Hickory Dickory Dock - Elizabeth Mitchell
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NULLE DIES SINE LINEA
La mesa está repleta de papeles, de pipas,
de botes con objetos inútiles y sucios,
de libros, de ceniza, de cajas de cerillas,
de briznas de tabaco, de lápices, de plumas,
de luz de la bombilla, de esperanzas dormidas.
La radio toca ópera, y es como una amenaza
que nos grita de lejos alguien sin importancia
y se vuelve reproche cuando Chopin empieza.
Hay un papel en blanco que ya ha sido borrado
y propone de nuevo su puerta luminosa
como última esperanza de que pueda entrar alguien.
–Fuera, tras los cristales, la primavera acecha
en un tenso crepúsculo de azules y violetas
cruzado de promesas y urgencias enigmáticas–.
Hay también mis dos manos aferradas al lápiz,
forzando con su punta ninguna cerradura,
mis dos manos que luego volverán a la goma,
negarán este empeño, suprimirán los rastros
de un intento de fuga penado por las leyes.
Es justo, no me quejo, yo mismo le reprocho
a este escarbar fallido su torpe ineficacia,
su contraproducencia, si existe esta palabra,
que construye murallas cuando quiere saltarlas
y obstruye inútilmente el ojo de la llave
-sin contar con el gasto de papel, que es tan caro-.
En fin, vaya desastre, vaya pobre desastre,
tan de todos los días, ya tan sin importancia
que es tonta esta fatiga de seguir escribiendo
sílabas y más sílabas, de catorce en catorce.
¿Qué oscura coartada creo estar fabricándome
con esta ceremonia sin fines ni testigos?
No lo sé, y preguntarlo es también parte de ella,
–yo siempre soy muy listo, siempre voy por delante
y nadie me ha cogido nunca desprevenido–.
Predecir la derrota, ya que no va a vencerse;
ser idiota sabiéndolo queda un poco más digno.
Cosas como esta, que encontré el otro día en un cuaderno viejo, escribía yo en mi adolescencia. Como esta y como otras aún peores, que les evito a ustedes porque debe ponerse algún límite a la impudicia, por bloguero que uno sea. Ser joven tiene cosas estupendas, pero también hay que apechugar con lo malo.
No con demasiada frecuencia, diré en mi descargo. Solo a veces, como último recurso frente a esas tardes de final de invierno o de final de verano tan difíciles de sobrellevar con ecuanimidad cuando se tienen dieciseis o diecisiete años y un temperamento sensible.
Pero comprendí enseguida que la poesía, aunque ayudaba a coexistir –parcial y temporalmente, pero ayudaba– con las abrumadoras perplejidades de la edad, y aunque aliviaba –engañosamente, pero la aliviaba– la sensación de soledad a que tan proclives somos en esos duros años, no era lo mío. La cabeza me funciona de un modo demasiado rígido, el 'fondo' excesivamente supeditado a la 'forma', como para ser de veras poeta. No me implico, miro siempre desde fuera y mejor desde no muy cerca, todo lo analizo demasiado y además no acabo de tomarme en serio nada, empezando por mí mismo. Un poeta, pensé en algún momento de rara lucidez, debe de ser de otro modo distinto de como yo soy: más sincero, más inconsciente, más apasionado. Menos controlado, menos racional, con más imaginación, con menos sentido del humor.
Renuncié, pues, no sin pena, a escribir estas cosas, pero me quedó una tonta nostalgia del metro, del ritmo y de la rima. Una especie de compulsión, más física que otra cosa, hacia el enhebrado de sílabas, la construcción de ritmos y la búsqueda de consonantes. El breve paso de la poesía por mi vida me dejó nada más que su cáscara hueca y algo deteriorada, un mero interés por sus formas, sus apariencias y sus rituales, pero fue un interés muy persistente, que aún hoy colea de vez en cuando.
Le he encontrado salidas algo extrañas. Por ejemplo, esas traducciones de Brassens que ustedes habrán leído ya en este blog, espero. (Si no es así deben suspender aquí mismo la lectura y correr a empaparse de ellas. Ya.)
Y algunas otras menos exhibibles –y que, en consecuencia, me propongo exhibir acto seguido–.
Hace algún tiempo, por ejemplo, discutía yo con uno de mis corresponsales internéticos más asiduos sobre qué cosa es exactamenet un limerick. Como quizás sepan –y si no este enlace se lo hará saber enseguida, a poquito inglés que manejen– el limerick es una estrofa popular propia de la lengua inglesa, con una estructura temática, rítmica y métrica muy establecida: cinco versos que riman AABBA, habitualmente de carácter humorístico e intención obscena –"son esencialmente transgresores", dice la wiki, "y la violación del tabú es parte de su función"–. El primer verso presenta una persona y un lugar, este último colocado al final del verso y marcando, por tanto, cuál ha de ser su rima y la de los versos segundo y quinto. "Es frecuente la explotación de los nombres geográficos, especialmente de los exóticos, lo que se ve como una referencia a las clases de geografía para subvertir el decoro escolar."
En cuanto a su métrica, el primer, segundo y quinto verso deben medir tres pies, y el tercero y cuarto solo dos. Es decir, que la longitud de los versos del limerick se mide en pies métricos, no en sílabas, y en esta peculiaridad radicaba el origen de nuestra discusión: como hay pies muy distintos, tanto en longitud como en acentuación, de ellos resultan también limericks de muy distintos metro y ritmo. Mi interlocutor recordaba una cancioncilla inglesa de su infancia (el Hickory Dickory Dock del principio del post) que es a su juicio un limerick o estrofa análoga, y cuya letra está compuesta por una combinación de pies dáctilos (TÁ-ta-ta, para entendernos) y yámbicos (ta-TÁ, quiero decir); y sostenía que son limericks solo los que se atienen a ese mismo esquema rítmico. Yo, por mi parte, me empeñaba, contra su opinión, en que una melodía de mi niñez, cuya letra no recordaba, era perfectamente apta para encajar en ella un limerick, siempre que estuviera compuesto por pies anfíbracos (ta-TÁ-ta, si me siguen).
Agotados los argumentos teóricos, recurrí a los prácticos y, en un rapto de inspiración, compuse sobre la marcha los siguientes limericks, que además de no estar, modestia aparte, nada mal, cumplen con todos los requisitos de la definición canónica y pueden perfectamente ser cantados con mi melodía candidata, como se comprueba en el archivo adjunto que grabé días después tras pergeñarle con mi FinaleNotepad un acompañamiento pseudopianístico que me quedó la mar de aparente, no me digan que no (bajen el volumen de su ordenador si están leyendo esto en un lugar público):
Limerick Ad Hoc - Júbilo Matinal
Un poco zafios, no lo niego, pero qué quieren ustedes, lo exige la naturaleza de la estrofa. Y además tendrán ustedes que convenir conmigo en que la natural satisfacción que produce siempre una buena rima se ve, vaya usted a saber por qué, significativamente reforzada cuando el énfasis de lo rimado cae sobre una ordinariez rotunda, redonda e inequívoca. Así estamos hechos, yo al menos. Decir basteces en verso mola.
No los habría traído aquí, mancillando la pulcritud habitual de este blog fundamentalmente mesurado, si no fuera porque ilustran muy bien la clase de actividades parapoéticas de las que les hablaba líneas arriba, a las que me he tenido que dedicar esporádicamente, para aliviar mi prurito versificador, desde que comprendí que el ejercicio de la verdadera poesía quedaba fuera de mi alcance.
El mismo problema, ya que estamos, presenta este otro ejemplo, con el que daré por cerrado, nunca demasiado pronto, este impúdico post, y que para algunos de ustedes, queridos lectores, quizás no resulte nuevo, ya que su gestación tuvo lugar hace poco y, por decirlo así, coram populo: se produjo en los comentarios de un blog muy cercano y apreciado por mí, el de mi amigo Miroslav, y con la inestimable colaboración de otro bloguero amigo, Lansky. Miroslav había dedicado un sesudo post a la palabra cimbrel, uno de los muchos nombres que puede recibir el miembro viril. A Lansky le inspiró el asunto y en un comentario dejó esta sentida composición suya:
No con demasiada frecuencia, diré en mi descargo. Solo a veces, como último recurso frente a esas tardes de final de invierno o de final de verano tan difíciles de sobrellevar con ecuanimidad cuando se tienen dieciseis o diecisiete años y un temperamento sensible.
Pero comprendí enseguida que la poesía, aunque ayudaba a coexistir –parcial y temporalmente, pero ayudaba– con las abrumadoras perplejidades de la edad, y aunque aliviaba –engañosamente, pero la aliviaba– la sensación de soledad a que tan proclives somos en esos duros años, no era lo mío. La cabeza me funciona de un modo demasiado rígido, el 'fondo' excesivamente supeditado a la 'forma', como para ser de veras poeta. No me implico, miro siempre desde fuera y mejor desde no muy cerca, todo lo analizo demasiado y además no acabo de tomarme en serio nada, empezando por mí mismo. Un poeta, pensé en algún momento de rara lucidez, debe de ser de otro modo distinto de como yo soy: más sincero, más inconsciente, más apasionado. Menos controlado, menos racional, con más imaginación, con menos sentido del humor.
Renuncié, pues, no sin pena, a escribir estas cosas, pero me quedó una tonta nostalgia del metro, del ritmo y de la rima. Una especie de compulsión, más física que otra cosa, hacia el enhebrado de sílabas, la construcción de ritmos y la búsqueda de consonantes. El breve paso de la poesía por mi vida me dejó nada más que su cáscara hueca y algo deteriorada, un mero interés por sus formas, sus apariencias y sus rituales, pero fue un interés muy persistente, que aún hoy colea de vez en cuando.
Le he encontrado salidas algo extrañas. Por ejemplo, esas traducciones de Brassens que ustedes habrán leído ya en este blog, espero. (Si no es así deben suspender aquí mismo la lectura y correr a empaparse de ellas. Ya.)
Y algunas otras menos exhibibles –y que, en consecuencia, me propongo exhibir acto seguido–.
Hace algún tiempo, por ejemplo, discutía yo con uno de mis corresponsales internéticos más asiduos sobre qué cosa es exactamenet un limerick. Como quizás sepan –y si no este enlace se lo hará saber enseguida, a poquito inglés que manejen– el limerick es una estrofa popular propia de la lengua inglesa, con una estructura temática, rítmica y métrica muy establecida: cinco versos que riman AABBA, habitualmente de carácter humorístico e intención obscena –"son esencialmente transgresores", dice la wiki, "y la violación del tabú es parte de su función"–. El primer verso presenta una persona y un lugar, este último colocado al final del verso y marcando, por tanto, cuál ha de ser su rima y la de los versos segundo y quinto. "Es frecuente la explotación de los nombres geográficos, especialmente de los exóticos, lo que se ve como una referencia a las clases de geografía para subvertir el decoro escolar."
En cuanto a su métrica, el primer, segundo y quinto verso deben medir tres pies, y el tercero y cuarto solo dos. Es decir, que la longitud de los versos del limerick se mide en pies métricos, no en sílabas, y en esta peculiaridad radicaba el origen de nuestra discusión: como hay pies muy distintos, tanto en longitud como en acentuación, de ellos resultan también limericks de muy distintos metro y ritmo. Mi interlocutor recordaba una cancioncilla inglesa de su infancia (el Hickory Dickory Dock del principio del post) que es a su juicio un limerick o estrofa análoga, y cuya letra está compuesta por una combinación de pies dáctilos (TÁ-ta-ta, para entendernos) y yámbicos (ta-TÁ, quiero decir); y sostenía que son limericks solo los que se atienen a ese mismo esquema rítmico. Yo, por mi parte, me empeñaba, contra su opinión, en que una melodía de mi niñez, cuya letra no recordaba, era perfectamente apta para encajar en ella un limerick, siempre que estuviera compuesto por pies anfíbracos (ta-TÁ-ta, si me siguen).
Agotados los argumentos teóricos, recurrí a los prácticos y, en un rapto de inspiración, compuse sobre la marcha los siguientes limericks, que además de no estar, modestia aparte, nada mal, cumplen con todos los requisitos de la definición canónica y pueden perfectamente ser cantados con mi melodía candidata, como se comprueba en el archivo adjunto que grabé días después tras pergeñarle con mi FinaleNotepad un acompañamiento pseudopianístico que me quedó la mar de aparente, no me digan que no (bajen el volumen de su ordenador si están leyendo esto en un lugar público):
A mi novia la de Alicante
yo siempre le doy por delante.
Un día fui y ¡zas!
le dí por detrás,
y también le gustó bastante.
Es que en el Pais Valenciano
la gente es de trato muy llano,
y disfruta igual
un polvo frontal
que si un día les das por el ano.
Limerick Ad Hoc - Júbilo Matinal
Un poco zafios, no lo niego, pero qué quieren ustedes, lo exige la naturaleza de la estrofa. Y además tendrán ustedes que convenir conmigo en que la natural satisfacción que produce siempre una buena rima se ve, vaya usted a saber por qué, significativamente reforzada cuando el énfasis de lo rimado cae sobre una ordinariez rotunda, redonda e inequívoca. Así estamos hechos, yo al menos. Decir basteces en verso mola.
No los habría traído aquí, mancillando la pulcritud habitual de este blog fundamentalmente mesurado, si no fuera porque ilustran muy bien la clase de actividades parapoéticas de las que les hablaba líneas arriba, a las que me he tenido que dedicar esporádicamente, para aliviar mi prurito versificador, desde que comprendí que el ejercicio de la verdadera poesía quedaba fuera de mi alcance.
El mismo problema, ya que estamos, presenta este otro ejemplo, con el que daré por cerrado, nunca demasiado pronto, este impúdico post, y que para algunos de ustedes, queridos lectores, quizás no resulte nuevo, ya que su gestación tuvo lugar hace poco y, por decirlo así, coram populo: se produjo en los comentarios de un blog muy cercano y apreciado por mí, el de mi amigo Miroslav, y con la inestimable colaboración de otro bloguero amigo, Lansky. Miroslav había dedicado un sesudo post a la palabra cimbrel, uno de los muchos nombres que puede recibir el miembro viril. A Lansky le inspiró el asunto y en un comentario dejó esta sentida composición suya:
Llegué tarde a la oficina.Una simpática copla, como ven, inspirada y llena de aciertos temáticos pero necesitada, en mi opinión, de unos cuantos ajustes formales. Mi compulsión métrica se puso en marcha y me dispuse a suministrárselos. Este fue el resultado, tras un par de horitas de trabajo (las tardes de Agosto, de Rodríguez, dan para mucho):
Toda la culpa, de mi minina.
Esta mañana, recién levantado,
el cimbrel mío posaba amartillado.
Tomándole en mi mano,
le interpelé:
¿qué pretendes, despótico y ufano
¿ponerme en compromiso?
¿o hacerme caso omiso?
¿Acaso no ves
la hora qué es?
Hoy llegué con retraso a la oficina.Ya sé, ya sé. Se han quedado ustedes sin palabras. Mis versos suelen producir ese efecto. Bueno, tampoco son necesarias muchas más. Espero que la muestra les haya servido a ustedes para hacerse una idea de lo que me lleva hecho sufrir mi frustrada vocación de poeta.
Toda la culpa fue de mi minina.
(No, no es que tenga gato;
hablo, por descontado, de mi aparato.)
Casi dormido, apenas levantado,
me encontré mi cimbrel amartillado,
robusto, erecto, erguido,
más tieso que un cantueso florecido,
dispuesto, en fin, al diario desempeño
más que su pobre y soñoliento dueño.
Tomándolo en la mano
–“¿Qué pretendes, tan tieso y tan ufano?”
–le pregunté.– “¿Buscarme un compromiso?
Pues hoy tengo que hacerte caso omiso.
¡No tengo ni un minuto! ¿Es que no ves,
cacharro inoportuno, la hora que es?”
Me tuvo allí un buen rato,
yo “¡Que te abatas!” y él “¡Que no me abato!”,
él obstinado y duro, yo porfiando:
“¡Que te ablandes, pardiez!” “¡Que no me ablando!”
Y no hubo forma. El chisme es cabezota
y no acepta jamás una derrota.
Levantisco, anarquista y libertario,
no se le da una higa del horario,
e insiste, pertinaz, terco y cansino
hasta llevar el agua a su molino.
Cedí a sus pretensiones
–siempre acaba imponiendo sus... razones–,
arrimé al fin el ascua a su sardina
...y llegué con retraso a la oficina.

























