28 junio 2010

El jardín



Los Fronterizos - Serenata del 900 (1)


A Marta, que entiende que me pasen estas cosas.

Cuando se tienen seis años un jardín llega a ser tan grande como el mundo. Sobre todo un jardín de la sierra de Madrid, que en unos pocos cientos de metros cuadrados en cuesta acumula senderos, escaleras, cancelas, terrazas, setos, balaustradas de granito, encinas, acequias, porches y pinos en infinitas posibilidades de recorridos en torno a la casa. Un mundo maravilloso en el que jugar eternamente a policías y ladrones -la eternidad es una tarde de verano de la infancia- leer innumerables tebeos o dejar pasar el tiempo charlando y embriagándote de sol y olor a pino.


No llegué a pasar un día entero en aquel jardín y no sé cuántas de mis tardes, no más de dos o tres, supongo, transcurrirían en él. Visitas de un día a la casa que alquiló mi tío en el lejano verano del 64, excursiones desde Madrid a El Escorial para charlar los padres y jugar los primos al aire libre. Sé que nunca entré en la casa, que para mí se limitó siempre a su exterior, una parte más del jardín, su límite y su núcleo: muros de piedra con contraventanas verdes metálicas siempre cerradas y una puerta abierta a un vestíbulo oscuro y fresco, del que salía mi tía con la merienda. Pero el jardín quedó para siempre en mi memoria como el paradigma de los jardines, como la personificación de la sierra, como la quintaesencia de El Escorial. Y también como uno de mis emblemas privados del verano, las vacaciones, el juego, la aventura. La felicidad.


He estado luego en El Escorial incontables veces, y alguna, pasados los años, traté de localizar la casa y el jardín, pero siempre sin éxito. Nunca más lo encontré después de aquel verano. Sus senderos, sus recovecos, sus plantas, sus escaleras, sus terrazas y sus árboles, o más bien mis recorridos de niño que jugaba en el pequeño universo que todo ello formaba, así hurtados del mundo real, cuajaron entretanto en mi memoria como un escenario privado, casi onírico que, como muchos otros, -no sé si a alguien más le pasa esto que me pasa a mí:  los recuerdos, emociones, sensaciones y estados de ánimo me cristalizan en paisajes mentales, de cuya permanente y discreta presencia en mi cabeza soy apenas consciente- me ha acompañado desde entonces, catalizando calladamente, a modo de inadvertido pero luminoso telón de fondo, buena parte de mis pensamientos, sentimientos y vivencias. Buena parte de mi vida.


No es fácil, por eso, explicar mi impresión cuando hace unos días, tras deambular un rato por el laberinto de caminos flanqueados de jardines que se extiende entre la Herrería y el Horizontal, en la falda sur de Abantos, me encontré de repente frente al murete de granito. No era muy alto y tras él se elevaba, ofreciéndose a mi mirada en exacta materialización de mi impreciso decorado mental, todo el jardín en pendiente. Todo estaba allí, idéntico a mi recuerdo, cada escalera, cada seto, cada sendero, balaustrada y árbol colocándose obedientemente en su sitio a medida que mi vista y mi memoria iban constatando su asombrosa coincidencia en un único lugar real, al cabo de cuarenta y seis años de buscarlo cada una por su cuenta.


La casa parecía cerrada y vacía. Me subí al muro y, ya a punto de poner el pie en aquella mágica materialización de mis recuerdos más remotos, caí en la cuenta de que no es conveniente allanar moradas ajenas, por propias que sean en nuestro ánimo; menos aún con mi hijo mirando escandalizado cómo por una vez era yo el infractor. Me contuve, pues, y me conformé con mirarlo desde fuera. Lo rodée y pasé un largo rato acodado en el muro del otro lado, el que dominaba el jardín desde arriba, sumido en la fascinada contemplación de aquella irrupción del pasado, súbita y arrasadora. (Se me revivió, incluso -y me llevó un tiempo identificarla- una leve sensación de ansiedad que sin duda tenía -pero nunca había vuelto a recordarlo conscientemente- aquel lejano mes de agosto: la inminencia de mi primer curso de colegio, que yo sabía que iba a empezar poco después, a primeros de octubre.)


Es muy raro que se produzcan estos encuentros, tan completamente coincidentes y tan inopinados, entre nuestros recuerdos y la realidad recordada. A mí me ha ocurrido, con esta, en dos ocasiones, y en ambas me ha supuesto una experiencia intensa y algo catártica, una especie de aglutinación  y renovación repentinas de la propia personalidad, que tiende a diluirse y a atenuarse al  irse extendiendo a lo largo del tiempo y de improviso se encuentra reunida consigo misma en un momento concreto y olvidado del pasado. No es posible provocarlos, claro. Deben su potencia, su enorme y reveladora capacidad de trastornarnos, precisamente a que son incontrolables, por completo inesperados y muy poco frecuentes. Revulsivos, enriquecedores y, desde luego muy recomendables, si de algo sirviera recomendarlos.

(Imagino que la célebre magdalena no supuso para Proust una experiencia muy distinta de esta mía.  Pero mientras que el sabor y el tacto de unas pocas migas de bollo en una taza de té bastaron para desencadenar en la cabeza de Marcel su prodigiosa búsqueda del tiempo perdido, en la mía la aparición de todo un jardín no ha alcanzado a provocar -en  lo que a escribir se refiere, quiero decir- más que este modesto post. Es duro ver tan patentemente resumida en esa diferencia la distancia que me separa del genio. Mirémosle, no obstante, el lado bueno: esos siete tomos que nos hemos ahorrado todos.)

 * * * * * 


(1) La música elegida no parece tener gran relación con el texto, pero la tiene, y mucha. Es una canción que aquel verano cantábamos incansablemente mis hermanos y yo, traída a casa por nuestra particular y musical Cigarra, que la había aprendido no sé si en el colegio o con las guías. La cantábamos con otro ritmo y con letra ligeramente distinta, sin la menor idea de que fuera argentina. Muchos años después, recopilando con fervor de coleccionista por tiendas de segunda mano viejos vinilos de zambas, chacareras y vidalas, encontré en uno de ellos esta versión de Los Fronterizos, cuyo título no me dijo nada de entrada pero en la que, al oírla, reconocí con sorpresa la casi olvidada canción de mi infancia. Está aquí doblemente indicada, porque fue también alguno de aquellos veranos de los sesenta cuando entró en casa y en mi vida, de la mano esta vez de mi hermano Ricardo, la pasión que aún me dura por el folclore argentino.


Las fotos las he hecho en una visita posterior, más sosegada y ya no bajo los efectos del primer reencuentro. Tampoco esta vez me resolví a invadir el jardín, y tuve por tanto que hacerlas desde fuera. La fotografía nunca ha sido mi fuerte, y no me han salido muy allá. Pero permiten hacerse una idea.

21 junio 2010

Lo mejor de cada casa


Lluis Llach - Companys, no és això

No les reprocho que sean chorizos, ni siquiera creo que, como tanta gente afirma, lo sean mayoritariamente. Los hay que roban, es evidente. Probablemente más que en otras profesiones, porque tienen mucho más dinero a su alcance que casi todo el mundo, y muchas más facilidades para disponer de él, bien o mal. Pero estoy seguro de que los hay también escrupulosamente honrados, y hasta puedo admitir que la mayoría de ellos lo sea. El problema, pienso, es que manejan demasiado dinero, con demasiado poco control y con criterios demasiado fuera del alcance de los ciudadanos. Y que ya sé que éticamente no es lo mismo, pero quien emplea estúpidamente el dinero público, aunque no distraiga ni un céntimo, no causa un daño objetivo menor que quien lo trinca por las bravas para su provecho personal.

No les reprocho que sean mala gente, que olviden deliberadamente el bien común o que tengan de él una idea disparatada desde mi punto de vista. De algunos –de muchos, si soy sincero- me resulta difícil no pensarlo, pero es claro que mi criterio no es el único, que existen opiniones para todos los gustos y que hay ciudadanos, muchos, a los que parecen estupendas cosas para mi gusto aberrantes o absurdas; y nada prueba que la razón la tenga yo y no ellos. La cuestión no es tanto que las ideas o las conductas de muchos de ellos no me gusten como que casi ninguno acaba nunca de enunciar unas ideas ni de mantener una conducta que sean consecuentes y razonablemente predecibles, bien de acuerdo con mis preferencias, bien en contra de ellas. La claridad y la coherencia lógica son, probablemente, las cualidades que más aprecio en los comportamientos públicos, incluso aunque persigan objetivos opuestos a los míos, y son, precisamente, las que más echo en falta en los políticos. Parecen rehuirlas, de hecho, con tanto afán como yo las persigo. Ni para hacer lo que yo querría que hicieran ni para hacer lo contrario dan nunca los motivos que yo sería capaz de entender, compartiéndolos o no. Su especialidad, la de prácticamente todos, es decir a la vez una cosa y la contraria -no decir nunca claramente nada- y su pretensión caer bien a la mayor cantidad de gente posible. No hay discurso que más me irrite ni medio más seguro de caerme irremediablemente mal a mí. Para bien o para mal, la impresión que me dan es siempre la de una indefinición aleatoria con la que me molestan mucho más que que si decidida y francamente me llevaran la contraria o me perjudicaran.

No les reprocho que no sean muy inteligentes, aunque temo que pocos de ellos lo son. Estoy seguro de que su trabajo exige una clase específica de inteligencia, la que permite influir en la gente y predecir y dirigir su conducta, de la que yo carezco y que ellos, en cambio, tienen en grandes cantidades; y me libraré muy bien de desdeñarla porque sin duda es muy necesaria para gobernar con eficacia. Pero no puedo evitar pensar que a un gran número de ellos les faltan de modo alarmante las competencias básicas que a los ciudadanos normales nos permiten manejar nuestros asuntos, desenvolvernos en nuestro medio con cierta soltura y desempeñar nuestro oficio con solvencia al menos pasable. A la mayoría no es fácil imaginarlos haciendo otro trabajo útil y remunerado que el de la política, al que tantos parecen haberse dedicado en exclusiva desde su juventud y que, sin embargo, tan pocos hacen ni medianamente bien. En cambio son demasiadas las torpezas manifiestas y las estupideces mayúsculas que a diario les veo cometer desde el Gobierno, los gobiernillos, la Oposición o las oposicioncitas, y que no puedo explicarme de otro modo que atribuyéndoles una capacidad mental significativamente inferior a la media.

No les reprocho que tiendan a ser poco escrupulosos y que no parezcan tener mucho inconveniente en faltar a la verdad y a su propia palabra. Manejan -y tienen que dar la impresión de que controlan- una realidad que en gran medida no conocen ni entienden, compleja, cambiante y considerablemente ingobernable. Quizás sea excesivo, por tanto, exigirles que no se desdigan cuando son los propios hechos quienes les desdicen a diario, sin que por su parte puedan hacer otra cosa que poner cara de póquer y asegurar que eso que ha pasado no ha pasado en realidad, o que es exactamente lo que ellos dijeron que iba a pasar, o que eso que se han visto obligados a hacer es precisamente lo que siempre han afirmado que debía hacerse.

No les reprocho que sean prepotentes, vanidosos y ávidos de poder y de reconocimiento. La responsabilidad de los asuntos públicos me parece un engorro insoportable, que personalmente no asumiría nunca, y entiendo por eso que quienes, al contrario que yo, están dispuestos a echársela encima, lo hagan porque obtengan de ello unas compensaciones que yo ni deseo ni puedo siquiera imaginar. No me gusta el poder, solo hay una cosa que me moleste más que tener que ejercerlo sobre otros y es tener que soportar que otros lo ejerzan sobre mí. Y no me gusta nada, en general, la gente a la que le gusta. Pero comprendo que no es posible organizar una sociedad sin un mínimo ejercicio del poder y que, desde el momento en que alguien tiene que hacerla, es inevitable y hasta deseable que, como cualquier otra tarea, esta quede a cargo de quienes sientan inclinación por ella.


No les reprocho, digo, ninguna de estas cosas, ni alguna otra que se me esté olvidando, porque reprochárselas me parecería tan poco razonable como reprocharle al tigre que tenga rayas o como quejarse de que broten ajos en un campo donde se han plantado ajos, por utilizar la expresiva imagen de mi amigo Lansky.


Quiero decir con esto que los políticos son una casta que se cría y reproduce en un medio muy específico, los partidos políticos. Instituciones, por cuanto de ellas sé, cuyo funcionamiento requiere y fomenta que nadie pueda sobrevivir en su seno, ni mucho menos medrar hasta alcanzar la codiciada situación que permite figurar en las ejecutivas y en las listas electorales, sin las dosis adecuadas de determinadas cualidades entre las que sobresalen esas, precisamente, que no les quiero reprochar. Sin provisión suficiente de vanidad, arrogancia, falta de escrúpulos, desinterés por la especulación teórica, el razonamiento abstracto y la cultura en general, dedicación obsesiva y exclusiva a la propia promoción, obsequiosidad sumisa hacia quien manda, agresividad prepotente hacia quien no, conformismo con lo mayoritario y lo conocido, ostracismo contra las minorías y las innovaciones y despreocupada alegría para gastar el dinero ajeno, por no citar más que las condiciones más importantes, no creo que nadie pueda llegar, en ningún partido político español de ahora mismo, a otra cosa que a militante de base que pega carteles y corea consignas. ¿Cómo voy a quejarme  entonces de que sean como son, si todo el proceso de su selección, formación y promoción parece específicamente diseñado para asegurar que no puedan ser de otro modo?

(Posiblemente piensen ustedes que el post me ha salido excesivamente amargo, que exagero. Y hasta es posible que tengan razón. Ojalá. Si por ventura los hechos vinieran a demostrar que es así, les aseguro que yo sería el primero en celebrarlo.)

04 marzo 2010

Deliberadamente obtusos

Lo de menos es el asunto, aunque esta vez ha sido la prohibición de las corridas de toros en Cataluña. (Comparto con los nacionalistas catalanes el rechazo a las corridas. Comparto con quienes se oponen a ellos el rechazo a las prohibiciones. Pero, insisto, no es este el asunto) . También lo de menos es el sujeto, aunque esta vez ha sido un tal Mosterín, al que no tengo el gusto.

Al parecer Mosterín argumentó ayer ante el parlamento catalán que no puede aducirse en favor de las corridas de toros el hecho de que sean tradicionales, del mismo modo que no toleramos la ablación del clítoris por muy tradicional que sea en África.

Hoy no sé cuántos periódicos y no sé cuántas radios (una, al menos, que yo haya oído, pero me imagino que más) han denunciado que “los antitaurinos comparan las corridas con la ablación del clítoris”. Rajoy ha dicho que es “inaceptable comparar toros y mujeres”.

No sé cómo me escandaliza más, si como prueba de mala fe o como muestra de absoluta incapacidad lógica.

Mosterín se ha limitado a demostrar, mediante un caso extremo, en el que, por serlo, espera que todo el mundo esté de acuerdo y que, por ello, reduce la cuestión al meollo en que quiere centrarla y elimina de ella interferencias que la compliquen, que el hecho de que una práctica sea tradicional no basta para legitimarla.

Una vez demostrado este principio general, lo ha aplicado al asunto  específico que en ese momento trataba, que eran las corridas de toros.

Es una forma legítima y útil de argumentar, que todos usamos. Hasta tiene un nombre en latín: reductio ad absurdum. 

Cuando mi hijo me pide que le deje acostarse tarde, porque sus amigos lo hacen, y yo, en un rapto de originalidad, le digo “Y si tus amigos se tiraran por el balcón, ¿también tú querrías tirarte?” a nadie se le ocurre decir que estoy comparando acostarse tarde con tirarse por el balcón. Es posible que mi hijo, que es un dialéctico nato, lo argumente así, pero hasta él sabe, a sus once años, que está empleando una falacia, en mero ejercicio de su derecho al pataleo, y que lo que estoy haciendo es ilustrar un principio -no basta que mucha gente haga algo para volver recomendable ese algo- mediante un ejemplo que lo hace especialmente evidente precisamente por ser extremo. Lo entiende cualquiera.

Igual que cualquiera puede entender que el argumento de Mosterín no compara las corridas con la ablación, ni los toros con las mujeres: explica, para quien no sea deliberada o irremediablemente obtuso, que no basta que algo sea tradicional para que deba ser autorizado.

Pero hay cuestiones, por lo que se ve, que solo pueden defenderse mostrándose irremediable o deliberadamente obtuso.

03 febrero 2010

4'05 ANIVERSARIO



Franz Schubert
- Quinteto en La mayor "La Trucha", D. 667 - 4 Andantino (Fragmento)
Alfred Brendel, piano - Cleveland Quartet




A Marta, Miroslav, Lansky, Cigarra, dani maggio, Julián, Alas de Algodón, Zafferano, Isabel Vera, La Uge, Ignacio, Ricardo, La Delsa, MFantasma, Emma, Invectiva, Enrique, O'Clock, Ismo, Mery, Nora Hayden, Strika, Fauve, Female, Gironina, Mostrenco, David , César, Raleigh, Harazem, Amy, Matzerah, A la Oreja Verde, Pablo, Alvaro Erices, Chrysagon, Dante Bertini, Señorita Puri, Angie, Aurora, Pablo C, Levilibegas, Teresa, Gandi, Pachicha, comentaristas anónimos y lectores silenciosos todos, con mi agradecimiento.


MANIFIESTO BLOGUERO en un momento tan adecuado como cualquier otro

Hace un par de semanas, el 16 de Enero, este blog cumplió cuatro años. Fui consciente, pero decidí dejar pasar la fecha en un discreto silencio. El contador que tengo instalado (al final del todo, debajo del primer post, para que no se vea mucho) marca un poco más de treinta mil visitas –como no tengo ni idea de cuándo lo instalé, hace unos dos años, la cifra no me dice nada– y no hace mucho, por tanto, que debió de marcar treinta mil justas. No me enteré -lo miro de ciento en viento- pero si lo hubiera hecho también habría sido un buen pretexto para celebrar un cumplealgos. Y también me habría dado pereza.


Para qué negarlo: probablemente me mostraría más partidario de los aniversarios y de los números redondos, y menos descuidado para señalarlos, si tuviera unas cifras un poco menos escuálidas que presentar. Pero la verdad es que sesenta y cinco entradas (¡hombre, mira, sesenta era un número redondo! Y la mar de sexagesimal, además... También habría podido celebrar eso ¿no?) en cuatro años no es un dato de los que impresionan. No llegan ni a una y media al mes. Y si hablamos de visitas… el StatCounter –ese solo lo puedo ver yo– registra, por ejemplo, que durante el mes de Diciembre he tenido mil ciento sesenta. Son muy pocas, una media de treinta y ocho diarias, pero son menos aún si tengo en cuenta que un único visitante que haga clic sobre el nombre de cinco posts distintos –para leer los comentarios, por ejemplo– cuenta como cinco. Y que este blog, como cualquiera, me imagino, tiene cerca de una cuarta parte de visitas casuales, a quienes Google o Yahoo han traído por los pelos, que buscan algo que nada tiene que ver con lo que encuentran, se van a los dos segundos, una vez comprobado que esto es así, y no vuelven jamás.

(Mi contador, por cierto, me informa de las claves de búsqueda de mis visitantes, y resulta francamente divertido ver las cosas que la gente puede llegar a teclear en los buscadores: algunos deben de pensar que hay en la red un enanito sabio al que dirigen sus investigaciones, y ponen, por ejemplo: "
Quiero saber cuántos versos tiene un soneto", por lo cual imagino que les saltarán centenares de miles de páginas que contengan las palabras "quiero", "saber" y "cuántos", realmente útiles en su búsqueda.

Tomen ustedes nota, ya que estamos, y no tecleen nunca cosas como "
sexo con menores" o "venenos indetectables"; la Policía puede seguirle la pista a su IP.)

Soy muy consciente de que ambas cosas, número de entradas y número de visitantes, están directamente relacionadas: hasta el lector más entusiasta y fiel acaba raleando sus visitas si, vez tras vez, encuentra el mismo post de hace diez días, y de hace quince, y de hace mes y medio. El bloguero que quiera lectores numerosos y asiduos tiene que ser, a su vez, asiduo y prolífico escribiendo. Yo no soy ni ninguna de las dos cosas. Escribo cuando me sale, y me sale muy de vez en cuando. La mayor parte de las veces, encima, en blogs ajenos. Si se reunieran todos los comentarios que en estos cuatro años he esparcido por los cinco o seis blogs que más frecuento, con cualquiera de mis dos seudónimos, probablemente abultarían diez o doce veces más que lo que en el mismo tiempo he publicado en el mío, y hasta es posible que tuvieran bastante más enjundia.

Y no es que sea así de generoso, no: soy simplemente desorganizado, caótico y adicto a convertir la improvisación en sistema. Escribo al impulso del momento y no tengo claro qué quiero decir y cómo exactamente voy a decirlo hasta que llevo tres o cuatro frases tecleadas. Si no hay nada inmediato -un post ajeno, por ejemplo- que me impulse a a escribir esas tres o cuatro frases, la mejor de las ideas puede quedarse durante meses tomando forma en mi cabeza, con el vago propósito de convertirse algún día en post.

Y lo cierto es que ni siquiera lo lamento demasiado. A estas alturas de mi vida no es solo que me haya acostumbrado a ser así, es que, en realidad, me he aficionado. Tiene mal remedio.

Quizás lo que digo esté sonando a disculpa. Me apresuro a negarlo. No me parece que tenga nada de que disculparme con nadie. ("Al cabo, nada os debo; debeisme cuanto he escrito...") No creo tener ninguna obligación de escribir ni de publicar, ni para con mis lectores ni para conmigo, del mismo modo que no creo que nadie tenga ninguna obligación de leerme ni de comentarme. Empecé esta historia porque me apeteció, la mantengo porque sigue divirtiéndome y perseveraré hasta que deje de disfrutar con ella, al margen de que tenga o no lectores y comentarios.

Este blog es mi patio interior, mi huerto de reposo y mi lugar de esparcimiento –o uno de ellos, al menos– es decir, un medio de cultivar la noble ocupación de la pereza, en el mejor sentido de esta estupenda palabra –y en el mejor también de la sospechosa palabra ocupación–. Abierto, desde luego, a todos los amigos y visitantes que quieran asomarse y compartir mis placenteras formas de perder el tiempo, pero ajeno y opuesto desde su misma concepción a horarios, plazos, objetivos y prisas. Si algún día empezara a sentirlo como una obligación, o a inquietarme por no publicar con la suficiente frecuencia, o a preocuparme por recibir pocos comentarios, entonces sí que sabría llegado el momento de dejarlo. La vida impone ya suficientes agobios como para que uno mismo se vaya a buscar sin necesidad ni uno solo más.

Todo lo cual no quita, naturalmente, para que me guste enormemente tener lectores, y más aún tener comentarios, que es casi la única forma de saber con certeza que se tienen lectores (casi la única, pero no del todo; descubrir en StatCounter a un lector silencioso que se ha pasado treinta o cuarenta minutos leyendo post tras post, aunque no diga nada, es casi igual de emocionante que recibir un comentario inteligente o entusiasta). De hecho, y en contra de lo que acabo de decir dos párrafos más arriba –pero no me desdigo– el hecho mismo de publicar en un blog lo que se escribe, en vez de guardarlo en un cajón, implica que, en realidad, se desea ser leído. (El hecho mismo de escribir, se haga luego con lo escrito lo que se haga, ¿no implica que se desea ser leído?)

Por añadidura, con algunos de mis lectores –de algunos de los cuales soy, a mi vez, lector– he llegado a establecer una verdadera amistad, que no por ser básicamente virtual es menos sólida y fundamentada. Y algunos de mis amigos se han convertido, por el camino inverso, en lectores de este blog. ¿Puede pedírsele más a una actividad que, encima, me divierte por sí misma?

En fin, aunque es cierto que los resultados numéricos que puedo exhibir rozan lo mísero; y aunque no lo es menos que preferiría que no fuera así, también lo es que no me importa demasiado. Este blog me ha dado, me da y espero que me dé en el futuro muchas satisfacciones más importantes que un número alto de posts, de lectores o de comentarios.

La primera, la fundamental de conseguir dejar dicho algo que se tenía ganas de decir. Yo pienso en el acto de escribir y por eso para mí escribir sobre un asunto es a la vez el medio y el resultado de aclarar mis propias ideas sobre ese asunto. Una vez que he conseguido formularlas dejan de bullirme en la cabeza y me permiten desentenderme de ellas y pasar a otra cuestión. (Podría decirse que pienso escribiendo. Visto lo poco que escribo, mejor no sacar consecuencias). La conciencia de que mi proceso mental, además, va a ser leído, quizás no por mucha gente pero sí por gente que me merece mucho respeto intelectual y personal (saluden, fieles lectores míos), me obliga a ser más riguroso a la hora de documentarme, más –solo un poco, pero bueno– ponderado de lo que naturalmente tiendo a ser y también más exacto e inequívoco en la expresión de lo que quiero decir.

Luego están las satisfacciones puntuales. Tuve una enorme, por ejemplo, con el post sobre Los Encartelados, de Gonzalo Arias. Que el propio Arias llegara a leerlo, que lo hiciera en el momento en que lo hizo y que todo ello sucediera por casualidad me impresionó de un modo muy especial. En otro orden de cosas, me satisface notablemente haber dado a conocer las que considero, aunque me esté mal el decirlo, unas buenas traducciones de Brassens, con las que he disfrutado mucho. Así como haber hecho pública la única ficción que jamás he escrito y probablemente jamás escribiré, Murderking y yo, con cuya trabajosa confección me divertí tanto. Sé que no es un buen relato y ni siquiera es del todo mío, pero es, por el momento al menos, mi único relato y, en consecuencia, le tengo un tonto e innegable cariño. En general todos mis revoloteos de mente dispersa por las cuestiones dispares y generalmente irrelevantes con las que suelo perder el tiempo desde pequeño –valgan de ejemplo mis incursiones en el terreno de la música– me resultan mucho más placenteras desde que tengo esta especie de vitrina donde ponerlas todas juntas al alcance de quien las quiera mirar (y, desde que, encima, resulta que de vez en cuando hasta hay alguien que las mira).

Resumiendo: quizás precisamente porque publico tan pocos, cada post tiene algo de especial para mí, va cargado de trabajo, de cuidado, de elección de músicas y de fotos, de mí mismo. En este blog hay, esa es la cuestión, algo de mí que no está en ningún otro sitio. Mientras siga siendo así, seguirá mereciéndome la pena.


Post scriptum: Aprovecho que me ha dado por el desahogo narcisista para referirme al asunto de mis nicks. Escogí, para firmar mis comentarios por esos blogs de Dios, el nombre de Vanbrughun personaje de una novela de mi infancia(1) que siempre me cayó muy bien, no el arquitecto y autor teatral inglés del S. XVII– un poco al azar, porque fue el primero que se me ocurrió, y mucho antes de pensar en tener un blog propio. Lo conservé porque, una vez elegida una personalidad virtual, más vale atenerse a ella y no sembrar por la blogosfera más confusión que la imprescindible. Luego abrí un blog con mi propio nombre, y durante mucho tiempo mantuve escrupulosamente separadas mis dos actividades internéticas, la de bloguero y la de comentarista. Llegó un momento, sin embargo, en que empezaron a converger, y entonces surgió un nuevo problema: no deseaba que cualquiera pudiera identificar el nombre y el apellido con los que me paseo por el mundo ni con el nick Vanbrugh ni con el autor de lo que aparece en mi blog. No es que tenga nada que ocultar, ni ningún inconveniente en que ustedes, queridos lectores habituales, sepan cómo me llamo en el siglo, como muchos de ustedes lo saben ya. Pero hay, en cambio, alguna gente a la que conozco y trato porque no tengo más remediopienso fundamentalmente en algunos individuos a los que mi trabajo me constriñe a tratar con una inmerecida cortesía; y si alguno de ellos por casualidad lee esto espero que se dé por aludido– y a la cual me desagrada visceralmente imaginar siquiera leyendo estas páginas personales –del mismo modo que no quiero tampoco pensar en verlos en mi casa, o tratando con mi familia o con mis amigos: pura higiene vital–. Que esa gente pueda caer por aquí sin más que teclear en Google mi nombre civil me molesta extraordinariamente. Para evitarlo, o al menos dificultarlo en lo posible, cambié el nombre al blog, lo mudé de dominio y así surgió Júbilo Matinal como nuevo nick. Al principio traté de mantener la ficción de que Vanbrugh y Júbilo fueran dos personas distintas, pero nunca con demasiada convicción; y gradualmente fueron confundiéndose en una satisfactoria amalgama. Ahora mismo sigo siendo dos, a efectos internéticos, y aunque sería incapaz de establecer claramente cuándo soy uno y cuándo soy otro, sigue habiendo cosas que me apetece más firmar de un modo y cosas que me pide más el cuerpo firmar del otro. Algún escape hay que darle a la propia esquizofrenia y ¿por qué ibamos a dejar el monopolio de los conflictos identitarios a los nacionalistas y a la Santísima Trinidad?


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(1)
¿Alguien sabe decirme de cuál?– (No, Cigarra, tú no. Baja el dedo.)

09 diciembre 2009

Huelga de hambre

Manifiesto políticamente incorrecto.

(Ya está bien de escribir cosas que despiertan simpatía y adhesión, hombre. Me apetece variar...)

Mi salud ya no va siendo la que era, mis digestiones se han vuelto más delicadas y, en consecuencia, ya no puedo permitirme excesos que antes cometía sin el menor problema. Como, por ejemplo, leer todos los días el periódico. Es una práctica que he tenido que restringir muy drásticamente, porque sus consecuencias empezaban a afectar a mi salud y a mi vida social. Me estaba volviendo suspicaz, gruñón y sujeto a cambios repentinos de humor. Desde que el que leo más a menudo es este, y los demás apenas los hojeo los fines de semana, he vuelto a ser un sujeto cordial, bien dispuesto hacia mi prójimo y de trato fácil y grato, o al menos esa es la ilusión que me hago. Y este feliz resultado me compensa sobradamente de la falta de información. (Sé que quedaré mal diciéndolo, pero cada vez me importa menos cómo quedo. Y si no aprovechamos ahora, que todavía nos dejan asomarnos a Internet -tengo la clara impresión de que no por mucho tiempo- para decir lo que nos pide el cuerpo, corremos serio peligro de quedarnos para los restos sin haberlo dicho.)

Por tanto, y a eso es a lo que iba, sé realmente muy poquito sobre cuáles son las circunstancias exactas que han llevado a Aminatu Haidar a su actual situación. Me basta, por ejemplo, saber que en sus problemas anda implicado el buen Mohamed, rey de Marruecos y digno hijo de su buen padre Hassan, para imaginarme sin mucho esfuerzo que la tal Aminatu tendrá bastante razón en su querella con ese progresista país y su ilustrado monarca. Me basta, igualmente, saber que su actitud pone a España en una situación difícil para imaginarme con no más trabajo que nuestro sin par Gobierno habrá metido alguna clase de pata, perpetrado alguna pifia o cometido, en general, alguna de las torpezas inoportunas e inútiles en que parece consistir el grueso de su política, singularmente en lo que se refiere a política internacional. Y por otra parte me basta saber que la postura de Aminatu tiene algo que ver con reivindicaciones nacionalistas para que me apetezca muy poco darle la razón, aunque sea contra el repugnante reyezuelo marroquí. Todas mis simpatías están con los saharauis cuando los considero como súbditos y víctimas del esclarecido primo africano de nuestro propio rey, como lo están con cualquier otro desgraciado ciudadano que comparta esa triste situación, sea del Sáhara o del Rif, árabe o tuareg, musulmán o ateo. Pero, lo siento, ni un poquito de ellas acompañan a las reivindicaciones nacionales del antiguo Sáhara español. El más mínimo vislumbre de reivindicación nacionalista, sea saharaui, española, vasca, catalana o servocroata, me encuentra automática y visceralmente en contra, no puedo ni quiero remediarlo. Y una ciudadana que centra sus diferencias con Mohamed en una cuestión en mi opinión tan necia como la independencia de un pedazo de país, y que cree razonable hacer un problema de cuál sea el Estado con cuyo pasaporte puede andar por el mundo tiene, de entrada, muy pocas probabilidades de coincidir conmigo en ninguna opinión que me importe.

De manera que, si entrara en el fondo del asunto, probablemente no tendría muy fácil saber si estoy a favor o en contra de la postura de Aminatu. Pero la propia señora Haidar me ha evitado el dilema. Se ha puesto en huelga de hambre y al hacerlo ha perdido irremisiblemente cualquier posibilidad que antes tuviera de que yo pueda llegar a darle la razón. Ya no me importa saber qué pretende: desde el momento en que lo pide con una huelga de hambre sé que, sea lo que sea, yo no quiero que lo consiga.

Hay pocas cosas que me parezcan más recomendables que no prestar atención a quien dedica el grueso de su actividad a conseguir que se le preste. En todos los casos, pero más aún si para conseguir esa atención emplea la coacción y el chantaje. Y la huelga de hambre, hágala quien la haga y tenga o no razón antes de emprenderla, a mi juicio no es más que un instrumento de coacción y chantaje que, como ocurre siempre con el empleo de medios ilegítimos, contamina de ilegitimidad cualquier fin en cuyo servicio se emplee.

Nunca he comprendido la buena prensa de la que goza esta especie de terrorismo masoquista, ni las simpatías que suele despertar, salvo en casos escandalosamente odiosos, como el de de Juana Chaos, que en paz descanse. (Ya sé, ya, que no se ha muerto. Razón de más para que yo le desee que descanse en paz.) En mi opinión sólo se diferencia de otros métodos violentos en que evita las víctimas inocentes e involuntarias. No es una diferencia desdeñable, desde luego, y gracias a ella miro con menos inquina al huelguista de hambre que a quien coloca una bomba o amenaza con matar a un rehén. Pero nada más que eso, un poco menos de inquina. Aunque presenta innegables ventajas sobre otros métodos de coacción, sigue siendo uno de ellos, que intenta lograr sus fines con la amenaza de causar víctimas. Y como ante cualquier otro método basado en la coacción y la amenaza, creo que jamás hay que ceder ante una huelga de hambre. Por principio. Tenga o no razón quien la utiliza, y pida con ella lo que pida, creo que siempre hay que asegurarse de que no lo consiga en tanto lo pretenda por el repugnante sistema de amenazarnos y estremecernos con el espectáculo de su suicidio lento y público.

"Si muere, la habrá matado el Gobierno español", leí ayer, en un descuido, que declaraba el hermano de la huelguista. Es mentira, claro. Si alguien muere por negarse a comer, nadie más que él mismo es responsable de su muerte, y las relaciones que él pretenda establecer entre su falta de alimentación y cualquier otra cuestión son asunto exclusivamente suyo, que no compete ni obliga a nadie más. Pero es una mentira que mucha gente decide gustosamente creer y repetir, gracias a lo cual sigue y seguirá habiendo gente que cree que ponerse en huelga de hambre es un buen sistema para conseguir que alguien haga lo que, en principio, no estaba dispuesto a hacer.

Personalmente ese intento tramposo y arrogante de trasladar la responsabilidad de la muerte desde quien evidentemente sí la tiene -el huelguista que decide no comer, tenga o no razón en sus pretensiones- hasta quien en ningún caso la puede tener -la instancia de la que el huelguista espera el cumplimiento de sus exigencias, esté o no obligada a cumplirlas de acuerdo con cualquier otro criterio- traslado de la responsabilidad que es el mecanismo en que se basa la huelga de hambre, y que es más eficaz cuantos más papanatas falsamente compasivos lo coreen y lo secunden, me despierta una antipatía automática y sin posibles paliativos. Insisto: póngase usted en huelga de hambre para pedir cualquier cosa, así sea la reivindicación más justa del mundo y más acorde con mis opiniones, y habrá conseguido que, sin más consideraciones, yo pase a desear con fervor que no consiga usted su pretensión. Así soy de mala persona.

Si hay alguien en este mundo que me resulta odioso, inmediatamente después de quien convierte en víctimas a los demás, es quien se convierte en víctima a sí mismo.

24 noviembre 2009

Al amor del marido

Sé poco de la vida privada de Georges Brassens. En parte porque soy poco fetichista, de los literatos me interesa la literatura, de los músicos la música y de Brassens, las canciones, esa magnífica mezcla de ambas cosas; sus anécdotas, sus cotilleos y sus características personales, en cambio, me interesan muy poco, solo en la medida, que creo escasa, en que me sirvan para entender mejor las canciones y disfrutarlas más. Y en parte porque Brassens fue siempre un hombre discreto que eludió la notoriedad y mantuvo siempre su intimidad fuera de la luz pública.


Georges Brassens - Les trompettes de la renommée

Hay una estupenda canción, Les trompettes de la renommée, Las trompetas de la fama, en la que hace declaración explícita de principios a este respecto y dice que se niega a dar tres cuartos al pregonero ("les crier sur les toit et sur l'air des lampions") acerca de las cuestiones que considera de su intimidad, a pesar de los consejos de los enterados: "Les gens de bon conseil ont su me faire comprendre qu'à l'homme de la rue j'avais des comptes à rendre, et que, sous peine de choir dans un oubli complet, je devais mettre au grand jour tous mes petits secrets". ("Gentes de buen consejo me han hecho comprender que tengo que rendir cuentas al hombre de la calle y que, so pena de caer en un completo olvido, debo sacar a la luz mis pequeños secretos"). (¡Y esto lo decía en 1962, cuando las revistas del corazón empezaban a asomarse apenas a los escándalos de los famosos con lo que hoy juzgaríamos una delicadeza exquisita y no se habían inventado aún los programas televisivos de carnaza!) Pero él lo tenía muy claro: "À toute exhibition ma nature est rétive, souffrant d'une modestie quasiment maladive, je ne fais voir mes organes procréateurs à personne, excepté mes femmes et mes docteurs". ("Mi naturaleza es contraria a toda exhibición y, como sufro de una modestia casi enfermiza no dejo ver mis órganos procreadores a nadie, excepto a mis mujeres y a mis médicos"). De modo que la conclusión es tajante: "Refusant d'acquitter la rançon de la gloire, sur mon brin de laurier je m'endors comme un loir". ("Negándome a pagar el precio de la gloria, me duermo como un lirón sobre mi ramo de laurel").


Georges Brassens - À l'ombre des maris

Todo esto viene a cuento de la canción que hoy traigo, Á l'ombre des maris, literalmente A la sombra de los maridos, aunque yo la he traducido, con lo que inmodestamente considero un buen hallazgo, por la anfibológica expresión Al amor del marido, que a la vez alude al afecto que, en sus adulterios, dice haber desarrollado por los maridos de las interesadas, y a la cómoda situación en que se siente "a su amor", es decir, cerca de ellos y disfrutando de su compañía, igual que se está "al amor" de la lumbre. Porque esa es la tesis de la canción, que el amor adúltero es el mejor precisamente por el encanto que le presta el desarrollarse al amor del marido.

No sé, como digo, cuáles ni cuántos fueron los adulterios de Brassens en la práctica, ni si, efectivamente, desarrolló en ellos la estupenda relación con los correspondientes maridos que describe en la canción (...son mari et moi, c'est Oreste et Pylades), pero la teoría me parece francamente cachonda, una manera sumamente conyugal y doméstica de entender lo que en principio parece un ataque frontal contra las virtudes domésticas y conyugales, que queda perfectamente resumida en el estribillo: Ne jettez pas la pierre à la femme adultère, je suis derrière..! ¡No tiréis piedras a la mujer adúltera, que estoy yo detrás..!

(Hoy estoy poco modesto, así que permítanme otra observación sobre las virtudes de mi traducción: la estrofa original francesa es un serventesio alejandrino, es decir, cuatro versos de catorce sílabas que riman en consonante ABAB. Yo he introducido en los versos primero y tercero una nueva rima interior al final del primer hemistiquio o, lo que es lo mismo, los he dividido en dos versos de siete sílabas, por lo que en mi versión española cada estrofa tiene cuatro versos de siete sílabas y dos de catorce, que riman ABCABC. Así soy de chulo...)

En fin, el resultado es este, júzguenlo ustedes mismos:

AL AMOR DEL MARIDO

No se sorprenda usté
si afirmo claramente
que, si fuera bombero, me iría a salvar,
en cualquier caso de
catástrofe inminente,
las esposas infieles en primer lugar.

No tire piedras, no,
a la mujer que pecó,
detrás estoy yo...
Porque para calmar
mis ardientes afanes
de pobre solitario sediento de amor,
nada puedo encontrar
mejor que los desmanes
que una adúltera esposa comete en mi honor.

Usted actúe, pues,
como mejor entienda;
pero yo, por mi parte, puedo asegurar
que el adulterio es
una cosa estupenda,
y un marido en mi amor nunca debe faltar.

Pero ¡mucha atención,
pues no cualquiera vale!
Es preciso elegir, escoger, mirar bien.
Si busco amores con
la señora González,
miro a ver si González me gusta también.

Lo mejor es que el tal
me caiga bien de entrada.
Cuando así no sucede, no hay nada que hacer.
Yo soy muy especial
y no me gusta nada
con cualquier infeliz compartir la mujer.

Cuando no era más que un
jovenzuelo inexperto,
con mujeres de polis derroché mi amor.
Yo no tenía aún
el buen gusto despierto,
hace tiempo que ya no cometo ese error.

Quizá me paso de
exigente, pero estimo
que el marido ha de ser un sujeto cabal,
pues al final sé que
siempre con él intimo
de tanto compartir el lecho conyugal.

Un buen marido da
mucho encanto a la cosa.
Hay marido tan bueno, tan tierno, tan fiel,
que incluso cuando ya
no se quiere a su esposa
hay que fingir que sí, por quedar bien con él.

Ese es mi caso actual.
Solo apenas consigo
cumplir mi obligación con su horrible mujer,
pero estaría mal
desairar a un amigo,
y, por no disgustarle, no puedo romper.

Encima de que no
me gusta, ella me engaña,
y cuando yo, furioso, me enfrento a los dos
"¡Ya basta! ¡Se acabó!"
-vocifero con saña.
Y él me suplica: "¡No, no nos deje, por Dios!"

Al ratito después
de nuevo estamos tiernos.
Yo le digo: "Es usted mi cornudo mejor."
Y él responde, cortés:
"Entre todos mis cuernos,
los que me ha puesto usted son mi timbre de honor."

Así que sigo allá,
y cuando la muy fresca
se retrasa por culpa de algún nuevo amor,
y la chacha no está,
y él se ha marchao de pesca,
el que cuida a los niños es un servidor.

À L'OMBRE DES MARIS

Les dragons de vertu
n'en prennent pas ombrage,
si j'avais eu l'honneur de commander à bord,
à bord du Titanic
quand il a fait naufrage,
j'aurais crié: "Les femmes adultères d'abord!"

Ne jetez pas la pierre
à la femme adultère,
je suis derrière...
Car, pour combler les voeux,
calmer la fièvre ardente
du pauvre solitaire et qui n'est pas de bois,
nulle n'est comparable
à l'épouse inconstante.
Femmes de chefs de gare, c'est vous la fleur d'époi.

Quant à vous, messeigneurs,
aimez à votre guise,
en ce qui me concerne, ayant un jour compris
qu'une femme adultère
est plus qu'une autre exquise,
je cherche mon bonheur à l'ombre des maris.

À l'ombre des maris,
mais cela va sans dire,
pas n'importe lesquels, je les trie, les choisis.
Si madame Dupont,
d'aventure, m'attire,
il faut que, par surcroît, Dupont me plaise aussi!

Il convient que le bougre
ait une bonne poire,
sinon, me ravisant, je détale à grands pas,
car je suis difficile
et me refuse à boire
dans le verre d'un monsieur qui ne me revient pas.

Ils sont loins mes débuts
où, manquant de pratique,
sur des femmes de flics je mis mon dévolu.
Je n'étais pas encore
ouvert à l'esthétique,
cette faute de goût je ne la commets plus.

Oui, je suis tatillon,
pointilleux, mais j'estime
que le mari doit être un gentleman complet,
car on finit tous deux
par devenir intimes
à force, à force de se passer le relais.

Mais si l'on tombe, hélas!
sur des maris infâmes…
Certains sont si courtois, si bons si chaleureux,
que, même après avoir
cessé d'aimer leur femme,
on fait encor semblant uniquement pour eux.

C'est mon cas ces temps-ci,
je suis triste, malade,
Quand je dois faire honneur à certaine pécore,
Mais, son mari et moi,
c'est Oreste et Pylade,
Et, pour garder l'ami, je la cajole encore.

Non contente de me
déplaire, elle me trompe,
et les jours où, furieux, voulant tout mettre à bas,
je crie : "La coupe est pleine,
il est temps que je rompe!"
le mari me supplie : "Non, ne me quittez pas!"

Et je reste, et, tous deux,
ensemble on se flagorne.
Moi, je lui dis : "C'est vous mon cocu préféré."
Il me réplique alors :
"Entre toutes mes cornes,
celles que je vous dois, mon cher, me sont sacrées."

Et je reste et, parfois,
lorsque cette pimbêche
s'attarde en compagnie de son nouvel amant,
que la nurse est sortie,
le mari à la pêche,
c'est moi, pauvre de moi, qui garde les enfants.


06 noviembre 2009

Desde la catástrofe inminente


Javier Krahe - Antípodas

Manifiestos, artículos, comentarios, discursos.
Humaredas prendidas, neblinas estampadas.
Qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua...

Quieres coger una hoja de papel sobre la mesa ¿qué es lo primero que buscan tus dedos? El borde de la hoja. Su final. Para manejar la hoja empiezas desde lo que no es la hoja, desde donde ya no hay hoja.

La hoja se deja asir, mansa, porque sabe que hay un lugar, el lugar donde ella acaba, el lugar en que ella ya no está, desde el que quien manda eres tú. Está la hoja atemorizada por su propio contorno, controlada por su finitud, disminuida por la consciencia de sus límites, sometida a quien sepa encontrarlos y esgrimirlos. Vive constreñida por la inmediatez de su final; y así la agarramos, tan ricamente, y hacemos de ella lo que nos place. Escritos, instancias, diplomas o gurruños para la papelera.

Como a una hoja cualquiera, se nos maneja desde nuestros límites. Porque sabemos que tenemos un final somos dóciles a quien lo ase y lo usa. Como la hoja, nos hemos acostumbrado y ya no sabríamos ser sin esa inminencia permanente de dejar de ser. Ni sabríamos qué hacer si no nos lo impusieran desde el final, desde fuera. Desde el Borde que da la precisa forma de la hoja. Desde la Catástrofe que da el exacto tamaño de nuestra vida.

Qué sería de nuestra vida sin la Catástrofe. Qué sin el Milenio, sin la Peste, sin el Apocalipsis. Qué sin el Bárbaro que amenaza, sin el Enemigo que acecha, sin el Colapso que Todos Los Signos Ya Anuncian.

Sin la Conjura Masónica, sin la Horda Roja, sin la Amenaza Nuclear, sin el Peligro Amarillo, sin el Nihilismo Materialista, sin el Terrorismo Islámico.

Sin el Calentamiento Global. Sin el Cambio Climático. Sin la Gripe A.


Sin el Miedo. Y sin la Culpa.

19 octubre 2009

Niños y manifestaciones


Me da igual cuál sea el motivo de la convocatoria. Desde el mismo momento en que veo niños en una manifestación, empiezan a caerme gordos los manifestantes y la causa que defienden. Creo que nunca, con ningún motivo, debe llevarse un niño a una manifestación.

Una manifestación, que desde un punto de vista adulto puede ser un medio legítimo de defender una postura política, para los ojos de un niño creo que es, antes que nada, la ocasión y el medio de que aprenda, por la eficaz y directa vía de los hechos, cosas que nunca deberíamos enseñarle: que una consigna coreable sustituye ventajosamente a un razonamiento; que estar todos de acuerdo es algo festivo y deseable en sí, al margen de acerca de qué lo estemos; que ser muchos tiene algo que ver con tener razón; que quien piensa de otro modo y no marcha ni grita con nosotros es un extraño y, potencialmente, un enemigo; que el funcionamiento habitual del mundo puede ser interrumpido, e inutilizados temporalmente los espacios que son de todos, en beneficio de puntos de vista o de problemas que no son de todos

Ni siquiera creo que debamos transmitir a nuestros hijos nuestras opiniones políticas. Hasta los catorce o quince años, salvo excepciones precoces o tardías, los niños no tienen por la política ningún interés personal y espontáneo, si no se lo inducimos. La tarea de los padres es asegurarse de que, llegados a esa edad, tengan los hábitos de pensamiento lógico, interés por el mundo, conocimiento de sus mecanismos básicos de funcionamiento y manejo social necesarios para que puedan empezar a formarse sus propias opiniones; respetar su personalidad y su independencia para que se las formen y suministrarles toda la información que el hijo pida y el padre tenga. Si, además, el hijo quiere saber cuál es la opinión del padre sobre asuntos concretos, no hay ningún problema en contársela, dejando claro que se trata de una opinión y que existen otras igualmente respetables y defendibles. Esta me parece la única actitud cívica y respetuosa para con todas las ideas pero, sobre todo, para con el niño. Cualquier otra cosa me parece una manipulación inmoral, dañina en primer lugar para el niño y, después, para el conjunto de la sociedad.

Si unos padres quieren llevar a su hijo a una manifestación, evidentemente no es posible impedírselo, pero creo que se equivocan gravemente. Perjudican al niño utilizándolo al servicio de una causa y perjudican a esa causa utilizando niños en su servicio. Y si es otro cualquiera quien lo hace, distinto de los padres y sin su consentimiento explícito, creo que su acción debería considerarse directamente delito y perseguirse como tal.

07 octubre 2009

¿Qué más quiere la ciencia en España que unas buenas tijeras?


Hay hoy prevista, por lo que me ha llegado, una iniciativa bloguera para que los cuatro sediciosos de siempre aprovechen lo que creen una buena ocasión y perseveren en su sempiterna tarea, la maledicencia y la labor de zapa contra el sin par Gobierno que tenemos la dicha de disfrutar. Creo mi gregario deber de buen ciudadano no solo no sumarme a este malintencionado movimiento sino, en la medida de mis pobres fuerzas, tratar de combatirlo, neutralizarlo y demostrar que no todo son insidias y malevolencias en la blogosfera, y que hay también blogs leales y conscientes que saben a qué ascua deben arrimar su sardina.

El pretexto para la algarada es, al parecer, el recorte del Presupuesto de que disfruta la ciencia española. Mi primera sorpresa ha sido enterarme de que la ciencia española tenía un presupuesto. ¿Qué digo? De que existía algo llamado ciencia española. ¿Quién ha oído hablar nunca de tal cosa? Si suena a oximoron, más que a nada... Jamás, en mis bien aprovechados años de bachillerato, supe de ninguna ley física, teorema matemático, especie animal o vegetal, elemento químico o astro que debieran su formulación o su descubrimiento a un español, ni que llevaran otro nombre que los consabidos franceses, ingleses, alemanes o hasta italianos o escandinavos. Quiero decir que uno puede tomarse en serio la Ley de Boyle Mariotte, o la de Rutheford, y hasta el experimento de Torricelli -digo así, por ejemplo, desempolvando mis remotos recuerdos escolares- pero ¿les parece a ustedes que se podría estudiar algo que se llamara, pongo por caso, Principio de Gómez Iglesuela? ¿Creen que cabría en la tabla periódica de elementos una que se llamara, sin ir más lejos, "garridelio"? ¿Se imaginan un nuevo planeta o una nueva estrella identificados como "Fernández"?

Ya ven lo que quiero decir. ¿Ciencia española? ¡Venga, hombre! Ni falta que nos hace.

Bueno, pues con tan débiles, por no decir inexistentes, credenciales, resulta que este ente de razón tenía, y tiene, asignadas cuantiosas sumas del erario. Partidas presupuestarias que, detraídas de gastos legítimos y necesarios -cosas como coches oficiales, gastos de representación, mantenimiento de edificios gubernamentales, retribuciones de los probos funcionarios que son su adorno y su razón de ser, subvenciones a diversas entidades de gran interés social y cultural; lo que viene siendo el Presupuesto, vaya- se dedicaban, y se dedican, a esta entelequia no ya cuasi inexistente, sino de existencia, en todo caso y a todas luces, superflua. Que semejante despilfarro se haya mantenido en tiempos de bonanza puede pasar, por razones estéticas, más que otra cosa, y para acallar insidias: si todos los presupuestos nacionales dedican dinero a esas cosas, sea, pongamos también nosotros en el nuestro alguna partida "científica". Sobrando, como digo, no hay inconveniente en malgastar unos cuantos millones de euros en asuntos así.

Pero ¿qué más lógico y natural que, cuando llega el momento de crisis y la penuria pone en peligro nuestros sueldos, nuestras prebendas, nuestro bien tramado montaje de reparto de dinero entre quienes bien se lo han ganado, suprimir los gastos innecesarios y meramente ornamentales? ¿Cabe medida más sensata? ¿Puede pedirse muestra mejor de prudencia y buena administración? La ministra del ramo, consciente la buena mujer de ser no menos superflua y ornamental que el dinero dedicado a su fantasmático departamento, ha sido la primera en mostrarse en todo conforme con el recorte. Le ha parecido de perlas, claro. Para eso es ministra y cobra su buen sueldo, para enfocar los asuntos públicos que le han sido encomendados con rigor y sensatez, y no para poner pegas absurdas y peros impertinentes.

Sigamos su ejemplo el resto de ciudadanos y congratulémonos, con ella, de esta nueva muestra de la sabiduría gubernamental. ¿Que la ciencia española necesita medios? Con el gracejo y el savoir faire que le caracterizan, el Gobierno le ha dado los que más falta le hacían: unas tijeras, para ponerla en su sitio. Esperemos que no le falte ahora mano firme para usarlas a fondo, hasta dejar esta impertinencia extemporánea reducida a las convenientemente inadvertibles dimensiones que siempre ha tenido y de las que solo algunos soñadores irresponsables y mal aconsejados han pretendido, felizmente sin fortuna, hacerla salir.

PD.- ¿Cuándo una asignación presupuestaria para blogs adictos y razonables, señora ministra?


21 septiembre 2009

¿Mayor o menor? (Donde el tamaño sí importa)

Que no cunda el pánico, esto no es lo que parece. Aunque el título haya podido despertar otras expectativas en sus rijosas mentes, se trata nada más que de una nueva entrega de mis interminables disquisiciones musicales, de las que sin duda acabaré por aburrirme algún día. Día que, lamento comunicarles, no ha llegado aún. De hecho, me propongo, en primer lugar, proceder a la

Solución del acertijo musical

que quedó aquí planteado hace una semana (¡Caramba, lo prolífico que me estoy volviendo! A ver si se me van a acostumbrar mal...)



Sí, señores: como acertó sagazmente... esto... un momento... eh... nadie... eh... decía que... la misteriosa melodía que, convenientemente alterada, sirvió de voz principal a mi composición musical del anterior post era... el Himno Nacional. Mi alteración consistió en volverlo del revés y volver luego a armonizar el resultado.

(Mi agradecimiento de autor novel para todos los que han respondido a la adivinanza con sus conjeturas. Merece especial mención Zafferano, por su perseverancia en tratar de acertar con repetidos disparos que, desafortunadamente, no dieron ninguno en el blanco. Lansky, con su única apuesta por "Clavelitos", es el que menos lejos anduvo; por lo menos acertó con el género, que en ambos casos viene a ser, como es notorio, la exaltación de los valores patrios.)

El Himno Nacional, también conocido como Marcha Granadera o Marcha Real Española, es un toque militar del siglo XVIII que, sin duda a falta de algo mejor, nuestros gobernantes de 1870 decidieron dejar como símbolo musical de la nación, y que ha seguido siéndolo desde entonces con la más o menos entusiasta aquiescencia general y con las interrupciones y amenidades que son del dominio público. (Como dice Mafalda: si vos creés que es elblico el que domina los acontecimientos...)


Pues sí, pues sí. Verán: si a esta conocida melodía:



se le da la vuelta, esto es, se escriben exactamente las mismas notas en el orden contrario, empezando por la última y acabando por la primera, queda esta otra, que la verdad es que no se le parece en nada, no me extraña que nadie la reconociera:



Esta segunda, la Marcha Real del revés (podemos llamarla la Laer Ahcram, para entendernos), es la que, tras la inexplicable inspiración que me llevó a realizar esta maniobra subversiva –"démosle la vuelta al menos a esto, ya que a otra cosa no podemos", me dije– decidí yo tomar como melodía principal de mi composición.

Naturalmente, el cambio requiere mucho trabajo. Para que se hagan una idea: si hiciéramos la misma operación con una novela y la escribiéramos de nuevo pero colocando en orden contrario las principales peripecias del argumento, tendríamos que reescribir un montón de cosas. No es lo mismo, por ejemplo, contar que Johny encontró a su mujer en la cama con su mejor amigo y decidió, en vista de ello, alistarse en la Legión Extranjera, que contar que Johny resolvió conocer por fin el África enrolándose en la Legión Extranjera y su esposa aprovechó la ocasión para beneficiarse al mejor amigo de su marido. Son historias totalmente diferentes, que requieren explicaciones, emociones, motivaciones y mises en scène por completo distintas.

Bueno, pues con la música pasa lo mismo: las armonías, segundas voces y demás chundaratas que acompañaban satisfactoriamente a la Marcha Real resultan por completo inadecuadas, discordantes y tirando a inexplicables cuando se les da la vuelta y se pretende que acompañen a la Laer Ahcram. No sirven, hay que inventarse otras. Eso es lo que hice, con gran trabajo y resultado opinable, pero en cualquier caso perfectamente intrascendente: en resumidas cuentas, tampoco es así como acabaremos con la Monarquía. Vaya por Dios.

La verdad es que estas manipulaciones musicales, aunque políticamente inútiles, resultan muy entretenidas y constituyen un buen sucedáneo para los que, faltos de talento para inventarnos nuestra propia música, queremos no obstante experimentar algo remotamente parecido a lo que debe ser el disfrute de los compositores de verdad. Yo al menos me lo he pasado muy bien y he aprendido mucho aderezando un par de melodías de las diversas maneras que se me han ido ocurriendo; y llevado de mi afán didáctico tanto como del no menos noble de escribir algo en este blog, me propongo ahora compartir con ustedes al menos la instrucción, con la esperanza de que algo les alcance también de la diversión.

La de darle la vuelta como a un calcetín es una de las metamorfosis más radicales a que puede someterse una melodía, pero hay otras no tan drásticas que también dan un juego muy satisfactorio. La más sencilla de todas, por ejemplo: cambiarla de tono. Si todas las notas de una música cualquiera se suben, o se bajan, en la misma cantidad de medios tonos –que vienen a ser las unidades mínimas de la música decente, desde que Bach escribiera El clave bien temperado hasta que los músicos contemporáneos han resuelto prescindir al tiempo del clave y de la templanza– seguimos teniendo la misma melodía, perfectamente idéntica y reconocible, pero transportada a una tonalidad distinta de la que su creador dispuso. Es tan elemental esta manipulación que, de no mediar comparación inmediata y recordable entre las dos tonalidades, no solo nadie la advierte –salvo dos o tres felices mortales que gozan de lo que se llama "oído absoluto", lo que les supone un gran ahorro en diapasones– sino que todos la realizamos sin saberlo y con la mayor soltura cuando silbamos o cantamos cualquier melodía. Lo hacemos empezando en la nota que nos pide el cuerpo o que nos permite la voz, que rara vez, y solo por casualidad, será la que señala la partitura original. Nos quedamos tan anchos y a nadie le parece mal porque, de hecho, está muy bien. Una melodía viene a ser como una figura, que no cambia aunque se la traslade de lugar. Igual que un dibujo cualquiera sigue siendo el mismo lo pongas arriba o abajo de la hoja, una melodía sigue siendo la misma la toques empezando en Do o en Mi. Lo que la define no es dónde está, sino qué distancia hay entre sus notas, y mientras esta no varíe no se "deformará", y seguirá siendo la misma. Por eso siguen ustedes reconociendo la Marcha Real si, en vez de escribirla en Do mayor, como está arriba y ordena la versión canónica, la bajamos cuatro semitonos y nos la plantamos así en La bemol Mayor:



¿A que les da igual? Más baja de tono, pero sigue siendo la Marcha Real, a la que, como a cualquier otra música, podemos subir y bajar tranquilamente por toda la escala musical, valga decir por todo el teclado del piano, sin que sufra modificación advertible.


También resulta muy vistoso cambiar el ritmo, esto es, la duración relativa de las notas y de los silencios. Si se hace con un poco de criterio, salen cosas muy interesantes. Vean, por ejemplo, lo que promete una simple redistribución de duraciones en los primeros compases de la Marcha Real (espero que el intenso manoseo a que la estoy sometiendo no resulte ser ninguna clase de desacato, porque entonces se me va a caer el pelo):



Tiene ritmo, ¿verdad? Bueno, así, a palo seco, queda un poco sosa; pero si le metemos unas cuantas notas de relleno, le ralentizamos un poco el tempo y le ponemos un sencillo acompañamiento para la mano izquierda, nos queda esta especie de foxtrot:



en el cual quien siga reconociendo la melodía de nuestro Himno Nacional cuenta con mi más cordial enhorabuena y con mi personal garantía de que tiene un oído estupendo. Porque, aunque está ahí, con todas sus notas, es cierto que a primera vista no es fácil advertirlo. Traten ustedes de tararearlo al tiempo que suena mi arreglo y verán lo bien que encaja.


Ahora bien, la manipulación más espectacular de todas, en mi opinión; la que ha dado origen al título de este post, es también una de las más sencillas. La que consiste en variar el modo mayor o menor en que está la tonalidad. Es sorprendente lo que puede cambiar una música sólo con bajarle medio tono unas cuantas notas elegidas estratégicamente –si está en Mayor y queremos pasarla a Menor– o con subírselo a esas mismas notas –si la transformación deseada es la contraria–.

Por lo poco que yo sé del asunto –no me hagan mucho caso, en esta materia soy perfectamente autodidacta y probablemente me estoy inventando o contando mal buena parte de lo que sigue– lo de mayor o menor no se refiere a otro tamaño que al de la tercera que separa las dos primeras notas del acorde correspondiente a la tonalidad en que está la música en cuestión.

Esto de la tercera tiene también sus bemoles: para no perder el estilo arbitrariamente irracional que preside toda la terminología musical, los músicos llaman tercera al intervalo que separa dos notas alternas cualesquiera, "primera" y "tercera", respectivamente, en el orden en que están en la escala diatónica (perdonen el palabro: en las teclas blancas del piano). Intervalo que, notoriamente, será de dos "unidades": tres menos uno, dos. Bueno, pues es igual; ellos lo llaman tercera, imagino que por el aquel de despistar a los no iniciados.


Para acabar de arreglarlo estas "unidades" no son todas iguales, porque algunas tienen dos semitonos y otras solamente uno. Fíjense ustedes en el teclado –me refiero al de un piano, o instrumento similar, no al de su ordenador– y verán que las teclas negras no están repartidas homogéneamente: entre dos teclas blancas consecutivas puede haber una tecla negra, es decir, dos semitonos, o puede no haber ninguna, y entonces solo las separa un semitono. Como consecuencia hay terceras más largas que otras; terceras de cuatro semitonos, que son terceras mayores, y terceras de solo tres semitonos, que son terceras menores. ¿Me siguen?

No, ¿verdad?

Sinceramente, no puedo reprochárselo.

Bien, a lo que iba: al parecer las dos primeras notas de cualquier acorde, o tonalidad, están siempre a la distancia de una tercera o, por decirlo más exactamente, la segunda nota de un acorde es siempre una tercera de la nota por la que empieza. (Esta última se llama, creo, tónica y es la que le da nombre al acorde: Do Mayor empieza por Do, La sostenido Menor empieza por La sostenido...) Si es una tercera mayor, uséase si está a cuatro semitonos de la tónica–la distancia de Do a Mi, pongo por caso– el acorde está en modo Mayor. Y si es una tercera menor, es decir, a solo tres semitonos de la tónica–lo que va de Re a Fa, un poner– el acorde está en modo Menor.

(Si no lo han entendido no se preocupen, es culpa mía y además no es importante. La música, ahora que no me oye ningún profesional, es para disfrutarla. Destriparla para averiguar cómo funciona merece la pena solo si nos divierte.)


Sí es importante, en cambio, la diferencia sonora entre ambas clases de acorde que, a pesar de estos nombres, no tiene absolutamente nada que ver con tamaño, cantidad o altura. Es mucho más espectacular. Si hay que situar sus efectos en algún terreno, yo los colocaría en los del color, la luz o la emoción. Pero como no suele gustarme caer en el lirismo, omitiré las descripciones y pasaré directamente a un conocido ejemplo pictórico, la Catedral de Rouen pintada por Monet a dos horas distintas del día, que, por una vez, vale casi tanto como mil palabras, incluso aunque sean mías.

Mejor aún ilustrará lo que quiero decirles un ejemplo musical. Vean ustedes, por variar de himno y no desgastar más al nuestro, esta versión de La Marsellesa. (Esta vez el arreglo no es mío, me lo he bajado de Internet, donde puede encontrarse y descargarse gratis, en formato MID, prácticamente cualquier música que se busque. Habitualmente la descarga provoca que el ordenador "toque" la música con cualquiera de los programas que traen puestos a estos efectos, pero si uno tiene el Finale instalado puede "abrirlo", en vez de tocarlo, y se encuentra con una valiosa partitura que, además, puede guardar, retocar y modificar a su antojo. Imagino que al hacerlo estoy vulnerando de varias maneras distintas al menos dos o tres derechos de autor por cada partitura. No duermo, del remordimiento.)

La Marsellesa es un canto guerrero del siglo XVIII, como la Marcha Real, y, como ella, está en un brioso y enérgico tono Mayor. Do Mayor, concretamente, que parece ser el preferido para los himnos. Suena, como bien saben ustedes, así:



y oyéndola se comprende que a sus sones los franceses tomaran la Bastilla, guillotinaran a medio Gotha y conquistaran otra media Europa. Según Napoleón, que no tenía ni idea de música pero de guerra algo sabía, esta música les ahorró muchos cañones.


Si ahora va uno –yo, sin ir más lejos– y se dedica a la laboriosa tarea de buscar en la partitura todas las notas que coinciden con las terceras mayores de las tónicas de los acordes que se suceden en esta música y en los que resulte necesaria la transformación; borrarlas y sustituirlas por otras iguales pero medio tono más bajas, es decir, correspondientes a las terceras menores, lo que ha conseguido al cabo de cosa de una hora de trabajo es cambiarle el modo. Ya no está en Mayor, sino en Menor.

Podemos llamar, a lo que nos ha quedado, la Marsellesita. (Digamos, de paso, que la Marsellesa no esta integramente en tono mayor; tiene un pedazo, ese en el que habla de los feroces soldados que vienen a degollar a nuestras mujeres e hijos, en el que se pasa un ratito al modo menor, cuatro compases, para ser exactos. En ese pasaje he hecho la maniobra inversa y he subido en medio tono las notas correspondientes, para que quede en modo mayor y se conserve el contraste original.)

La Marsellesita, o Marsellesa en tono menor, suena insidiosamente reconocible, pero muy, muy distinta de su hermana mayor. Ya no inspira deseos de degollar aristócratas ni de cargar a la bayoneta contra los prusianos. A lo sumo, de meditar piadosamente sobre la mera consideración de semejantes actividades, para deplorar la triste condición humana y su inclinación a la violencia. Ya no se adapta tan naturalmente a sus notas esa frase final tan bonita: ¡Que una sangre impura riegue nuestros surcos!, que siempre me ha causado un sobresalto considerable. (¿Se imaginan ustedes decir semejante cosa en un himno que se escribiera hoy? Los franceses es que escribieron su himno hace doscientos años. A nosotros se nos ha pasado la edad, mejor dejamos sin letra al nuestro.)

Con lo que a continuación oirán si aprietan el botón lo más que puede invocarse como riego de los campos de Francia son las dulces lluvias de la primavera, o el llanto que brote de los enternecidos ojos de los agricultores que lo escuchen. La cosa suena así:



A mí me parece una ilustración bastante clara de la diferencia de sonido, significado y emoción que existe entre las tonalidades mayores y las menores; y de cómo hay asuntos en los que tenerla mayor o menor –la tonalidad, digo– es una cuestión importante.