el mismo, la función representada por la curva es “sensitivamente dependiente” de esta mínima diferencia inicial, y la acusa a medida que desarrolla su recorrido, hasta convertir en enorme una distancia imperceptible al comienzo.

Al cabo de un rato, los dos puntos han formado un dibujo más o menos parecido a este:
Que, como ven, puede recordar a una mariposa, lo que ha motivado que la ecuación, y la curva que la representa, reciba este nombre: Mariposa de Lorenz.

(La verdad es que a mí más me recuerda a una almeja; pero comprendo que "la almeja de Lorenz" no habría sonado igual de bien. Aunque ¿y "el molusco de Lorenz"? ¿"El mejillón de Lorenz" quizás? ¿"La chirla de Lorenz"? ¿"El bivalvo de Lorenz"..? ¿O es que hay algún motivo por el cual el dibujo tenga que recordarnos precisamente a una mariposa, y no a ningún otro bicho?)

Porque seguro que a estas alturas ya tiene que estarles sonando a ustedes algo. A mí al menos, en cuanto pensé dos minutos seguidos en el dibujillo y sus implicaciones, empezaron a resonarme cosas en la memoria: Lorenz… fenómenos inicialmente imperceptibles que acaban teniendo consecuencias de grandes dimensiones… Mariposas…

Lorenz, Edward Norton Lorenz, era, recordarán ustedes –yo lo “recordé” en cuanto hube metido “Lorenz” en Google– aquel matemático y meteorólogo americano que, al elaborar no sé qué modelos matemáticos que trataban de prever, o reproducir, determinados fenómenos meteorológicos, advirtió que una mínima variación en los datos iniciales –como la que puede suponer considerar seis decimales en vez de tres– producía enormes variaciones en el resultado final. De esta observación extrajo importantes conclusiones sobre la Teoría del Caos y sobre predicibilidad y, para hacerlas más patentes al común de los entendimientos, las ilustró con aquel aforismo de que el aleteo de una mariposa en Brasil podía acabar provocando un ciclón en Texas. De hecho esta cuestión del aleteo y el ciclón dio título a una conferencia que pronunció en 1972 ante la Sociedad Americana para el Avance de la Ciencia – “Does the Flap of a Butterfly’s Wings in Brazil Set Off a Tornado in Texas?”– y que se hizo tan famosa que desde entonces todos hablamos del efecto mariposa como si desayunáramos con él cada lunes y cada jueves. Pero el efecto a que alude el tan traído y llevado insecto, aunque se haya empleado con muchos otros propósitos, es siempre el mismo: el que se produce en algunos fenómenos para los que el hecho de variar mínimamente los datos de partida no produce en los resultados una variación igualmente mínima, sino que la diferencia va aumentando a medida que atraviesa las sucesivas fases del proceso y acaba convirtiéndose en enorme.

Exactamente lo que hemos visto que pasa en el dibujito de la pantalla, en el que una variación imperceptible en la posición de salida se convierte en una diferencia muy significativa no bien avanza el proceso. Dibujito que también se debe a Lorenz –sí, es el mismo Lorenz– y en el que, si se fijan ustedes, mis queridos Watsons, también interviene, si bien por muy distintos caminos, una mariposa.

Y aquí es donde empiezan a planteárseme a mí mis particulares cuestiones laterales improcedentes, esas que son las que preferentemente llaman mi atención en los problemas serios, motivo por el cual, con toda probabilidad, nunca llegaré a nada; por ejemplo:

¿Por qué dos ilustraciones completamente diferentes de un principio general han acabado, por dos motivos totalmente distintos, resumiéndose en las mariposas? ¿Cuál fue primero: la ocurrencia de ejemplificar con el aleteo de una mariposa la mínima variación climática que acaba produciendo ciclones, o la de escoger como fenómeno de prueba el movimiento de una partícula que dibuja algo parecido a una mariposa?

Fuera cual fuere la primera ¿se eligió la otra deliberadamente para redundar en las mariposas de modo consciente y voluntario, o fue pura casualidad que las dos acabaran hablando de mariposas sin que nadie se lo hubiera propuesto? ¿Tenía Lorenz, quizás, una obsesión de algún género con los lepidópteros?

Y, sobre todo: ¿por qué cuando busco en Internet “mariposa” y “Lorenz”, unos me hablan de la que aletea en Brasil y del “efecto mariposa”, ignorando por entero las ecuaciones que ilustran el mismo principio y que dibujan algo parecido a una mariposa; y otros en cambio me hablan de la “Mariposa de Lorenz” y explican la función y su correspondiente curva mariposil, pero no nombran en absoluto el “efecto mariposa”, ni los aleteos, ni los ciclones? ¿Por qué ambas mariposas se ignoran la una a la otra tan absoluta y resueltamente, pese a trabajar en el mismo ramo y para el mismo jefe?

¿Soy el único que se ha dado cuenta de que los dos ejemplos se refieren al mismo principio, los dos se deben a Lorenz y en los dos hay mariposas? ¿Hay una conjura universal para ignorar algo que a mí me saltó a la vista tras diez minutos de navegar por Google?

¿Me estaré volviendo paranoico?

06 noviembre 2008

Como todo el mundo


Vainica Doble
- El rey de la casa


Dios me libre de leer el libro de la Urbano sobre la reina. Y Dios me libre de ocuparme en este apacible blog de esa cosa pringosa y de mal gusto que es “la actualidad”. Sentados estos principios generales, y ahora que ya han pasado unos cuantos días, déjenme que les comente lo sorprendido que me quedé al ver que a nadie parecían escandalizar las opiniones de la reina sobre la monarquía hereditaria. Lo que dijo del aborto y de las bodas gays lo ha comentado todo el mundo –¿es que alguien esperaba que le parecieran bien?– pero en cambio no he visto que nadie diga nada del tranquilo aplomo con que defiende el derecho del rey a legar el reino a su hijo con el argumento de que también los republicanos, “cuando son ricos”, dejan a sus hijos sus negocios o sus propiedades. Para esta buena señora España es una propiedad de su marido, una finca. Patrimonio familiar, del que puede disponer con el mismo derecho que yo de mi piso. Semejante muestra de sensatez y de cultura, concepción tan esclarecida del papel de la monarquía por parte de uno de sus titulares, ha pasado casi desapercibida, como lo más natural. Igual es que está en lo cierto. Voy a investigar si figuro en el inventario de la propiedad heredable, entre los enseres.

Lo grave, claro, es que se siga hablando de la libertad de expresión de esta señora, de su derecho a opinar. Como se habló del derecho de su hijo a casarse con quien quisiera, y no solo se habló, sino que se aplicó, y ahí tenemos a la consorte, con todo y esa estúpida Z en mitad del nombre, estigmatizando a la corona –y con ella a España, mientras la una siga representando a la otra– con la misma marca infamante de papanatismo estúpido y hortera con que tantos padres españoles han marcado a sus pobres Vanessas y Joshuas…

Es sorprendente oir tanta insistencia en que los miembros de la familia real tienen los mismos derechos que todo el mundo, justo en boca de los defensores de la monarquía, institución que se basa en que sus titulares NO tienen los mismos derechos que todo el mundo. Si fuera yo el que lo dijera… Claro, que yo lo llevaría hasta el final: que declaren lo que quieran, como todo el mundo, que se casen con quien quieran, como todo el mundo… que cobren un salario normal por un trabajo de verdad, como todo el mundo… que se consigan el puesto de trabajo por méritos propios y no por derecho de nacimiento, como todo el mundo… que no vivan a cuerpo de rey a costa del erario, como todo el mundo… que si quieren ser Jefes de Estado se presenten a unas elecciones, como (más quisiéramos) todo el mundo…

Si han de ser como todo el mundo, que lo sean del todo, abdiquen y venga la República. Mientras sigan siendo reyes, lo menos que se les puede pedir es que se aguanten y no sean como todo el mundo. Que se casen con quien le convenga al Estado, se callen cuidadosamente las estupideces que puedan pensar, procuren molestar lo menos y adornar lo más que puedan (yo los tendría todo el día en corona y manto de armiño, como a las mascotas de los parques temáticos, que es lo que vienen a ser, solo que muy bien pagados) y, sobre todo, que no hagan desagradables ruidillos de succión mientras chupan del bote.

29 octubre 2008

Un gorila suelto


Georges Brassens
- Le Gorille

De todas las canciones de Brassens probablemente sea “Le gorille”, “El gorila”, escrita en 1952, la más representativa, la que a un francés medio le viene antes a la cabeza cuando piensa en su autor. Brilla en ella su humor rebelde, iconoclasta y un tanto feroz y concitó como ninguna la habitual reacción indignada de la sociedad bienpensante ante sus provocadoras boutades. Él mismo la citó en una canción posterior (1960), "Le mécréant", "El descreído", en la que cuenta cómo, deseando tener la fe de su carbonero, "que es feliz como un papa y gilipollas como un cesto", y aconsejado por su vecino de abajo, "un tal Blas Pascal", decide, tras "rezar e implorar de rodillas", "hacer como si creyera, para así acabar creyendo". Se "traviste" "una sotana de su talla" y se echa al mundo a cantar, "en busca de la fe salvadora". Encuentra a un grupo de "pestes de sacristía" que, tomándole por un cura, le ruegan que les cante "alguna canción santa, de la que tenga el secreto". Él les canta "Le gorille" y "Putain de toi", tras de lo cual le persiguen, indignadas, para "hacerle sufrir el suplicio de Abelardo". Lo salva de la castración la intervención de una "dama de la caridad". Con el argumento de que no es cosa, habiendo tantos hombres que tienen "la perversa inclinación de tomar a Cupido por el otro lado", de arrancar sus atributos a los pocos que aún los utilizan convenientemente, convence a las beatas, que le despiden entre ovaciones. Pero él, escarmentado, renuncia a "dar un paso más en el camino del Cielo: o la fe viene por sí misma, o no vendrá de ninguna manera." La canción merecería un post por sí sola, pero la cito aquí porque muestra cómo el propio Brassens no encontró mejor ejemplo que El gorila cuando quiso resumir la clase de canciones que él cantaba y las reacciones que provocaban.


En la intención expresa de Brassens se trataba, fundamentalmente, de un alegato contra la pena de muerte, que en Francia no fue abolida hasta el 9 de Octubre de 1981, veinte días antes de morir él.

En réalité, je me suis engagé. Seulement, les mauvais esprits ou ceux qui sont dépourvus d’esprit ne s’en sont pas aperçus. Pour que les gens un peu imbéciles s’imaginent que vous êtes engagé, il faut que vous énonciez des faits, il faut que vous leur disiez, voilà : "je suis contre la peine de mort". Moi, je n’ai pas dit "je suis contre la peine de mort", j’ai écrit Le gorille.

(“En realidad sí que he tomado partido. Sólo los malintencionados o los tontos no se han dado cuenta. Para que los que son un poco imbéciles se enteren de que tomas partido tienes que anunciarlo, tienes que decirles, por ejemplo: “estoy en contra de la pena de muerte”. Yo no he dicho “estoy en contra de la pena de muerte”, yo he escrito Le gorille.”)

Con estas palabras Brassens refutaba una de las acusaciones que con más frecuencia se le hicieron, particularmente desde la izquierda: la de no "tomar partido" ("s'engager"), la de ser un irresponsable anarquista que rehusaba el compromiso con mundo real y se mantenía al margen de los problemas más o menos políticos de la gente. Y de paso aclaraba, con el ejemplo de El gorila, que la intrascendencia burlona de sus canciones era solo aparente y, lejos de ser indiscriminada ni arbitraria, obedecía a una postura previa, no menos decidida por no ser explícita.

Yo sospecho, sin embargo, que aunque esto sea fundamentalmente cierto, no es del todo como él lo cuenta. Sin duda Brassens estaba contra la pena de muerte y sin duda sus canciones traslucían sus opiniones y sus posturas, en este y en muchos otros terrenos; pero no creo que escribiera Le gorille como manifiesto político contra la pena de muerte, ni que ninguna otra de sus canciones obedezca a un propósito previo ni programático. Lo suyo no era, pienso, la "canción protesta" ni la literatura militante y, del mismo modo que el gorila no sodomizaba jueces para castigarlos por su injusticia, sino porque se lo pedía el cuerpo, él no escribía canciones para difundir consignas, sino porque disfrutaba con ello. Como su gorila, Brassens siempre fué por libre.


Hace un montón de años que yo traduje Le gorille y, a mi vez, no me movía tanto el deseo de ser fiel al original francés como el de divertirme y hacer una canción "cantable". Suprimí por eso la alusión final a la pena de muerte, que en la España de los ochenta no era cuestión que viniese muy a cuento, y la sustituí por la más candente de la benevolencia de algunos jueces hacia el machismo y las violaciones. En fin, aquí tienen ustedes mi versión, y un poco más abajo la original. Disfrútenlas. (El retrato de Brassens es del artista francés Gondo. La mano con pipa del gorila es también suya, superpuesta a la foto por mi.)


EL GORILA

Con la conciencia muy tranquila

las mujeres del poblachón

contemplaban al gran gorila,

que se estiraba en su jaulón.

La impudicia de las comadres

las llevaba justo a mirar

aquellas partes que mi madre

no me permite aquí nombrar.

¡Ojo al gorila!


De repente se abrió el seguro

que encerraba al gran animal,

no sé por qué, aunque me figuro

que lo habrían cerrado mal.

El gorila escapó rugiendo:

“¡Voy a perderla de una vez!”

Como ya estaréis suponiendo

hablaba de su doncellez.

¡Ojo al gorila!


“¡Atención, despejen la zona!”

- comenzó el guardián a gritar -

“¡Que nunca ha conocido mona

y se va a querer estrenar!”

Cuando la femenina audiencia

conoció dicha condición,

mostró bastante más prudencia

que entusiasmo ante la ocasión.

¡Ojo al gorila!


Hasta la que con más vehemencia

le admiró la virilidad

huyó, probando su incoherencia

y su falta de seriedad.

Su conducta muy mal se explica,

pues el gorila hace el amor,

como bien saben muchas chicas,

mejor que el hombre, mucho mejor.

¡Ojo al gorila!


Todo el mundo buscó enseguida

escapar del simiesco ardor,

salvo una anciana desvalida

y un juez joven y emprendedor.

Viendo que todos le esquivaban

el gorila, con rapidez,

se dirigió a donde se hallaban

la abuelita y el señor Juez.

¡Ojo al gorila!


“Hay que ver” – suspira la vieja.-

“Hoy va a ser la primera vez

que alguien me quiera por pareja

desde mil novecientos diez...”

Mientras tanto el juez reflexiona:

“No es posible que este animal

me confunda con una mona...”

Pero había previsto mal.

¡Ojo al gorila!


Suponer no nos cuesta nada:

Si tuvierais también que optar

entre un juez y una antepasada

¿cuál de los dos querríais violar?

Yo confieso de buena gana

que, de hallarme ante tal opción,

sin dudarlo sería la anciana

el objeto de mi elección.

¡Ojo al gorila!


Por desgracia este noble bruto,

que en el amor es un campeón,

no se distingue en absoluto

por su buen gusto ni educación,

Y, así, en vez de elegir la vieja,

como haríamos usté o yo,

agarró al juez por una oreja

y tras un seto se lo llevó.

¡Ojo al gorila!


Lástima que lo allí ocurrido

no me dejen aquí exponer,

pues nos habríamoss reído,

y eso siempre es de agradecer.

Sí diré, de todas maneras,

que el Juez ya siempre penó con

sentencias duras y severas

los delitos de violación.

¡Ojo al gorila!


LE GORILLE

C'est à travers de larges grilles,
Que les femelles du canton,
Contemplaient un puissant gorille,
Sans souci du qu'en-dira-t-on.
Avec impudeur, ces commères
Lorgnaient même un endroit précis
Que, rigoureusement ma mère
M'a défendu de nommer ici...
Gare au gorille !...

Tout à coup la prison bien close
Où vivait le bel animal
S'ouvre, on n'sait pourquoi.
Je suppose
Qu'on avait du la fermer mal.
Le singe, en sortant de sa cage
Dit "C'est aujourd'hui que j'le perds !"
Il parlait de son pucelage,
Vous aviez deviné, j'espère !
Gare au gorille !...

L'patron de la ménagerie
Criait, éperdu : "Nom de nom !
C'est assommant car le gorille

N'a jamais connu de guenon !"
Dès que la féminine engeance
Sut que le singe était puceau,
Au lieu de profiter de la chance,
Elle fit feu des deux fuseaux !
Gare au gorille !...

Celles là même qui, naguère,
Le couvaient d'un œil décidé,
Fuirent, prouvant qu'elles n'avaient guère
De la suite dans les idées ;
D'autant plus vaine était leur crainte,
Que le gorille est un luron
Supérieur à l'homme dans l'étreinte,
Bien des femmes vous le diront !
Gare au gorille !...

Tout le monde se précipite
Hors d'atteinte du singe en rut,
Sauf une vielle décrépite
Et un jeune juge en bois brut;
Voyant que toutes se dérobent,
Le quadrumane accéléra
Son dandinement vers les robes
De la vieille et du magistrat !
Gare au gorille !...

"Bah ! soupirait la centenaire,
Qu'on puisse encore me désirer,
Ce serait extraordinaire,
Et, pour tout dire, inespéré !" ;
Le juge pensait, impassible,
"Qu'on me prenne pour une guenon,
C'est complètement impossible..."
La suite lui prouva que non !
Gare au gorille !...

Supposez que l'un de vous puisse être,
Comme le singe, obligé de
Violer un juge ou une ancêtre,
Lequel choisirait-il des deux ?
Qu'une alternative pareille,
Un de ces quatres jours, m'échoie,
C'est, j'en suis convaincu, la vieille
Qui sera l'objet de mon choix !
Gare au gorille !...

Mais, par malheur, si le gorille
Aux jeux de l'amour vaut son prix,
On sait qu'en revanche il ne brille
Ni par le goût, ni par l'esprit.
Lors, au lieu d'opter pour la vieille,
Comme l'aurait fait n'importe qui,
Il saisit le juge à l'oreille
Et l'entraîna dans un maquis !
Gare au gorille !...

La suite serait délectable,
Malheureusement, je ne peux
Pas la dire, et c'est regrettable,
Ça nous aurait fait rire un peu ;
Car le juge, au moment suprême,
Criait : "Maman !", pleurait beaucoup,
Comme l'homme auquel, le jour même,

Il avait fait trancher le cou.
Gare au gorille !...


29 septiembre 2008

Los problemas del tío Guillermo

Como ya he contado en algún otro sitio, mi tío Guillermo, único hermano de mi padre, se marchó a la Argentina poco después de la guerra. Vivió allí largos años, vino a España durante un par de años, a mediados de los setenta, para obtener el derecho a su jubilación de funcionario y, conseguido su objetivo, se volvió para allá, donde murió no mucho después. Para mí y mis hermanos había sido siempre un personaje mítico y lejano, y su súbita encarnación en un señor mayor, de barba de chivo, mirada penetrante, saberes enciclopédicos, tronante acento argentino y comentarios regocijantes e iconoclastas no nos defraudó en absoluto, al contrario, a mí al menos –quince años para cumplir dieciseis- me acabó de consolidar su leyenda, construida desde mi infancia a partir de unas pocas noticias deliberadamente ambiguas sobre los motivos de su emigración, las largas cartas de letra minuciosa que de tiempo en tiempo recibía mi padre y de las que solo nos trascendían párrafos escogidos y, sobre todo, los “Problemas del tío Guillermo”, pasatiempos lógicos que se entretenía en componer y que durante un tiempo le publicó no sé qué periódico porteño. Mi hermana tiene los recortes originales, que no sé si mi tío trajo consigo cuando vino a Madrid o enviaba a mi padre. En original o no, lo que es seguro es que nos los mandaba, porque a resolver los “Problemas exactos al margen de las Matemáticas” del tío Guillermo, o más bien a tratar de hacerlo, dediqué más de una tarde de mi infancia y adolescencia. Ya mayor he conseguido resolver alguno de los más sencillos y hasta, sobre uno de ellos, tengo escrito -y publicado en este blog- un relato corto, mi única y modestísima incursión en el terreno de la ficción, cuya lectura recomiendo a quien no la haya hecho, porque me quedó muy bonito. (¿Quién va a decirlo si no lo digo yo?).

Para que se hagan una idea y, de paso, pongan a prueba, si les apetece, su cultura general y su paciencia, les transcribo a continuación uno de los problemas de mi tío, “Diecisiete personajes en busca de autor”:

DIECISIETE PERSONAJES EN BUSCA DE DIRECTOR

No es un drama de Pirandello. Es una pesadilla. El señor Bookman se ha quedado dormido encima de sus queridos libros y sueña...

Sobre la mesa hay 17 obras notables de la literatura universal. De pronto se oye un ruido extraño. Del seno de cada libro brota una figurilla gesticulante. Bookman las reconoce sin dificultad. Son el simpático DAVID COPPERFIELD, la enamorada ANNY CROSS, la veleidosa ANNA ARKADIEVNA KARENINA, el resuelto FELIPE DERBLAY, el mandarín TI- CHIN- FU, el estanciero FEDERICO DE AHUMADA, el hidalgo ciego DON FERNANDO VILLALAZ, la suicida REBECA WEST, la campesina ALDONZA LORENZO, el negro BRUTUS JONES, el pastor ELIAS PORTOLU, el pícaro GUZMÁN DE ALFARACHE, la princesa egipcia NITETIS, el barón GAIGERN, la florista ELISA DOOLITTLE, la niña SVANHILD SIMONSEN, y TEODOSIO DE GOÑI, aspirante al trono de Vasconia.

Todos ellos hablan al mismo tiempo en sus diversos idiomas y Bookman comprende al punto lo que sucede: estos 17 personajes literarios pretenden escaparse de los textos en que viven encerrados y andan discutiendo a cuál de ellos corresponde la jefatura del grupo para que los guíe a todos en su aventura. Cada uno alega sus propios méritos y la disputa va a resultar interminable. Entonces Bookman les dice:

- Yo arreglaré esta cuestión. Que cada uno de ustedes arranque la inicial del apellido de su correspondiente autor y que me la entregue.

Las figurillas obedecen y el bibliómano lanza al aire las 17 letras, que revolotean durante unos segundos mientras Bookman invoca a las Musas. El resultado es sorprendente: las 17 iniciales caen sobre la mesa componiendo el nombre de uno de los personajes, el cual es elegido jefe por aclamación.

¿A cuál de los 17 personajes literarios le ha sido conferido el mando?

06 agosto 2008

Justicia Universal y aledaños

Nunca sé qué me produce mayor desconsuelo, si el disparate que aprecio en lo que me parece disparatado o los argumentos de quienes, en principio, parecen encontrarlo igual de disparatado que yo, pero por unos motivos que rara vez resultan ser los que a mí me parecen pertinentes. Constatar que hay quien piensa y hace cosas con las que no estás de acuerdo es normal; lo que empieza a ser duro es descubrir que tampoco estás de acuerdo con los que dicen estar de acuerdo contigo. Es a lo que me he referido en otras ocasiones diciendo que “nunca consigo ser de los míos”, y cada vez me ocurre con más frecuencia, hasta el punto de que empiezo a sospechar seriamente que “los míos” no existen, o se reducen a mi mujer y un par de amigos.

Me pasa en todos los terrenos: creí, por ejemplo, que había mucha gente que coincidía conmigo en que el siglo XXI no empezaba hasta el año 2001, hasta que me dí cuenta de que gran parte de los que conmigo afirmaban esta evidencia la argumentaban acto seguido explicando que eso era así porque al año en el que comienza la cuenta se le llamó, según ellos erróneamente, “año 1”, cuando debía habérsele llamado “año 0”. Redondeaban el disparate explicando que tal supuesto error se debía a que, cuando se estableció el cómputo, “aún no se había inventado el cero”. Llegaban, pues, a la misma conclusión acertada que yo, pero por unos caminos tan erráticos o más que los de quienes pretendían que el primer año del siglo XXI fue el 2000. Desolador. [1]

Me pasa innumerables veces con la lengua: encuentro, sí, muchos ciudadanos a los que molesta tanto como a mí el extendido uso de aberraciones como “encima mío”, o la absoluta y creciente gilipollez de “los ciudadanos y las ciudadanas”, o la barbarie injustificable de las “juezas”, las “presidentas” y demás femeninos espurios, o la flagrante estupidez de llamar Girona y Donostia, hablando en castellano, a ciudades que llevan siglos teniendo los nombres castellanos de Gerona y San Sebastián, como los tienen Londres y Florencia sin que nadie se los quiera cambiar. Pero si por azar rasco un poco en este enfado aparentemente similar al mío e investigo sus argumentos, suelo encontrarme explicaciones tales que casi prefiero la barbaridad inicial, en estado bruto, nunca mejor dicho. Mejor una burrada sin argumentar que un acierto argumentado de según qué manera. Me entran ganas de rogarles: “Por favor, así mejor no me des la razón.” Descorazonador.

Y esas ganas se me multiplican por diez cuando se trata de cuestiones morales, religiosas o políticas. Me estremece, por ejemplo, coincidir en mi confesión de fe religiosa y en muchas de sus consecuencias prácticas con una gran mayoría de católicos españoles, en la que se incluye la Conferencia Episcopal creo que íntegra. Y me estremece porque luego a quienes más se oye explicar nuestras comunes creencias es a ellos, y las explican de tal manera que mi impulso inicial es correr a alinearme con sus detractores, que suelen razonar bastante mejor –valga decir: que suelen razonar.- Mi trabajo –autoimpuesto, desde luego- se triplica después de que ellos se hagan oir con la contundencia que suelen emplear en ello. No solo tengo, entonces, que explicar por qué creo lo que creo, sino también por qué los motivos que ellos dan para creer lo mismo me parecen, a pesar de ello, erróneos e indefendibles, y cuáles son los que en mi opinión deberían dar, pero no dan. Agotador.

Y en política, para qué hablar. He renunciado hace tiempo a decir nada en contra de quien me parece el político español más dañino, estúpido e inmoral de los últimos treinta años, que preside actualmente nuestro gobierno, porque si lo hago corro peligro de ser automáticamente alineado con toda la jarcia impresentable y facha de quienes dicen de él las mismas cosas que yo, pero por motivos que no comparto y en un tono que me repugna. Simétricamente me abstengo, por lo común, de emitir mi opinión sobre el estúpido, inmoral y dañino presidente actual de Estados Unidos, porque si lo hiciera se me identificaría rápidamente con otra ralea indeseable, la de los progres autosatisfechos, virtuosa y cómodamente izquierdosos, que me dan tanto repelús como Zapatero, Bush, los obispos y los fachas juntos. Tengo, incluso, que ponderar cómo y ante quién manifiesto la aversión visceral que me despiertan los nacionalismos periféricos de este país, no vaya a ser que me explique mal o no se me quiera entender bien y acabe considerado como un nacionalista español de los de “España Una” y “Antes roja que rota”, que me dan el mismo asco, y por los mismos motivos, que los abertzales de cualquier otra tribu. La cosa ha llegado al punto de que hasta declararse republicano es peligroso y confuso, porque de este nobilísimo concepto parece haberse adueñado, para su uso particular, una Esquerra Republicana que difícilmente podría estar más en mis antípodas de lo que está, y lo esgrimen también como propio individuos que queman fotos y banderas y observan, en general, comportamientos y sostienen opiniones con los que ni tengo ni quiero tener nada que ver.

Bueno, compruebo que esta reflexión se me ha ido por las ramas, como suele pasarme. La había empezado -a pesar de mi firme propósito de no postear, ni bloguear siquiera, durante este corto interludio entre las vacaciones de tres semanas que acabé el sábado pasado y las de una semana que pienso empezar el sábado que viene- movido por la estupefacción que me ha producido esta mañana la noticia de que la Audiencia Nacional ha decidido encausar por genocidio a no sé cuántos dirigentes chinos.

Según la escuchaba por la radio se me han ocurrido unos cuantos motivos por los que semejante ocurrencia me parece un disparate necio, típico ejemplo del modo necio y disparatado en que creo que tienden a comportarse muchas instituciones, y a su ejemplo muchos ciudadanos, de este país nuestro.

El principal de todos: la consideración de que el genocidio es algo malo puede y debe ser universal, naturalmente, pero solo como tal consideración, es decir como algo que todo lo más pertenece a lo que algunos gustan interesadamente de llamar Derecho Natural, y que según quién hable de él incluye, además de nociones evidentes como que no se debe violar a los niños ni asesinar a los ancianos ni robar a los desvalidos, cosas como las doctrinas católicas sobre el derecho a la vida de los nonatos o sobre la inmoralidad de manipular embriones; y, aunque quede mal decirlo, también cosas como la necesidad de abandonarse a la voluntad de Alá, o de sacrificar niños a Mumbo Jumbo, o cualesquiera otros juicios o preceptos morales que cualquiera decida proclamar que deben ser de vigencia universal y absoluta. Y el problema del pretendido Derecho Natural, y el motivo por el que algunos iconoclastas consideramos que de natural tiene poco y de derecho nada, es que, como nadie lo ha promulgado y en ninguna parte constan inequívocamente sus términos exactos, cualquiera puede pretender darlo por promulgado y vigente en los términos que a él le den la gana. Es, eso sí, universal, intemporal y grabado en los corazones de todos los seres humanos de buena voluntad, esto es, de todos los seres humanos que tengan a bien darse por enterados de que existe una cualquiera de sus variadísimas versiones y hacerle algo de caso. Pero a cambio no es aplicable hasta tanto no se convierta en un verdadero Derecho, esto es, en una norma positiva, enunciada por una autoridad formalmente constituida en unos términos exactos y con vigencias temporal y espacial claramente delimitadas.

Por lo que ningún jurista que pretenda serlo, ni ningún político que crea merecer seguir viviendo del erario público pueden, sin grave descrédito, confundir un consenso más o menos universal sobre lo feo que está el genocidio con su tipificación, penalmente utilizable, como delito. Ni mucho menos pretender que puede considerarse genocidio cualquier matanza que a un querellante cualquiera se lo parezca y a un garzón cualquiera le venga bien llamar así. Ni tampoco creer que puede perseguirse penalmente a nadie sin una norma jurídica positiva que lo autorice. Ni tratar de extender la vigencia de las leyes más allá del ámbito de jurisdicción de quien las promulga, ni la competencia de un tribunal de un estado más allá de las fronteras de ese estado. Todo ello son, hasta para un estudiante de primero de derecho, aberraciones jurídicas que atentan contra lo más básico del Derecho y que parece imposible que puedan defender ni por un momento jueces ni políticos serios. (Desgraciadamente solo lo parece. Hay jueces que consideran parte importante de su carrera salir en las portadas de los periódicos, aunque sea a costa de forzar o de negar el Derecho más elemental. Y en cuanto a los políticos... en fin, de la mayoría nadie, ni ellos, espera nada parecido a un razonamiento, menos aún un comportamiento, jurídico ni ético. Se apuntan a cualquier cosa que les parezca que vaya a sonar bien, y no necesitan ningún otro criterio.)

Por no hablar de que cualquier órgano jurisdiccional de este mundo tiene que tener claramente definida cuál es su jurisdicción, es decir, de qué hechos, llevados a cabo dónde, se va a ocupar exactamente. Pretender que un tribunal cualquiera sea competente para conocer de los delitos cometidos en cualquier parte del mundo es una forma eficacísima de conseguir que en la práctica no pueda conocer de ninguno, y por eso hay en el mundo leyes de planta, conflictos jurisdiccionales y otras delicadas cuestiones de las que cualquier jurista no analfabeto -los hay, los hay- puede hablarles con más conocimiento que yo.

Pero naturalmente ninguno de estos argumentos evidentes y básicos son los que, yo al menos, he tenido ocasión de escuchar en contra del dislate de la Audiencia Nacional. La oposición se ha apresurado a señalar que el asunto nos va a procurar conflictos diplomáticos con China. Y la Vicepresident(a)e se ha apresurado a negarlo. Como si fuera esa la cuestión, como si los delitos debieran perseguirse o no según su persecución guste más o menos a quien los comete y según pueda hacer más o menos para impedirla. (Aunque, a juzgar por lo deseable que nos pintaban la finalmente frustrada negociación con ETA, parece que sí, que ese es exactamente el criterio para perseguir o no los delitos que nuestros políticos tienen preferentemente en cuenta.)

E, inevitablemente, los discrepantes con la medida han recurrido también a otro argumento luminosísimo: que la Justicia española tiene ya suficiente atasco y que hay ya suficientes asuntos pendientes de resolución en nuestros tribunales como para que ahora tengan que ocuparse también de los conflictos del resto del mundo. No les falta razón a quienes tal dicen, pero tampoco es este un motivo respetable. Que no podamos ocuparnos de todas las cuestiones de las que deberíamos hacerlo nunca puede ser motivo para que no tratemos de ocuparnos de alguna de ellas. La tarea que más tarde se acaba es la que nunca se empieza.

En fin, el asunto ya está planteado exactamente en esos términos, justo los que yo considero que no son los que deben definirlo. Y casi con total seguridad, solo algunos maniáticos marginales intentaremos hablar de él considerando las cuestiones que a mí me parece que deberían ser las decisivas y definitorias, y seremos desdeñosamente dejados a un lado por la gente seria, que conoce el "tema" y tiene en cuenta los asuntos importantes, las relaciones diplomáticas con China, la composición política de la Audiencia Nacional, los Juegos Olímpicos y cosas así.

Desconsolador, como les decía al principio. Pero cada vez un poco menos. Debe de ser que me voy acostumbrando. Y en un par de días me vuelvo a ir de vacaciones.

Actualización: compruebo con ligera consternación que, después de fustigar la "barbarie injustificable" de "femeninos espurios" como jueza y presidenta, voy y, solo un par de párrafos más abajo, yo mismo escribo "Vicepresidenta". ¿Qué puedo decir? Somos frágiles. Lisboa me espera.



[1] Si a alguien más que a mí le interesa este penoso asunto, le recomiendo, aunque esté feo autocitarse, que consulte mi esclarecedor post al respecto en este mismo blog, “Año cero”. Y el siguiente, "Qué quiere usted que le cuente", en que me pongo todavía más pesado, si posible fuera, con el mismo tema.

15 junio 2008

Donde no hay publicidad


Conduzco el largo camino desde casa al trabajo. Son las siete de la mañana y pongo la radio para enterarme de las noticias. Cuando llevo apenas cinco minutos escuchándolas, se interrumpen y una voz estúpida pregunta en tono declamatorio cuándo se encendió por última vez no sé qué indeseable aparato de aire acondicionado. Es un anuncio, claro, un anuncio necio, valga la redundancia, que he oído más veces de las que quisiera y que ha conseguido que la sola mención de la marca Daikin me produzca el deseo inmediato de estrellar objetos frágiles contra el suelo.

Pulso el mando para saltar a la siguiente emisora presintonizada. En esta aguanto casi tres minutos, justo hasta que comienza el anuncio en el que Iberdrola trarta de convencerme de que es una ONG dedicada especial y desinteresadamente a la conservación del planeta. Salto de nuevo, diciendo de Iberdrola cosas irreproducibles, y caigo en pleno chascarrillo destinado a ilustrarme sobre los impulsos altruistas que mueven las desinteresadas actividades bancarias del BBVA

Renuncio a oir noticia alguna, me refugio en Radio Clásica y escuchando madrigales renacentistas voy recuperando poco a poco la calma, mientras me pregunto, sin encontrar respuesta, por qué Daikin, Iberdrola, BBVA y el resto de anunciantes creen que impedirme oir las noticias es un buen sistema para caerme simpáticos y hacer que yo compre sus aires, sus electricidades o sus hipotecas. Se equivocan, claro está. Lo que he contado sucede mañana tras mañana y ha desarrollado en mí verdadera aversión hacia estas marcas. Jamás, si puedo evitarlo, daré un solo céntimo a gente que ha pagado dinero para impedir que yo pueda oir cinco minutos seguidos los programas que quiero oir.


Busco en Internet una ley que necesito consultar. La encuentro en una base de datos legal excelente, encabezada por un índice en el que basta pinchar el artículo buscado para que se abra el texto correspondiente. Una maravilla. Justo lo que buscaba.

Pero una franja vertical de la pantalla está ocupada por la publicidad de la Guía Campsa. Me tapa el texto, me impide leerlo ni hacer con él nada útil y no hay modo alguno de cerrarla. Me vuelvo loco tratando de evitarla para poderme dedicar a mi tarea urgentísima, pero en vano. Por algún motivo que ella conocerá mejor Campsa ha comprado a la base de datos para asegurarse mi odio feroz por el eficaz sistema de impedirme usarla. Supongo que quien ha ideado este inteligente mecanismo cree que con él me va a persuadir de comprar la Guía pero, naturalmente, tras cinco minutos de bregar inútilmente con su incordiante banderolita sin lograr que deje de estorbarme, comprar la Guía Campsa es lo último que haría en mi vida. Estoy tentado incluso de bajar al coche y quemar, para desahogarme, el ejemplar que llevo en la guantera desde hace cinco años, cuando la compré porque ningún anuncio suyo se había entrometido aún en mi vida.


Mi mujer, mi hijo y yo vemos tan contentos "Los Simpson", serie que sigue haciéndonos muy felices a los tres, aunque ya nos sepamos casi todos los episodios. En lo mejor de la historia, se interrumpe: la publicidad. Es el momento de ir al baño, a la cocina o al ordenador, o de abrir el libro que habíamos dejado a medias, porque los siguientes diez o quince minutos serán una sucesión insoportable de anuncios a cuál más sonrojante frente a los que la única defensa es la ignorancia firme y deliberada. Treinta o cuarenta historietas lamentables se suceden en la pantalla pretendiendo convencernos de que compremos otros tantos productos la mayoría de cuyos nombres no llegamos siquiera a conocer. Al final, cuando empezamos a prestar atención de nuevo barruntando que la serie esta a punto de empezar, no tenemos más remedio que enterarnos de algunos, lo que sirve para que podamos identificar a los culpables de que el comienzo de lo que realmente queremos ver se vaya a demorar aún otro poco.


Todo esto se resume en que los empresarios gastan sumas enormes para conseguir que yo, o bien no me entere de que existe su producto, o bien lo aborrezca. La publicidad es un negocio, lo sé, que mueve ingentes cantidades de dinero y gracias al cual oigo la radio, veo la televisión, uso buscadores de Internet y posteo en este blog sin pagar un duro. Pero me confieso absolutamente incapaz de entender por qué. En mí, y en todas las personas inteligentes que conozco, no produce más que irritación, rechazo o, en el mejor de los casos, perfecta indiferencia hacia lo publicitado. Aún así, al parecer, el mundo entero está convencido de que es inútil sacar un producto al mercado sin antes haberlo encarecido significativamente empleando altos porcentajes de los costes de producción en asegurarse de que yo y la gente como yo lo detestemos incluso antes de llegar a probarlo.

Solo se me ocurre en la Historia otro caso de una creencia igualmente supersticiosa e infundada que haya movido tanto dinero, y es el tráfico de reliquias supuestamente milagrosas durante la Edad Media. Me pregunto si algún historiador o algún sociólogo han estudiado este sorprendente paralelismo.

04 junio 2008

Tango



Carlos Gardel - Tomo y obligo

Me he criado oyendo cantar tangos. A mi madre, concretamente, que cantaba casi constantemente, prácticamente siempre que estaba sola y no haciendo algo, como leer u oir música, que se lo impidiera. (De algún sitio tenía yo que haber sacado mi manía de silbar todo el rato y la universalidad de mis gustos musicales.) Mi madre cantaba de todo, pero principalmente tangos, aprendidos por alguna ósmosis misteriosa -¿había radio en las casas españolas de los años veinte y treinta?- además de copla española -esta sí sé que aprendida directamente de una "muchacha" de su casa de pequeña; Concha Piquer me ha llegado por rigurosa tradición oral- zarzuela y versiones vocales, arregladas sobre la marcha por ella misma, del principal repertorio clásico para piano, aprendido este de mi abuela, su madre, que era una excelente pianista. Y cantaba tangos de Gardel, cuya fulgurante carrera coincidió con su infancia y juventud. Cuando mi madre murió, hace catorce años, tenía más de cien letras de tangos de Gardel, tomadas al oído, manuscritas en dos o tres cuadernos. Mi hermana, que es la bibliotecaria de la familia, los tendrá guardados por algún sitio.

El tango, por tanto, forma parte del paisaje de mi infancia como las piezas del exin bloc, los soldaditos de plástico o las novelas de Guillermo Brown, JulioVerne, Louise M. Alcott, P.C. Wren y Enid Blyton. Aquel mundo de música desgarrada e historias sombrías - sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando; eche, amigo, no más, échele y llene hasta el borde la copa de champán; barrio plateado por la luna, rumores de milonga, es toda mi fortuna; cieguita, dije yo con gran dolor; sentir que es un soplo la vida; arrésteme, sargento, y póngame cadenas; te quise tanto que al rodar, para salvarte sólo supe hacerme odiar; decí, por Dios, qué me has dao... - forma un temprano sedimento de mi vida que probablemente es uno de los motivos de mi arrebatada simpatía por todo lo argentino. Ya mayorcito, trece o catorce años, escuché por primera vez una grabación de Gardel y descubrí dos cosas: que era un cantante excepcional, con un manejo de la voz como personalmente no creo haber oído otro semejante, y que mi madre tenía un oído excelente, porque las versiones que yo había aprendido de ella no diferían ni en una nota de las del maestro. Las letras, en cambio, si habían sufrido alguna transformación, los giros porteños más indescifrables sustituidos por equivalentes fonéticos más inteligibles para un oído madrileño.

De manera que para mí el tango ha sido Gardel, y pare usted de contar. He ignorado, más o menos culpablemente, cualquier manifestación tanguera posterior a 1935, pero a cambio tengo la obra completa de Carlitos metida en mi ordenador, y gran parte de ella también en mi cabeza. Si el ambiente es el apropiado y la cantidad de alcohol en sangre la suficiente, llego incluso a cantarla con buena voz, excelente entonación y mucho sentimiento. Por parte del intérprete y también, aunque de otra naturaleza, por parte de los oyentes. Tranquilícense ustedes, sucede rara vez.

A cuento de qué toda esta intempestiva autobiografía, se preguntarán ustedes. Pues de nada . O sí, en realidad: de contarles que hace cosa de un mes renové por fin mi anticuada visión del tango escuchando las espléndidas versiones que de un buen número de tangos de los años cuarenta y cincuenta -que supe entonces que son la Edad de Oro del tango; por lo que mi adorado Gardel debe de ser más o menos la Prehistoria- toca un grupo de cuatro violoncellos, o chelos, como al parecer lo llaman los profesionales: el cuarteto Quattricelli. Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien con una música escuchada en directo. Los arreglos para una formación instrumental tan poco frecuente son magníficos, compuestos por uno de sus miembros. Y la interpretación es insuperable, un disfrute ininterrumpido. De lo más recomendable que he escuchado en mucho tiempo. Si pueden, no se lo pierdan. Yo no dejaré de avisarles en cuanto sepa de una nueva actuación.

Actualización: Creo que mi comentarista anónimo se ha ganado una ilustración musical. El tango con que me obsequia, "Enfundá la mandolina", es una obra maestra -empezando por el título, sutilmente alusivo- que merece ser conocida de todos ustedes. También "Garufa", con el que yo le contesto, hubiera quedado muy bien colgado aquí, pero no lo tengo. Debe de ser que, contra lo que yo creía, ese no lo grabó Gardel, porque creo tener su obra completa.


Carlos Gardel - Enfundá la mandolina

06 mayo 2008

Año nuevo en familia


- ¡Una mosca! ¡Una mosca a uno de Enero! ¡Qué barbaridad! -refunfuña Javier surgiendo ceñudo de entre el pan y la mantequi­lla. Evidentemente el suceso confirma de un modo definitivo las negras sospechas que el mundo en general viene suscitándole desde que ha tenido que levantarse de la cama.

- Lo mismo, lo mismo -bosteza Guillermo- no es una mosca, sino el Año Nuevo. ¿Te das cuenta, si esa mosca es el Año Nuevo? -las complejas consecuencias de esta posibilidad, sugiere su voz, aunque no al alcance de todas las comprensiones, no tienen secretos para él.

- ¡Dios mío, es verdad! -exclama Javier, deslumbrado por la hipótesis.- ¡Una mosca, a uno de Enero, no puede ser más que el Año Nuevo! Oye, entonces, si la aplasto, ¡plaf!, ¿te das cuenta?, desaparece todo. Nos aniquilamos. Sobreviene la Nada -y, a juzgar por su tono, no se diría que la perspectiva le desagrade mucho.

- No lo creo -rebate Guillermo; pero se apresura a apoderarse de la mantequilla, por si la súbita desintegración de lo creado, además de mostrarle su error, le deja sin qué untar en la rebanada.- El aplastamiento de la mosca no puede ser instantáneo. A medida que la fueras aplastando vacilaría la existencia de todo, incluida la del instrumento aplastan­te, y con un instrumento cuya existencia vacila no se puede hacer gran cosa en cuestión de aplastar moscas ¿me sigues? En realidad no puedes aplastar a la mosca, porque aplastarla provoca el aniquilamiento del Universo, y su aplastamiento requiere un Universo como escenario y causa inmediata. Es un suceso que se impide a sí mismo, no hay nada que hacer.- Si alguien creyera entender algún desánimo en estas palabras saldría de su error al ver el entusiasmo con que, entretanto, se aplica a la tarea de cubrir de mantequilla su pedazo de pan. Javier le contempla con franco desagrado.

- Venga, dale, -dice, con voz en la que vibran por igual el desprecio y el sarcasmo- sigue intentando disfrazar de metafísica tu asqueroso materialismo. Por más filosofía con que lo adornes, se ve enseguida que tu espíritu enfangado es incapaz de apreciar lo absoluto, intemporal e irreversible que hay en la muerte, y que tus bajos instintos no vacilan en profanar ni lo sagrado de una agonía. ¡Ese eres tú! ¡Complaciéndote como un sádico en espachurrar poquito a poco a la mosca, pobre animal!- Y no se sabe si el suspiro de amargura con que culmina su requisitoria se debe a la cruel conducta de su hermano para con el infeliz insecto -que sigue volando, tan ajeno- o al detalle de que, además, se haya acabado toda la mantequilla.

11 abril 2008

Morir por una idea


Georges Brassens - Mourir pour des idées

Iba tocando ya Brassens, no digan que no se lo imaginaban. Hoy traigo una un poco más seria, "Mourir pour des idées". En 1964 Brassens compuso "Les deux oncles", "Los dos tíos", en la que se dirigía a dos supuestos tíos suyos ya muertos, uno colaboracionista y partidario de Vichy y el otro combatiente antinazi ("uno amigo de los Teutones, otro amigo de los Tommis") y les hacía notar cómo, veinte años después de la guerra, todo el mundo pasaba ("tout le monde s'en fiche à l'unanimité") de las ideas que ambos habían defendido hasta la muerte, y pensaba, más o menos, que ni uno ni otro tenían razón, ni mucho menos razones para montar la que habían montado. "No hay idea en el mundo que merezca una muerte, dejemos ese papel para los que no tienen ninguna" (idea).

El bueno de Georges, con sus canciones llenas de palabrotas ("Je suis le pornographe du fonographe") en las que se burlaba de todo lo respetable, cantaba el amor de las putas y hacía que los gorilas sodomizasen a los jueces, solía despertar las iras de los burgueses bienpensantes, pero esta vez se las arregló para tocarle también las narices a la izquierda más ortodoxa, que habitualmente le defendía. Poner en duda la maldad absoluta del colaboracionismo y equipararlo con la heroica Resistencia en una común estupidez inútil era prácticamente una blasfemia, y no precisamente de las que hacen rabiar a los curas, pero reir al resto. De modo que las reacciones airadas le llovieron de todos los lados a la vez. Posiblemente no sin motivo, porque realmente la de que que a fin de cuentas lo mismo da colaborar con el nazi invasor que combatirlo no es una afirmación muy defendible, y en la Francia de posguerra menos aún. Pero Brassens era así, se le tomaba o se le dejaba pero no era fácil de manipular. (Cosa que no deberían haber olvidado algunos de sus traductores españoles, que trataron de convertirlo poco menos que en una bandera antifranquista y fueron en cambio incapaces de traducir su inimitable poesía, su ternura y su humor. Paco Ibáñez me perdone.)

Su respuesta al clamor general fué esta canción, en la que confiesa haberse rendido a la opinión de la "multitude accablante" que se le echó encima "aullándole a la muerte", con solo una pequeña reserva: "Muramos por las ideas, de acuerdo, pero de muerte lenta."

La letra en francés no tiene desperdicio. Mi humilde traducción ha intentado conservar alguno de los mejores giros, o de sustituirlos por lo más equivalente de que he sido capaz, pero sin mucho éxito. No obstante lo cual me lo paso tan bien montando trabajosamente estas importaciones del magnífico francés de G.B. que luego no puedo resistir la tentación de colgarlas aquí, como los niños cuando acaban el dibujo y se lo van enseñando a todo el mundo.

(Los versos son demasiado largos para poner en paralelo las dos versiones. Empiezo con la mía en español y pongo luego la original por si alguien quiere comparar.)

MORIR POR UNA IDEA

¡Morir por una idea! La idea es excelente.
Yo, por no profesarla, casi me morí,
pues toda la ralea de sus fieles creyentes
proclamando su fe se arrojó sobre mí.
No pude mantener mi actitud insumisa:
abjuré de mi error, agaché la cerviz
y acaté su opinión, pero con un matiz:
Morir por una idea, bien, pero sin prisa,
muy bien, pero sin prisa.

Pienso yo que no hay que morirse enseguida,
sino pensarlo bien, con calma, sin estrés.
Porque si no, ¡caray!, igual damos la vida
por una idea que no dura ni un mal mes.
Y es muy desagradable, no es asunto de risa
rendir el alma a Dios y, entonces, comprobar
que la idea elegida no era de fiar.
Morir por una idea, bien, pero sin prisa,
muy bien, pero sin prisa.

Los que con más pasión llaman al sacrificio
a la hora de cumplir se suelen demorar.
La muerte es su pregón, reclamarla es su oficio,
si ellos murieran ¿quién nos la iba a predicar?.
Así que, con frecuencia, esta gente le pisa
al buen Matusalén el récord de la edad.
Probablemente opinan, en la intimidad:
Morir por una idea, bien, pero sin prisa,
muy bien, pero sin prisa.

Habiendo tanta idea que reclama su cuota
y exigiendo el martirio todas por igual,
muy pronto se plantea la cuestión para nota:
Morir por una idea, bien, pero ¿por cuál?
Y como, más o menos, son todas de igual guisa,
el sabio, al contemplar su feroz multitud,
concluye, mientras guarda de nuevo el ataúd:
Morir por una idea, bien, pero sin prisa,
muy bien, pero sin prisa.

Y aún si bastara con unas pocas matanzas
para dejar, por fin, todas las cosas bien...
Si como colofón de la macabra danza,
viniera de una vez por todas el Edén...
Pero la Edad de Oro está en llegar remisa,
el cupo no se llega nunca a completar
y la Muerte es el cuento de nunca acabar.
Morir por una idea, bien, pero sin prisa,
muy bien, pero sin prisa.

Tú, el apóstol que vas de novio de la muerte:
tu ejemplo nos dará el sermón más eficaz.
Si tan seguro estás, muérete, y ¡buena suerte!;
pero deja vivir a los demás en paz.
Por desgracia, la Parca es sabia, y no precisa
de colaboración en su triste labor.
Se arregla muy bien sola, así que, por favor:
Morir por una idea, bien, pero sin prisa,
muy bien, pero sin prisa.


MOURIR POUR DES IDÉES

Mourir pour des idées, l'idée est excellente
Moi j'ai failli mourir de ne l'avoir pas eu
Car tous ceux qui l'avaient, multitude accablante
En hurlant à la mort me sont tombés dessus
Ils ont su me convaincre et ma muse insolente
Abjurant ses erreurs, se rallie à leur foi
Avec un soupçon de réserve toutefois
Mourrons pour des idées, d'accord, mais de mort lente,
D'accord, mais de mort lente

Jugeant qu'il n'y a pas péril en la demeure
Allons vers l'autre monde en flânant en chemin
Car, à forcer l'allure, il arrive qu'on meure
Pour des idées n'ayant plus cours le lendemain
Or, s'il est une chose amère, désolante
En rendant l'âme à Dieu c'est bien de constater
Qu'on a fait fausse route, qu'on s'est trompé d'idée
Mourrons pour des idées, d'accord, mais de mort lente
D'accord, mais de mort lente

Les saint jean bouche d'or qui prêchent le martyre
Le plus souvent, d'ailleurs, s'attardent ici-bas
Mourir pour des idées, c'est le cas de le dire
C'est leur raison de vivre, ils ne s'en privent pas
Dans presque tous les camps on en voit qui supplantent
Bientôt Mathusalem dans la longévité
J'en conclus qu'ils doivent se dire, en aparté
Mourrons pour des idées, d'accord, mais de mort lente
D'accord, mais de mort lente"

Des idées réclamant le fameux sacrifice
Les sectes de tout poil en offrent des séquelles
Et la question se pose aux victimes novices
Mourir pour des idées, c'est bien beau mais lesquelles ?
Et comme toutes sont entre elles ressemblantes
Quand il les voit venir, avec leur gros drapeau
Le sage, en hésitant, tourne autour du tombeau
Mourrons pour des idées, d'accord, mais de mort lente
D'accord, mais de mort lente

Encor s'il suffisait de quelques hécatombes
Pour qu'enfin tout changeât, qu'enfin tout s'arrangeât
Depuis tant de "grands soirs" que tant de têtes tombent
Au paradis sur terre on y serait déjà
Mais l'âge d'or sans cesse est remis aux calendes
Les dieux ont toujours soif, n'en ont jamais assez
Et c'est la mort, la mort toujours recommencée
Mourrons pour des idées, d'accord, mais de mort lente
D'accord, mais de mort lente

O vous, les boutefeux, ô vous les bons apôtres
Mourez donc les premiers, nous vous cédons le pas
Mais de grâce, morbleu! laissez vivre les autres!
La vie est à peu près leur seul luxe ici bas
Car, enfin, la Camarde est assez vigilante
Elle n'a pas besoin qu'on lui tienne la faux
Plus de danse macabre autour des échafauds!
Mourrons pour des idées, d'accord, mais de mort lente
D'accord, mais de mort lente

03 abril 2008

Juro decir toda la verdad




Chicho Sánchez Ferlosio - Hoy no me levanto yo

Mal día hoy para ir a los tribunales. Un vistazo al periódico de esta mañana me hace saber que sigue la huelga de funcionarios de Justicia, desde hace dos meses; que el Tribunal Supremo ha tenido que absolver a un asesino porque la Audiencia Nacional decidió que bien podía condenarlo sin escuchar a la principal testigo, que esa mañana no estaba fácil de localizar; que hay una juez que está siendo juzgada por haber dejado más de un año en la cárcel a un inocente, se le pasó a la mujer tramitar debidamente la absolución, qué quiere usted, no se puede estar en todo; y todo eso mientras estamos tratando aún de asimilar la noticia de que, si el Juzgado se hubiera ocupado con mediana eficacia de hacer cumplir la condena que le había impuesto, el asesino de Mari Luz habría estado en la cárcel y no matando niños por ahí. Mal día, digo, para ir a los tribunales, si es que hay alguno que no lo sea. Pero estoy citado a las doce, y allá voy, con mi mejor disposición cívica. Si el Juez me mira feo, me propongo, pondré cara de no haber leído un periódico en mi vida.

La última vez que estuve en los Juzgados de Pueblo Gordo, hace algo más de dos años, estaban en los bajos de un bloque de pisos baratos, un local sórdido, desangelado e incómodo. Testigos, abogados, imputados y litigantes soportaban, de pie y cambiando observaciones anodinas, o rumiando en silencio pensamientos ominosos, la espera interminable, inexplicable e inexplicada, en una sala angosta de paredes desconchadas, cubiertas de edictos, avisos sindicales y anuncios de remotas campañas institucionales, mientras un par de guardias de seguridad los observaban con recelo distante. Muy de vez en cuando un funcionario hosco y apresurado asomaba por la misteriosa puerta del fondo y voceaba el nombre de la siguiente víctima. Bastaba pasar allí diez minutos para sentirse vagamente culpable, contagiado del clima general de irremediable desaliento. Pero los han trasladado a un edificio nuevo en las afueras y han mejorado notablemente.

Hoy no hay prácticamente nadie en el pasillo soleado de grandes ventanales que hace de sala de espera y al que se abren, en largos mostradores, las oficinas de los tres juzgados. Todo está limpio, nuevo y forrado de madera clara, y una funcionaria amable –que quizás sea la misma sicaria feroz con la que forcejeé telefónicamente hace un par de meses, pero hoy en uno de sus días buenos– nos atiende con gran eficacia y nos asegura que enseguida nos tomará la Jueza declaración. (Me sigue sobresaltando ese femenino forzado, esa A adosada con brutales paletadas de cemento sobre la pulcra fachada de la Z, y lo que más me atribula es comprender que acabaré por acostumbrarme y por usarlo yo también, porque el espantoso invento no parece tener marcha atrás.) Y, efectivamente, a los cinco minutos de nuestra llegada invitan amablemente a mi jefa a que pase a uno de los despachos que hay entre mostrador y mostrador.

Paseo de un extremo a otro el largo pasillo, y voy escuchando en cada sala la charla de los funcionarios, o más bien de las funcionarias: prácticamente todas son mujeres. Teclean en sus ordenadores mientras se cuentan animadamente de mesa a mesa sus dietas de adelgazamiento y sus planes de fin de semana. Una chica joven se acerca al mostrador. Quiere saber qué ha pasado con una denuncia que puso en Julio. “Llevo ya no sé cuantas puestas y es como si no pusiera nada...” –dice, entre agresiva y suplicante. La funcionaria le pide fechas y números de expediente en el inconfundible tono del que espera poder contestar: “Es que si usted no me da más datos yo no le puedo decir...”, pero la chica ha venido bien pertrechada y empieza a sacar papeles. “Pues no sé, se estará tramitando. Espere usted, voy a ver...” Vuelve a su mesa la funcionaria y remueve carpetas un largo rato, mientras en el mostrador la chica desgrana una letanía que ni ella misma debe saber bien a quién dirige: “Otra vez, por lo de siempre, impago de la pensión por alimentos... Nunca la paga y no le pasa nada, nadie hace nada... Un desgraciado, un maleante, que me ha hecho de todo y ahí anda, en la calle, y encima me amenaza... pero el hijo es tan suyo como mío y tiene que comer...” Me da vergüenza de repente estar escuchando intimidades y me alejo pasillo adelante, pero no puedo dejar de oir. Otra funcionaria ha intervenido desde su mesa, alzando la voz como quien da la cuestión por concluida: “Señora, es que si está en la calle, como usted dice, ya me dirá cómo va a pagarle a usted nada...” La chica intenta explicar que no es que esté en la calle de estar en la calle, que lo que ella quiere decir... pero la interrumpe la primera funcionaria, que viene con una carpeta: “Mire, sí, lo que yo le decía, se está tramitando. Pero es que por lo penal no va usted a conseguir nada. Pida usted un abogado, porque lo que tiene que hacer...” “Si no me lo dan –dice la chica, con un cabreo sordo, universal y crónico que se ve que trata de controlar para no dirigirlo contra nadie en concreto– un abogado no me lo dan porque se supone que tengo medios... para meterme en abogados estoy yo, yo lo que tengo es un niño de doce años que tiene que comer...” pero se cansa a la mitad y escucha las largas explicaciones de la funcionaria, que le habla de abogados y del procedimiento civil. “¿Y cuándo puedo hablar con la Jueza o con la Secretaria?” Hoy no puede ser, tienen declaraciones. Mañana a primera hora, a las nueve o las diez... Se acaba despidiendo y se va dando las gracias, como si quisiera hacerse perdonar el tono reivindicativo con que entró. Las funcionarias comentan animadamente el caso. “Cuando se pase el síndrome de Mari Luz...” oigo que dice la lista, la concluyente que más grita. Deseo que fuera ella mi contrincante del teléfono.

Mi jefa lleva casi una hora declarando. Sale por fin y me guiña un ojo mientras me invitan a pasar a mí. Es una sala grande, tan pulcra y luminosa como todo en este edificio, con una gran mesa ovalada en el centro. En un extremo de la mesa está sentada la que supongo la Juez, una chica joven, de cara tensa y concienzuda, que me invita amablemente a sentarme yo también. Tras ella, en una mesita auxiliar con un ordenador, hay otra mujer, ¿secretaria? ¿administrativa? Así sentados los dos alrededor de la gran mesa parecemos una visita de poca confianza o una reunión de trabajo, más que un juzgado. La Juez me parece algo ansiosa al preguntarme si juro o prometo decir la verdad. Juro decir toda la verdad. Me dice que el falso testimonio, o quizá el perjurio, no recuerdo, es un delito penado con no sé cuántos años de cárcel, y a mí me suena como un comentario casual con el que tratara de romper el hielo y de dar con un buen tema de conversación. Asiento amistosamente. Me gustaría mucho que esta chica, que parece buena gente, se relajara un poco.

–¿Sabe usted de qué se trata? –me pregunta. Hombre, precisamente de eso quería yo hablar.

–Pues mire, no debería saberlo. La citación no decía nada, y cuando llamé a este Juzgado para que me informaran tampoco quisieron hacerlo. De modo que no volví a pensar en ello hasta hace unos días, cuando le dije a mi jefa que hoy tenía que venir aquí. Fue ella la que me explicó que debía de ser por el asunto de aquel ordenador de la Subdirectora que apareció forzado y con el disco duro roto, y que también ella estaba citada. De modo que sí, más o menos sé de qué se trata.

–“Su jefa” ¿es la señora Directora que acaba de salir? –Asiento y me mira con severidad: –Espero que eso no le impida decir la verdad –No sé a qué se refiere, ni por qué parece tan alarmada. Por un momento me asalta la absurda idea de que haya leído el post que dediqué a mi citación como testigo. Acaba de despertarme la mala conciencia, debe de ser el primer truco que les enseñan en la Escuela de Jueces.

–No, naturalmente… siempre que la recuerde…

Entonces nos enfrascamos en una larga serie de preguntas a las que voy contestestando lo más sinceramente que puedo. ¿Cuándo supe yo que la Directora había destituído a la Subdirectora? ¿Sabía yo que habían regañado? ¿Sabía por qué? ¿Me contó la Subdirectora por qué había decidido pasarse a la competencia? ¿Cuándo supe que su ordenador no funcionaba? ¿Estaba yo delante cuando se lo comunicó a la Directora? ¿Estaba yo delante cuando hizo el acta de arqueo?.. La Juez parece sincera y personalmente interesada en averiguar detalles que no sé a cuento de qué vienen, y a mí me hace sentir algo incómodo, todo el interrogatorio tiene un cierto aire de cotilleo de patio de vecindad. “Naturalmente que me contaron, Señoría. Las dos. Mucho más de lo que yo hubiera querido oir. Yo era compañero y amigo de ambas y sigo siéndolo de una de ellas, y tengo todas las versiones verosímiles y hasta algunas inverosímiles, de lo que pasó, de lo que no pasó y de lo que vaya usted a saber si pasó o no. Pero no querrá que yo le cuente a usted, por muy juez que sea, confidencias que he recibido en privado de quienes confiaban en mi discreción, y de las que la mitad me parecen conjeturas y suposiciones sin ninguna prueba…” Eso me gustaría decirle y dar la cuestión por amistosamente concluida, pero no es posible, claro. Me limito a decir que no recuerdo, que no me contaron, que sabía lo que todo el mundo en la oficina… Es posible que estuviera delante, visitaba su despacho con frecuencia, pero no recuerdo esa ocasión concreta… ¿A qué se refiere exactamente cuando me habla del acta de arqueo?... Acabo por tener la incómoda sensación de estar mintiendo, porque la Juez insiste, vuelve de otro modo sobre lo dicho y parece que tratara de pillarme en un renuncio. He jurado mal. Debería haber jurado, solo, no decir ninguna mentira. ¿Cómo va nadie a decir toda la verdad? Hasta ahí podíamos llegar, qué disparate… Hasta un juez puede comprender que eso no es ni posible, ni deseable, ni de buena educación.

La Juez está especialmente interesada en saber quién tenía que hacer lo que llama “el acta de arqueo”. No sé de dónde ha sacado esta expresión que, consigo averiguar, no tiene nada que ver con lo que en realidad desea saber. Me despierta la vena didáctica y le explico detalladamente qué es un anticipo de caja, la obligación que tiene su titular de justificar el empleo y situación de los fondos en cualquier momento en que se le pida y mi propia función como controlador de cada céntimo que se mueve en la oficina. No soy mal profesor, creo, y disfruto explicando. Pero me esfuerzo en vano. Pertenece a esa numerosa especie de juristas deliberada y previamente bloqueados frente a cualquier cuestión que sospechen mínimamente relacionada con “las cuentas”. He tenido alumnos particulares de matemáticas mucho menos torpes. Al fin finge haberlo entendido, pero continúa preguntándome cosas como “¿Pero entonces la titular del arqueo, o del anticipo, era usted o ella?” “Pero quíen tenía que hacer el anticipo, o el arqueo: ¿ella o usted?” Tras su ordenador, la escribana me mira y enarca las cejas. Luego, al leer mi declaración, comprobaré que ella sí ha entendido mis explicaciones y las ha reflejado con notable claridad, haciendo caso omiso de las confusas instrucciones que de vez en cuando la Juez se vuelve a darle.

Pasamos más de media hora en esta interesante conversación y al fin mi anfitriona decide darla por terminada. Leo y firmo mi declaración, inesperadamente bien resumida y redactada. Me da la mano para despedirse y la adivino planeando nuevas comparecencias: el informático de la oficina, otra vez la Subdirectora… la veo firmemente determinada a llegar hasta el final, a acabar averiguando por qué riñeron hace un año dos amigas que dirigían juntas una oficinita rural y quién, exactamente, forzó uno de sus ordenadores e inutilizó su disco duro. Aunque el empeño le lleve otro año y otras tres o cuatro mañanas de declaraciones.

En el bar donde entro a reponerme de la prueba me encuentro a la chica que preguntaba por su denuncia. Mira al infinito dando sorbos a una cerveza. Ya ha perdido la mañana de hoy y tendrá que perder también la de mañana si quiere, por fin, hablar con la Jueza y tratar de enterarse de qué puede hacer para que sus denuncias sirvan de algo y alguien obligue al maleante de su exmarido a pagar la pensión que ella necesita para dar de comer a su hijo.

07 marzo 2008

Yo aún diría más

Una importante institución nacional -no viene al caso cuál, está por completo dentro del tono dominante- que se caracteriza por medir cuidadosamente el significado y alcance de sus palabras, y de la sinceridad de cuyos sentimientos no cabe dudar, ha condenado hoy el último crimen de ETA diciendo, entre otras cosas, que "no solo vulnera el derecho a la vida, sino que es muestra de la más dura intolerancia..."

A mí, que debo de ser muy raro, no me harían peor efecto estas palabras si hubieran añadido "y lo que es peor, atenta gravemente contra el buen gusto..."

Thomas de Quincey quizás creyera ser un humorista, pero en realidad fue un precursor.

28 febrero 2008

Soy creyente

A Miroslav Panciutti

No sé exactamente quién ha popularizado la palabra “creyente” para referirse a quienes profesamos creencias religiosas, en general y, por estos pagos, a los católicos que aún nos tomamos en serio nuestro catolicismo, en particular. Sea quien fuere, ha tenido éxito. Todo el mundo entiende lo que se quiere decir cuando se habla de ser “creyente”. Yo mismo, como puede verse por el título de esta entrada, uso esta expresión para calificarme a mí mismo, como si fuera inequívoca y de significado evidente.

Pero lo cierto es que no lo es. Pocas palabras lo son. El idioma, como me hacía notar Miroslav Panciutti en unos comentarios que hace ya más de dos meses cruzamos en el recomendabilísimo blog de Lansky, es enormemente polisémico. Él lo decía a propósito de la palabra religión, de la cual acababa yo de hablar en unos términos que le parecieron sorprendentes. Y lo cierto es, como yo le contestaba, que en el terreno de lo religioso es posiblemente donde la polisemia del idioma se manifieste con más evidencia, porque a los muchos significados distintos que la mayoría de las palabras van acumulando a lo largo de su vida se añaden, en este campo semántico, los más numerosos aún derivados de las actitudes y emociones no ya diferentes, sino abiertamente enfrentadas que concita la religión.

Así, por ejemplo, a mi forma de entender y vivir la religión no puede dejar de chocarle que alguien se refiera a ella como "un sistema de amenazas y promesas que cultiva y desarrolla el fondo temeroso de la naturaleza humana", definición debida a Lucrecio, creo, que Lansky, citándola, hacía suya en aquel memorable post (El "If "de Lansky sin permiso de Kipling), que deben ustedes correr a leer si es que aún no lo han hecho. A Miroslav, en cambio, lo que le sorprendía es que "un punto sólido de apoyo y conexión con el resto del Universo que permite y propicia el crecimiento y la liberación personales" me pareciera a mí una buena aproximación a lo que creo que como mínimo debe ser una creencia para poder considerarse verdaderamente religiosa. La sorpresa de ambos era sincera (y de la que me manifestó Miroslav nace este post, tardío y torpe, pero cumplidor) porque a ambos nos resultaba la otra definición completamente ajena y opuesta a nuestra propia experiencia.

Pero las dos definiciones se corresponden, bastante exactamente, con sendas experiencias de las muchas y muy distintas que desde hace siglos han venido suponiendo las religiones para los hombres. Millones de hombres desde el principio de la humanidad han vivido su relación con la divinidad como un proceso de enriquecimiento y de liberación personales, que les ha abierto a los demás y al mundo. Para otros muchos millones, en cambio, la religión ha sido un eficaz mecanismo administrador del miedo y de la ambición, de las inagotables y complementarias ansias de sumisión y de dominio que hay en el ser humano. Y sin duda pueden darse muchas más definiciones de religión, cada una de ellas fiel en igual medida a experiencias reales de muchos seres humanos: la religión ha sido y es, según quién hable, y según de cuándo y de dónde hable, “opio del pueblo”, herramienta de cohesión y pacificación social, adormecedor de conciencias y tranquilizador de espíritus, instrumento de poder, medio de propaganda, arma de guerra y fuerza represiva. Y también camino de realización personal, fermento de movimientos sociales, impulso para cambiar el mundo y vía para escaparse de él.

Hay que tener en cuenta que estas diferentes visiones que pueden darse de la religión no dependen de cuál sea la religión de que se habla: de la mayoría de ellas se pueden decir, y se han dicho, nunca sin algún fundamento, la mayoría de esas cosas. Y tampoco depende de la religiosidad de quien habla: muchos de estos puntos de vista sobre la religión -el que la considera un eficacísimo regulador de las conductas, muy útil socialmente, por ejemplo; o el que la ve como un medio para alcanzar el equilibrio anímico y emocional- son mantenidos indistintamente por corrientes de pensamiento creyentes y no creyentes.

Con lo que henos aquí usando de nuevo la palabra “creyente” como si fuera una categoría claramente definida. Creyente ¿en qué? En Dios, claro. Pero ¿en qué Dios? ¡Puf! Esta es, precisamente, la cuestión central. ¿No queríamos polisemia? Hemos caído de plano en su mismo centro. Dudo mucho que haya muchas palabras más cargadas de más significados antagónicos que este aparentemente sencillo monosílabo.

En el caso de la palabra "Dios" la polisemia ya no es cuestión de diferencias entre creyentes y no creyentes, ni entre fieles de una u otra confesión, ni siquiera entre adeptos de una u otra corriente teológica. Prácticamente cada persona tiene su propia idea de Dios; y que esto no esté claramente establecido y reconocido, y que este infinito número de "dioses" reciban todos el mismo nombre y se hable de ellos como de un concepto único e inequívoco -cosa inevitable, por otra parte, producto de la naturaleza metafórica y "platónica" intrínseca al lenguaje- no hace más que añadir confusión a las ya de por sí confusas e interminables controversias entre creyentes, ateos y agnósticos; cristianos, musulmanes e hindúes; católicos, protestantes y ortodoxos; progresistas, integristas y "cristianos por el socialismo"...

Hay un solo lugar en el que es seguro que Dios existe, y ese lugar es la cabeza de los hombres. Los no creyentes, claro, creen que solo existe ahí -lo cual, paradójicamente, no pasa de ser una creencia, igual de respetable, no más; e igual de indemostrable, no menos, que la contraria.- Pero los creyentes, por más que creamos en su existencia real y autónoma fuera de nuestra mente, no deberíamos ignorar que ese, el de nuestras construcciones mentales y nuestras reacciones emocionales, es, también para nosotros, el primer lugar en que nos encontramos a Dios. No solo eso, sino que, fuera de ese lugar "a Dios nadie lo ha visto nunca", -y esto no es propaganda atea de ningún astronauta ruso romo mental, sino una afirmación del Evangelio según San Juan, capítulo 1, versículo 18.- Por eso, porque Dios es por esencia invisible e inasible, todo lo que tenemos para hacerlo accesible en alguna medida a nuestra experiencia son imágenes y representaciones suyas, formadas a lo largo de siglos de cristianismo y de años de vida personal, a partir de la Escritura, de la tradición, de la exégesis y, para cada uno, del propio temperamento y de las propias experiencias vitales.

Es a esta imagen mental que de Dios tenemos cada uno a la que dirigimos nuestra adhesión o nuestro rechazo, es a través de ella como los creyentes nos relacionamos con Dios y es ella la que en la práctica dirige y orienta, en la medida en que se lo permitimos, nuestra conducta y nuestra vida cuando tratamos de vivirla con arreglo a nuestra fe. Y, desde un punto de vista creyente, también es de ella de la que Dios, el Dios verdadero y vivo, mucho más grande que nada que de Él seamos capaces de imaginar ni comprender, se sirve para actuar en cada uno de nosotros y, a través de nosotros, en el mundo.

Esta noción elemental de que cuando hablamos de Dios todos, creyentes y ateos, estamos en realidad hablando de la imagen que de Dios nos hemos hecho, debería estar mucho más claramente establecida de lo que lo está en la cabeza de la mayor parte de los creyentes. Si fuéramos más conscientes de ella seríamos mucho más respetuosos con los no creyentes, con los que compartimos, aunque nuestra arrogancia no suela admitirlo, una ignorancia prácticamente igual a la suya, encubierta y manejada con construcciones culturales perfectamente equiparables a las suyas, y de quienes solo nos separa un hallazgo, un atisbo, una promesa, una fe: nada que deba impedirnos buscar juntos, ni que nos autorice a despreciar ni a condenar. Seríamos también más humildes frente al infinito e inabarcable misterio de Dios, del que no somos dueños, ni únicos depositarios, y del que no sabemos mucho más - a veces, al contrario, tengo la impresión de que mucho menos - que quienes lo ignoran o lo niegan. Y seríamos, sobre todo, más exigentes con nuestra propia fe y más conscientes de la necesidad de depurar nuestra imagen de Dios y purgarla constantemente de adherencias y deformaciones que poco o nada tienen que ver con Él; que nacen de nuestros miedos, de nuestros deseos, de nuestras miserias y de nuestras limitaciones. Y que no solo estropean nuestras vidas, son contrarias al "sueño de Dios" sobre nosotros y convierten la religión, efectivamente, en el "sistema de amenazas y promesas" conectado directamente con lo más triste y menos gallardo del ser humano al que se refería Lucrecio, sino que son en grandísima medida las causantes de que tantos hombres inteligentes y de buena voluntad, desde Lucrecio hasta aquí, no hayan encontrado más salida que negarse a creer en ningún Dios, antes que creer en las tristes estupideces y aberraciones que con tanta frecuencia los creyentes predicamos de Él.

Bueno, soy consciente de haberme ido por las ramas. Tiende a pasarme con todas las cuestiones, cuánto más con esta, frondosa y evanescente de por sí. He escrito, sí, el post largo que me pedía Miroslav, pero me temo que no ha resultado nada didáctico y sí bastante confuso y más bien oscurecedor. Prometo ahora tratar de completarlo, en un futuro prudentemente indeterminado, con al menos otra entrada en la que intentaré pormenarizar más detalladamente cuáles son las principales de esas deformaciones y adherencias de nuestras imágenes de Dios. Pero no me extrañaría que el asunto me llevara otro par de meses, con no mucho mejores resultados.

23 enero 2008

A buen juez, mejor testigo

Mis relaciones con la Justicia.


Carlos Gardel - A la luz de un candil

Me han citado como testigo. El Juzgado de Instrucción número tantos, del Pueblo Gordo de al lado del Pueblo Pequeño donde está mi puesto de trabajo, me ha mandado una “Cédula de Citación a Testigo” en la que me dice que el próximo 3 de Abril, a las doce, deberé comparecer ante él para prestar declaración “en calidad de testigo, sobre DAÑOS ocurrido (sic) el 1 de Abril de 2007 en Pueblo Pequeño.”

Si se me ocurre no ir “sin alegar causa justa que me lo impida” “me aperciben que” se me podrá imponer una multa de 30’05 a 150’25 euros.

Aparte de estas instrucciones, tan corteses como bien redactadas, la Cédula no contiene mucho más. Un encabezamiento con la identificación del Juzgado y su número de teléfono, la indicación de que el procedimiento son unas “DILIGENCIAS PREVIAS PROC. ABREVIADO xxxx/2007”, y un pie con la fecha, la firma de “EL/LA SECRETARIO”, el sello del Juzgado y mi nombre seguido del cargo que ocupo en mi empresa, que es donde me han mandado la citación.

Esto último, y la mención de que los “daños” de que al parecer fui testigo ocurrieron el 1 de Abril de 2007 en el Pueblo Pequeño donde trabajo son las únicas pistas de que dispongo para tratar de adivinar sobre qué demonios quiere el señor Juez que preste mi testimonio. Quiero decir que ya sé, por ejemplo, que no se trata de una riña entre vecinos de mi casa de Madrid, ni de un accidente de tráfico en la autopista. Es algo, unos "daños", "ocurrido" donde tengo el curro y de lo que al parecer debería estar yo enterado por razón de mi trabajo. Y eso es todo lo que sé.

Pero el caso es que yo, y así lo proclamo solemnemente, no tengo la menor idea de haber sido testigo de "daños" algunos, ni en esa fecha ni en ninguna otra, ni en ese pueblo ni en ningún otro sitio, ni por mi profesión ni por ningún otro motivo. No sé de qué rayos me están hablando - y, lo que es peor, me requieren para que hable yo - y no veo, sinceramente, de qué puede servir mi testimonio sobre un asunto que, si alguna vez he conocido, ha debido de borrárseme de la cabeza.

Por lo que cojo el teléfono y llamo diligentemente - nunca mejor dicho - al Juzgado en cuestión. Tras varias llamadas en tres días seguidos, porque la persona que se ocupa de estas cosas no está el Lunes a tres horas distintas, ni el Martes a otras tres, por fin el Miércoles consigo llamarla a una hora a la que sí está y me atiende. Le cuento mi caso y cuando me dispongo a darle los datos exactos para que me diga de qué se tratan las diligencias y sobre qué voy a tener que testificar, me interrumpe: imposible darme ninguna información por teléfono. Yo puedo ser quien digo que soy, pero puedo también no serlo. Si quiero esa información, tengo que ir en persona al Juzgado. Cualquier día de Lunes a Viernes, de nueve a dos.

Pero, señorita -objeto- en esas horas y días que usted dice yo estoy trabajando. Podré abandonar mi puesto el día para el que he sido citado, porque tengo una citación. Pero no puedo irme alegremente cualquier otro día, solo porque usted no quiera contarme ahora lo que necesito saber.

Pues lo lamenta, me responde, pero así están las cosas. Si quiero saber sobre qué asunto se va a requerir mi testimonio, tengo que ir allí a preguntarlo. Por teléfono, ni soñarlo.

Señorita - insisto, aún cortésmente- siendo así mi testimonio no le va a servir de nada a ese Juzgado. Yo no recuerdo haber sido testigo de nada que pueda ser objeto de un juicio penal. Si se me advierte de antemano de cuál es el asunto puedo hacer memoria, consultar apuntes - ya que, al parecer es algo relacionado con mi trabajo - recopilar datos... algo. Pero si no puedo hacer nada de todo eso y solo el día en que se me ha citado me entero de para qué, nada podré contar. -Y qué quiere usted que yo le haga, me responde. - Pues decirme en la citación de qué asunto se trata, por ejemplo, quién demanda a quién por qué daños y cuál de los dos, demandante o demandado, ha requerido mi testimonio, cosas todas que lógicamente tengo yo derecho a saber si he de ser testigo, le respondo yo. - Me va usted a enseñar a hacer cédulas de citación, dice ella. -No, no parece que haya muchas esperanzas de que pueda enseñársele a usted a hacer nada, digo yo.

Frase esta que, siento decirlo, señala el deterioro definitivo de las buenas maneras en esta conversación. Ella me acusa de querer enseñarle a hacer su trabajo y yo la acuso a ella de conculcar mis derechos de ciudadano y perjudicar el curso de la justicia. Prudentemente no he dado aún dato alguno que permita identificarme; a esa precaución tendré que agradecer el que el día de mi comparecencia no me manden prender según cruce las puertas del Juzgado. Me dejo llevar por la retórica. Lamento que la Justicia española siga empleando en sus tratos con los ciudadanos los mismos modales que la Inquisición, y le ruego que al menos me informe de si va a emplearse la tortura judicial para asegurar la veracidad de mi declaración. Por ir preparado al menos en eso, concluyo antes de colgar airadamente.

Comprendo que he hecho mal. La señorita que me ha atendido es grosera, prepotente y refractaria al razonamiento lógico, pero sin duda no hace más que cumplir normas que no está en su mano cambiar, y no está bien por mi parte buscar querella a quien no puede responderme más que así.

Pero el caso es que este es un razonamiento que empieza a cansarme. Quienes están a mi alcance nunca tienen la culpa, quienes tienen la culpa nunca están a mi alcance. Y yo ya no quiero sufrir más atropellos ni más arbitrariedades mansamente, sonriendo comprensivo a quienes solo cumplen - a veces con visible satisfacción - su obligación de imponérmelos. Si solo puedo protestarles a ellos, bien, les protestaré a ellos. Es posible que esto sea obrar mal, pero pienso seguir haciéndolo. ¿Por qué he de ser yo el único que no obre mal? Pretender tal cosa es soberbio, insolidario y poco realista. Renuncio.

El día en que declare, además, le explicaré al Juez que no puedo decir nada sobre el caso porque nada recuerdo y se me ha impedido hacer lo necesario para recordar. Que no tengo nada que declarar y que, si algo hubiera podido tener, la forma absurda, prepotente e irrespetuosa de mis derechos con que he sido citado nos ha privado a todos de ese algo. Por lo cual todos, la Justicia, él, mi empresa y yo estamos perdiendo el tiempo con mi no declaración, en beneficio de nadie, por culpa de un procedimiento estúpido y de unos ejecutores obtusos.

Aunque también es posible que ese día no diga nada de todo eso y me limite a declarar que no recuerdo. Desahogarse es estupendo, pero con los jueces más vale andarse con cuidado. Ellos pueden dejar escapar a narcotraficantes, descuidar plazos o diligencias elementales o faltar al debido sigilo con sus mujeres sin que les pase nada (a ellos; a la mujer, que no tiene obligación alguna de ser discreta, sí la sancionan), pero los demás tenemos que mirar mucho qué decimos sobre ellos, porque se nos puede caer el pelo. Bien pensado, no, no creo que le diga al Juez ninguna de estas cosas.

Desde luego no le diré que la Justicia española es un cachondeo. Ya hubo un Alcalde que se vio en aprietos por decirlo y, además, yo no veo el cachondeo por ninguna parte.

Maldita la gracia que me hace, de hecho.

14 enero 2008

Ha muerto Gonzalo Arias

Unos días antes de publicar mi anterior post, le envié una copia a Gonzalo Arias, a la dirección electrónica que figura en su página de Internet. Me pareció de cortesía que fuera el primero en leer un texto que se refería a él y que pudiera darle o negarle su nihil obstat. Me respondió a las pocas horas, un correo dictado a uno de sus hijos, según me explicó, porque llevaba diez días sin poder moverse apenas de la cama, "luchando con una leucemia que al parecer no tiene cura", por lo cual consideraba que recibía mi "torrente de elogios" en "un momento propicio para pasar revista a su vida". La fortaleza, la serenidad, la cordialidad y el buen humor que respiraba su correo en semejantes circunstancias no dejaron de impresionarme, aunque tenía ya bastantes motivos para saber la extraordinaria clase de persona que era.

Hoy he recibido la esquela que copio a continuación.



Gonzalo Arias Bonet

falleció (es decir, pasó de una a otra dimensión espacial y temporal) el día 11 de enero de 2008 a los 81 años de edad..

He vivido como cristiano –ha dejado él escrito--, y como tal entiendo morir, después de haber intentado aplicar y practicar, desde la doctrina de la noviolencia, el mensaje de amor universal que Jesús nos trajo de parte de Dios para la construcción del Reino de Dios.

Sin embargo, no deseo que se celebren para mí funerales ni cualesquiera otros ritos de la Iglesia Católica. Llegada la hora de la sinceridad, debo decir que he evolucionado al final de mi vida de manera que ya no tengo esperanza en la renovación de la Iglesia Católico Romana desde dentro, aunque conservo la esperanza en la renovación del cristianismo por obra de comunidades de base, iglesias pacifistas y movimientos ecuménicos. Entiéndase esto como una forma de protesta frente a una Iglesia ritualista y dogmática, poco sensible a los signos de los tiempos.

Sé que no siempre he respondido a las expectativas de personas que podían esperar de mí ayuda, consuelo o simplemente amistad. Espero que me perdonen.

En definitiva, me considero afortunado por la vida que he vivido y por el cariño de que me veo rodeado en mi fase final. Alabado sea Dios.”


Su esposa Hilde, sus hijos Irene, Sonia, Ana, Mario, Diego y Marta, sus nietos Germán, Paula, Olivia, Celia, Aorinco, Nadiejda, Daniel y Lara

se sienten afortunados por haberte tenido de compañero, padre y abuelo. Has sido y sigues siendo en nuestros corazones un ejemplo excelente y gracias a tu bondad, tenacidad, paciencia, humildad y honradez, nos has transmitido valores de gran coherencia y unos principios éticos que siempre recordaremos y nos servirán de guía en los momentos difíciles.

Tu espíritu rebelde, inquieto y curioso ha sido la mejor educación que tus hijos podríamos desear.

Queremos agradecerte la valentía, buen humor y tranquilidad con que supiste afrontar tu enfermedad y los que sabías eran los últimos días entre nosotros. Fuiste un buen paciente y para nosotros fue una gran suerte y satisfacción haberte acompañado hasta el final; esperamos haberte servido de ayuda.

Sabemos que quisiste ahorrarnos trabajo preparando tus libros y otros asuntos en tu último año de vida, gracias de nuevo.

Te deseamos que tengas un buen viaje, que allá donde estés sigas explorando e investigando, y seas feliz en cualquier rama de la historia a donde hayas ido a parar.



Gonzalo Arias Bonet

(1926-2008)

20 diciembre 2007

"Los Encartelados"

Franz Schubert - Trío en Mi bemol Mayor "Notturno" D. 897 (Op. 148)
Menahem Pressler (Piano), Daniel Guilet (Violín), Bernard Greenhouse (Cello)



A mis once o doce años – bueno, y antes también – tenía yo la santa costumbre, cuando me aburrían o se me acababan las lecturas previstas para mi edad, de llevar a cabo discretas incursiones de caza en los cuartos de mis hermanos mayores, a ver qué pillaba. Imagino que todos lo hemos hecho, el mundo se nos va ensanchando a base de estas cosas. (Por un medio muy parecido me enteré, a los siete años, de la verdad sobre los Reyes Magos. Me callé cuidadosamente el descubrimiento, fundamentalmente en honor a mi hermano pequeño y también con la esperanza de que, no haciéndolo público, la noche de Reyes conservara su magia, que en aquel momento vi tambalearse peligrosamente. Mi discreción fue premiada y aún hoy, cercano a la cincuentena, sigo disfrutándo esa noche casi con la misma maravillosa zozobra que entonces.)

Bueno, a lo que iba: en una de estas razzias literarias cayó en mis manos un librillo delgado y raro cuya lectura me duró muy poco, aunque no así sus efectos. Estaba publicado en París, traído de allí por algún amigo viajero de mi hermano, y el autor ocultaba su nombre por motivos obvios. Se llamaba “Los encartelados - Novela programa” y trataba de cómo un ciudadano de Trujiberia - trasunto evidente de la España tardo franquista, o sea, la de entonces mismo - salía un domingo a la calle con sendos carteles pegados en pecho y espalda en los que pedía, con letras bien gordas, que el Mariscalísimo Tranco, Jefe del Estado por la gracia de Dios, convocara elecciones libres para ser democráticamente sustituído en su puesto. Al peticionario lo detenían rápidamente, claro, pero su ejemplo cuajaba y en unos pocos meses la costumbre de correr los domingos por la mañana delante de la policía tranquista, con carteles pidiendo elecciones a la jefatura del Estado, arraigaba entre los trujibéricos. Se había puesto en marcha el movimiento de los encartelados, con tal pujanza que el libro acababa justo antes de un mensaje televisado de su Excelencia, en el que se dirigía a sus súbditos para comunicarles que... FIN.

La historia estaba contada desde el punto de vista de un estudiante universitario de clase media, que iba iniciándose en los misterios de la vida adulta, concienciación política incluída, al mismo tiempo que en toda Trujiberia, gracias a los encartelados, se dibujaba poco a poco la esperanza, frágil pero real, de acabar con el tranquismo por medios pacíficos. Una nota a modo de epílogo comunicaba la intención del autor de llevar a cabo el experimento en el Madrid real en fecha inminente. Nunca hasta hace muy poco tuve noticia de si lo hizo efectivamente, ni de qué pasó después, aunque es evidente que la optimista apuesta de la novela no se cumplió.

Era un libro ingenuo y simpático, escrito con buen humor y buena intención, y a pesar de su relativa ligereza - que me permitió digerirlo sin dificultad - sirvió para que en mi sesera preadolescente comenzaran a colocarse de un modo racional y útil los datos dispersos e intuitivos que hasta entonces tenía sobre política en general y sobre la de mi país en particular. Gracias a él, entre otras cosas, inicié el camino mental para encontrar mi propia opinión sobre el franquismo, la democracia y otros grandes conceptos políticos, cosa que para un doceañero de familia franquista de clase media madrileña y colegio de curas, a finales de los sesenta, no era tan fácil como ahora parece. No lo he vuelto a leer desde entonces, pero aún lo recuerdo, clara señal de que me impresionó.

* * * * *

Por el mismo tiempo o poco después mi hermana mayor, estudiante de Historia del Arte, manejaba asiduamente en sus estudios un útil instrumento llamado Historímetro. Por lo poco que recuerdo, era una especie cuadro sinóptico desplegable en el que venían colocados en líneas paralelas los principales acontecimientos de la historia de la Humanidad en las distintas civilizaciones, las distintas partes del mundo y los distintos campos de la cultura, de modo que de un solo vistazo podías colocarte en la cabeza qué pasaba en Rusia mientras en Francia mandaba Carlomagno, o en qué andábamos los españoles mientras Confucio difundía sus preceptos. Los entusiasmos de mi hermana, Dios la bendiga, son siempre expansivos y contagiosos, así que a sus hermanos pequeños, los que más a mano le quedábamos, nos fue imposible no enterarnos de que el historímetro aquel era un invento estupendo y utilísimo, y hasta llegamos a hacernos expertos en su manejo y consulta. La verdad es que estaba muy bien pensado, y sigue resultándome sorprendente que nadie hubiera ideado antes una cosa tan sencilla y tan eficaz, y que yo no haya vuelto a oir hablar de él. Quizás sigan usándolo los estudiantes de historia. Nunca me enteré de quién era su autor.

* * * * *

Y por fin, hace un par de años, es decir, treinta y muchos después de todo lo que he contado, un amigo común me presentó en El Escorial a José Luis, con el que enseguida hice buenas migas. La conversación rodó por un montón de temas y acabó recalando en un libro muy gordo que José Luis llevaba debajo del brazo. Se llamaba "Repertorio de caminos de la Hispania Romana", y tanto el título como su aspecto en general resultaban poco invitadores a la lectura para un profano como yo. Sin embargo José Luis me aseguró que, al contrario de lo que pudiera parecer, se trataba de un libro interesantísimo y francamente ameno. Como al final de nuestra larga conversación tuvo la amabilidad de regalarme aquel ejemplar, puedo atestiguar de primera mano que decía la verdad. Aunque nunca antes de empezar a leerlo me habían interesado ni tanto así las vías romanas de la Península, me enganchó desde la primera línea, como suele suceder cuando se lee lo que alguien inteligente ha escrito sobre un tema que conoce profundamente y que le apasiona. Se lo recomiendo a ustedes vivamente, creo que pueden comprarlo aquí.

José Luis me aseguró que el autor, Gonzalo Arias, al que conocía personalmente, era aún más interesante que su libro, con serlo este mucho. "Es un tío - me contó, después de algunas anécdotas - que a finales de los sesenta, en pleno franquismo, salió a la calle un buen día con unos carteles pidiendo elecciones democráticas..." Un remoto recuerdo despertó entonces en mi cabeza y, bastante atónito, no pude evitar interrumpirle: "¡No me digas que me estás hablando del autor de Los Encartelados!" "¡No me digas que lo has leído!" - me respondió él, más atónito todavía.

Pues sí señor, lo había leído y mi asombro al comprobar que su autor era un ser de carne y hueso, que habitaba el mismo mundo real que yo, no habría sido mayor si José Luis me hubiera comentado que un amigo suyo, muy aficionado a la lectura y que vivía retirado en un pueblo manchego, había decidido un día salir por los caminos a deshacer entuertos y a buscar aventuras como las de sus libros...

Y fue así como, casi cuarenta años después de haber leído aquel librito que tanto me impresionó y me ayudó a pensar, vine a enterarme de quién era su autor y de cómo, efectivamente, había puesto en práctica personalmente el comienzo del argumento, lo que le valió, según supe luego, una condena penal.

Me enteré, primero a través de José Luis y luego investigando en Internet, de muchas más cosas: en primer lugar - nuevo choque - de que Arias era, además, el autor de aquel Historímetro tan útil y bien pensado del que mi hermana decía maravillas. De que su contribución a aclarar y completar los itinerarios de las vías romanas en Hispania, y, con ellos, la ubicación exacta de muchas ciudades romanas mal localizadas o sin localizar, era sustancial y constituía uno de las primeros y más autorizados libros de consulta sobre la materia. De que el boletín "El Miliario Extravagante", que durante muchos años y hasta ahora mismo impulsó, dirigió y nutrió de contenido, primero desde Francia y luego, ya en democracia, desde España, se había convertido, a pesar del rechazo inicial de las instancias académicas, en una publicación prestigiosa y de consulta obligada para historiadores y arqueólogos. Y de que, al tiempo que todo este trabajo intelectual, había realizado una tarea muy importante de activismo y divulgación de la no violencia activa, primero contra el franquismo, luego contra el post franquismo más bárbaro y luego - también hasta ahora mismo, a sus ochenta y tantos años - contra distintas cuestiones, no menos importantes por pasar casi desapercibidas, como el hostigamiento español a los "llanitos" gibraltareños.

En fin, mucho mejor que yo se lo explica la propia página de Gonzalo Arias. Mi intención era solo contarles a ustedes de la existencia de este español admirable, verdadero ejemplo, para mí, de lo que podrían ser la actividad política y la participación ciudadana honradas, eficaces y compatibles con un trabajo profesional serio y útil; y de los extraños modos por los que yo mismo he llegado a tener noticias suyas.

17 diciembre 2007

FELIZ NAVIDAD

IMPUDICIA FAMILIAR NAVIDEÑA


Cuatro villancicos - Familia Carrascón, 1972


Me he permitido felicitarles a ustedes la Navidad con un documento histórico. Lo que suena cuando se aprieta el triangulito negro es una grabación doméstica de cuatro villancicos cantados por mi familia, hecha en cassette en la Navidad de 1972. Advertidos quedan, nada más fácil que no apretarlo. Quienes de ustedes tengan, a pesar de esta advertencia, la paciencia de escucharla tendrán que disculpar la pésima calidad del sonido - me refiero a la parte atribuíble al aparato, qué decir de la achacable a los intérpretes - las interrupciones y los abruptos principios y finales. Ni mi familia ni la tecnología a su alcance dábamos más de sí en 1972, y los treinta y cinco años transcurridos desde entonces no han contribuído a mejorar el resultado.

Siguiendo con las excusas, haré constar que la grabación fué del todo improvisada y espontánea, decidida sobre la marcha una mañana de vacaciones en que dió la casualidad de que todos estábamos en casa y no teníamos nada mejor que hacer. Los tres más jóvenes - Josefina, Guillermo y yo - teníamos bastante costumbre de cantar juntos - largas horas de viaje en el 600 - y algún repertorio común. Ricardo siempre ha acompañado a la guitarra todo lo que le echen, pero fué una incorporación ocasional, como las de Luis y mi padre. A este último no creo haberle oído cantar en muchas más ocasiones que esta. Es un milagro que haya quedado grabada.

En el primero de los villancicos, "Les violes grinyolen", se puede apreciar en primer lugar la hermosa voz de contralto de mi hermana Josefina. Hoy sigue empleándola con gran éxito en coros de mucho prestigio. La sigue el bajo, mi hermano Luis, el primogénito y, a continuación, Guillermo, el benjamín. Luego entra mi padre, ligeramente retrasado, aunque enseguida recupera el ritmo; y remata con "la trompeta" quien esto escribe, un servidor de ustedes. Vaya vocecita de crío tenía a mis catorce años. Acompaña a la guitarra el segundo mayor, Ricardo, que siempre fue más dado a los alardes instrumentales que a los vocales. De la algarabía que se produce cuando ya estamos todos cantando al tiempo no les digo nada, escúchenla ustedes mismos, si se atreven. Creo que es a eso a lo que se llama armonía familiar.

El segundo, "Aurtxo polita", nos permite disfrutar de las voces solistas de Josefina y Guillermo cantando en un excelente vascuence. Yo hago un oportuno "Aaaa" un poco más abajo y Luis nos refuerza más abajo todavía con lo que buenamente se le va ocurriendo, que le queda muy bien. Ricardo sigue dándole a la guitarra.

(Habrán notado ustedes, por cierto, nuestra sensibilidad, absolutamente precursora, hacia las distintas lenguas del Estado. Madrileños sí éramos, pero no se nos podía acusar de centralistas; más bien un auténtico rompeolas de las Españas. Por lo menos sonábamos bastante parecido a uno. Con muchas olas).

Sobre el tercero, "Camiñaba a Virxe", bien podríamos correr un piadoso velo, pero a estas alturas del strip tease no nos van a sobrevenir los pudores. Luis, Ricardo y mi padre dejan abandonados a su suerte a los tres hermanos menores, que hacemos lo que podemos. Castellanizamos de mala manera la letra gallega - se nos debió acabar la vena preautonómica - y mantenemos el tipo con más brío que brillo por los complicados caminos de Egipto para Belén. Se aprecia la buena voluntad. (Voz cantante: Guillermo y yo. "Bom bom bom": Josefina).

Y con el cuarto, "Pastorcico non te aduermas" (Anónimo, s. XVI), nos resarcimos un poco los mismos tres. Permítanme señalarles la notable afinación de la voz de soprano - Guillermo, doce añitos - y la meritoria seguridad con que los tres encajamos nada menos que tres voces distintas, cada una con sus entradas, en una hermosa demostración contrapuntística. Que no es porque yo lo diga.

En fin, ya ven ustedes qué cosas guardo por los cajones, y lo que disfruto con ellas. Muchas gracias por acompañarme en esta regresión a mi adolescencia más insortable, y feliz Navidad a todos.

11 diciembre 2007

A propósito de la Navidad


We wish you a Merry Christmas - Columbus Boychoir

Todas las Navidades, año tras año, constato un estado de opinión bastante contradictorio entre mis amigos y conocidos creyentes. (Otro día hablaremos de esta palabra tan útil, "creyente") Por un lado, encontramos muy normal - como ven ustedes me incluyo: soy creyente y me considero un buen amigo mío - que media humanidad, calendarios oficiales incluídos, haya hecho suyas a todos los efectos unas celebraciones específicamente cristianas. Nos parece de perlas que Navidad y Reyes sean días no laborables y que los niños tengan vacaciones escolares, y no tenemos nada que objetar a que se engalane el dominio público municipal, las radios transmitan villancicos, los servicios de Correos se colapsen con las felicitaciones y el mundo, en general, se transforme durante mes y pico en un parque temático de la buena voluntad de escaparate y la ternura de peluche vestidas de invierno, del que solo los muy forofos y los menores de doce años no acaban un poco hartos. Y no solo no nos extraña que esto pase en nuestros paises de tradición cristiana - a pesar de que son estados aconfesionales con un gran porcentaje de población agnóstica o adepta de otras religiones - sino que ni siquiera nos sorprende enterarnos de que lo mismo ocurre en Japón o en Israel, donde los cristianos son y siempre han sido una pequeña minoría. La Navidad se ha convertido en una fiesta universal, al menos del mundo occidental, y los creyentes hemos aceptado esto como un fenómeno natural y obligado. No faltaría entre nosotros quien se molestara si dejara de ser así.

Pero al mismo tiempo queremos reservarnos el derecho de ponernos melindrosos en cuanto a la forma exacta en que el resto del mundo celebra "nuestras" fiestas. "Los abetos son un símbolo pagano", "Papá Noel no fué a adorar al Niño Jesús", "Las iluminaciones de las calles no tienen contenido religioso", "Un Concejal de IU dice que es la Fiesta del Solsticio de Invierno", "En un Colegio Público han puesto un Belén sin Niño, ni Virgen, ni San José, ni Portal"... Comentamos estas cosas francamente escandalizados y molestos, como si con ellas estuvieran quitándonos algo que se nos debiera, o faltándonos al respeto.

Salvando las distancias, es un comportamiento que me recuerda mucho al de los famosos de la telebasura cuando, tras forrarse con la venta de exclusivas sobre su vida privada, gimotean contra los periodistas del corazón y reclaman respeto para su intimidad.

El razonamiento es muy sencillo: si queremos que todo el mundo celebre la Navidad, tendremos que resignarnos a que deje de ser una fiesta religiosa, porque en su gran mayoría ese "todo el mundo" ya no tiene ni desea la menor relación con nuestra religión. Mientras que si lo que queremos es preservar su carácter de celebración religiosa, tendríamos no sólo que aceptar, sino que fomentar activamente que dejara de ser una vaga celebración universal de las buenas intenciones teóricas y del más desenfrenado consumo práctico, y se redujera al ámbito privado y personal, sin vacaciones, sin cenas de empresa y sin iluminaciones municipales.

Pretender las dos cosas a la vez no es ni realista, ni siquiera justo. No es defendible ni desde el punto de vista laico, ni desde el creyente. Y nos deja en un antipático papel de plañideras, o de reina madre desplazada, al que tengo la creciente impresión de que los cristianos estamos aficionándonos con preocupante entusiasmo, en esta cuestión y en otras mucho más importantes.

04 diciembre 2007

Memoria histórica


Salvador Bacarisse - Concertino Op. 72 - Allegro - (Guitarra: N. Yepes)

En 1936 mi tío Luis, hermano de mi madre, dos años mayor que ella, tenía 19 años. No militaba en ningún partido, no tenía la menor actividad política, aunque la familia era conocida en el barrio - no eran tampoco un caso raro, en la calle Castelló, de Madrid - por ser de derechas. Sin un duro, pero de derechas, o sea, “gente de orden”, que iba a misa, usaba corbata y sombrero y a la que la recién llegada República asustaba con tanta iglesia quemada y tanta algarada callejera. ( “Yo a los que no entiendo es a estos que no tienen dinero y van a misa” - oyeron que comentaba una vecina a otra, un Domingo, al ver pasar a mi madre y mi abuela con su misal y su velo. “Con esto, con esto es con lo que hay que acabar” - respondió, sesuda, la interlocutora.) No sé en que fecha, poco después del 18 de Julio, dos milicianos fueron a buscar a mi tío a casa. Meses antes, en una huelga de tranviarios, se había apuntado como voluntario para conducir un tranvía, que le hacía mucha ilusión. Nunca le llamaron y no llegó a conducirlo, pero su nombre quedó en alguna lista y no hizo falta más para que se lo llevaran. No volvieron nunca a saber de él, oficialmente. Extraoficialmente algún alma caritativa les hizo saber, meses después, que había visto su nombre en una relación de “paseados”. Nadie sabe en la familia dónde está enterrado, si lo está. A su hermana pequeña, que lo adoraba, se le retiró la regla ese mismo día. Durante tres años. Le volvió el mismo día en que las tropas de Franco entraron en Madrid. Durante años y años, hasta ser yo lo bastante mayor como para que pudiera hablarme de ello, soñó periódicamente que su hermano Luis entraba por las puertas de casa gritando alegremente: “¡Soy yo! ¡No me han matado!”. Cuarenta años después aún se le quebraba la voz y se le humedecían los ojos al hablar de ello, las raras veces en que consentía en hacerlo para, rápidamente, cambiar de tema y volver a enfrentar la vida con la alegría, la energía y la generosidad con que lo hizo hasta su muerte.

En 1936 mi abuelo Francisco, padre de mi padre, cuyo nombre llevo, era un viudo de sesenta años. Muy beato - seminarista rebotado, organista de tres iglesias madrileñas y compositor de música sacra - y, me imagino, bastante monárquico por la cuenta que le tenía - era profesor de música de los hijos de una Infanta - no sé de él que tuviera otras ideas políticas, cuestión en la que jamás entró ni para bueno ni para malo. Pero alguna amenaza para la República debía representar el buen señor, porque tras el golpe de Julio fue detenido y encarcelado, creo que en la Modelo de Madrid. No sé qué tal soportaría el encierro, pero no lo soportó por mucho tiempo. En una de las “sacas” de presos con que, justicieramente, respondían algunos milicianos a los bombardeos franquistas, se lo llevaron y lo fusilaron. Nunca hemos sabido dónde fue enterrado. Sus dos hijos, funcionarios recién ingresados ambos, también sin militancia ni actividad política conocida, tuvieron el tiempo justo tras la detención de su padre para refugiarse en la Embajada de Chile, donde se pasaron los tres años de guerra jugando al mah jong y tallando piezas de ajedrez, actividades no muy apasionantes pero siempre preferibles a seguir la suerte de su padre.

Estas historias las he sabido ya muy mayor, sin apenas detalle, contadas a regañadientes por mis padres. Jamás nos hablaron de la muerte de mi tío ni de mi abuelo, ninguno de los dos, las poquísimas veces que lo hicieron, más que como de un dato remoto y lamentable de un mundo felizmente desaparecido, al que más valía no volver ni con el pensamiento. Los dos, cada uno por su lado - se conocieron tras la guerra - habían renunciado en su momento a averiguar la menor circunstancia de las que rodearon la muerte de sus familiares. Nunca nos dijeron a ninguno de sus hijos, ni creo que lo supieran, ni siquiera la agrupación política a que pertenecían los milicianos de ninguno de los dos casos. A mi abuela materna, tras la guerra, un sobrino policía vino a ofrecerle investigar quiénes habían sido los directos responsables de la muerte de su hijo. Ella se negó en redondo a que lo hicieran diciendo que lo único que deseaba era que Dios los perdonara como lo hacía ella, fueran quienes fueran. Y ahí quedó todo.

Mi madre conservó toda la vida un fervor incondicional por Franco, perfectamente compatible - era una paradójica de mi cuerda, como les contaba hace días - con su antimilitarismo visceral, y con su tácita admisión, solo confesada bajo intensa presión, de que se trataba de un generalote cazurro y sanguinario. Mi padre, más frío y más intelectual, evolucionó antes que ella hacia posiciones teóricas moderadamente democráticas y moderadamente antifranquistas. Recuerdo oirle comentar socarronamente, mientras contemplaba los floridos parterres de El Pardo, lo sorprendente de que Franco permitiera que crecieran pensamientos junto a las mismas tapias de su palacio, agudeza que mi madre escuchaba con cierta reprobación y mi hermano pequeño y yo, que ya empezábamos a tener edad para apreciar las alusiones políticas, con sorprendido regocijo.

Mis hermanos y yo crecimos, comenzamos a tener una mirada propia sobre el mundo en general y sobre España en particular, comenzamos a pensar por nuestra cuenta. Unos antes y otros después, unos más y otros menos, todos fuimos haciéndonos naturalmente antifranquistas y naturalmente izquierdosos. En casa se hablaba y se discutía sobre todos los temas, con rigor intelectual, con libertad y con acaloramiento; naturalmente, también sobre política. Nuestros padres, particularmente mi madre, que era la más vehemente y extrovertida, contestaban nuestros argumentos con sus argumentos, nuestras razones con las suyas. Jamás se puso en duda nuestro derecho a tener opiniones, jamás se zanjó una discusión apelando a la autoridad o a la disciplina. Jamás se perdió el respeto al contrario, ni el cariño y el mutuo aprecio dejaron de presidir ni el más apasionado de los enfrentamientos. Y nunca, ni una sola vez, asomaron los muertos a la disputa. Por enconada que fuera la discusión, a ninguno de nuestros padres - ni a nosotros; es ahora cuando me doy cuenta de ello por primera vez - se les ocurrió jamás que el recuerdo de los asesinados, ni el dolor por su muerte, tuviera nada que ver con lo que se estaba debatiendo, ni fuera un argumento ni una referencia esgrimible cuando de lo que se hablaba era de ideas.

Ambos aceptaron la transición a la democracia con naturalidad. De mi madre me consta, de mi padre, a quien dejé de ver por entonces por motivos que no hacen al caso, lo sé por referencias. Mi madre, de derechas de toda la vida y franquista por adhesión personal inquebrantable, votó a quien le pareciera y convivió alegremente con sus hijos, votantes del PSOE y de cosas aún peores a sus ojos. Jamás perdió el respeto por nuestra independencia personal, ni dejó de celebrar y fomentar que pensáramos por nuestra cuenta, ni perdió el cariño ni la paciencia frente a nuestras impertinencias de adolescentes idealistas. La recuerdo la noche del 28 de Octubre de 1982, despidiéndonos alegremente cuando nos íbamos a la calle, a celebrar la victoria del PSOE, por evitar la cual probablemente llevaba rezando las últimas semanas.

Me viene a la cabeza todo esto, inevitablemente, cuando oigo hablar de la recuperación de la memoria histórica. Y es un motivo más para agradecer y añorar a mis padres que, como tantos españoles de su generación, sobrevivivieron a cuarenta años de dictadura franquista, tras haber sobrellevado otros cinco de república para ellos no menos agresiva, hostil y totalitaria, conservando y transmitiéndonos, a pesar de todos sus pesares, la decencia elemental, el respeto a sí mismos y al prójimo, el amor a la verdad, la tolerancia y la alegría de vivir. No deseo a nadie mejor memoria histórica que esa.

21 noviembre 2007

Brassens de nuevo

Decía De Quincey que, si empiezas por permitirte un asesinato, comienzas a despeñarte por una inevitable pendiente de vicios que te acaba conduciendo a faltar a la buena educación y a dejar las cosas para el día siguiente. Yo inicié un deterioro similar el día que me permití publicar aquí una de mis traducciones de Brassens y, se veía venir, ha llegado el momento en que no puedo resistirme más a mis bajos instintos. Una vez que el tigre prueba la carne humana, no hay vuelta atrás. Voy a asestarles a ustedes otra de mis versiones.

No protesten, otros enseñan las fotos de sus hijos o de su viaje a Tailandia. Cada cual tiene sus debilidades.

Esta era particularmente complicada, porque tenía los versos muy cortos. Miren, por favor, qué bonita me quedó:


TÍO PASCUAL

Sí, Tío Pascual,
obró usted mal
- las cosas, como son -
al enredar
y encizañar
la boda de Asunción.
Estuvo ustez
basto y soez,
y debo confesar
que nos dejó,
gústele o no,
mucho que desear.

Cuando Asunción,
con devoción,
llena de tierno amor,
se disponí-
a a dar el “sí”
ante el Altar Mayor,
¿qué idea se
le vino a usté
para ir y así, sin más,
darle un pelliz-
co a la infeliz
en la parte de atrás?

Agresión tal,
es natural,
provocó su furor.
Se volvió y ¡zas!,
pegó al de atrás,
un pobre coadjutor.
Pero en lugar
de contestar,
“¡Mecachis!” – exclamó.
Y el cura di-
jo: “¡No es así!
¡Responda sí o no!”

Cuando Asunción,
con emoción,
toda dulce y gentil,
ponía bien
sus datos en
el Registro Civil,
¿no tuvo ustez,
Pascual, pardiez,
otra idea mejor
que la vulgar
de pellizcar
su parte posterior?

Tan torpe acción,
es de cajón,
irritó a la mujer.
Se volvió, pues,
y dio un revés
a un inocente ujier.
Y respondien-
do al parabién
que le ofrecía el Juez,
se oyó su voz,
bronca y feroz,
gritar: “¡Me cago en diez!”

Por mucho que
su culo esté
gordo como un tonel,
eso no da
derechos a
dar pellizcos en él.
Así que ustez,
para otra vez
que se case Asunción,
no cuente con
la invitación.
Las cosas, como son.


(En francés venía a ser una cosa así:

TONTON NESTOR

Tonton Nestor,
Vous eûtes tort,
Je vous le dis tout net.
Vous avez mis
La zizanie
Aux noces de Jeannette.
Je vous l'avoue,
Tonton, vous vous
Comportâtes comme un
Mufle achevé,
Rustre fieffé,
Un homme du commun.

Quand la fiancée,
Les yeux baissés,
Des larmes pleins les cils,
S'apprêtait à
Dire "oui da !"
À l'officier civil,
Qu'est-c' qui vous prit,
Vieux malappris,
D'aller, sans retenue,
Faire un pinçon
Cruel en son
Éminence charnue ?

Se retournant
Incontinent,
Ell' souffleta, flic-flac !
L' garçon d'honneur
Qui, par bonheur,
Avait un' tête à claque,
1Mais au lieu du
"Oui" attendu,
Ell' s'écria : "Maman"
Et l' mair' lui dit :
"Non, mon petit,
Ce n'est pas le moment."

Quand la fiancée,
Les yeux baissés,
D'une voix solennelle
S'apprêtait à
Dire "oui da !"
Par-devant l'Éternel,
Voilà, méchef,
Que, derechef,
Vous osâtes porter
Votre fichue
Patte crochue
Sur sa rotondité.

Se retournant
Incontinent,
Elle moucha le nez
D'un enfant d'choeur
Qui, par bonheur,
Était enchifrené,
Mais au lieu du
"Oui" attendu,
De sa pauvre voix lasse,
Au tonsuré
Désemparé,
Elle a dit "merde", hélas !

Quoiqu'elle usât,
Qu'elle abusât
Du droit d'être fessue,
En la pinçant,
Mauvais plaisant,
Vous nous avez déçus.
Aussi, ma foi,
La prochain' fois
Qu'on mariera Jeannette,
On s' pass'ra d'vous,
Tonton, je vous,
Je vous le dit tout net.

17 noviembre 2007

Mi particular homenaje a Brassens

Hoy hace exactamente veintiseis años y diecinueve días que murió Georges Brassens. Se cumplen también sesenta años y siete días más – los que vivió – desde la fecha en que nació, el día 22 de Octubre de 1921. Unos aniversarios tan redondos me parecen ocasión tan buena como cualquier otra para dedicar mi particular homenaje a este poeta y cantante francés, a mi juicio el más significativo de los chansonniers (sin por eso quitar ningún mérito a Chévalier, Trénet, Moustaky, Brel, Ferré y Le Forestier, entre otros, todos ellos muy santos de mi devoción). Pero a Brassens yo le debo innumerables horas de placer, buena parte de mi conocimiento de la lengua francesa y más de una buena amistad nacida y consolidada en torno al común disfrute de sus canciones. Y le debo sobre todo un matiz muy importante en mi propia visión del mundo que, sin el sedimento que desde mis dieciocho años, en que supe de él por primera vez , fueron dejando en mí sus letras anarquistas, escépticas, cachondas, tiernas y algo brutales, y sus melodías sencillas y profundamente francesas, sería sin duda un poco más rígida, un poco más aburrida y un poco menos humana.

No tengo ni idea de cuánto es de fácil en este momento encontrar en las tiendas discos de Brassens. Tengo la impresión de que está bastante pasado de moda, o más bien por encima de ella, pero como en realidad lo ignoro todo – con gran tranquilidad de espíritu – sobre lo que está de moda en cuestión de música, no sé si aún hay o no alguien que siga oyéndolo. Yo sí, desde luego, con frecuencia y con placer, y hasta cantándolo cuando estoy razonablemente seguro de no ser oído por orejas extrañas.

Deben de ser pocos los amantes de Brassens que han resistido la tentación de traducir alguna de sus canciones. Personalmente creo que nadie lo ha hecho mejor, en español, que Javier Krahe. "Marieta" y "La tormenta" me parecen dos modelos insuperables e insuperados de cómo traducir una canción, consiguiendo en el propio idioma algo equivalente al original en el fondo y en la forma y que, además, encaja en la misma melodía y puede ser cantado sin que chirríe, como, a mi juicio y con todos mis respetos, chirrían las traducciones brassenianas que he escuchado a Paco Ibáñez y a algún otro, menos cargados de acierto que de entusiasmo y buena intención.

Tampoco yo resistí la tentación y el ejemplo de Krahe, lejos de desalentarme, me animó a hacer mis propios pinitos. Hace años ya que me puse a ello y logré acabar mis propias versiones de cinco canciones de Brassens, de las que debo confesar que me siento muy orgulloso. Tanto que les cuelgo aquí una de ellas, acompañada de la versión original, para que puedan irme bajando los humos.

Escuchen "Le nombril des femmes des agents de police" cantada en francés por Brassens y vean luego - o mientras, como prefieran,- qué letra tan apropiada le puse yo en español.




EL OMBLIGO

Verle el ombligo a la mujer
de un poli, no es una conquista
que proporcione un gran placer
ni requiera ser un artista.
Un hombre conocía yo
que, a pesar de ello, padecía
porque nunca el ombligo vio
de la mujer de un policía.

“Soy viejo ya” – solía decir –
“y en todos estos largos años
he visto ombligos a elegir,
de todas clases y tamaños.
Muchos ombligos disfruté
de mujeres de gran valía,
pero ninguno de ellos fue
de la mujer de un policía.”

“Mi padre vio el de la mujer
de un guardia civil, e, inclusive,
llegó el ombligo a conocer
de la mujer de un detective.
Mi hermano el de la novia vio
de un Jefe de Comisaría
¡y ni siquiera he visto, yo,
el de la mujer de un policía!”

Tan tristes quejas escuchó
la digna esposa de un madero,
que, generosa, resolvió:
“Tu pena consolarte quiero.
No es justo que te quedes sin
hallar remedio en tu agonía.
¡Te mostraré el ombligo, al fin,
de la mujer de un policía!”

“¡Gracias a Dios por tu bondad!”
- clamó el buen viejo, agradecido.
“¡El Cielo atiende mi ansiedad!
¡Mi sueño al fin será cumplido!”
Y se aplicó con prontituz
a investigar la anatomía
y el ombligo sacar a luz
de la mujer del policía.

Mas cuando al fin la conclusión
iba a alcanzar de sus afanes,
la mucha edad y la emoción
dieron al traste con sus planes.
Ante el abdomen redentor
lo fulminó una apoplejía.
Nunca el ombligo vio, ¡ay, dolor!,
de la mujer de un policía.


Lo que en francés venía a ser:


LE NOMBRIL

Voir le nombril d'la femm' d'un flic
N'est certain'ment pas un spectacle
Qui, du point d'vue de l'esthétiqu'
Puiss' vous élever au pinacle
Il y eut pourtant, dans l'vieux Paris
Un honnête homme sans malice
Brûlant d'contempler le nombril
D'la femm' d'un agent de police

"Je me fais vieux, gémissait-il
Et, durant le cours de ma vie
J'ai vu bon nombre de nombrils
De toutes les catégories
Nombrils d'femm's de croqu'-morts, nombrils
D'femm's de bougnats, d'femm's de jocrisses
Mais je n'ai jamais vu celui
D'la femm' d'un agent de police"

"Mon père a vu, comm' je vous vois
Des nombrils de femm's de gendarmes
Mon frère a goûté plus d'une fois
D'ceux des femm's d'inspecteurs les charmes
Mon fils vit le nombril d'la souris
D'un ministre de la Justice
Et moi, j'n'ai même pas vu l'nombril
D'la femm' d'un agent de police"
http://www.free-lyrics.org

Ainsi gémissait en public
Cet honnête homme vénérable
Quand la légitime d'un flic
Tendant son nombril secourable
Lui dit: "Je m'en vais mettre fin
A votre pénible supplice
Vous fair' voir le nombril enfin
D'la femm' d'un agent de police"

"Alleluia ! fit le bon vieux
De mes tourments voici la trêve !
Grâces soient rendues au Bon Dieu
Je vais réaliser mon rêve !"
Il s'engagea, tout attendri
Sous les jupons d'sa bienfaitrice
Braquer ses yeux sur le nombril
D'la femm' d'un agent de police

Mais, hélas ! il était rompu
Par les effets de sa hantise
Et comme il atteignait le but
De cinquante ans de convoitise
La mort, la mort, la mort le prit
Sur l'abdomen de sa complice
Il n'a jamais vu le nombril
D'la femm' d'un agent de police

14 noviembre 2007

Me modernizo

Soy torpe, pero constante; y parece que tengo una cierta intuición, y mucha suerte. Gracias a todo lo cual, he conseguido, contra todo pronóstico, mío al menos, añadir en mis entradas un cacharrito que permite escuchar música. Iré poniendo la que más me apetezca en mis entradas antiguas, a ratos perdidos. De momento, la inmediatamente anterior está amenizada por una cueca de Los Chalchaleros, que permite hacerse una idea de por qué me gusta tanto todo lo argentino. Ustedes la disfruten.

(Ahora que caigo, las cuecas son chilenas, y "Changuito lustrador", inequívocamente, una cueca. Pero, desde luego, tanto los chalchas como la palabra "chango" son, igual de inequívocamente, argentinos, y el Santiago de que habla tiene más pinta de ser Santiago del Estero, en Argentina, que Santiago de Chile. Investigaremos.)

12 noviembre 2007

Realmente paradójico

"Libre te quiero" - Amancio Prada, A. García Calvo


Por qué nunca consigo ser de los míos.

No es un secreto, ni la monarquía como institución teórica ni la concretamente existente en España, titular a la cabeza, me inspiran grandes simpatías, sino todo lo contrario. No tengo la menor intención ni deseo de llegar a ser nunca jefe del Estado, pero me ofende intelectualmente que se me prive de la posibilidad de serlo. Y lo mismo que con eso, que es el meollo del asunto, me pasa con el resto de las características del invento. Me parece indefendible que solo un ciudadano goce, por derechos de nacimiento, de un montón de circunstancias que, en la práctica, la verdad es que no deseo en absoluto para mí ni para ningún ciudadano normal. (Por el sencillo motivo de que, directamente, no puedo considerar normal a ningún ciudadano que desee para sí tales cosas.)

O eso me había pasado hasta anteayer, en que por primera vez el titular de la corona ejerció una de sus prerrogativas - una, por cierto, que yo no sabía que tenía, pero si la ejerció y no pasó nada debe de ser que sí, que la tenía - que le envidié profundamente: la de ser maleducado, contundentemente maleducado, con un sujeto que lleva años pidiendo a voces que alguien sea contundentemente maleducado con él.

La intervención del rey Juan Carlos en la Cumbre Iberoamericana fue para mí inaugural en varios aspectos: como ya he dicho, fue la primera vez que envidio al rey algo que hace por ser rey y que yo, por no serlo, no podré hacer nunca. Fue también la primera vez en que Juan Carlos hace algo que despierte en mí cierta simpatía personal; nunca hasta ahora me había encontrado ni el menor vestigio de ese juancarlismo que se supone que profesamos mayoritariamente los españoles, y lo que en general se celebra como sus rasgos de bonhomía a mí, o me dejaba frío, o me molestaba positivamente. Y fue, además, la primera vez en que he tenido motivos para pensar que el rey se implica personalmente en el cumplimiento de sus funciones. Lo siento, pero siempre he tenido la impresión de que lo que hace como rey le importa más bien poco, y de que mientras lee discursos o estrecha manos tiene la cabeza puesta en sus pistas de esquí, su yate o sus otras regias ocupaciones que siento no recordar en este momento. Constatar que se estaba enterando de lo que allí se hablaba hasta el punto de no reprimirse e intervenir de forma tan adecuada en cuanto al fondo como improcedente en cuanto a la forma ha sido para mí, lo confieso, una sorpresa. No es que me vaya a hacer juancarlista de repente, y desde luego mis enormes objeciones, tanto a la institución como a quien la encarna, siguen en pie; pero como lo valiente no quita lo cortés, dejo constancia de una pequeña, parcial e intrascendente, pero sorprendente, caída de mi particular caballo republicano.

En cambio en otros aspectos la actuación de Juan Carlos no solo no tuvo nada de inaugural para mí, sino que vino a confirmar una especie de rutina establecida en mis relaciones con la cosa pública. No sé cómo enunciarla, pero sé que existe y la reconozco en cuanto se me presenta, lo que sucede con bastante frecuencia.

Más o menos es así: cada vez que algo me parece bien, resulta ser una excepción, una cosa irregular e imprevista, que va contra las reglas establecidas y contra el orden que en pura lógica debería desprenderse de mis propias convicciones. Este caso, por ejemplo: para que el rey tenga una intervención pública que merezca mi aplauso ha tenido que faltar a todas las normas conocidas no solo de la diplomacia, sino de la mera buena educación, y comportarse de un modo que yo no puedo defender como correcto, por ejemplo, ante mi hijo de nueve años. Y no solo eso: para que alguien haya podido pararle los pies en público a ese matón impresentable, cosa que encuentro bien deseable, ese alguien ha tenido que estar investido de unas prerrogativas y gozar de una situación personal de las que, teóricamente, no deseo que esté investido ni goce nadie. Solo un rey podía mandar callar a Chávez, y para hacerlo ha tenido que faltar a los buenos modales; y yo, que no deseo que haya reyes ni que se falte a los buenos modales, estoy encantado de que le haya mandado callar. ¿Qué hago ahora, me cuentan?

Claro que, como digo, es una situación en la que me encuentro con frecuencia desde hace tiempo. Les pongo otros ejemplos: detesto cordialmente al gobierno del señor Rodríguez Zapatero y juzgo que su gestión, en líneas generales, es la más dañina, estúpida e indefendible que ha padecido este país en los últimos treinta años. Eso, por un lado. Y por otro soy católico convencido, miembro activo de la Iglesia. La Iglesia española y el gobierno del señor Zapatero están bastante enfrentados sobre numerosos y diferentes asuntos. Y, sistemáticamente, en cada uno de estos enfrentamientos concretos, me encuentro mucho más de acuerdo con la postura del gobierno que me repugna que con la de la Iglesia a la que pertenezco. Me parece estupendo que, por fin, se haya regulado el matrimonio entre homosexuales, y no logro entender en qué afecta esta regulación a mis creencias ni a las de la Iglesia, ni qué tiene ella que opinar sobre una legislación civil a la que hasta ahora ha ignorado hasta el punto de casar por la iglesia a una notoria divorciada, Leticia Ortiz , alegando que a la Iglesia los matrimonios civiles, disueltos o no, le traen al fresco. Me parece estupendo que la Religión haya dejado de ser una asignatura obligatoria, y tampoco entiendo que nadie pretenda que lo sea, menos aún en nombre de la fe, que es una cuestión personal e invaluable, académicamente hablando. Pero lo que menos entiendo de todo es que quienes hasta ayer pretendían que sus particulares creencias tuvieran rango de asignatura aprobable o suspendible, se rasguen ahora las vestiduras y monten la marimorena porque el gobierno establezca una asignatura de nombre y propósitos tan inobjetables como "Educación para la ciudadanía". Me parecería lógico que protestaran contra determinados contenidos, si no se ajustaran a su idea de lo que se le debe enseñar a los ciudadanos, pero es que lo que les escandaliza es, simplemente, que exista la materia, ya antes de saber cuál va a ser exactamente su contenido. Personalmente me imagino que será una inanidad más, tan perfectamente inútil como el cuarenta por ciento de las bobadas que ahora aprenden los niños en los colegios, pero montar por ello semejante zapatiesta, alegando encima principios morales y democráticos - que jamás esgrimieron, por cierto, contra la mucho más escandalosa "Formación del Espíritu Nacional" de mi infancia - me parece por completo fuera de lugar y, desde luego, ajeno y hasta opuesto a nada que tenga que ver con mi fe.

Y así vamos, no consigo encontrar manera de ubicarme en este panorama, que si tiendo a considerar desconcertado es, probablemente, porque el desconcertado soy yo.

Asistí, por otro ejemplo, a una manifestación convocada para protestar contra el propósito de negociar con ETA de que por entonces estaba dando muestras evidentes el gobierno. Vencí para ello, con gran esfuerzo, mi tendencia natural a no juntarme con otros ciudadanos en número superior a diez o doce, sacrifiqué temporalmente mis prevenciones teóricas contra las emociones colectivas y mi indisimulable sensación de que hay muchas formas mejores de hacer el ridículo que pasear en masa por las calles gritando consignas, y, en atención a lo importante del asunto y a lo grave del comportamiento del gobierno, allá fui como un bendito. Naturalmente, tardé cosa de media hora en arrepentirme. Seguía pareciéndome mal que el Gobierno quisiera negociar con ETA, pero el espectáculo de los que decían compartir conmigo este punto de vista puestos en acción logró con bastante rapidez que deseara no compartir con ellos ni una sola cosa más, ni la condena al gobierno, ni las calles de Madrid, ni un mal café, así me invitaran. De un modo muy poco cívico, pero en estricta defensa de mi dignidad personal, de mi salud mental y de mi futuro penal - o, alternativamente, de mi integridad física - abandoné el acto y me desvié por callejuelas laterales, meditando si existiría en algún lugar alguien que pensara algo medianamente parecido a lo que yo pienso, que sin embargo, me parece clarísimo y de sentido común. Sin duda me equivoco, claro está. No puede ser que seamos mi mujer y yo los únicos que acertemos siempre.

La cosa me viene de antiguo. Aún recuerdo lo cerca que estuve de apostatar formalmente cuando cometí el error de asistir a la concentración - de jóvenes cristianos, o de familias cristianas, no sé bien: de algo cristiano, desde luego - para ver a Juan Pablo II en el Bernabéu, durante su visita del lejano año 82. Todo el público asistente o pueblo fiel - y era muchísimo pueblo, créanme - parecía estar feliz y embargado de un fervor religioso - o pontificio, o meramente verbenil, vaya usted a saber - que, misteriosamente para mí, se manifestaba en el prurito incontenible de agitar palomitas de papel y en el de corear initerrumpidamente un irritante pareado sobre lo que quería todo el mundo al Papa. Al cual, claro está, le fué imposible decir nada coherente durante más de dos minutos seguidos. Cada vez que el pobre anciano abría la boca para hablar, la muchedumbre prorrumpía en berridos fervorosos, y todos parecían encontrar que aquel programa de actos colmaba por completo sus aspiraciones. Menos yo. Una vez más, me fui a la media hora, tratando de encontrar, en un furibundo soliloquio por las desiertas calles de El Viso, algún buen motivo para seguir formando parte de una institución cuyos más sesudos pensadores estimaban que actos como aquel eran una forma aceptable de evangelizar o de dar testimonio de la presencia de la Iglesia en la sociedad. Dios, que es misericordioso, me ha ido dando alguno que otro, desde entonces, y aquí sigo. Creyente y católico, pero francamente descolocado. De todas las multitudes que despiertan mi repugnacia ético-estética, que son la práctica totalidad de las multitudes, la de los cristianos militando activamente es desde entonces, probablemente, la que mejor y más deprisa lo logra. ¿Me dicen ustedes qué puedo hacer?

Por no hablar de mi traumática experiencia con la guerra de Las Malvinas. Demócrata convencido y, en aquellos tiempos juveniles, fervientemente izquierdoso, Margaret Thatcher era para mí más o menos la personificación del Capitalismo malvado. Y Argentina, el país por el que más simpatías he sentido desde pequeño y que, de una forma puramente platónica - por su folclore, por sus escritores, por su acento, por Mafalda, por Cortázar, por Borges, por Les Luthiers, por Eduardo Falú, por Los Chalchaleros... qué sé yo por qué, si nunca he estado allí - más cercano emocionalmente he sentido de todos los extranjeros. Y van los generales argentinos y, contra todo derecho internacional, cometen un acto de fuerza que encuentro injustificable y ocupan las Malvinas manu militari, sustituyendo al hacerlo una apacible y británica democracia rural por una dictadura militar criminal y ensangrentada. Y va la Thatcher y hace exactamente lo que yo pienso que hay que hacer: responder a la agresión, reponer el Derecho vulnerado y recuperar las Malvinas. Creo que fui el único de todo mi amplio y variado entorno que, contra todo pronóstico y para mi propia estupefacción, fué desde el principio partidario de los ingleses y celebró su victoria. (Años después me he enterado de que a mi futura mujer le pasó lo mismo: Dios nos cría y nosotros nos juntamos). Allí estaba yo, defendiendo, sin poderlo evitar, una incursión neocolonialista de la odiosa Thatcher contra mis amados argentinos.

Es mi destino, por lo visto; no hay manera de que consiga estar de acuerdo con los que están de acuerdo conmigo, ni de que logre discrepar decente y absolutamente, como deben discrepar las personas coherentes, de la gente de la que discrepo. Mis amigos hace tiempo que dejaron por imposible la tarea de adivinar qué voy a salir opinando de un fenómeno concreto cualquiera, y yo mismo no puedo ayudarles gran cosa.

A mi madre, a la que, salvando las diferencias, le pasaba una cosa parecida, le inventaron mis hermanos un partido político para su uso particular: las Falanges Comunistas del Niño Jesús. Un día de estos voy a pedir la militancia.


Los Chalchaleros - "Changuito lustrador"

24 octubre 2007

MURDERKING Y YO

El siguiente texto manuscrito se encontraba entre los papeles personales de Enrique Wolf, ex inspector de la Policía argentina y, tras su temprano retiro del Cuerpo, exitoso hombre de negocios, que falleció en su mansión bonaerense a finales de 1969. Sus albaceas juzgaron piadoso retirarlo del escritorio personal del difunto, donde lo habían encontrado, y conservarlo en algún otro lugar no accesible a los ojos de su desconsolada viuda. Arroja sobre el espinoso caso Murderking, que tanto renombre alcanzó en los años cuarenta, una luz lo suficientemente sorprendente como para que me haya parecido interesante publicarlo aquí.



MURDERKING Y YO

Hasta Enero de 1942 no tuve con el caso Murderking más contacto que cualquier otro lector de periódicos argentino. Los sucesos de antes de la guerra han quedado teñidos en nuestra memoria, por comparación con los horrores bélicos que les sucedieron, de un tono amable que suaviza incluso los crímenes, convirtiéndolos en una de esas novelas policíacas en las que el mismo asesino parece formar parte natural de aquel mundo ordenado y armonioso que el vendaval bélico se llevó para siempre; pero unos años antes todos nos habíamos estremecido con las hazañas del misterioso criminal que marcaba con su alias la frente de sus víctimas, aunque, como tantas otras noticias que nos llegaban de la vieja Europa, aquellas truculencias parecieran quedar muy lejos de la entonces floreciente y optimista República Argentina.

Acabábamos de volver de Misiones, de celebrar con mis padres la Navidad y el Año Nuevo, como veníamos haciendo desde que murió la madre de Estela y su padre tomó la costumbre de irse de viaje no bien veía acercarse las temidas fiestas navideñas. Mi difunta suegra había actuado siempre como un colchón amortiguador entre su marido y yo, pero, muerta ella hacía ya seis años, mis relaciones con el padre de mi mujer se habían ido deteriorando y él era cada vez menos capaz de disimular el desagrado que yo le provocaba. Nada le gustaba en mí: ni mi origen alemán, ni mi profesión de policía, ni la lamentable modestia de mi sueldo de funcionario. Su deseo habría sido casar a su única hija con alguno de sus aristocráticos y millonarios amigos del Círculo Vascongado, y nunca acabó de aceptar la preferencia que ella mostró hacia mi oscura persona, la de un humilde inmigrante provinciano, que era además policía, profesión que él detestaba, y oriundo de Alemania, nación a la que aborrecía. Como consecuencia mi relación con él era uniformemente tormentosa y mi propio matrimonio no pasaba por su mejor momento, lo que me empujaba a refugiarme en el trabajo con especial dedicación para eludir el ambiente frío y poco propicio de mi casa.

De modo que acudí con alivio a la llamada de mi jefe, el Comisario Hoffmann, cuando recién llegado de mi viaje me convocó a su despacho para dedicarme una de las arengas germanófilas que en los últimos tiempos constituían su principal tema de conversación.

- El Reich va a ganar la guerra, Lobito, como te tengo muy dicho – comenzó. Debo advertir que el Comisario me conocía desde chico, entré de su mano en la Policía y, cuando no había testigos, me tuteaba.- El Reich está ganando ya la guerra, aunque el gobierno argentino no quiera enterarse, y nosotros, como buenos alemanes, tenemos que echarle una manita, aunque no más sea para que cuando los nazis gobiernen el mundo nos toque algo del pastel. De modo que escuchá atentamente lo que voy a decirte...

En resumidas cuentas, lo que mi jefe quería de mí era que, con la mayor discreción y sin necesidad de que la superioridad se enterara de lo que, por el momento, no le incumbía, me dirigiera inmediatamente al Banco Germano, donde tenía su oficina un tal señor König, un pez gordo, me explicó, que entraba y salía de la Embajada Alemana como de su casa y tenía, además, muy buenas relaciones con algunos oficiales jóvenes y prometedores de nuestro ejército. Este señor tenía una historia que contarme y yo tenía que escucharla con atención y dejar cualquier otra tarea para dedicarme, hasta nueva orden, a la que él me encomendara. Todo lo que me contase, así como mi visita y el hecho mismo de que le conociera y trabajara para él, debía quedar en el más riguroso de los secretos.

König era un tipo acostumbrado a mandar y que respiraba plata y suficiencia, pero me recibió cortésmente, me aseguró que Hoffmann le había hablado muy bien de mí y me pidió que considerara todo lo que iba a contarme como estrictamente confidencial.

- ¿Qué sabe usted del caso Murderking? – me preguntó.

- Poca cosa – respondí. – Lo que salió en los periódicos... Hubo unos crímenes en algunos países europeos y en Japón, creo recordar... El asesino marcaba a sus víctimas con la palabra “Murderking” y las iniciales de los asesinados también coincidían con las letras de este nombre... Poca cosa más.

- Salvo que lo cuenta usted como si fuera cosa pasada – me respondió - el caso es en líneas generales como lo acaba de describir. Le han faltado algunos detalles: el asesino actúa solo los primeros de cada año, por ejemplo. Y su sexto y por el momento último crimen, el correspondiente a la segunda R de MURDERKING, fue cometido anteayer, en un hotel de Berlín. La víctima era compatriota nuestra; quiero decir, argentina: la bailarina de tango Sofía Ragennati. ¿La conocía usted?

Negué con la cabeza. Nunca había oído hablar de ella.

- Hay otros detalles – prosiguió König – que usted no puede conocer, porque nunca trascendieron al público. Le haré un rápido resumen de lo que hasta ahora sabemos: Murderking cometió su primer crimen hace exactamente cinco años, en un parque de Viena. Asesinó a un matón de los bajos fondos vieneses, un vagabundo que se ganaba malamente la vida dando palizas por cuenta de quien le pagara por ello. Días antes de su muerte había sido detenido tras una de las muchas peleas callejeras entre nacionalsocialistas y socialistas que se producían en Austria antes de que el Anschluss pusiera en orden las cosas. Un socialista resultó muerto y se acusó a nuestro hombre, aunque acabaron poniéndole en libertad: no había pruebas y, por otra parte, ya entonces la policía austriaca era bastante proclive a las posturas nacionalsocialistas. El caso es que cuando fue asesinado nadie dio mucha importancia a la palabra inglesa,“Murderking”, que marcaba su frente, su muerte se consideró una represalia de los rojos, y pasó a formar parte, en nuestra propaganda, de la panoplia de víctimas de la barbarie bolchevique.

- Una especie de Horst Wessel austriaco – sugerí. Me miró con expresión adusta y comprendí que acababa de meter la pata al comparar a un buscavidas cualquiera con el protomártir de los nazis.

- Algo así – asintió fríamente. - Al año siguiente fue asesinada en Varsovia la baronesa Ilsa von Uldenschadt. Quizá este nombre no le diga nada, pero en Alemania tanto ella como el barón, su marido, eran bastante conocidos. Fueron de los primeros aristócratas en afiliarse al NSDAP, y unos propagandistas entusiastas del nuevo estado. La baronesa se jactaba de estar casada con Alemania: el título de su marido, si se fija usted, está formado con las mismas letras de la palabra Deutschland, cambiadas de orden. Este nuevo asesinato renovó la atención sobre el del año anterior. El mismo asesino, la misma marca en la frente... y para nosotros, una coincidencia más: las dos víctimas eran, en alguna medida, simpatizantes del nacionalsocialismo, aunque de esto último nada dijeron los periódicos. Pero nuestros agentes comenzaron a interesarse por el misterioso y anglófono Rey de los Asesinos.

El 1 de Enero de 1939 se produjo un nuevo crimen: el cadáver del vicecónsul alemán en Tokio, Doctor Reichtöser, apareció degollado en un parque de la capital japonesa con la fatídica marca en la frente. Algún periodista advirtió entonces lo que tanto nosotros como la policía japonesa habríamos preferido no hacer público: las iniciales de las tres víctimas eran, en el mismo orden, las tres primeras letras del nombre con que firmaba el asesino. Se desató la fiebre, ya sabe usted lo que esas cosas le gustan a la gente. Todos los periódicos del mundo se hicieron eco del caso y empezaron a aventurar las hipótesis más peregrinas. Felizmente, nadie subrayó las conexiones con el III Reich de las tres víctimas, ni otro detalle interesante...

- Que el apellido Reichtöser está formado con las mismas letras que la palabra Osterreich - aventuré. König me lanzó una mirada penetrante, y me divirtió notar un brillo de respeto en sus ojos.

- Efectivamente - dijo. - Como el de la baronesa, también el nombre del vicecónsul estaba compuesto con las mismas letras que el de un país. Ello nos hizo volver al primer muerto con atención renovada: era hijo de albaneses emigrados a principios de siglo a la capital del imperio austrohúngaro, y había sido inscrito al nacer con el nombre de Enver Moecix...

- ¡México! - exclamé. Mi interlocutor me miró, sorprendido. No podía saber que una de mis aficiones, la única, por cierto, que compartí con mi suegro, es la de resolver crucigramas, acrósticos, jeroglíficos y acertijos en general. Lejos de servir para acercarnos, esta manía en común tan solo había sido hasta entonces motivo de sordas pugnas por ver quién se adueñaba antes del periódico del día y dejaba al otro sin crucigrama que resolver.

- México, en efecto - repuso König, y me pareció que su voz expresaba cierto fastidio. - Como usted ha advertido con notable rapidez, las tres víctimas de Murderking tenían nombres que eran los de un país, con las letras cambiadas de orden.

Comprenderá usted que esto abría una nueva línea de investigación. Hasta entonces pensábamos que el interés del asesino era hostigar de algún modo a Alemania y a su nuevo régimen. Ahora resultaba que lo que le había llevado a elegir a sus víctimas era el hecho enteramente fortuito de que con sus nombres se podía componer el de un país cualquiera...

Me pareció percibir un leve matiz de disgusto en el tono de König. Debía considerar un desprecio al Reich por parte del asesino el que no escogiera sus víctimas sólo por su relación con el Partido Nazi. Las veleidades acrósticas de Murderking, evidentemente, le habían hecho perder puntos en su estima.

- Al año siguiente, - prosiguió - y estamos ya en 1940, con la guerra empezada, Murderking se trasladó al Brasil. En pleno centro de Saô Paulo asesinó y marcó en la frente con su nombre a una ciudadana brasilera, Doncilia Dos Santos, casada con un alemán, Konrad Dangeln, que trabajaba en nuestra Embajada, formalmente como agregado cultural y, en realidad, organizando y coordinando a todos los agentes alemanes en el Brasil. De esto último nada se dijo, pero advertirá usted que se repetía la misma ambivalencia de los casos anteriores: por un lado el nombre de la víctima contenía las mismas letras que el de un país, en este caso England, y su inicial correspondía a la cuarta letra de la firma del asesino, la D. Por el otro, la asesinada tenía una evidente relación con el estado alemán. El cambio de continente y el reciente estallido de la guerra hicieron que este nuevo crimen pasara casi del todo desapercibido. Para el gran público, como lo demuestra la narración que usted mismo acaba de hacer, el caso Murderking era agua pasada, historias de antes de la guerra. Pero nuestros servicios siguieron investigando... - König hizo una pausa.

- Y descubrieron... - le alenté.

- Nada en absoluto - respondió. - Ni la más leve sombra de pista, ni el menor rastro. La verdadera personalidad de Murderking, así como sus móviles, continuaban en el mismo misterio que cuatro años antes. La policía brasilera, como antes la japonesa, la polaca y la austriaca, no logró avanzar ni un ápice en el esclarecimiento del crimen, que pasó como los anteriores a engrosar el crecido número de asesinatos que todos los años quedan sin resolver en una gran ciudad. Y nuestro servicio secreto, aunque dedicó al caso muchas horas y muchos hombres, tampoco logró ningún descubrimiento digno de mención.

En Enero de 1941, hace un año, Murderking acudió de nuevo a la cita. Esta vez lo hizo en Londres, y la víctima fue un tal doctor Everard Elliot, un oscuro mediquillo sin pacientes, un soñador fracasado y desconocido salvo por...

- ¿Elliot? - le interrumpí. - Con las letras de Elliot no se puede componer el nombre de ningún país.

- No se puede, efectivamente - corroboró König, reprimiendo a duras penas un gesto de impaciencia ante mi costumbre de desbaratar con mis interrupciones sus bien meditadas explicaciones. - Pero, por algún motivo que nuestros agentes en Londres aún no han conseguido averiguar, no fue ese el nombre que publicaron los periódicos. El doctor Elliot, como le digo, era un soñador que llevaba años ocupándose del estudio de las razas humanas y de los medios para preservar su pureza. Su verdadero campo era la genética y la eugenesia, y a principios de los años treinta obtuvo cierta notoriedad como fundador de un movimiento que propugnaba un racismo aséptico y cientifista. El movimiento llevaba el pretencioso nombre de "English Front for Natural Affirmation of Racial Characters". EFNARC. Nunca pasó de los diez o doce afiliados. Pero fueron estas siglas, que como habrá advertido empiezan con la E, quinta letra del nombre fatídico, y con las que puede formarse la palabra France, las que trascendieron al público como nombre del finado. Los periódicos que publicaron la noticia - fueron pocos, en una Inglaterra volcada en el esfuerzo bélico y castigada intensamente por nuestros bombardeos - dieron por asesinado a un tal doctor Efnarc.

- ¿Tenía Elliot alguna relación con Alemania? - pregunté con cierta timidez, porque era evidente que mis intervenciones impacientaban más que complacían a mi arrogante anfitrión.

- En 1935 había publicado en una revista médica un artículo en el que elogiaba la política antisemita del nuevo Estado Alemán y defendía nuestras tesis racistas. Hubo un pequeño escándalo, el Colegio de Médicos consideró su expulsión, pero al final no tomaron ninguna medida. Ese mismo año pronunció algunas conferencias en Berlín, invitado por nuestra Embajada, y al estallar la guerra el Foreing Office le abrió una investigación, que se cerró con una seria advertencia y poca cosa más. Nosotros nunca lo tomamos en serio y, por lo que sabemos, tampoco los ingleses. Pero parece que nuestro misterioso asesino no era de la misma opinión.

Opté por permanecer en un prudente silencio.

- Y este año, hace dos días, Murderking ha vuelto a actuar, esta vez en el mismo corazón del Reich y ante las propias narices de la Gestapo, la mejor policía del mundo. En la pensión berlinesa donde se alojaba desde que la guerra la sorprendió de gira por Europa, ha estrangulado y puesto su marca a nuestra compatriota, la pobre Sofía Ragennati, cuyos únicos crímenes eran bailar el tango bastante mal, mantener con un oficial de la Gestapo un lío que duraba ya algunos meses y tener un apellido que empieza por R y con cuyas letras se puede escribir la palabra “Argentina”.

Por cómo utilizaba König la primera persona del plural no había manera de saber si se refería con ella a nosotros, los alemanes, o a nosotros, los argentinos. Parecía considerarse parte de las dos naciones con igual naturalidad y, de hecho, en nuestra conversación, que había empezado en español, habíamos pasado a usar el alemán sin que yo recordara exactamente cuándo ni por iniciativa de quién.

- De manera - resumió - que tenemos, hasta ahora, seis muertos, todos ellos relacionados en mayor o menor medida con la Alemania nacionalsocialista, todos ellos identificados, por distintos motivos, por nombres que tienen las mismas letras que el de algún país, y todos ellos con una inicial igual a la letra que ocupa, en la palabra MURDERKING, el mismo lugar que su muerte en la serie de crímenes que este sujeto viene firmando desde hace seis años - y después de esta frase, que en español resulta un poco complicada pero que en alemán le salió regia, se quedó mirándome fijamente.

- Los países a que se refieren los apellidos de las víctimas ¿guardan alguna relación con los países en que se cometen los crímenes? - inquirí aplicadamente, porque esta vez sí parecía esperar que yo dijera algo.

- Contéstese usted mismo. Los países a que aluden los apellidos son, hasta ahora, México, Alemania, Austria, Inglaterra, Francia y Argentina. Y los países en que ha actuado, Austria, Polonia, Japón, Brasil, Inglaterra y Alemania. Como ve hay tres - Alemania, Austria e Inglaterra - que se encuentran en los dos grupos, otros tres - México, Francia y Argentina - que se obtienen de los nombres de alguna víctima, pero en los que no ha habido asesinatos, y otros tres - Polonia, Japón y Brasil - en los que ha habido crímenes, pero que no tienen relación con el nombre de ninguno de los muertos. Nuestros criptólogos más expertos se han afanado por encontrar alguna pauta, algún orden oculto en estas dos series de nombres, que nos permitiera anticipar los movimientos del asesino y prever, al menos, el país en que actuará la siguiente vez. No lo han conseguido. Parece totalmente aleatorio. Alemania, por ejemplo, se ha convertido en escenario de uno de los asesinatos cuatro años después de que su nombre se asociara al de una víctima. Inglaterra, solo un año después. Austria, dos años después...

- Por su modo de hablar - observé - se diría que espera usted que, antes o después, cada uno de los países anunciados por el apellido de alguna de las víctimas acabe presenciando la muerte de otra.

- Así es, inspector. Y también al contrario. Esa es la única conjetura que los expertos han podido establecer con cierta seguridad. Todos los países en que Murderking comete un crimen servirán, en algún momento, para componer el apellido de la víctima de una de sus actuaciones, todos los apellidos de sus víctimas acabarán por referirse al país escenario de uno de sus crímenes. O esa es, al menos, la hipótesis con arreglo a la que trabajamos. Por eso estamos hablando usted y yo. En primer lugar queremos averiguar todo lo posible sobre la señorita Ragennati, y eso debe hacerse aquí, donde nació y vivió, y solo pueden hacerlo ustedes, la Policía argentina. Y, además, necesitamos que mantengan los ojos abiertos porque creemos que el asesinato de esta señorita significa que, algún primero de Enero de aquí al de 1946, Murderking actuará en la República Argentina, posiblemente en Buenos Aires. Hasta ahora solo ha actuado en las capitales. Y ese será el momento en que usted lo detendrá y resolverá por fin el misterio.

La verdad es que, así expuesto, parecía un plan no solo razonable, sino francamente atractivo. El éxito, el reconocimiento público, la gloria... la admiración de Estela, la capitulación de su padre, que por fin tendría que reconocer mi valía... y, desde luego, el ascenso, la promoción profesional, la anhelada independencia económica...

- ¿Por qué 1946? - pregunté con la mejor expresión de inteligencia concentrada que mi cara fue capaz de adoptar. Me miró con mal disimulado desdén.

- Murderking está componiendo su nombre con las iniciales de sus víctimas. Va por la segunda R y le faltan cuatro letras, a año por letra. El uno de Enero de 1946, si no logramos detenerlo antes, matará a alguien cuyo apellido empiece por G, y habrá acabado la escritura de su alias y, presumiblemente, también su serie de asesinatos. No sabemos qué hará entonces, pero no es de imaginar que empiece a escribir sus memorias...

Esta vez mi silencio, adecuadamente humilde, pareció por fin complacerle.

- Confío en usted, inspector Wolf - concluyó. - No nos defraude a Alemania ni a mí, y nosotros no le defraudaremos a usted. Y recuerde que todo lo que hemos hablado, y su misma visita a esta oficina, deben quedar en absoluto secreto para todo el mundo excepto Hoffmann, usted y yo. - Y con estas prometedoras palabras, me acompañó amable pero firmemente hasta la puerta del lujoso despacho.

Al día siguiente de esta entrevista todos los periódicos porteños publicaban en primera página la feliz noticia: La última víctima del misterioso Murderking era argentina, el Rey de los Asesinos había escrito la segunda R de su nombre con la muerte de una compatriota... Quien hubiera hecho llegar la noticia a la prensa la había documentado copiosamente. Los periodistas repasaban la nómina de crímenes desde 1937 hasta la fecha, aderezada con las suposiciones más absurdas y las explicaciones más extravagantes, y el tono general era de franca satisfacción por que al fin la Argentina se alineara en algo con las principales potencias mundiales. Los diarios aliadófilos dejaban suponer que a Ragennati la había asesinado la policía de Hitler, los germanófilos subrayaban las condolencias de las autoridades nazis y la disposición de la policía alemana a resolver el caso en estrecha colaboración con la argentina...

König telefoneó a la comisaría hecho una furia, Hoffmann me llamó a su despacho para echarme la bronca y me costó Dios y ayuda convencer a ambos de que yo no había tenido nada que ver con la difusión de la noticia.

- ¡Vean los diarios! - concluí, acalorado. - Nadie nos nombra ni a König ni a mí, nadie dice nada de que los muertos sean simpatizantes del nazismo, ni de que sus apellidos compongan los nombres de ningún país.

Eso acabó de calmarlos, y además era verdad. Los periódicos no mencionaban nuestros nombres ni ninguno de aquellos dos importantes detalles, y no era fácil que, leyéndolos, nadie pudiera adivinarlos: Moecix se convertía en Moebius y era un asesino a sueldo de los bolcheviques, Reichtöser era el embajador suizo y se apellidaba Richtofen, y Uldenschadt se escribía con hache, justo al lado de donde se aseguraba que su inicial era la U de Murderking. En cambio el doctor Efnarc aparecía con su verdadero apellido, la señora Dangeln con el de soltera y el de la pobre Sofía pasaba a ser Ragenatti, con la que, por otra parte, según averigüé poco después, había sido la ortografía original del apellido de su abuelo calabrés, antes de que, por ignorancia o como homenaje a su nueva patria, decidiera añadirle una N y suprimirle una T. El habitual trabajo concienzudo del periodismo nacional.

Personalmente estaba encantado con todo aquel ruido. Cuanta más expectación levantara el caso, más gloria obtendría el que lo resolviera. Y me había formado el firme propósito de que quien lo resolviera fuera yo. Dediqué una semana a averiguar hasta los más remotos antecedentes de la bailarina, que hice llegar a König en un primoroso informe de veintitantos folios mecanografiados por ambas caras. Movilicé a todos mis confidentes en un eficaz esfuerzo por mostrar al Comisario que estaba peinando Buenos Aires en busca de indicios de la presencia de Murderking. Comencé a buscar en las listas del Censo nombres que empezaran por K, I, N o G y con cuyas letras pudiera escribirse Nippon, Brasil o Polska. No encontré ninguno. Hoffmann estaba impresionado.

- Sos un fenómeno, Lobito - aseguraba feliz, rodeando mi mesa a grandes zancadas. - Tenés a König comiéndote en la mano, tenés. Ni la Gestapo ni el Scotlandyard, al Murder lo vas a cazar vos solito. ¡Quién fuera joven!

En realidad no parecía haber mucho más que hacer, y pasado el primer revuelo, las aguas volvieron a su cauce, tanto en los periódicos como en el trabajo y en casa. También mi suegro había vuelto de sus viajes, y cada vez resultaba más insoportable su presencia, y más difícil aceptar que, sin la asignación que él hacía llegar a Estela, mis ingresos habrían sido francamente insuficientes para mantenernos en el tren de vida a que nos habíamos acostumbrado.

La Navidad de 1942, por primera vez en muchos años, la celebramos Estela y yo solos en nuestra casa de Buenos Aires. Expliqué a los viejos que tenía mucho trabajo y que ya iríamos a Misiones más adelante. Mi suegro volvía a estar fuera, como siempre por esas fechas, lo que permitió que mi mujer se mostrara algo más cariñosa que de costumbre. Yo le aseguré que tenía entre manos un caso muy importante que iba a cambiar nuestra suerte, pero que había que tener paciencia. Ella me hizo notar que paciencia era lo único de lo que andaba sobrada. “Por el momento”, precisó. Luego me preguntó, como hacía a menudo, cuándo me subían el sueldo.

El día 2 de Enero de 1943, a primera hora de la mañana, me presenté sin ser llamado en la oficina de König, que me recibió con cierta sorna.

- Aún no le tocó, inspector - me saludó. - Este año Murderking ha decidido quedarse en Europa, en Hungría, para ser exactos. Ayer se cargó en Budapest a un colega de usted, oficial de la policía política de nuestro amigo el Mariscal Horthy. Un tal Zoltan Klopsa, partidario a ultranza de que Hungría siga apoyando al Eje en su cruzada anticomunista. Como verá, se sigue confirmando nuestra hipótesis. Cinco años después de actuar en Polonia ha encontrado una víctima germanófila con un apellido que tiene las mismas letras que Polska y empieza por K. La policía húngara está tan despistada como nosotros. Vea si se le ocurre alguna buena idea y no deje de contármela. Ah, y tenga usted también un Próspero Año. - Todo esto me lo dijo en español. Observé que sus modales se iban acriollando a medida que a Hitler empezaban a torcérsele las cosas.

Lo cierto es que se me ocurrieron varias buenas ideas. En primer lugar me ocupé personalmente, aunque con la debida discreción, de que el público argentino no se olvidara de las andanzas de nuestro asesino. Todos los periódicos publicaron la noticia del nuevo crimen, convenientemente purgada por mi mano de los detalles que prefería guardar para mí y adornada con otros, menos verídicos pero más pintorescos, que mantuvieran vivo el interés. Luego me encerré tres días seguidos en mi despacho, a emborronar papeles, consultar enciclopedias y pensar intensamente. Cuando salí, mis ideas estaban más claras y me encontraba francamente animado.

Con los naturales altibajos, mantuve este mismo espíritu los dos años siguientes. Me mostraba insólitamente amable con el padre de Estela, aguantaba sus desplantes y gastaba su plata con filosófica resignación, lo que me granjeó una relación con mi mujer novedosamente fluida. En el trabajo seguí bandeándome como de costumbre. Hoffmann resoplaba con cada nuevo revés de los alemanes, y de tiempo en tiempo se desahogaba conmigo en largas y furibundas diatribas contra los traidores emboscados, los políticos mentirosos, los tibios vendepatrias... Yo a todo le decía que sí, porque a Hoffmann no se le puede llevar la contraria, pero distaba mucho de compartir sus puntos de vista. Nunca tuve su fe inconmovible en la victoria alemana, y tampoco me importaba gran cosa que el Führer ganara o perdiera la guerra. Aunque soy y me siento argentino, tengo tanto apego por mi nación de origen como el que más, pero, y esto no se lo conté nunca a mi jefe, el abuelo de mi madre era un respetado miembro de la comunidad judía de Munich...

El 1 de Enero de 1944 Murderking mató y marcó en Ciudad de México a Sara Ibrals, hija y única discípula de un rabino de la capital azteca que dos años antes había estado a punto de ser linchado por sus feligreses cuando proclamó en la sinagoga que Hitler era un instrumento de Dios enviado para castigar a Israel por su infidelidad, y que los buenos judíos debían someterse a él y secundar sus designios. La noticia me la dio König con patente desgana. Parecía haber perdido gran parte de su ímpetu y estar pensando en otra cosa. No se interesó por mis progresos en el caso, ni yo se los habría contado aunque me hubiera preguntado. Fue la última vez que lo vi.

Un año después, el 2 de Enero de 1945, hojeando los diarios franceses que mi suegro, recién vuelto de Europa en uno de los primeros vuelos transoceánicos, había traído consigo, me enteré del asesinato de Claude Noppin, un apache indeseable, el menor de cuyos numerosos y notorios vicios había sido el de colaborar, provechosamente para él, con las autoridades alemanas de ocupación. En el caos de represalias y ajustes de cuentas que era el París recién liberado su muerte habría pasado desapercibida si no fuera por la marca de Murderking en su frente.

Me aseguré con discreta eficacia de que los periodistas airearan convenientemente ambos crímenes y mantuvieran la expectación que existía en torno a Murderking desde que tuvo la amabilidad de honrar a la Argentina con sus atenciones profesionales. No tuve que esforzarme mucho: la nación entera seguía emocionada todo el asunto y hasta se empezó a rodar una película sobre él, con estreno anunciado a bombo y platillo para el día del esperado crimen final. Nunca llegué a verla, pero tengo entendido que acababa con una persecución a tiros del asesino, un malvado agente nazi, por entre las lápidas de la Chacarita.

Por mi parte hacía más de dos años que creía tener todos los datos que necesitaba, y las dos últimas muertes, que colocaban las correspondientes cruces en las casillas vacantes de Brasil, Japón, México y Francia, solo vinieron a confirmarme lo que ya estaba bastante seguro de saber. Emprendí con calma una última tarea de comprobación, y volví a dedicar largas horas de trabajo al paciente escrutinio de las listas de todos los colegios electorales de Buenos Aires, de los roles de pasajeros de todos los barcos que llegaban al puerto, de los huéspedes de todos los hoteles rioplatenses y de las relaciones de cuantos entraban al país por los distintos puestos fronterizos. Estaba seguro de no equivocarme, pero no quería dejar ningún cabo suelto. Mi jefe me miraba como si me hubiera vuelto loco.

- ¿Todavía seguís con esa mierda? Resistió Stalingrado, desembarcaron los aliados en Normandía, la Argentina le declaró la guerra a Alemania ¿te enteraste? y hasta creo que se la va a ganar... König debe de andar sacándole brillo a la momia del Duce, y vos, dale con la macana esta del Murderking. No hay quien te entienda, Lobito. ¿No tenés nada mejor que hacer? - Yo asentía distraídamente, sumido en mis largas listas de apellidos. - Harás lo que te salga'el bolo, como siempre, pero si querés saber quién es a la final el asesino, yo que vos me iba al cine - acababa por decirme, y se alejaba de mi mesa tarareando: “Yo te daré, te daré, patria hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza por P. ¡Perón!” El pobre Hoffmann siempre necesitó agarrarse a algún entusiasmo político para sobrellevar el tedio infinito que le producía tener que trabajar.

El 1 de Enero de 1946 yo estaba desde primera hora bien alerta en la puerta de la sala privada donde se estrenaba la película que tan oportunamente había venido a secundar mis planes. Tenía buenos motivos para creer que era allí donde tendría lugar el último acto de aquel drama del que en mi fuero interno me consideraba ya protagonista. Todas las salidas del edificio estaban vigiladas, y yo seguro de que esta vez Murderking no se iba a escapar.

Creo que fui el único a quien el disparo no tomó por sorpresa. Cuando se encendió la luz esperaba encontrar, como efectivamente encontré, muerto a Don Ignacio Gozmasagarry, ilustre consejero y accionista principal de la productora y de otras diez o doce prósperas empresas. Había tenido tiempo de sobra para asegurarme de que en toda la Argentina no había en aquel momento ningún otro ciudadano con las letras de cuyo apellido pudiera escribirse la inverosímil palabra, Magyarorszag, con que los húngaros denominan a su país.

Lo que no me esperaba es que la pistola que acababa de ser disparada humeara aún en la propia mano del cadáver. Estaba seguro de que Gozmasagarry iba a ser la víctima, pero ni se me había pasado por la imaginación que fuera a resultar, además, el asesino...

Murderking se rió de mí hasta el final. No pude detenerlo, y solo después de muerto logré desenmascararlo. Finalmente resultó que mi difunto suegro tenía razón, yo era un fracaso como policía.

En cambio, como empresario y hombre de negocios, administrando la considerable fortuna que dejó en herencia a su única hija, mi mujer, la encantadora Estela Wolf, de soltera Estela Gozmasagarry, no creo haberme desempeñado desde entonces del todo mal...


NOTA DEL AUTOR:

Mi tío Guillermo, hermano de mi padre, se trasplantó a la Argentina a principio de los cuarenta. Allí se gano la vida de diversos y originales modos. Uno de ellos –imagino que no el más sustancioso- el componer, para no recuerdo qué periódico bonaerense, lo que llamaba "Problemas exactos al margen de las matemáticas", pequeños enigmas que los lectores debían resolver de una a otra semana. En mi casa conservo una buena colección de ellos, cerca de treinta. Eran pasatiempos muy del gusto de la época, que exigían del lector cierta cultura y una buena dosis de ingenio. De los treinta, yo no he logrado resolver, a ratos perdidos, más que cinco o seis. La trama básica de este relato es el planteamiento de uno de estos problemas, que, literalmente, decía así:

Los jefes de policía de todo el mundo estaban preocupados. Desde hacía varios años el día 1º de enero se cometía, indefectiblemente, un crimen misterioso en algún lugar de la tierra, y las víctimas eran siempre marcadas en la frente con la firma del asesino: “MURDERKING”

El primer cadáver había sido hallado el 1º de enero de 1937 en los jardines de Schönbrunn. Era el de un vagabundo llamado Moecix.

La víctima nº 2 (1938) fue la baronesa Uldenschadt. Su cadáver fue encontrado en Aleja Jerozolimska.

En 1939 el misterioso Murderking asesinó en el parque Uyeno al diplomático Reichtöser. Entonces se observó que las iniciales de los apellidos de las tres víctimas coincidían con las tres primeras letras de la firma del homicida. Las personas cuyo apellido empezaba con D temieron para el año siguiente la visita de aquel maniático.

Y en efecto: el 1º de enero de 1940 fue asesinada, en plena avenida Río Branco, la señora Dangeln. Las víctimas de los años siguientes fueron:

1941: el doctor Efnarc, cuyo cadáver fue “firmado” por Murderking en el cruce de Shaftesbury Avenue y Charing Cross Road.

1942: la bailarina Ragennati, en un hotel de la Kurfürstendamm.

1943: el coronel Klopsa, en una calle solitaria de Buda.

1944: la señorita Ibrals, en el bosque de Chapultepec.

1945: El gigoló Noppin, en un cabaret de la Place Pigalle.

Sólo faltaba un asesinato para que el siniestro Murderking completase su firma sangrienta. Una productora cinematográfica de Buenos Aires anunció que estaba llevando al celuloide este fatídico asunto con el título “La postrera víctima será G”.

Terminado el rodaje de la película, el 1º de enero de 1946 se proyectó una prueba privada, con asistencia del jefe de producción Garcitoral, las actrices Diana Gryn y Elena Garralde, el director Gloppenberzyls, los actores Gutiérrez, Grenelli y Goschetz, el escenista Gandogliatti, el cameraman Gil y los consejeros Gozmasagarry, Garrigartuzar y Glinka. Cuando el desenlace se aproximaba sonó en la sala una detonación, y al ser encendidas las luces pudo verse que uno de los doce espectadores acababa de suicidarse. Murderking había cerrado con una lógica perfecta el ciclo de sus diez crímenes. Si alguien hubiera estudiado más atentamente los apellidos de las víctimas y su relación con los nombres de los países en que se cometieron los nueve asesinatos, Murderking habría podido ser desenmascarado en vida.

¿CUAL DE LOS DOCE G. ERA EL ASESINO Y SUICIDA MURDERKING?

Como puede verse, lo único que se necesita para resoverlo es ubicar correctamente los escenarios de los crímenes -saber que la Kurfürstendamm está en Berlín, esas cosas- y darse cuenta de que los apellidos de las víctimas son acrósticos de los nombres de los países en que se cometen. Hecho lo cual, basta comprobar que el único de los candidatos a asesino cuyo apellido es acróstico del nombre vernáculo de Hungría es el tal Gozmasagarry para tener el problema resuelto. Cuando yo estaba resolviéndolo, trataba al tiempo de redactar una solución elegante para uso del resto de mis hermanos -nos entretenemos con estas cosas- y se me ocurrió resolver este, en concreto, desde el punto de vista de un policía que se enfrentara al caso. La complicada trama del relato no es, pues, de mi cosecha, me la dieron hecha, solo hacía falta vestirla un poco.

El policía debía ser argentino, puesto que allí tenía lugar el último crimen. A poco listo que fuera, tenía que haber localizado años antes a la futura víctima, porque no hay mucha gente apellidada con las mismas letras que Magyarorszag. (De hecho no creo que haya ninguna: el apellido Gozmasagarry suena lejanamente vasco, pero no existe) Y si, aún sabiendo quién era, como parece inevitable que sucediera, había decidido no avisarle y permitir su asesinato, tenía que ser porque lo conociera y tuviera interés en quitarlo de en medio. De ahí el inventarme un suegro rico y hostil, candidato nato al asesinato, si se me permite la cacofonía.

Por otra parte una serie de crímenes tan internacional exigía la cooperación de varias policías. Eso, en los años en que se sitúa el problema y teniendo que hacer cooperar a las policías inglesa y alemana, entre otras, resultaba más bien complicado. Me documenté un poco y ví que durante la II guerra mundial la Interpol no funcionó (o ya no recuerdo si existía, siquiera). Al final decidí que era una sola policía, la alemana, la que se ocupaba del caso en todo el mundo, para justificar lo cual tuve que hacer que todas las víctimas resultaran simpatizantes del nazismo y el Reich se sintiera lo suficientemente afectado por la serie de asesinatos como para interesar en él a su servicio secreto. Y de ahí, además, que el policía argentino deba ser de origen alemán y que el Abwehr recurra a este origen, y al del Comisario, para requerir extraoficialmente sus servicios.

Y lo demás es puro atrezzo. La mayoría de los apellidos resultan dificilmente creíbles, pero Efnarc, por ejemplo, era directamente imposible. Nadie puede llamarse así, por lo que me tuve que inventar el English Front de problemático nombre. Me divertí mucho escribiéndolo, debo reconocer.

Pero Dios no me ha llamado por el camino de la narrativa. Jamás hubiera sido capaz de idear semejante trama si no hubiera tenido como guión el problema de mi tío, que gloria haya. Y no creo que repita.







06 octubre 2007

Recompensa al bloguero pensante


El título de esta entrada se aviene mal con el contenido de la anterior, lo sé. Es una traducción del nombre de un premio, Thinking Blogger Award, que para mi estupefección acaba de conceder a este cajoncillo de sastre uno de sus improbables lectores, Miroslav Panciutti, que, aunque tiene un blog notoriamente más nutrido, interesante y bien escrito que este, llamado Conciertos y Desconciertos, que actualiza con la debida frecuencia, aún encuentra tiempo para leer a ratos el mío y, encima, tiene la amabilidad de proclamar que lo que en él encuentra le complace y le hace pensar. Es, pues, una traducción y una traducción mala sin remedio, porque a ver quién es capaz de encontrar un sinónimo castellano de "Blogger" que no suene bárbaro, como "bloguero", o cursi y forzado como cualquier posible derivado de "bitácora" al que de antemano renuncio; y porque lo de "pensante", aunque tenga el ilustre precedente de la "caña pensante" de Pascal, no acaba tampoco de satisfacerme, maniático que es uno y lleno de prevenciones contra los gerundios, los participios activos y otros lugares de perdición lingüística. Habría podido traducirlo por "Premio al bloguero que piensa", pero prefiero asumir la versión que menos me gusta y exhibir y proclamar sus defectos, a modo de expiación por las cosas terribles que tengo dichas - no son nada, al lado de las que tengo pensadas - de los traductores. Pobres y descarriados hermanos míos, ahora empiezo a comprenderos un poco mejor, y a vislumbrar que quizá no sea solo la maldad la que provoca vuestros notorios desmanes.

No tengo el gusto de conocer a Miroslav, aunque poco a poco voy conociendo su estupendo blog, pero tengo que agradecerle dos cosas importantes, aparte del disfrute que voy sacando de la lectura de sus textos.

O, mejor dicho, tres, si contamos como primera el hecho sorprendente de que me lea. El deseo de ser leído era lo que originalmente me hizo abrir el blog, pero poco a poco, por falta de satisfacción efectiva, lo había ido olvidando y vivía felizmente resignado al hecho de que mis lectores se redujeran a diez o doce amigos, que tampoco entraban muy a menudo una vez comprobaron que yo lo hacía con menos frecuencia aún. Así que descubrir que un perfecto desconocido leía mi blog y hasta me lo comentaba me supuso una emoción bastante considerable.

Más emoción aún me produjo, y ya vamos con la segunda cosa que le agradezco, comprobar que le gustaba lo que leía y que sus comentarios eran elogiosos, hasta el extremo de haber pensado en este blog cuando le llegó la hora de escoger a los cinco a los que se proponía agraciar con lo que acertadamente llama zinquin-bloguer-aguar.

Lo cual nos lleva a la tercera causa de mi agradecimiento: Miroslav me ha dado un excelente ejemplo de cómo repartir este galardón. En vez de concedérselo a cinco de los diez o doce blogs amiguetes que, como todos, él tendrá también, y contribuir así a su degradación, convirtiéndolo en un mecanismo más de la endogamia autocomplaciente que prolifera por tantos rincones de Internet, ha decidido dárselos a blogs de los que apenas sabe nada, que acaba de conocer y que se distinguen, no por recibir sus comentarios, hacérselos a él y alabarse mutuamente todos en una especie de orgía incestuosa, sino única y exclusivamente por hacerle pensar. Me parece francamente inteligente - amén, claro está, de halagador - por su parte y, en la medida de lo posible, me propongo hacer lo mismo.

Miroslav ha llevado su admirable discreción hasta el extremo de no hacer saber a los premiados que lo eran. Yo, por ejemplo, me he enterado de que tenía este premio por una comentarista, Inés Perada, - gracias, Inés - que ha sido tan amable de dejarme un comentario en el blog en el que, además de decir cosas inteligentes - quiero decir que me da la razón - me insinuaba que Miroslav hablaba de mí. Si no fuera por ella, habría seguido a por uvas hasta mi siguiente visita a Conciertos y desconciertos, que vaya usted a saber cuándo habría tenido lugar, porque estoy ocupadísimo y no frecuento ni mi blog, como para andar visitando los ajenos... No creo que yo haga lo mismo, porque si espero a que los premiados visiten mi blog para enterarse de que lo son no llegarán a saberlo jamás, y así tampoco tiene gracia. Pero salvo ese detalle, sí que me propongo hacer como Miroslav y dárselo a blogs con los que no me une más que la costumbre de leerlos de vez en cuando, porque lo que en ellos encuentro me gusta.

Bueno, al parecer la correcta recepción de este premio exige cumplir varios trámites: El primero es nombrar, a mi vez, otros cinco blogs que me hagan pensar y a los que yo, consecuentemente, otorgue el premio. (Estos galardones se extienden por Internet por este mecanismo multiplicador, lo que, salvando las distancias, los hace bastante parecidos a una epidemia, o a una de esas cadenas de cartas que no puedes romper so pena de ser despedido de tu trabajo o de romperte una pierna). Como la cuestión es bastante complicada y requiere su liturgia, la dejo para dentro de un ratito y, mientras me la pienso, sigo explicando el resto.

El segundo es, dice Miroslav, poner un link a la página original del premio, que al parecer es un blog de lengua inglesa llamado "Curiosity is the key to all wisdom" que fue quien instituyó el premio en fecha tan lejana como el pasado mes de Febrero. Puesto queda.

Y el tercero es mostrar en lugar visible la etiqueta que campea bajo el título de este post, el distintivo físico del premio, vaya; tarea que les confieso que me ha hecho pensar lo suyo antes de cumplirla con éxito. La de ponerla en un lugar permanente de mi blog me supera por completo. Mi plantilla es un libro apenas entreabierto para mí. De modo que espero que baste con su breve - no tan breve, dada la frecuencia con la que yo actualizo - exhibición en este post, porque de otra cosa no soy capaz.

Dicho lo cual, procedo a repartir mis TBA a los siguientes blogs, que recomiendo encarecidamente:

EL CLAVADISTA SOLITARIO, en el que Julián Bluff, recientemente trasplantado a Barcelona desde Madrid, publica unos personalísimos escritos, a mi juicio autobiográficos aunque él asegure que su propósito es el de engañar al lector; y que, si bien no son siempre fáciles de entender, cumplen como pocos el objetivo de hacernos pensar.

COMPLETAMENTE FUERA DE LUGAR COMO LA PIZZA TACO. Es un placer seguir la cuenta que esta andaluza que vive en Madrid va dando de su propia vida. Me permito recomendar especialmente, como buen resumen y muestra representativa, el post que hace ya tiempo dedicó al cumpleaños de su padre.

LA IMAGEN SOCIAL DEL BIBLIOTECARIO. Odd Librarian demuestra que tras el ceño adusto del bibliotecario tópico puede esconderse una inteligencia crítica muy aguda y francamente cachonda. Y ya quisieran escribir así muchos de los autores de su biblioteca.

HISTORIAS DE ESPAÑA. Un par de excelentes historiadores escribe sobre aspectos de la historia de España - y, cuando les apetece, también del resto del mundo - que normalmente no se encuentran en los manuales. Buenísima vulgarización, divertida, rigurosa y asequible.

ESTE LADO DE LA GALAXIA. Ignacio, valenciano feroz y de ideas claras, deja constancia diaria de lo mal que le parece casi todo. No es siempre fácil estar de acuerdo con él, y a veces es imposible; pero no se puede dejar de admirar su franqueza y su contundencia, y, personalmente, encontrar alguien que ha leído La saga/fuga de J.B. y la conoce a fondo me ha supuesto una satisfacción muy poco frecuente.

Postdata: No tiene nada que ver con lo hasta aquí dicho, pero aprovecho la entrada para hacer notar que, como quizás hayan advertido los más observadores de mis quince lectores, el nombre de este blog ha cambiado. ¿Por qué el nuevo nombre? Sabía que lo preguntarían. Bien, el júbilo es un sentimiento que me gusta y procuro experimentar siempre que puedo. La mañana, un buen momento para que nos visite. Y ambas cosas juntas, Júbilo matinal, son el título - en español, desde luego; el original es algo así como "Joy in the morning" - de una de las novelas con las que más he disfrutado de uno de los autores al que debo más horas de júbilo lector.




P.S.- Decir que este fragmento es la mejor música que jamás escribió Bach es tan tonto como afirmar que Bach es el mejor compositor que jamás escribió música. De acuerdo. No lo diré, pues. Pero sí que a a mi, probablemente, esta es la música que más me gusta del mundo.

07 septiembre 2007

Traductores en tejanos

Imagino que, como todo el mundo, los traductores de inglés se pondrán pantalones vaqueros en alguna ocasión. Incluso los que no, seguro que tienen algún trato con esta prenda, tienen hijos o parejas o amigos que los usan, y de vez en cuando tienen que hablar de, o al menos pensar en, pantalones vaqueros. Y, naturalmente, al hacerlo los llamarán así, utilizarán la palabra que en España emplea todo el mundo, desde hace cincuenta años, para referirse a estos pantalones: unos vaqueros.

¿Por qué entonces hay tantos traductores - pero tantos, fíjense ustedes y verán - que, cuando en el texto que traducen aparecen los pantalones en cuestión, utilizan la palabra “tejanos para traducir el original inglés? ¿Han visto que alguien, aparte de ellos mismos cuando traducen, llame “tejanos a otra cosa que a los naturales de Tejas? Nunca, nadie, en parte alguna de España, ha llamado “tejanos a los vaqueros, pero ellos perseveran, incomprensiblemente, en escribir “tejanos como traducción de “blue jeans, o como quiera que se diga en inglés. Mientras lo hacen probablemente vistan unos cómodos vaqueros a los que jamás se les ha ocurrido llamar de ninguna otra forma que vaqueros.

Es un misterio insondable.

Pero no es más que un ejemplo de un fenómeno que a mí no deja de intrigarme cada vez que abro un libro traducido, y que me permitiría en muchísimos casos saber que es traducido aunque ignorase el título y el autor. Un fenómeno por el cual muchos libros están escritos en un idioma que solo existe en sus páginas y que presenta diferencias sustanciales con cualquier castellano que alguien real haya hablado alguna vez.

Otro ejemplo: ¿nadie ha explicado a esos traductores que el pretérito imperfecto español no equivale ni en significado ni en uso al tiempo pasado inglés? La frase inglesa “She said me to be her friend” debe traducirse por “Dijo que yo era amigo suyo”. “Dijo”. Lo dijo en una ocasión específica, la única a la que se refiere la frase. No se puede traducir por “Decía que yo era amigo suyo”, porque en español el pretérito imperfecto, “decía”, implica, usado así, sin más complementos, que la afirmación se hacía con carácter habitual. No que se dijo en una sola ocasión, sino que se decía frecuente o habitualmente. En inglés, en cambio, el pasado, “said”, se refiere, como nuestro “dijo”, a una sola vez, la concreta vez de la que se está hablando. Y como no tiene, al contrario que el español, dos pretéritos distintos, cuando quiere extender la acción a un plazo indeterminado de tiempo pasado durante el que se realizó frecuente, habitual o constantemente, el inglés emplea el verbo to use: “She used to say me to be her friend.

Este “used suena como un clarín en la conciencia de nuestros traductores, los encabrita notablemente. Acuden diligentes a su diccionario, físico o mental, depende de cuánto sepan (de cuánto sepan de inglés, de español siempre saben más bien poquito). “To use: Soler”. ¡Ah! “Ella solía decir que yo era su amigo”, traducen concienzudos, dispuestos a no ignorar ni un matiz del texto original. Y ya los tenemos otra vez hablando de “tejanos”.

Soler + verbo en infinitivo”, en español no traducido - en español de vaqueros - es, efectivamente, realizar la acción del infinitivo con frecuencia. Y como el propio pretérito imperfecto ya proporciona, él solito y sin necesidad de ningún verbo auxiliar, ese significado de costumbre o frecuencia, "She used to say me to be..." debe traducirse, ahora sí, como “Decía que yo era...”, y el “solía” sobra por completo.

Y menos mal cuando se limita a sobrar, como en este caso, pero sin estorbar demasiado. Porque “soler”, en realidad, significa hacer con frecuencia o a veces la acción a que se refiere el verbo a cuyo infinitivo acompaña, no hacerla habitual, constante y regularmente. “Suele venir los martes” significa “Viene la mayoría de los martes” o “Casi siempre que viene es en martes”. Pero excluye la habitualidad indefectible. No se dice que “suele ocurrir” de algo que ocurre siempre, matemática e inexorablemente, ni tampoco de algo que ocurre de modo constante, ininterrumpido y permanente. No decimosDos y dos suelen ser cuatro”, porque en “soler” va implícita la idea de algo que sucede muchas veces, pero no todas las veces. Ni decimosMi hijo suele estudiar Arquitectura” cuando no es que se interese de vez en cuando por la materia, sino que está matriculado como alumno oficial en la Escuela Superior.

Eso a estos traductores no les importa nada, y así todos leemos con frecuencia frases como: “Solía ser amigo mío o “Solía ir a mi colegio, en vez de “Era amigo mío o “Iba a mi colegio. Y nos tenemos que imaginar al ciudadano declarando su amistad los lunes, miércoles y viernes para negarla los martes, jueves y fines de semana; o haciendo visitas esporádicas al colegio, hombre, Johny, qué te trae tanto por aquí.

Tampoco les importa que el español, al contrario que el inglés, omita salvo en contados casos el sujeto cuando es un pronombre personal. Ellos trabajan un texto inglés, en el que antes de un verbo siempre hay un “I”, un “you”, un “he”, un “she” o un “they”, y su compromiso de fidelidad a ese texto les prohíbe suprimir información tan sustancial como la que dan estos pronombres. Ni les importa que los adjetivos, que en inglés van inevitablemente antes del sustantivo, en español deban ir tras él, salvo en el caso específico y más bien raro de los epítetos. Las manías de los que hablamos español no les incumben. Lo que ellos saben es inglés, por eso lo traducen. Con el idioma de llegada ya nos apañaremos los lectores, que, como no sabemos inglés, podemos ocuparnos de esas tonterías.

Digo que no les importa, no que no lo sepan, y eso es lo que constituye para mí el misterio. Porque aquí no estoy hablando de los innumerables horrores que esas traducciones comparten con otros muchos textos escritos originalmente en castellano. No pienso ahora en los gerundios mal usados, en los “detrás suyo” ni en ninguna otra de las barbaridades comunes que muchos traductores, como mucha otra gente, escribe y dice por simple ignorancia. Todas ellas son espantosas, sí, pero no características de este idioma especial que podríamos llamar “español traducido”, porque desgraciadamente las podemos encontrar prácticamente en cualquier texto, traducido o no.

De lo que hablo ahora, lo que me intriga tan profundamente, son estas otras barbaridades específicas, que a veces no son ni siquiera eso, solo peculiaridades inexplicables, como los tejanos. Las que solo nos encontramos en textos traducidos y que, casi seguro, no tienen nada que ver con el idioma que usan normalmente, cuando no traducen, quienes incurren en ellas.

Si en su vida diaria también hablaran así, si normalmente dijeran “Yo solía ser del Real Madrid o “Ella solía tener largo su rubio pelo, lo entendería. Pero no es el caso. Mal o bien, hablan como todo el mundo, saben cómo se habla en español pero, por algún motivo con el que no soy capaz de dar, cuando traducen deciden no usar ese conocimiento y lo dejan cuidadosamente a un lado. Traducen deliberadamente a otro idioma distinto del que hablan, del que se habla. Usan vaqueros, pero ellos suelen traducir “tejanos.

06 septiembre 2007

Estupideces escogidas


- ¿Por qué escribe así su nombre, es que es extranjera?

- No, es solo que es imbéZil.


Un concierto de música sacra es uno de los pocos casos conocidos en que el órgano crea la función.


La Deuda Pública ¿es tener que andar por el barrio escondiéndote de los tenderos?


En el país de los riegos, el huerto es ley.


Hay matrimonios que fallan porque el tipo, en vez de una novia formal, se echó una fobia normal.


Si dejas tuerto a tu amigo, no le reproches luego que ya no te mire con los mismos ojos.


A palabras recias, oídos gordos.


El presidente del Gobierno guía su conducta por un criterio enteramente opuesto al de la mujer de César: no sólo tiene que ser DEShonesto, tiene, además, que NO parecerlo.